Historias sin punto final
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#13 · Implacable

Por Gloria Colombo
Ph. Juli Nuñez

 

Gertrudis toma mate en la cocina. Tiene un departamento amplio pero ella prácticamente vive en esa cocina modesta, pero amplia y pulcra. Como la alacena está por detrás de la vasta mesada le queda incómoda para su altura, lejos de su alcance. Así es como muchos de los objetos que tal vez debieran estar en el estante –para una mirada con un sentido clásico del orden– se encuentran en cambio apilados prolijamente en un rincón. Hay una mesita tijera contra la pared opuesta a la ventana, y en ella toma mate. Su mirada está perdida en el espacio de luz y verde que asoma por el batiente. Es todavía época primaveral –noviembre– y el jardín de la casa vecina tiene árboles cuya copa alcanza la vista de Gertrudis. Se ve la copa de un duraznero, y más lejos una Santa Rita florida que da alegría al alma. Pero ella no mira nada de eso en este momento, sus recuerdos desfilan por la memoria y esas imágenes es lo que ve, y se le estruja el corazón haciendo que sus ojos se llenen de lágrimas.

 

 

Hace tiempo que vive sola, desde que su  hija menor decidió convivir con el novio. No es la soledad lo que la oprime. Es el recuerdo súbito e inesperado de su noviazgo. Había sepultado su recuerdo, los años de matrimonio no fueron felices, él no supo ser un buen compañero. Eso pensaba ahora, en esta tarde de sol. La había abandonado en cada momento crítico, había salido con cuanta mujer se le cruzase por el camino, llegaba tarde por las noches y ella desesperaba. Finalmente se vio constreñida a decirle que se fuese. Para ello debió juntar todo su valor, porque no le era agradable verlo irse. Pero no eran estas imágenes tantas veces evocadas las que pasaban por su mente. Por alguna razón ignota son los recuerdos felices los que de pronto afloran.

 

Recuerda su noviazgo, sus encuentros furtivos llenos de amor apasionado. Ella se escapaba de su casa, incluso enferma, para verlo a él cuando llamaba. No podía estar sin verlo. En realidad, eso les pasaba a los dos. Era como una adicción. Verse, escucharse, besarse. Imposible seguir una rutina, ponerse horarios. Su casa era grande, ella cerraba la puerta de su habitación y despacio salía. Nadie se enteraba ni siquiera cuando volvía. En ocasiones los acompañaba un amigo inoportuno. Finalmente ellos se despedían con un motivo cualquiera y si tenían plata suficiente se iban a un Hotel.

 

Tampoco era esto lo único que  le traía nostalgia. También las visitas a las galerías de arte, sus paseos por las librerías, sus idas al cine que se transformaban en otra cosa cuando la película no era buena, y terminaban nuevamente en “ese” hotel. Nunca más la llamó después que se fue. Se hizo humo. Gertrudis tiene su corazón lleno de aquél amor. De aquella necesidad incesante, implacable, a la que había que dar respuesta.

 

El teléfono suena. El corazón le da un vuelco. Olvida todo lo demás, solo esta cosa a la que no se puede decir que no, nunca. Quedan en encontrarse, ella se viste con lo mejor que encuentra y corre al subte.

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