Historias sin punto final
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#12 · Between the bars

Por Charlie Di Palma
Ilustración Flor Asteggiano

Salgo de la estación de tren en algún rincón del conurbano, cadereo hacia la derecha el instante que el ocaso parpadea mi flequillo plano, cuando una ola de deducciones irresistibles pasea en mi psiquis; mis audiculares permean sonidos desde la mitad de Pink Moon, de Nick Drake, que actúa como disparador de bloques emocionales. Me detengo un segundo y armo un tabaco. Un borracho  que hace instantes se entretenía rasgando boletas de campaña política en el piso, se acerca, irrumpe la seguidilla de voces que acicalan mi reciente construcción acérrima interna, me dispara una hilera de reproches –mientras su mano atina a acertar un ejército de papelitos en mi cara-–que detona consecuentemente los demonios conservados en intervalos del pasado que flaquean cada tanto como pitonisas sin  respuesta: destellos que refractan mi interior y aquella narradora en primera persona del singular se desata, me condena, me denomina. Me recita sin intermitencia aquel revisionismo anecdótico emocional en el que transité la decadencia de sucumbir ante ciertas exterioridades que me aquejaban, y que cada tanto me rasga y parte la tarde al medio.

Somos las palabras de lo adicto, de lo no dicho.Somos latencia.

Somos resabios de las prácticas que nos emancipan después de consumir tanta porquería.

hijos de la mierda y la belleza de lo que no se puede decir entre sílabas; el lenguaje como un virus impuesto de todo lo que decimos; un discurso en decadencia. Somos adictos a quemar la ansiedad en la que no comunicamos nada y nos terminamos cayendo del pentagrama; pestañas perdidas en aquel llanto que nos enmascara.

Somos adictos a la imposibilidad de ser, porque mientras nos quedamos sin palabras para nombrar lo ya nominado, definir aquello que nos abre un espacio vacío dentro de un huevo que carcome los dilemas existenciales que pretendemos descifrar.

 

Nos hallamos apartados de la categoría de vivir en cuanto formamos parte de alguna adicción: todo en cuanto va sucediendo es sinónimo de una complejidad aparateada en un teje de redes destructivas que nos someten. Nos mantenemos al margen por instantes, y cuando recuperamos el vuelo, nos permitimos padecer la miseria para volver a consumir la botellita de Alicia y/o caer en aquel agujero desconocido. Nos excluímos a nosotrxs mismxs. Hay algo que nos pierde en los consumos,  que si bien elegimos de entrada para que nos recupere la sensación del buen vivir y suponer por un fugaz, la habilidad de poder dejar volar las termitas que se posan cada día en nuestro kilometraje

Algo que nos altera el orden de cada mundano espacio en este juego de sometimientos humano. En cada clase social, en cada barrio, en cada espectro de la sociedad este devenir nos atraviesa, ya sea en función de sustancias, pastillas para no deprimirse, tecnología, trabajo, personas, mandatos: algo ajeno a nuestro entre que pasado cierto límite nos consume, mientras pretendíamos controlarlo para lograr objetivos concretos.

 

Las adicciones se llevan de nosotrxs nuestras virtudes, y también nos ponen contra las cuerdas: no todxs sobreviven el ring decisivo de la gracia ambigua de vivir sin ellas. Siempre conviviremos con la presencia a todos los niveles. Presiento que nos hemos vuelto resistentes, pero sólo aquellos que no hemos caído fuera del ring.

 

Nos tropezamos con ellas, vacilamos, calculamos y decidimos adaptarlas a nuestras vidas. Luego ellas nos sedimentan, prolongan sus ramas ya no por fuera, sino como un rizoma que traza con cada organicidad, lo cotidiano hace carne con la necesidad, cruza cables invisibles que nos alientan a seguir enchufados a esa dicotomía de placer inmediato, y nos supura un día la desesperación. La negación persiste un preciso tiempo. Y nos volvemos adictos a la esperanza de salir: aquella godotina mediocre, bebiendo aperitivo barato en algún bar lejano que nos catapulta, nos dispone de su energía rancia y nos aniquila en la verborrágica discursiva de la aproximación a la salvación final.

 

La dependencia psico-física no sólo nos aleja de los vínculos sociales y sanos, sino que se transforma en un espacio de tiempo-fuera irrecuperable, con practicidades de los órganos agotadas sin vuelta al uso y goce previo. genera distorsiones asociadas a la negación y la repetición del uso de sustancias o situaciones que nos condena a perder energía y tiempo vital de subsistencia. Intolerancia a las emociones, dificultad para manejar la ansiedad: esa gótica experiencia que nos plantea no saber qué esperar mientras nos carcome la duda, la latencia indómita que nos reduce a pequeñas partículas aireosas que descantan a través de la luz de la ventana, levitando inciertas sin devenir ni porvenir.

 

Si de conductas adictivas se trata, leer a William Burroughs parece una desinencia clara sobre este espectro enigmático. En un planeo mental decisivo y paradigmático, nos tira  como si nada que el lenguaje es un virus; nos volvemos locos por no detectarlo. El loco yonki nos revela, y nos interpela desde su perspicaz olfato y su biografista experiencia autodestructiva.

En este esquema de pestilencia, parece revelarnos los interines del laberinto del desaparecer: no estamos, estamos levitando sensaciones mientras nuestro cuerpo fisiológico experimenta derrumbes colosales, nos dejamos llevar por el quiebre hacia la expansión del pensamiento y todas las formas que vaya tomando. La vuelta a la búsqueda del abismo que nos controla  una vez que finalizó un trayecto, ya sea un atracón de harinas o una noche de descontrol náufragos del alcohol.

 

El estado de omisión de palabras para describir lo que no podemos ver nos aliena, revisamos los miedos más laterales, conocemos la sensación de desaparecer, la conexión con lxs otrxs no toma parte. El desborde cultural como quiebre absoluto. Operamos como changarines emocionales que nos inducen a revisitar cada estado latente de la mente, pero lo físico toma lugar de riesgo permanente y va con delay a lo que la psiquis va descifrando: una corporeidad que lenta en su paso y en sus vicisitudes, se va degradando lenta, hasta deteriorarse por completo, si no se rescata a tiempo.

 

¿No será el resultado de la adicción más destructiva, la búsqueda de una muerte segura y eficaz ante la llana sensación de que nos extinguimos? ¿Morimos y renacemos en cuánto sublimamos la grotesca partitura del estar y no estar? ¿Cuál es ese intersticio en que los planos de convergencia nos emanan el pestilente sondeo de la realidad? La realidad del opresor que nos hiere, nos nomina, nos conmuta y nos define. Ni el placer ni el displacer existirían, creemos creer, mientras un sinfín de corporaciones con fines de lucro nos implantan desde el discurso lo que deberíamos creer, lo que deberíamos consumir, y cómo. Toma todas las revoluciones contra culturales y las hace presa, nos apura, nos enraiza y descona nuestros rizomas creativos para volvernos adictos a productos determinados en un mercado donde vivir en la línea de fuga es lo necesario para no ser un mediocre más.

 

Muchas obras de artistas adictos que endiosamos a rajatabla, en general, están realizadas en contexto de consumos que los sumen en un pozo distintivo, pero a la vez, repletas de claros mensajes y visiones del mundo que clarifican aspectos que nos parecen enigmas cotidianos. Ellos desentrañan esos espacios y nos comparten percepciones que nos emocionan, nos habilita admirarlos. ¿Qué diferencia hay entre el viejo borrachín quebrando papelitos como intervención en la vía pública  y el club de los 27? Un grupo de especuladores que reuniendo ciertas características de ciertxs sujetxs con alguna singularidad nos induce a admirar lo bellamente repulsivo del reviente artístico.

Nos planea lo transmisible en aquello que le artista puede atrapar y condensar en un mensaje que nos conmueve. Los aplaudimos a su propia destrucción.

Nos conecta con lo que lxs desconecta. ¿Es la obra de arte una salvación de esos instantes de adicción, o algo que el ego -herido y mancillado- produce para justificarse?

 

Somos una sociedad repleta de comunidades adicta a las adicciones, porque el jugo secular que nos oprime nos revela que nada cambiará, que estamos atrapados en este dialecto de consumidores de todo tipo de cosas que se nos hace sentir necesitarlas para ser.

Pertenecemos a lo que es prohibido por los que prohíben lo que naturalizan.

17 hs, Juan B. Justo, Palermo – El auto tironea al entrar a 2da y 3ra. Ya hace un par de semanas que vengo pensando en llevarlo al mecánico. De pronto, una lucecita se enciende en el tablero. No digo nada a ninguno de mis acompañantes, sigo manejando esperando que un milagro detenga la vergüenza que voy a sentir en breve: todxs estamos apuradxs por llegar a nuestros hogares.

Tengo un largo rato, entre el tráfico habitual densificado de un día de semana en capital y el destino. “Mierda” –ni lo pienso, es automático – “espero llegar” y redundo en mi hábito a la procrastinación. Otra vez recuerdo, aquel vicio indemne que caminé por la cuerda floja más de una vez, y poco a mucho se volcó en una adicción.

 

Casi por casualidad, los planetas se alinean y empezamos a relatar nuestros testimonios en primera persona –con un prontuario bastante gede –sobre salidas pestilentes y tóxicas. Juana, que hasta ahora ha guardado silencio, interfiere decisiva:

 

“Yo nunca probé ninguna droga. Ni alcohol, ni tabaco”

La miro de reojo, me quito los lentes de sol mientras sermoneo: “Hay que ser muy fuerte en estos tiempos para ponerte ese límite con las sustancias y sostenerlo. Te admiro”

 

 “Soy adicta a otras cosas. No puedo dejar el celular un minuto, por ejemplo. Las sustancias me dan miedo. Yo conocí el lado mierda, mis viejos eran adictos y la sufría yo. Y sé que tengo una personalidad re adictiva, que tengo la predisposición genética y demás. No es tan heroico, lo hago por miedo y tengo muy claro el lado mierda. Eso es lo que pasa”

 

“Una caja es tu cuerpo donde el dolor no cesa …” arremete Miguel abuelo en su mantra místico “Buen día, día” desde los parlantes. El viaje, de vuelta, será incierto.

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