Historias sin punto final
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#11 · Agua de vida

Por Gabriel Bertotti
Ph. Cosme Andaluz

“Los enfermos mentales son simples invitados en la tierra, eternos extranjeros que llevan consigo decálogos rotos que no saben leer”.

                                   Francis Scott Fitzgerald, en una carta que le escribió pocos días antes de morir a su hija.

Lo llevaron a la misma comisaría de siempre.

-Lo encerramos para protegerlo. Da lástima, el pobre.

El comisario era abogado y había leído las novelas de su amigo. En cierto sentido admiraba al escritor que se ocultaba debajo de ese cuerpo molido a golpes y estragado por la ginebra.

-Y sólo tiene cuarenta años.

Esperó que repitiera “el pobre” pero el comisario le abrió la puerta del calabozo y no dijo nada.

El escritor estaba tirado en el suelo. Le habían dejado una colchoneta que no aceptó, manteniendo el riguroso orgullo que lo llevaba al desastre, o tal vez, un error de cálculo producido por las trompadas en los ojos y dos botellas de ginebra hizo que cayera como un monigote entre los vómitos secos y las manchas negras de sangre que eran el fugaz recuerdo de los otros detenidos, seres anónimos de quienes sólo quedaban detritus.

Se rió, de eso precisamente trataba toda la literatura de su amigo, del fugaz paso de una mariposa por una habitación, de ese súbito momento en el que un rayo de sol ilumina unas alas que representan los ojos que nunca dejan de mirarte.

“Hay una percepción externa a la nuestra que nos permite la existencia”, le había dicho alguna vez. “El creador, más que un Dios sediento del amor de sus criaturas es un inagotable espectador adicto a las comedias”.

Tenía la cara tumefacta; un ojo que parecía el ano dilatado de una vaca; sangre seca en la boca y en el cuello; las manos rotas por los certeros puñetazos a una pared; respiraba como los muñecos malditos que lo acosaban en los sueños.

“Era el único niño con insomnio del barrio. Sabía que si cerraba los ojos me asesinaban los muñecos”.

Se sentó en la colchoneta y apoyó la espalda en la pared. No tenía ganas de leer nada de lo que allí estaba escrito. Encendió un cigarrillo y buscó la luz en la cara del amigo.

La luz que lo había hecho tan especial y que ya se había apagado para siempre.

En ese momento, una epifanía como las de sus novelas le quitó el aire de los pulmones, la llama del miserable fósforo con que encendía el cigarrillo iluminó lo que el escritor había escrito con su propia sangre en el suelo, antes de desmayarse.

“La sangre no redime”.

-La angustia se ubica aquí-le dijo, señalándose la boca del estómago y bebiendo de un trago un chupito de Jameson-. Y aquí-repitió, senalándose la garganta y despachando un segundo chupito-. Y aquí-bramó, señalándose el corazón, tragando un tercer chupito. Se tomó un instante antes de seguir hablando-. Prefiero toda la vida la acidez a la angustia- y sin decir más bebió chupito tras chupito hasta liquidar la botella.

-No son las pesadillas, Conejo, ni la desesperación, es una extraña ansiedad por existir. La vida se me queda corta y no se qué hacer con la energía que me sobra. La cosa es que tiendo a lastimarme o a hacerle daño a los que más quiero, y entonces tengo que anestesiarme, Conejo, para que no me maten como a un puma cebado.

Cansado de recordar lo que los amigos le decían o lo que él mismo había escrito, lo despierta. Se aparta a tiempo para esquivar el derechazo que busca su cara. El escritor le habla en el lenguaje con el que en cada resaca se dirige a Dios. Dice que sólo Dios puede entenderlo.

Se lo carga al hombro y le deja un par de billetes al comisario. El cabo de guardia había acercado el coche hasta la puerta de la comisaría, le da un billete como si fuera un laborioso camarero y con su ayuda lo tira en el asiento trasero.

Conduce escuchando un cuarteto de Bartok; elige el más triste para no tener que oír a su amigo ahogándose, tosiendo, vomitando.

Cuando llega a su casa lo desnuda y lo mete en la bañera; el agua helada milagrosamente no lo mata. Tiene el cuerpo magullado; cardenales, mordiscones, marcas de puños; mientras lo seca deja de hablar con Dios y se digna a pedirle un trago. Había comenzado a temblar.

Una cerveza fría lo calma bastante. Le enciende un cigarrillo y se lo pasa.

Da una profunda calada y le dice:

-Bueno, mientras ocupás el vacío de tu vida de mierda metiéndote en la mía, contame, ¿qué me paso?

-Que qué te pasó, y me lo preguntás a mí, justamente vos, Querido, que veías la quietud de las hojas al caer.

-Me citás fatal, haciendo algo que yo no haría jamás, mala poesía. Parecés una vieja puta de las novelas rusas. Abrí otra birra. ¡Estás muy distraído, Conejo!¿En qué mierda estabas pensando?

-En nada. Recordaba cosas tuyas. Cosas que me dijiste alguna vez.

-Ya es hora de que tengas recuerdos propios, maricón. Dejá de robarme los míos.

Ella, el día en que cumplió 19 años, escribió en su Diario:

“El mundo es azul. Yo soy amarilla; dorada, cuando me da el sol. Él es verde, como sus ojos. No son los ruidos los que definen el mundo, sino siempre los colores. Ser ciega es una refutación. Veo las espirales de luz que iluminan el polvo que asciende al cielo; veo los torbellinos de gotas translúcidas que forman la atmósfera; veo el gris y veo el negro, y estoy segura de que no veía nada, de que un velo oscuro enturbiaba mi mirada hasta que él entró aquella tarde en la casa. Mis pretendientes me decían que un joven se había mudado al barrio, que era un chico recién llegado de la universidad y que pasaría sus vacaciones en la casa de la montaña. No me importó tener un nuevo muchacho al que seducir, y es que me aburro mucho entre tanto provinciano, me gusta fumar y beber y bailar y hacerlos ponerse locos de furia cuando después de los abrazos les niego los labios, pero entonces, justo antes de que todos los pájaros se callaran, lo vi entrar, y desapareció el velo, y un rayo de luz, de la última, de la que se negaba a morir, iluminó la mariposa que cruzó la habitación de la ventana al portal y que se posó un segundo en su hombro, él sonrió sabiendo que lo estaba mirando y sus ojos verdes me descubrieron que el mundo era azul y que yo era amarilla; dorada, cuando el sol me daba de lleno”.

“Era como un extranjero rodeado de mugre y de personas que deambulaban con las ropas sucias y los dientes podridos. Tenía tanta energía que se sentía capaz de detener al viento, pero lo único que hacía era emborracharse hasta perder la conciencia o pelearse con sus compañeros. Sus padres, para alejarlo de las tabernas y de las grescas, se lo llevaron al campo, a una casa en la montaña. Intentaron también que tuviera una vida social menos violenta y consiguieron que lo invitaran a la fiesta de cumpleaños de la hija de su mejor cliente, un rico banquero que estaba perdido de amor por su hija. Una jovencita caprichosa y soñadora que escandalizaba a su padre, haciéndole superar todos los límites del decoro, hasta arrodillarse ante ella para pedirle contención o amor. Decían que ella lo trataba con desdén porque era un hombre y que como todos los hombres había nacido para pagar las culpas de las mujeres que bailaban desnudas frente a las hogueras”.

-¿Cuál es tu nombre?

-Me llamo Jameson-le dijo, ocultando su nombre verdadero, sirviéndose una copa del whisky irlandés-. ¿Y el tuyo?

-Me dicen Brooklyn-respondió la joven que cumplía años-. Pero nunca seré tan transparente como esta ginebra-y se sirvió un vaso y se lo bebió de un trago.

El joven la tomó entre sus brazos y le dijo:

-A partir de ahora sólo beberé de tus labios.

Y ella, que le había negado un beso a todos los jóvenes ardientes, no sólo se dejó beber la ginebra que aún tenía en la boca sino que deseó con toda su sangre comerse la lengua que tenía el gusto aún picante del aguardiente irlandés.

En realidad no se llamaba Brooklyn, su nombre verdadero era tan mágico que a él le dio miedo y por el resto de su vida la siguió llamando como a una marca de ginebra.

“Soy el único tripulante de un barco al que un farero loco ha dirigido al desastre”, escribió en uno de sus Cuadernos.

“Soy una pobre polilla adicta a la luz que la aniquila”, escribió en otro.

“Jameson regresó a París. Estaba tan feliz que por un momento soñó que todos los periódicos de la ciudad lo anunciaban en sus cabeceras. Como siempre, se negó a mirar las grandes letras negras sobre fondo blanco que anunciaban otra cosa, él prefería soñar con los ojos abiertos un titular en grandes letras azules. “Después de veinte años el famoso escritor regresa solo y cansado a la ciudad de la luz”. No se llamaba Jameson. No estaba cansado. Estaba borracho. Había bebido en el avión y seguía bebiendo en el taxi de la petaca que siempre llevaba consigo.

El taxista lo vigilaba desde el retrovisor así que sintió el deber de invitarle un trago.

-¿Qué es?, le preguntó el taxista albino de ojos rojos.

-Ginebra-le respondió el escritor.

-¿Qué ginebra?

-Brooklyn.

-Me gusta. Es la que beben las brujas.

Le pasó la petaca.

-¿Eres consciente de los riesgos que corres siendo albino?

El taxista tomó un trago largo.

-Lo soy. Las brujas nos matan para hacer sus conjuros. Nuestra sangre atrae la fertilidad de las mujeres.

-¿Hay brujas en París?

El taxista dio otro trago largo.

-Esta ginebra sabe a boca de mujer-le dijo, devolviéndole la petaca, sin quitar la vista del camino. Cruzó el Sena y se internó por las callejuelas del lado izquierdo”.

Fui yo, al que llamaba Conejo, su viejo compañero de cuarto, el que tuvo que corregir sus Cuadernos y hacer la edición completa de sus relatos y novelas. Entre sus cosas encontré los Diarios que su mujer había escrito durante toda su vida. Dicen las malas lenguas que los espiaba a hurtadillas y que copió páginas enteras en sus novelas. Dicen también que ella nunca se lo perdonó pero que como no sabía vivir sin él no se marchó de su lado y se lo hizo pagar toda su vida. Yo la conocí muy bien. Incluso una vez escribí sobre ella un relato que jamás le mostré a nadie porque no era fruto de mi imaginación sino de la esmerada prosa de un traidor.

“Mi querido amigo me ha hablado tanto de su esposa que no puedo esperar a conocerla. Mi amigo ha triunfado a lo grande. A los veinticinco ya era millonario. Sus dos primeras novelas fueron un éxito tan inesperado que decidió improvisar una fiesta que ya dura diez años. Me envió los pasajes y me hizo venir a la Villa que alquilan en la Riviera. Me dice en una carta: “Ven conduciendo desde la ciudad. Cuando cruces las montañas pobladas de olivos plateados y te internes en los breves valles verdes y amarillos, cuando dejes atrás las amapolas y los rosales, cuando hayas descendido desde las cumbres doradas y te acerques al mar tan transparente como tu alma, querido Conejo, entonces, verás, luego de la última curva del camino, una casa carmesí, con grandes ventanales y persianas azules; toca dos veces la bocina, has una pausa, y vuelve a tocar, y verás asomar, entre las gencianas y las gauras, a la primavera”.

Después de la última curva, y ante la casa, hice lo que me indicó, y una mujer de pelo amarillo; dorado, cuando le daba el sol, salió cubierta apenas con una túnica de seda verde, transparente, que dejaba ver sus pechos desnudos y una braga minúscula, negra, y que me sonreía como si yo fuera la lluvia que merece todo desierto. Me enamoré en ese instante. A ella mi mirada le irguió los pezones, y sin ocultarse, mostrándomelos con descaro, me besó en la comisura de los labios y me dijo, muy suavemente: “Tu aura está estropeada, tendremos que hacer algo al respecto”; rozándome el cuello con los labios me tomó de la mano y me guió como si yo fuera un niño perdido hasta la casa, donde mi amigo nos esperaba con los brazos abiertos. Nos cubrió a los dos con su gran pecho y dijo, sin solemnidad, como si hablara de la lluvia o de las mareas: “Por fin estamos juntos, las tres almas perdidas, un borracho, un conejo y una puta”. Así se rompió la magia. Ella se soltó de su abrazo y me besó con furia. Después lo miró desafiante. “La culpa es tuya. Todo lo que sucede, sucede porque lo escribiste antes”, le dijo. Mi amigo sonrió de una manera tan terrible que me alejé un poco de sus puños cerrados. Pero no hizo nada. Ella no se movió. Los pezones duros apuntaban a su pecho. También tenía los puños cerrados. En silencio busqué el ruido del mar. En la boca tenía el gusto de una boca que sabía a ginebra”.

-Papá…

-Si, hija…

 

-¿Qué hacés cuando te encerrás en tu estudio?

 

-Escribo, hija.

 

-Ah, yo creí que te masturbabas.

 

 

-¿Estás loco, Conejo? No podés poner ese diálogo en mi biografía.

 

-¿Por qué? ¿Porque te parece muy escabroso?

 

-No, imbécil. Porque estarías hablando de un fantasma.

 

 

“Esta es la historia de una adicción, no de una vida. Mi viejo amigo dejó de vivir cuando respiró por primera vez, y desde entonces, desde que probó el aire meloso que te ata para siempre a los amaneceres y a la primavera, no renunció a chutarse todos los colores del aire en los pulmones. Jameson no quería vivir, quería existir. Su hambre voraz por la existencia lo deslumbró y lo condujo a los fuegos fatuos del alcohol y del amor. Él estaba verdaderamente embriagado por la vida y su metabolismo era ejecutado por sustancias y procesos externos que jamás podría controlar, como el color del cielo después de una tormenta o la fotosíntesis, y cuando conoció a Brooklyn, herida por el mismo ángel, se entregó a su cuerpo y a su alma con la misma irreversible naturalidad con la que el fuego devora un árbol; todo adicto es anónimo y toda pasión es una forma de locura, por eso, cuando ella enloqueció, y una bruja poseyó el cuerpo sagrado que lo contenía, su hambre por existir se transformó en una sed asquerosa imposible de saciar; lo que nunca pudo entender era que la locura de ella no fue su culpa y que todo el dolor que le quemaba el vientre tenía cura; por suerte, ni siquiera en los momentos más oscuros, perdía el sentido del humor y siempre, antes de desmayarse exhausto de ginebra, ante mis excesivos cuidados, me decía, parafraseando aquel viejo chiste: “Gracias doctor, muero curado”.

 

 

“Se presentó impecable, como siempre. El pelo engominado, la raya al medio dividendo su hermosa cabeza en dos mitades exactas, sus ojos verdes como el color de un vaso de  gimlet iluminado por un rayo de sol, su cutis transparente, enrojecido por la ansiedad. Mi corazón latía con furia, me invadió una imagen, niñas saltando en mi pecho; al ver la expresión de su cara al mirarme me dieron ganas de bailar, de bailar sobre los sillones y las mesas y las alfombras y las flores y el pasto y sobre la superficie bruñida del agua verde verde de la laguna; me tomó la mano, de la misma firme manera en la que el escalador clava su pica en la cumbre de la montaña, y rodilla en tierra, como un conquistador, me dijo: “Brooklyn, vida mía, sabor de mi boca y fuego de mis entrañas, ¿unirías tu vida a la mía?”, y porque era católico y porque era irlandés, agregó: “Para siempre, hasta que la muerte negra nos separe”, y yo temblé como la tierra primigenia, como el mar que explotó con un meteorito, como las niñas que gritaban saltando saltando en mi pecho, y le dije, “sí, quiero, sí”.

 

 

Jameson, rodilla en tierra, tomó la mano de su amada, y sin decir palabra, y sin dejar de mirarla como los hombres del subsuelo miran al cielo, le colocó el anillo de plata y esmeraldas que había pertenecido a su abuela en el dedo apropiado y le entregó su alma, transubstanciada en metal y piedra preciosa para toda la eternidad, para que ella fuera su dueña, su sentido y su esencia más pura. Y ella, aturdida por la emoción y por la belleza del anillo y por el poder que él le transmitía, tembló como una niña ante la certeza de su destino y lo tomó de la cabeza, esa cabeza armónica que tanto le gustaba, y lo besó muy suavemente en los labios, esta vez no olía a ginebra, olía a enebro salvaje, enebro del bosque, del bosque oscuro.

 

 

Había una vez un hombre y una mujer. Les gustaban las fiestas, les gustaban los viajes, les gustaban las camas de los hoteles, las sábanas de lino y las túnicas de seda. Les gustaban las playas de la Riviera, el color de la arena del desierto y los atardeceres en Tánger o en Taormina. Bebían cócteles, cerveza, aperitivos, champagne, ginebra, vodka y whisky, bebían en público para festejar y en privado para olvidarse de todo antes y después de hacer el amor; cuando crecieron y dejaron de ser unos niños, él empezó a mojar los pezones de ella con champagne y bebía de ellos, y ella tomaba el miembro duro y caliente de él y lo volcaba en una copa de fino cristal y después bebía el líquido que le corría por la carne carmesí que le quemaba la lengua, y cuando fueron mayores, él bebía del culo de ella y ella bebía del culo de él, y más tarde, dejaron de beberse y comenzaron a cerrar las puertas y ella bebía del pico sola en su habitación mientras escuchaba la máquina de escribir percutiendo sin parar, hora tras hora, día tras día, en la habitación de él, porque él estaba escribiendo la novela que hablaba de una pareja de ángeles que tenían la extraña compulsión de disfrutar hasta las heces de la vida en una celebración maravillosa y demente que terminaría en un vater, vaciando la cisterna que se llevaría por el sumidero toda la felicidad. Y después, cuando ella caía desmayada por tanto alcohol sobre las sábanas sucias, baratas, de una cama de hospital, él entraba en un bar de mala muerte, a beber hasta que alguien lo durmiera de una certera trompada. Era yo, quien a la madrugada iba a rescatado y a dejarle unos billetes al comisario para que me dejara llevarlo conmigo, inerte en mi hombro, escuchando una absurda cantinela a la que insistía en llamar “el lenguaje divino”, el único apto para hablar con Dios.

 

 

El taxista albino se tomó su tiempo para responderle.

 

-Sí, hay brujas en París.

 

Y más tiempo para preguntarle:

 

-¿Quiere conocer alguna?

 

Jameson era un escritor fracasado, tenía cuarenta años, hacía cinco que perdía el tiempo en Hollywood, donde se lo consideraba un competente script doctor, aquel que intenta sanar los guiones enfermos y del que se espera incluso el arte milagroso de resucitar a los muertos. Ninguno de los actores, directores o productores, todos analfabetos, que pululaban a su alrededor, había oído jamás hablar de él y mucho menos de sus novelas, a todos les daba un poco de lástima aquel guionista borracho que cuando estaba en pleno delirio llamaba a los gritos a una marca de ginebra. Lo que no sabían era que sus libros habían definido una era y que había ganado tanto dinero que durante una década vivió con su mujer despilfarrándolo en fiestas y en hoteles a lo largo de América y de Europa, y que había alquilado villas enteras en Francia y en Italia y que los marqueses, condes y duques rusos, arruinados por la revolución, se peleaban por contar con su presencia en las fiestas, y que su mujer había sido elegida durante cinco años seguidos como la celebrité más distinguida en la semana de la moda de París. Lo que tampoco sabían era que el escritor amargado y herido se sumergía en tinajas de alcohol para intentar superar el dolor que la locura de su mujer le había ocasionado. Todo comenzó una mañana en que ella no quiso salir de la cama. “Ya no veo los colores”, le dijo. “Tengo los ojos abiertos de los ciegos”. Después, un eccema le invadió el cuello y la cara y los pechos y las piernas; todos los médicos coincidían en que no tenía origen físico. La llevó a una clínica en Suiza donde la analizó el mismísimo doctor Jung, que le diagnosticó esquizofrenia. “No es su culpa, mi amigo”, le dijo el doctor. “Ni la de ella tampoco, claro”. También le dijo que poco se podía hacer y que debería internarla en alguna clínica, como la suya, por ejemplo. Ella llevaba casi un año sin hablar, arrastrando los pies por los pasillos de la clínica suiza cuando de pronto le dijo, en una de sus visitas: “Quiero bailar, amor”. La recuperación fue milagrosa. Le dieron el alta con cierta reticencia y se la llevó de nuevo a la Riviera. Escribía como un poseso cada día relatos para las mejores revistas americanas porque necesitaba el dinero para pagar los gastos de las clínicas y de los hoteles y de las villas…y de las clases de ballet que ella comenzó a tomar en París con una discípula de Nureyev, el mítico bailarín olvidado desde hacía dos décadas y del que no sabrían jamás que era el vecino loco de su villa suiza, que les gritaba obscenidades trepado en los limoneros. Pero estaba demasiado mayor para los rigores de la danza y lo único que generaban sus pasos decididos y sus intensas piruetas era risa, cuando no las carcajadas destempladas de sus jóvenes compañeras; un día, harta de dudas, le escribió a su maestra: “Necesito que me diga la verdad. Necesito saber si alguna vez llegaré a ser una primera bailarina”. “Jamás”, le respondió escuetamente la maestra. Así que dejó el ballet y se sumió de nuevo en el silencio, temblando, agobiada por el ardor del eccema que volvía a invadirle el cuerpo. Jameson la llevó a América y la ingresó en una clínica de la Costa Este, él se fue a Hollywood, donde le habían ofrecido el dinero necesario para mantener los gastos. Se escribían cartas cada día, a ella jamás le faltaron los ramos de flores que él le enviaba una o dos veces por semana, porque ella ya no bailaba, casi no hablaba y lo único que la hacía sonreír era la fragancia de las flores, como a toda mariposa.

 

-Hemos llegado-le dijo el taxista, sacándolo de sus pensamientos.

 

-¿Adónde?

 

-Adonde habitan las brujas”.

 

 

En los últimos años, en los períodos en que la dejaban salir de la clínica, volvía a la casa de su madre, donde pasaba todas las tardes sentada en el porche haciendo ganchillo o bebiendo una limonada. Su madre era una anciana decrépita pero elegante, con esa elegancia de los viejos muebles que aún mantienen el aristocrático lustre pero que no pueden evitar que la madera cruja. La madre se sentaba a su lado y permanecía en silencio hasta que su hija le decía cosas como:

 

-Hay que fertilizar los rosales.

 

O:

 

-Se ven menos abejas.

 

A lo que su madre respondía:

 

-Se lo diré al jardinero.

 

O:

 

-Es por los plaguicidas.

 

Después de un breve silencio:

 

-Siempre sospeché del DDT.

 

La hija:

 

-Nunca aprendí a hacer bien el punto cruz.

 

-Ni yo.

 

Una pausa, rota por la madre:

 

-Hija…

 

La tomaba de la mano.

 

La hija la miraba como un náufrago mira un espejismo, una efímera tierra que flota a la deriva sobre un océano infinito, lo único tan real en su vida como las quemaduras y la sed.

 

Haciendo un esfuerzo intentaba sonreírle, con la sonrisa terrible de los muñecos malditos que no le permitían a su viejo amado dormir en las remotas noches de la niñez.

 

-No mamá. Lo que me pasa no es culpa tuya.

 

Miraba las flores y ni siquiera la presencia de una mariposa hacía que volviera el brillo a sus ojos, ni que su cabello fuera una vez más dorado, como cuando le daba el sol.

 

 

 

 

 

Él abrió los ojos, ella estaba a su lado.

 

Una hebra de luz iluminaba sus cabellos

 

sintió que moría

 

que le faltaba el aire

 

que tanta belleza lo ahogaba

 

rezaba en el fondo del mar

 

más allá del espacio y del tiempo

 

en una dimensión a la que sólo llegan los enloquecidos de amor

 

abrió la boca

 

desesperado

 

como lo había hecho el día en que su madre le dio la vida

 

nacía de nuevo

 

ahora su mujer era su madre

 

amaba a su mujer más que a su vida

 

lloró y bebió sus lágrimas sagradas

 

la abrazó

 

ella se despertó, apenas,

 

se dejó abrazar y le dijo:

 

-Dejame dormir un ratito más, tonto.

 

Escuchó un murmullo extraño que no era la lluvia acariciando el cristal.

 

-¿Estás llorando?

 

Le apretó la mano que rozaba sus pechos, se pegó a él y volvió a dormirse sin decir palabra.

 

El olor de sus cabellos lo embriagó y se quedó toda la noche despierto, sin soltarla, sintiéndola latir en su pecho.

 

 

Ella ya no era ella. Estaba siempre del lado de la sombra. No salía de su habitación. Le tenía miedo al sol y a los ojos. Se sentía avergonzada por algo que no había hecho. Se había olvidado de bailar o de beber desnuda bajo la luna en las noches de estío o de caminar por el bosque. Se pasaba el día en la cama, cubierta por una sábana sucia que no permitía cambiar, ocultando el cuerpo marcado por un eccema inflexible, que se negaba a retroceder y que la llagaba por dentro. Una tarde empezó a gritar, él se encerró en su estudio aporreando la máquina de escribir más fuerte que nunca, pero era imposible no oírla, se le rompía el corazón porque no podía hacer nada. Los vecinos llamaron a la policía, pensaron que le pegaba. Tuvieron que internarla de nuevo. En la clínica la sedaron y la envolvieron en un extraño traje que la mantenía amarrada a una quietud laxa, como la del capullo que contiene a la mariposa que espera la primavera.

 

Él también necesitó calmarse; no soportaba la vida sin ella; era como si a un yonki le arrebataran toda la heroína del mundo y lo condenaran a temblar, a ser avasallado por millones de agujas que le penetraban la piel buscando el hueso. Mezcló los calmantes con ginebra (Brooklyn, claro). Bebió hasta que cayó de bruces golpeándose la cabeza con la mesita de luz; probó su sangre y se desmayó.

 

Pasó tres semanas en el hospital, un coágulo y una hematoma casi lo matan. Cuando salió, limpio, extrañamente repuesto, había tomado una decisión: deberían tener un hijo, un ángel que los salvara de su egoísmo, que los obligara a salir de sí mismos y a madurar, a llegar por fin a admitir que la fiesta había acabado y que ahora deberían ser adultos buenos y responsables. La fue a buscar como se va a buscar a la casa de sus padres a la primera novia. Estaba demacrada, la piel color ceniza, el pelo áspero, gastado, los ojos sin brillo. La llevó a comer pero apenas probó bocado ni habló. La llevó al jardín del parque público donde se besaban mezclando la ginebra y el whisky de cada boca, pareció renacer entre las flores. Le apretó la mano, sonrió. Esa noche le hizo el amor obligándose a cumplir su decisión, no le dijo nada de sus planes, le acabó adentro, lleno de amor, convencido de que ese amor la resucitaría y le daría un sentido por el que vivir, la amó como si le hiciera un regalo. Ella recibió lo que él le entregaba sin darse cuenta, miraba una mancha en el techo que se parecía a una jirafa.

 

 

Debajo de la sábana mugrienta, iluminada por una linterna, escribía en su Diario:

 

“La jirafa me mira. Las leonas son las que cazan mientras los machos retozan. No hay hienas porque no estoy en la selva. Me estoy hinchando como una cerda. Se acerca el sacrificio de la vaca”.

 

 

-No estás gorda, amor. Estás embarazada.

 

Se vomitó encima antes de que terminara la frase.

 

-No puedo ser mamá-le dijo desesperada- Un hijo odiaría toda su vida a una madre así.

 

 

Se escapó mientras él terminaba su mejor cuento. Lo llamaron del hospital. Había intentando suicidarse tirándose al paso del tren de cercanías. Cuando corría hacia las vías se tropezó con una de las raíces del gran ficus de la estación y cayó un metro antes del andén.

 

La habían amarrado a la cama.

 

Cuando lo vió entrar comenzó a insultarlo. Los ojos rojos. La cara transformada en la de una de las hijas del “Señor del Infierno”. La obra infantil que había visto en un teatro de títeres y que le arruinó la infancia.

 

Parecía una muñeca maldita que le gritaba:

 

-Hijo de puta. Hijo de puta. Me jodiste la vida.

 

Volvieron a ingresarla en la clínica.

 

El bebé estaba en buen estado.

 

 

No podía dormir.

 

“¿Qué he hecho. ¿Qué ser maldito podrá nacer de ese vientre?”.

 

 

Un ángel sale de la cueva del dragón.

 

 

 

 

 

Se despertó, el vientre abultado seguía ahí.

 

“El monstruo sigue ahí, infectándome. ¿No lo ves?”, le preguntó a la jirafa que la había perseguido hasta el techo de la clínica.

 

Alguna enfermera, agobiada por el exceso de horas, se había olvidado de ajustarle una de las correas.

 

La jirafa le imploró que no lo hiciera.

 

Pero no existe la jirafa.

 

 

“Creo que fue la pérdida de nuestro hijo lo que nos arruinó definitivamente la vida. Fue el azar o una maldición. No lo sabré nunca. En esa época no quería saberlo. Cuando ella me echó de su habitación, gritándome todas esas cosas espantosas, acusándome de haberle arruinado la vida, me bebí todo el suministro de alcohol de esa región suiza y terminé internado en una de las tantas clínicas que crecen como setas entre las montañas. El delirio me transformó en un pirata y en un explorador y en un mohicano. Durante semanas no abrí la boca más que para decirles: “Ugh”, a las alucinadas enfermeras. Cuando salí, la fui a buscar. “Estamos liberados”, me dijo después de una hora de silencio. Supe enseguida a qué se refería y me levanté y empecé a caminar sin mirar atrás y no miré atrás por años hasta que me detuve en este mísero apartamento de un hotel con un nombre tan ridículo como “Jardines de Alá”, desde donde te escribo otra de las tantas cartas que no se si me atreveré a enviarte, Querido Conejo, el único amigo que me queda”.

 

 

Brooklyn deambuló de clínica en clínica durante veinte años. Al final regresó a América, a otras clínicas más cercanas a la casa de su madre, todas pagadas por él, que dejó de verla, pero que jamas dejó de quererla o o de preocuparse por ella. Trabajaba como un maldito para pagarle las clínicas y la manutención, por amor y por culpa, la odiaba y la amaba a la vez, como casi todos los matrimonios; ella le escribía, en sus momentos de lucidez, extrañas cartas:

 

 

“Te veo llegar en mis sueños, amado mío, y sé en esos momentos de dicha tan plena, que nadie será para mi, jamás, tan importante. Y me das pena porque pagarás tú solo mis culpas. Nunca dejaré de bailar desnuda frente a la hoguera. Ese es mi destino. Cerca del fuego, lejos de la primavera. Ahora lo sé. Me lo ha dicho la jirafa”.

 

 

“-Entre usted-le dijo el taxista albino-. A mi me matarían.

 

Era una casa antigua. Un amplio salón, una escalera demasiado grande. Todo estaba sucio de polvo y cubierto de telarañas. El suelo no crujía.

 

Escuchó voces en la cocina.

 

-Venga. No tenga miedo.

 

Entró en la cocina. Tres ancianas preparaban masa de pan. Estaban vestidas de monjas.

 

-Que nuestra apariencia no le engañe.

 

-Nos vestimos como nos da la gana.

 

-Como nos da la gana.

 

Sacó un cigarrillo.

 

-Aquí no se puede fumar.

 

Lo encendió. Le dio una profunda calada y le echó el humo en la cara a la más vieja.

 

-Yo también siempre hago lo que me da la gana.

 

La anciana estornudó a causa del humo y un esputo cayó sobre la masa.

 

-Es hermoso.

 

-Hermoso.

 

No lo quitaron. No dejaron de amasar.

 

-Bueno. Si se va a poner en ese plan siga fumando.

 

-Siga fumando.

 

-Siga.

 

-¿Siempre es así?

 

-Sólo si la frase tiene más de tres palabras.

 

Tiró el cigarrillo a la masa.

 

-No es necesario que se presente.

 

-Lo sabemos todo de usted.

 

-De usted.

 

-Me aburren. Me voy.

 

Fue hacia la salida.

 

-Su hijo nació.

 

-Nació sano y salvo.

 

-Salvo.

 

Las tres brujas lo miraron ignorando la masa.

 

-Es mentira. Hubo un aborto natural.

 

-¿Eso le dijeron?

 

-¿Le dijeron?

 

-¿Eso?

 

-Esto no es real. Estoy borracho, tirado en alguna callejuela, delirando.

 

-¿Y quién le dijo que los delirios son ficciones?

 

-¿Son ficciones?

 

Cuando la tercera estaba por hablar le tiró un zapato que le rompió la boca.

 

-Basta. Tengo que despertar.

 

-Despertar-dijo la tercera escupiendo la sangre en la masa.

 

La más anciana se quitó el velo de monja y un cabello más blanco que la harina lo encandiló.

 

-Tu mujer se comió a tu hijo.

 

-Como hacemos las brujas.

 

-Brujas”.

 

 

-¿Y qué pasó después?-preguntó Conejo.

 

-Abrí los ojos en el taxi del albino, que me dijo: “¿Quiere un café?”.

 

 

 

Se golpeó el vientre con furia. Odiando su vida. Odiando a su marido. Odiando cada copa que había bebido, cada vals que había bailado. Odiando a los médicos y a las enfermeras, odiando a su madre y a sus hermanas. Odiando a las flores y a cada color que ya no podía ver. Se golpeó hasta que le dolieron los puños, hasta que un hilo de sangre comenzó a correrle por las piernas y se trasformó en un pequeño charco en el que tuvo miedo de ahogarse.

 

-No nacerá-le dijo satisfecha a las horrorizadas enfermeras cuando tiraron abajo la puerta.

 

 

La amargura y la culpa lo transformaron en un borracho pendenciero que buscaba pelea porque encontraba en cada trompada una forma de perdón. “La violencia me reconforta”, Conejo. “Es como el confesionario para un católico. A cada golpe respondo agradecido: Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”.

 

Pero eso no era lo peor para él; aguantaba la bebida como pocos y los golpes como ninguno, pero no soportaba la ausencia de ella, esa ausencia lo mataba lentamente. Se lo dije más de una vez. “Ve con ella. Llévatela a algún lugar lejano”. Me miraba con pena. “No entendiste nada, Conejo. Ni siquiera lo entendías cuando te la cogías bajo mis narices, en mi propia cama”. Me preparé para una pelea. “Tranquilo, viejo amigo, yo no pego nunca, a mi me gusta que me peguen”.

 

El caso es que no podía perdonarla, porque antes tendría que haberse perdonado a si mismo y eso no era posible.

 

“Además está condenada de por vida a las clínicas; sin tratamiento no duraría ni un día”. Nunca la olvidó ni dejó ni un sólo día de sufrir por ella. Y no sólo con el corazón, su cuerpo estaba estragado por tanto trabajo, hizo de negro en la biografía de varios actores y políticos, escribió guiones infectos para producciones baratas y películas pornográficas, su talento para las frases contundentes fue explotado por los publicistas, escribió historietas y novelas pulp con varios seudónimos y todo para pagar las clínicas privadas en las que ella languidecía aturdida por kilos de tranquilizantes que la envenenaban lentamente evitando lo único que hubiera querido hacer, rápida como un halcón: matarse, de una vez y para siempre.

 

 

En un milagroso momento de lucidez escribió en su Diario, tendida en la vieja cama de sus padres:

 

“Mamá ha muerto. Vivió hasta los 80 años rodeada de dolor sin perder la elegancia. ¡Qué asquerosa frivolidad la suya!”.

 

 

Una tarde Jameson salió a caminar por el parque. No estaba afeitado, ni siquiera muy limpio, parecía que hubiera dormido con la ropa puesta. Le llamó la atención una chica muy joven que miraba extasiada el vuelo de una mariposa.

 

-¿Te gustan las mariposas?

 

-No puedo responderle, señor. Me enseñaron a no hablar con los extraños.

 

Se encogió de hombros y siguió caminando.

 

-Me llamo Gloria-le dijo la chica muy joven.-. Si me dice su nombre estaremos formalmente presentados.

 

Volvió a ella.

 

Le dijo su nombre verdadero. El que nunca le había dicho a nadie.

 

-Buenos días-le dijo Gloria.

 

Sacó un cigarrillo y lo encendió, le dio una calada y se lo pasó.

 

-¿Fuma conmigo?

 

El escritor se sentó su lado y por primera vez en mucho tiempo se avergonzó por su aspecto.

 

Ella se dio cuenta.

 

-No se preocupe, mi papá también bebe mucho.

 

Parecía un niño abandonado en un cabaret.

 

-No tenga miedo. ¿Sabe qué hago yo cuando tengo miedo? ¡Me pongo a cantar!

 

Sin decir palabra se levantó y comenzó a caminar. Tenía que refugiarse en su estudio, frente a la máquina de escribir, con una botella en la mano.

 

Ella pronunció su nombre.

 

Se giró.

 

-Sí. Me gustan las mariposas.

 

 

Al otro día volvió al parque. Afeitado, bañado y bien vestido. Ya no tenía suficiente pelo como para hacerse la raya al medio. Ella estaba en el mismo sitio.

 

-Sabía que vendría.

 

Se sentó.

 

Lo miró.

 

-¿Se bañó para mi?

 

Ya no había marcha atrás.

 

-Sí-le respondió desconociendo su voz.

 

Ella se acercó y le dijo al oído:

 

-Entonces vayamos a comprobar el estado de su ropa interior, señor.

 

 

“Querido Conejo. Hace un año que no bebo. No creas que no me cuesta, pero cuidar a Gloria y la perspectiva de que en un par de meses seré padre me lo hace mucho más fácil. Mi corazón se ha abierto, Conejo, y el viejo rayo de sol ha vuelto a iluminarme. Gloria me lo dice cada día: “Parece que brillara, señor”, me dice, tomándome el pelo, matándome de amor. Te cuento que estoy escribiendo a buen ritmo una nueva novela. Mi obra maestra. Cada palabra nace madura, como si la hubiera estado destilando toda la vida (nunca mejor dicho). Por suerte Gloria entiende que destine parte de mis ingresos al pago de una clínica donde una mujer que ha sido mi vida y mi adicción y de la que ya me siento completamente curado espera con los ojos abiertos la muerte”.

 

 

Una hora después de terminar esa carta mi viejo amigo sintió un pinchazo en el pecho, estaba sentado en un sillón destartalado, corrigiendo lo que acababa de escribir; se levantó para ir al baño, pero dio un par de pasos y cayó fulminado por un ataque al corazón. Un mes y medio después nació su hija Brooklyn. Gloria eligió el nombre. Soy su padrino y una vez que termine de redactar estas notas iré a comprarle una muñeca. Hoy cumple seis años.

 

 

Desde la muerte de su marido no ha pronunciado palabra. Es de noche y no puede dormir. Todos la han abandonado. Sus padres. Su marido. La jirafa. A la mañana le aplicarán un electroshock. Los médicos dicen que es su última esperanza. No confían en ella y han trabado la puerta de la habitación y la han amarrado a la cama. Pero no llegará viva a la mañana. Un incendio que comienza por un cortocircuito en la cocina arrasa con la clínica. Antes de morir abrasada por las llamas ante las que bailó toda su vida, pensó:

 

“Todas las brujas mueren en la hoguera”.

 

 

Mi ahijada al verme llegar con un paquete corre hacia mi.

 

El sol la protege y la hace brillar.

 

 

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