Historias sin punto final
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#2 · Adicto a la biblia

Por Camila Súnico
Ph. Mili Morsella

 

Danilo es un joven de clase media alta. Nació y fue criado en Barrio Norte. Fumó paco y consumió cocaína. Robó un shopping y llegó a vivir en una plaza. Luego de una sobredosis casi mortal, sus padres lo internaron en una granja evangélica. Desde entonces, la religión es su única razón para vivir.

 

A los 20 años, Danilo Pons sufrió una sobredosis que casi lo llevó a la muerte. Al despertar se encontró con sus padres informándole que debía internarse por un tiempo a una granja evangélica de rehabilitación llamada “Hogar, un encuentro de Dios”.

 

El joven, que ahora tiene 23, se describe como un “sobreviviente del mal”. “Todas las noches le pido a Dios que no me deje solo y no me abandone”, comenta mientras saca sus rosarios y los apoya en la mesa de luz, al lado de varias estampillas con oraciones que adornan su cuarto.

 

 

Danilo no volvió a ver a su familia. Su hermana Carla sigue en contacto con su mejor amigo, Jonathan Pérez, el único que lo va a ver a la residencia evangélica de Caballito donde actualmente vive. Los primeros meses, ella lo iba a visitar, pero él se negaba a recibirla. Hasta que dejó de ir. “Mi hermano cambió, no era así. La última vez que lo ví fue hace dos años”, dijo Carla, que hasta su conversión al evangelismo se consideraba “muy unida” a su hermana.

 

La relación con sus padres nunca fue buena. A los 11, Danilo comenzó a probar drogas luego de que sufriera una depresión por haberse enterado que era adoptado. “Me sentía vacío, como si todo lo que pensé que era ya no existía. Para el afuera éramos una familia feliz, pero puertas adentro yo era la manzana podrida”, conjeturó. Cuando Danilo habla de su familia, se incomoda y prefiere cambiar de tema. Pero al insistir sobre el porqué de ese rechazo, ofrece unas breves palabras: “Son mi pasado. Este lugar es mi familia”.

 

En su círculo íntimo está su pastor, un hombre que ocupa el rol de padre en su vida. “Cuando llegó a esta iglesia, estaba en estado de destrucción absoluta. No vivía, a diferencia de ahora, que volvió a confiar en él y a tener sus sueños, que estaban rotos”, relató el pastor Juan, quien lo conoció meses después de su rehabilitación. “A Danilo, como a los jóvenes ex adictos, le mostramos la biblia para que ellos aprendan los peligros de las adicciones. No son soluciones lo que dicen los psicólogos ni los psiquiatras. Nosotros estamos para poder guiar y sacar del mal camino a los jóvenes como Danilo. Nosotros hacemos una conexión con Jesucristo”, afirma.

 

Danilo vive en una residencia evangélica desde hace casi un año y medio. Ahí pasa todos los días de la semana y los fines de semana se dedica a ir a la granja que, según sus palabras, le salvó la vida. Su adicción a las drogas habían empezado a llenar vacíos que él negaba. A los 15, comenzó a consumir cocaína y paco. ”Ese no era yo, sino un demonio y por culpa de ese ser salió lastimada mucha gente. Espero que Dios me perdone”.

 

La psicóloga María Angélica Iturbe, especialista en adicciones, afirma que cualquier religión genera que la persona adicta a las drogas reemplace su adicción: “La religión sigue siendo una adicción. La persona está atada a algo o alguien. Cambian drogas por biblias. Si se comparan los riesgos, la región no mata. La droga sí, pero el problema es que la persona adicta reemplaza. Y por eso, hay que tratarlos de otra manera, no cambiando una cosa por otra. Cualquier tipo de adicción, sea producida externa o internamente, ataca al cerebro y lo inunda de dopamina, la hormona de la felicidad”.
Su delgadez extrema, violencia agresiva, intentos de suicidio y su adicción a las drogas, llevaron a Danilo a límites impensados. Desde ser expulsado del colegio a ser echado de su propia casa. Luego de ir de un lugar a otro, llegó a vivir en plaza “Las Heras” durante cinco meses.

 

Tenía 17 años cuando tocó un arma por primera vez. “Nunca disparé, pero sentía mucha adrenalina cuando agarraba el arma. Se volvía una necesidad de querer que se vuelva a repetir”. Danilo, junto con su grupo de amigos de entonces, salió y robo un shopping en Pilar. Tenía solo un objetivo: conseguir dinero para saciar su adicción.

 

“Mi amigo Danilo no es él de ahora. Sé que está bien y  lo voy a acompañar siempre porque lo quiero. Pero él no es así. Antes hablábamos de Eminem y otros raperos. Ahora solo me comparte frases y música religiosa”, cuenta Jonathan, amigo de Danilo hace más de 17 años. Jonathan es el único contacto con su pasado. Los dos amigos se escriben una vez por semana mediante Facebook y coordinan un encuentro por mes en un bar distinto. Su organización debe ser precisa debido a que Danilo no tiene celular.

 

Danilo relata todas sus vivencias en tercera persona, en un tono de voz pacífico y tranquilizador, como si no fuera él quien protagoniza esos recuerdos. Camina por los pasillos de la residencia saludando a todos los que viven con él. Cada persona que se cruza repite la misma frase: “Dios y ellos son mi verdadera familia”.

 

“Los centros de rehabilitación religiosos tratan las drogas como un pecado y hacen creer a los propios pacientes que sus vivencias con las drogas no eran una cuestión de su personalidad”, explica la psicóloga Iturbe. Y amplía: “No solo lo hace la religión evangelista, sino otras. El problema es que la mayoría de las personas que sufrió una gran adicción a las drogas cae en la religión evangélica”.

 

Llega la hora del canto. Danilo se dirige a la iglesia evangélica que está a una cuadra de la residencia que comparte con varios compañeros. Su pastor les pide que se pongan en círculo de tal forma que queden enfrentados unos contra otros. Danilo, uno de los primeros, empieza a cantar: “Yo sé bien lo que has vivido, yo sé bien por qué has llorado. Pues nadie te ama como yo”. Segundos después los demás lo siguen. Esa tarde prosigue con cantos y bailes por una hora y media. Para él, el mundo exterior que se encuentra detrás de aquellas puertas de vidrio transparente, “no existe”.

 

“Danilo es familia, ya está recuperado. Sabe que cuenta con nosotros y con Dios. Nunca va a caer en esas porquerías”, dice el pastor mientras apoya su brazo en el hombro de Danilo y éste le sonríe. En cada charla con ex adictos, el pastor siempre deja el mismo mensaje: “Nosotros intentamos mostrarles a todos la biblia, donde Dios muestra que no son un problema para la sociedad. Todo lo contrario. Todos en esta tierra tenemos una fuerza de autodestrucción, un monstruo dentro de cada uno de nosotros”.

Su rutina de lunes a viernes se repite. Y los fines de semana escapa rumbo a la granja para focalizar en su “ser”. Danilo va por más y en un mes tiene pensado salir a volantear folletos de la iglesia a donde va. “Estoy acá para guiar a las personas y que entren en el camino de Dios. El hombre es malo por eso quiero ayudar a que el mundo cambie y vuelva a sus orígenes”.

 

Danilo cambió los boliches, las salidas con amigos, el rap, su vestimenta y las drogas por misas, música religiosa, ropa con colores claros. Ateísmo por evangelismo. ¿Drogas por religión? “La sociedad dice que yo tuve adicciones a las drogas, pero para mí no. Ese no fui yo. Dios sabe que no era yo. Ahora me preguntan si soy adicto a la religión. Yo les digo que no”.

Latest comment
  • “El problema es que la mayoría de las personas que sufrió una gran adicción a las drogas cae en la religión evangélica”.
    No más palabras señor juez

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