Historias sin punto final
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#20 · Las guachas

Por Lucila lastero

Ya pasaron muchos, muchos años, desde aquella tarde negra, por eso los hechos se me mezclan un poco adentro de esa gran masa chusa y sin forma que es el  recuerdo. Además, voy a contarlo porque usted me lo pide ahora, pero en casa no volvió a hablarse del asunto nunca más. Sobre todo porque mamá está demasiado triste. ¿La ve ahí, en ese rincón, hecha un ovillo sobre su sillita de ruedas, cada vez más muerta? Si ya ni habla, pobre vieja. No es fácil aguantar una vida tan difícil y que encima la hija menor, la más chiquita, se vaya así, tan rápido.

Al principio la Teresa no nos quería contar que estaba de novia con ese tal Guillermo. Pero fui yo la que los vi juntos, una noche en que había ido a visitarla a mi amiga la Cusca -digo, la María, pero nosotros le decimos la Cusca por lo chiquitita y movediza-, y entonces ahí los vi, les di la cana tomados de la mano, en el negocio de Don Tito, ahí donde el Guillote ése se la pasaba meta vino y coca nomás, todo el día. Le dije a la Cusca la vi a mi hermana con el porquería ése y la Cusca me dijo si yo ya los vi un montón de veces. Entonces me enojé con la Cusca, cómo no me va a contar antes, pué… Y ahora cómo le digo a mamá que la Teresa está con el Guillote, decía yo, porque ni a palos pensaba en no contarle, no, yo le tenía que contar. Ése es un borracho y un vago de mierda, dijo mamá, y tenía toda la razón. Mamá ya la había pasado antes con papá… El viejo vivía mamado, y así murió también, un día se agarró a las piñas con uno de esos borrachines que siempre andaba con él, tuvo una caída en plena golpiza, pegó con el cordón de la vereda y ahí quedó, con la cabeza partida. Y nosotras nos quedamos solas nomás. Por eso mamá le tiene idea a los borrachos y al Guillermo no lo podía ni ver. Pero la Teresa se encaprichó, no hizo caso y siguió andando con el Guillote. Peor que si le habláramos a la tapia. Y mientras tanto todas atentas y preocupadas, porque en cualquier momento la deja con la panza y sonamos, decía mamá. Y así fue nomás, un día la Teresa vino con la noticia de que estaba esperando y era del Guillote. Mamá sacó todos sus ahorros para pagarle a Don Pedro, el albañil, que fue el que construyó la pared divisoria e hizo el bañito en la casa, y entonces todo listo para que la Teresa y el Guillote se vinieran a vivir acá, cerca nuestro, porque qué se le iba a hacer, si ese vago de mierda no trabaja y no tiene casa, dijo mamá, al menos que mi hija se venga cerca mío, aunque esté amichada nomás. Y así pasó, la Teresa vino a vivir acá, en la casita de al lado que le construimos para que criara a su bebé y para que el inútil ése se hiciera cargo. Pero, ¿usted cree que el muy  mierda cambió de actitud por eso? Nada. Volvía hecho un trapo de borracho, y si es que volvía, porque otras veces pasaban días enteros en que no volvía, y después nos enterábamos de que había estado chupando como esponja nomás, con los amigos esos, todos como él.

La pancita de la Teresa ya tenía esa curvita tan linda, cuando un día lo escuché al Guillermo insultándola. Me acuerdo que yo estaba terminando un texto que tenía que escribir para Lengua cuando, como si fuese el sonido del tele cuando está en un volumen muy alto, escuché a alguien que decía puta de mierda, ya vas a ver… Digo eso del tele porque me acuerdo de que al principio yo creí que era el tele nomás. Tardé en darme cuenta de que era el Guillermo basureándola a mi hermana. Yo me quedé mal, comencé a temblar y mordía la punta de la bic hasta que la rompí toda con los dientes, la hice astillas, con una rabia, qué tenía que insultarla a mi hermana y decirle cosas tan feas ese quiscudo. Además, un miedo bárbaro de que mamá fuera a escuchar los insultos, porque ella se iba a poner peor que yo, pobre…  Esa fue la primera vez en que me lamenté mucho, pero muchísimo, de no tener un hermano varón, de que no hubiera ningún hombre en la casa, pobres mujeres solas, nosotras, todas guachitas, y todas mujeres sin ningún varón forzudo que fuera a pegarle unos buenos bollos al Guillote ése, para que se dejara de joder con mi hermanita.

Pero entonces pasó lo del golpe. Escuchamos un ruido seco y hondo, como el primer golpe que uno da cuando sale a limpiar la alfombra y la estampa contra la pared para quitarle el polvo. Pero este golpe vino seguido de un grito agudo, y de un “guacha de mierda”, repetido varias veces. Yo me quedé como clavada en la silla, dura, los ojos como huevos fritos sobre el plato de guiso, y vi que mamá hizo algo parecido al principio, pero después se echó hacia atrás masticando algún insulto y pidió que la lleváramos a su habitación. Dijo que no quería comer más y se fue a su pieza lloriqueando.

Y eso siguió pasando, pasó varias veces más. Hasta que un día no aguanté y me le fui al humo al Guillermo, con una mano me le colgué del picaporte mientras con la otra y el pie derecho le masacraba la puerta a golpes, hijo de puta, dejala a mi hermana, dejala en paz. El Guillote abrió la puerta nomás, pero no para escucharme hablar y tampoco para dejar de pegarle a mi hermana. Me agarró del pelo, me arrastró para adentro -claro, no fuera a ser cosa que los vecinos-, me acorraló contra la puerta y ahí fue que vi, con ojos espantados, lo que sujetaba con bronca en la mano derecha: un arma, un arma de verdad, algo con lo que podía matarme  ahí mismo si yo seguía gritando, así me dijo, hablando bajito esta vez para que no lo escuchara ni mi hermana. Después me empujó para afuera y yo volví a casa muda y herida por la derrota, y por el miedo.

A la Irene se le ocurrió un día: ¿Por qué no llamamos a la policía? Y mamá le dijo que no. No se podía llamar a la policía, había dicho mamá, al Guillermo lo iban a soltar al otro día, como siempre pasaba,  y entonces iba a volver y la iba a matar a la Teresa. No se podía llamar a la policía, pero había que hacer algo, y urgente, porque la guatita de la Tere estaba cada vez más redonda y dura y mamá estaba segura de que era varón, un varón… por fin un varón en la familia, repetíamos con alegría.

Íbamos a hacer algo, nosotras. Pero no nos dio tiempo. Todo ocurrió una tarde, más o menos cerca de las cuatro. Yo estaba viendo la telenovela, me acuerdo, pero bajito para no molestar a mamá que dormía en el sillón. Volvimos a escuchar guacha de mierda, lo que siempre le decía el quiscudo a mi hermana. Guacha, guacha, guacha mi hermana, guachas nosotras todas, guachas por solas. Después se escuchaba la voz de la Tere, que le contestaba, parece, pero no entendíamos lo que decía. Lo que siguió fue el grito de terror, y ese silencio que se nos transformó en una sonrisa del mandinga.

Entonces la Ire se encargó de llevar a mamá a su dormitorio, a mamá rota en lágrimas, había que tranquilizarla un poco, decirle no pasó nada, nada, y nosotras, la Pili y yo, fuimos con la policía a tirar la puerta y a ver, con nuestros propios ojos, el cadáver fresco, la presencia de la muerte y del delito y del ya no hay nada que hacer. El autor del hecho, el implicado, como le llaman en el idioma ese con el que hablan los policías,  temblaba en un rincón, todavía  con el cuchillo en la mano, ausente pero entregado a la condena. ¿Por qué no hicimos algo antes? ¿Por qué tuvo que terminar así, ahora…? Las preguntas y las respuestas y las culpas, todas juntas, se morían en la alcantarilla del tiempo. Porque ya no había nada que hacer.

Después mamá fue con nosotras a la comisaría, a reconocer al autor del asesinato y a testimoniar. Ese fue el inicio del juicio largo que terminaría con la condena a veinte años de prisión, por asesinato premeditado, como le dicen.  Después no hubo nada más que agregar pero, al salir de la comisaría, ese día, mamá se acercó para despedirse. Entonces yo escuché lo que le dijo, lo escuché bien clarito porque yo estuve ahí y de eso no me olvido. Le dijo: Hijita, va a pasar rápido. Lo lindo es que vos y el bebé se salvaron, se salvaron. Nos salvamos.

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