Historias sin punto final
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#15 · Crónica ETER

TENER Y NO TENER

Por Juan Carrique

 

Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con lo mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.

Jorge Luis Borges, Borges oral

 

Por ejemplo, yo.

 

Que trabajo, pero gano hasta ahí. Que vivo solo, pero en un monoambiente de treinta metros. Que me gusta leer, pero la pereza gobierna mis días.

 

Por ejemplo, yo.

 

Que no me compro ropa, que debo varias cuotas del ABL, que en el supermercado busco las marcas más baratas.

 

Por ejemplo, yo.

 

Que en algún momento de la mañana me escapo de la oficina. Entre las once y las doce, digamos. Que miento y digo que tengo que hacer un trámite en el banco. Que primero me alejo unas cuadras, armo un cigarrillo y le doy dos o tres caladas. Que pienso en todas las cosas que tengo que hacer esa tarde, y la tarde del día siguiente, y las tardes que le seguirán. Yo, entonces, que entro en la librería y saludo al jefe y a los empleados. Que camino alrededor de las mesas y acecho los estantes. Que me paralizo frente a un título, lo arranco de su lugar y lo acaricio mansamente. Yo, que huelo las hojas y el adhesivo sintético que las mantiene unidas. Que interrogo el epígrafe y leo las primeras líneas. Que lo dejo y agarro otro. Y después, otro. Yo, que voy y pregunto el precio. Que frunzo el ceño cuando me lo dicen. Que vuelvo a abrir el libro. Yo, que dudo.

 

Por ejemplo, yo.

 

Que saco la tarjeta. Que respondo “los dos”. Que pregunto si hay cuotas. Yo, que me los llevo exultante. Que los abro, sin que me vean, apenas entro a la oficina. Que los meto en la mochila y después los hojeo en el tren. Que cuando llego a casa los apoyo en la mesa ratona o sobre algún estante. Yo, que por un tiempo incierto los dejaré descansar allí para que las cubiertas intimen con el polvo.

 

Por ejemplo, yo: yo padezco tsundoku.

 

Ahora bien, ¿a quién le importa yo?

 

Dice Sartre en Las palabras: “Nadie puede olvidarme: soy un gran fetiche, maleable y terrible.” Habla del libro. Pero no de lo que en él va depositando, sino propiamente del objeto físico. Es decir, de esa serie de hojas de papel impresas, manuscritas o pintadas que van unidas por un lado y protegidas con tapas.

 

Aquel que adolezca de su ausencia, que goce con su sola contemplación y que, por sobre todas las cosas, no pueda refrenar el deseo a comprarlo pese a que en casa aún hay decenas (o cientos) de títulos por leer, es susceptible de ser diagnosticado con tsundoku. El término es japonés y –todavía– no tiene traducción a otro idioma. En español se podría arriesgar bibliomanía, pero no: no es lo mismo.

 

El tsundoku es la compulsión a comprar libros, no leerlos y apilarlos en la biblioteca. Es, en definitiva, una tendencia irresistible al consumo y a la acumulación. Es, por ejemplo, mi caso. Pero insisto, ¿a quién le importa yo? Por eso, para corrernos de esta primera persona que aburre y cansa, veamos qué le pasa a otros: Pablo Gianera, crítico de música y literatura, confiesa ser un acumulador serial: libros antiguos, libros no tan antiguos, el mismo libro en distintas ediciones, el mismo libro en distintos idiomas, el mismo libro multiplicado en la misma edición por si se pierde o se quiere regalar. Todos ellos rozan sus lomos en los estantes de su casa. Y muchos, la mayoría tal vez, aún no han sido leídos.

 

¿Por qué hacés esto Pablo? ¿Qué te empuja a cultivar esta manía? ¿Qué poder tienen ellos sobre vos? Y Pablo dice: “Cuando compramos un libro sentimos que con él compramos también el tiempo de vida para leerlo. Por eso mismo, regalar un libro es también una donación de tiempo. Lo que depara la contemplación de la biblioteca es la ilusión de un reservorio creciente, indefinido, de tiempo disponible.”[1]

 

No se trata, entonces, sólo de un efecto visual o psicológico, sino también metafísico. El libro en estado de espera, apilado y a veces escondido en los pliegues de la biblioteca, funciona como una promesa. La promesa de un encuentro futuro con lo inesperado.

 

A esta altura, ¿es necesario hablar de números?

 

Las estadísticas al respecto no abundan, pero hace unos años la Fundación El Libro y la Universidad de San Andrés encuestaron a mil personas de Capital Federal y Gran Buenos Aires y llegaron a la conclusión de que sólo un 11 por ciento lee regularmente. De ese porcentaje, casi la mitad no lee más de cinco libros al año y sólo un cuarto lee más de diez. Si estos números lo contrastamos con los 62 millones de libros que se fabricaron en 2016, podríamos deducir –con cierta malicia pero sin faltar a la verdad– que la gran mayoría de la población lectora tiene síntomas de tsundoku.

 

¿Otro candidato?

 

Por ejemplo, Mariano.

 

Su madre tiene hace veinticinco años un kiosco de diarios y revistas en San Justo. A los quince (ahora tiene 37), Mariano comenzó a trabajar allí. Quería ser abogado y tener dinero. Sin embargo, a fines de los ’90, la editorial Planeta-DeAgostini comenzó a publicar a un precio insólito la colección Clásicos de Grecia y Roma: cien tomos de autores como Platón, Aristóteles, Esquilo, Jenofonte, Virgilio y Tito Livio. Al mismo tiempo, al kiosco empezaron a llegar, semana tras semana, los libros de la colección Jorge Luis Borges, editada por Orbis. Sesenta y tres libros donde se destacaban Vidas imaginarias de Schwob, El corazón de las tinieblas de Conrad o El desierto de los tártaros de Buzzati. Mariano inició así su carrera de lector voraz e infalible coleccionista. En su cuarto (una pieza de tres por cuatro separada de la casa principal) comenzaron a apilarse columnas de libros y revistas. Nunca daba abasto para leer todo, pero necesitaba que estuvieran ahí, cerca suyo, formando una especie de velo que lo separara del mundo.

 

Finalmente, ya con dieciocho años, comenzó Derecho. Estudió durante cuatro años y tenía un promedio fantástico, pero algo ocurrió: “Los libros, sí, los libros. Cuando estudié Filosofía del Derecho leí a Marx y algo cambió en mí. Me compré, de a poco, sus obras completas y las empecé a leer solo, cuando volvía de la facultad. Seguro que no entendía casi nada de lo que decía, pero algo me hacía mucho ruido. Me acuerdo que cuando me acostaba en mi cama sentía que los libros me miraban. O mejor dicho, me acosaban, especialmente Marx: su rostro iracundo estaba estampado en la tapa de la edición que yo tenía de El Capital. Y un día pasó: dejé la carrera, renuncié al trabajo –un par de años antes había logrado entrar a un Juzgado– y comencé a estudiar Filosofía.”

 

Mientras vivió en aquel cuarto llegó a reunir más de tres mil volúmenes: literatura, filosofía, ciencia, pintura. Todo lo que saliera en las colecciones de Página/12, La Nación, Clarín, sumado a lo que iba comprando. La biblioteca era sencilla: tablones de madera apoyados sobre ladrillos huecos. Luego se mudó de San Justo a Parque Chas con un amigo y tuvo que resignar unos quinientos libros. Dos años después, se fue a vivir en pareja y no tuvo más opción que dejar otros mil en la casa de sus padres, donde ahora se humedecen en el garage. Actualmente tiene cerca de mil quinientos y cree que cuando se mude a una casa más grande podrá recuperar el resto de la colección que forzosamente debió abandonar: “Estoy seguro que no los voy a volver a leer, pero eso no me importa. Cuando estoy en contacto con ellos siento un goce íntimo y voluptuoso irresistible. No pretendo que los demás lo entiendan, incluso ni siquiera pretendo entenderme yo mismo.”

 

¿La Biblioteca de Babel entre nosotros?

 

Mientras tanto, ya es posible reunir dos mil títulos en un e-book. Y no sólo eso: una enorme cantidad de libros pueden descargarse de manera gratuita o a muy bajo precio. También se puede elegir el idioma, consultar el diccionario con sólo apoyar el dedo en una palabra y cambiar la tipografía y su tamaño según el gusto de cada cual.

 

Sin embargo, y pese a la caída del 25 por ciento en ventas que registraron las librerías entre julio de 2016 y 2017, el objeto libro parece erigirse como un tótem inmortal. Según Salvador Cristófaro, de la editorial Fiordo, “la idea de que el e-book iba a desplazar al libro impreso –la cosa esa apocalíptica– fue una cuestión de marketing; quedó demostrado que el e-book no tenía el poder de derribar la tecnología de algo que tiene siglos de existencia.”[2]

 

Así las cosas, enumero: los de los estantes, la mesa ratona, la mesa de luz, el suelo, la mochila, los tres que tengo al lado mío: saco cuentas: ochocientos veinticuatro. ¿Habré acaso leído la mitad? ¿Importa?

 

¿Y por ejemplo, vos?

[1] GIANERA, PABLO, “Confesiones de un acumulador”, en LA NACIÓN, 8 de junio de 2017.

[2] LOPEZ WINNE, HERNAN Y MALUMIAN VICTOR, Independientes, ¿de qué?, México DF, FCE, 2016, p. 147.

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