Historias sin punto final
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#24 · Adoquines de cristal

Por Caroline Capart
Ilustración Lucila López

 

Comparo mi casa con una caja de zapatos viejos. No por el estilo de casa chorizo, ni por la humedad de las esquinas del cielo raso, sino por el desamparo de la cotidianeidad que nos rodea. Papá fuma los cigarrillos en el patio, siempre uno después de comer. Los domingos hay olor a asado, les digo que no como carne, pero no importa, la luz se filtra por la ventana y el olor a desodorante inunda el baño con una armonía alegre de insulsa vespertinidad. Mamá deja los libros a medio leer, pero dice que le gustan. Me golpea con el puño cerrado cuando me porto mal, y yo le cuento que mis amigas me dejaron de lado en el recreo. Mis hermanos crecen como flores de manzano, se vienen tiempos fuertes, pienso. Pero las hojas no dejan de caer ni siquiera en verano. Afuera de esta caja de zapatos vieja y destartalada tenemos un cerezo que saca unas flores rosas en primavera, yo me acerco y las huelo, pero no tienen olor a nada, así que las miro caer desde la ventana.

Cuando la guerra civil se desató yo armé mi propia revolución, crecía entre escombros de un gris grotesco, casi una tempestad de alegorías tristes. Me armé el puño izquierdo de un montón de ideales para desarmarme de un cuerpo que no me correspondía, de una realidad que se transformaba como plastilina en las manos de un nene. Ahora que los puños cerrados ya no duelen hay un nuevo néctar que probar. Mi boca pierde el placer de palpar la comida y yo la escupo adentro de la servilleta cuando nadie mira. Porque de eso se trata no poder hablar, adicción, falta de dicción, falta de empatía hacia mí misma.

Llevo quince años en una caja de cartón y me armo adentro de una coraza de huesos. Son firmes, más firmes que la caja de cartón. Y cuando mamá me pregunta que comí, le miento. Miento con una sonrisa, porque esa debilidad que parece aflorar en los dedos de mis pies me vuelve más orgullosa. Los veranos se esconden por mi persiana americana y no tengo donde esconderme que no sea esta coraza de cristal que me construí. Formé y deformé mi cuerpo hasta volverlo un lugar inhabitable, pero a gusto, casi tan familiar como la caja de zapatos. Y cuando me acerco al espejo se produce una suerte de anagnórisis, una caída de la máscara que me deja palpar el alma a través de ese viejo espejo agrietado.

Vomito a escondidas las cosas que me dicen, una fuerza emana de mi interior que amenaza con salir. Ese algo adentro no sale, pero tampoco sé si quiero que salga. Corro a la esquina de mi casa y no me encuentro con nadie, tampoco hay nadie con quién encontrarse, así que me hago un bollito y me largo a llorar. Se termina la línea blanca, no hay personas atrás de mis quemaduras.

Mamá golpea la puerta con un estruendo que produce placer, lleva puesto un camisón amarillo por la humedad y las pantuflas agujereadas en las puntas, sobre su mano izquierda un plato con puré instantáneo y patitas de pollo. Niego con la cabeza. Se me sienta a un costado de la cama y sin más anuncia: “vas a comer”. Vuelvo a negar con la cabeza. Ante su insistencia desbocada, tomo el plato con ambos manos y lo hago besar el suelo con firmeza. “¿Estás segura que querés empezar así?”, me dice, y yo que la miro con los ojos llenos de frenesí me impulso hacia ella. Soy un animal desbocado, resquebrajado por la hambruna. No hay huecos en mi cuerpo que se puedan llenar. Me sostiene con ambas manos mientras grito, me desgarro, tiras de papel caen hasta mis pies. Me deja hecha un ovillo en una esquina de la habitación, el plato roto, mis huesos firmes. Adentro mío surge un muro improvisto, así que me desarmo. La revolución se paga con la muerte, pienso.

Y mientras la caja de cartón se desmorona sobre mis hombros cansados, le canto una canción lenta a mis uñas mordidas, a las colillas de cigarrillo desperdigadas por la habitación. Estoy segura que no hay nadie más adentro de este costillar, así que me desprendo. Mamá y papá no se quieren más. Se van cada uno por su lado, nunca se quisieron en realidad. Mis hermanos son dos plumas de un pájaro lánguido que chilla por volar. Y yo soy un peso muerto, una moneda de un centavo. Me llevan y me traen como un saco de papas, soy un regalo indeseado. Adopto un gato y aprendo a comer. Despacito, los dientes de leche vuelven a aparecer, como un juramento de solemnidad. Yo los dejo, la coraza se desvanece por sí sola, y todavía no encuentro el placer en el inodoro. Pero la tierra me traga hambrienta, soy una semilla de algo por nacer, me dicen. Quizá, quizá más allá de los azulejos del baño haya algo. Me fumo un cigarrillo sentada en el alféizar, miro con ansiedad el reloj que esconde sus mentiras, hay tanto que pensar, pero no lo hago.

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