Historias sin punto final
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#19 · Los adictos

Por Juan Duacastella
Ilustración Leandro Silva

 

Vosotros, todos vosotros, toda

esa carne que en la calle

se apila, sois

para mí alimento,

todos esos ojos

cubiertos de legañas, como de quien no acaba

jamás de despertar, como

mirando sin ver o bien sólo por sed

de la absurda sanción de otra mirada,

todos vosotros

sois para mí alimento, y el espanto

profundo de tener como espejo

único esos ojos de vidrio, esa niebla

en que se cruzan los muertos, ese

es el precio que pago por mis alimentos

 

Leopoldo María Panero “Lamento del vampiro”

 

 

Es curioso como se dan a veces las cosas, porque lo primero que recordé de Tomás cuando me llamaron fue el ojo muerto de su padre, de un color lechoso inhabitado, un ojo al que le teníamos mucho respeto de chicos porque acompañaba la severidad del resto de su cara y provocaba que su otro ojo, el que servía, luciera todavía más amenazante y filoso.

 

No había sido muy amigo de Tomás en la secundaria aunque fuimos compañeros por muchos años y lo conocía bien. Dejé de verlo apenas terminado el colegio y por veinte años supe de él sólo por las noticias que alguno de mis amigos traía, por las actualizaciones de facebook que lo mostraban vacacionando en distintos lugares del mundo, esas fotos típicas en alguna playa caribeña sosteniendo tragos con sombrillitas hechos dentro de un coco, los chicos nadando en una pileta con delfines o toda la familia abrazada como un mini equipo de fútbol en la arena blanca. Alguna que otra vez me crucé con él en un casamiento y charlamos dos palabras, casi por cortesía. Recuerdo que me había contando que trabajaba en algo vinculado a proyectos inmobiliarios, desarrollos urbanos o algún nombre por el estilo. Se notaba que le iba bien y mantenía esa seguridad de ex rugbier exitoso que lo hacía ver siempre dueño de sí y canchero. Me molestó el tono paternalista con el que se refirió a mi laburo de redactor, el diminutivo que usaba para nombrarme -que hacés juancito, qué es de tu vida- y la palmada demasiado fuerte y repetida en el hombro con el que acompañaba el saludo.

 

Aún así cuando sonó el teléfono y me dijeron que había muerto, después del sacudón y la obvia incredulidad, la noticia me conmovió y decidí ir al velorio.  ¿Pero cómo murió? le pregunté al amigo que me había llamado para avisar. Parece que lo mataron, me dijo. Lo mataron unos tipos a los que había denunciado por algo de drogas. ¿Algo de drogas? Todo sonaba irreal. No se Juan, es lo que me llegó, tampoco lo puedo creer.

***

En la esquina del velatorio me encontré con el padre de Tomás. Estaba igual que siempre, viejo, adusto, algo enrojecido por el alcohol o el llanto, pero todavía imperturbable. Dije alguna frase hecha que me salió de adentro, y él agradeció. Después se quedó callado y me miró un rato largo. Me di cuenta que no sabía quién era y trataba de esforzarse para recordar, y por un momento se le notó la tristeza. El ojo inanimado permanecía impávido y equilibraba de algún modo la expresión, haciendo difícil captar su abatimiento. Yo no podía pensar en otra cosa que en las historias sobre cómo había perdido ese ojo.

 

Eran varias. La oficial, que relataba Tomás, daba cuenta de un tacazo que había recibido jugando al polo, siendo joven, un accidente hípico y elegante a tono con la alcurnia de su familia. Pero había otras.  Mi hermana, que fue al colegio con el hermano menor de Tomás, sostenía que el ojo se lo había arruinado un perro, y que el padre de Tomás se había vengado del animal metiéndole dos tiros. Algunos decían que el tipo estaba borracho y se había ensañado con un perro que lo toreaba siempre cuando volvía a su casa, y una noche cansado le había pegado sin asco con un palo hasta que el perro pudo zafarse y en un giro lo mordió en la cara. Ya de grande empecé a creer en la historia que menos comentábamos, una donde era la madre de Tomás la que le había pegado,  con el canto de una botella dura de whisky. El padre de Tomás era juez.

 

En el velorio, que era a cajón cerrado, me enteré de la versión oficial. Había aparecido muerto en un terreno que había comprado para levantar un edificio. Según la policía, el lugar estaba tomado por gente se dedicaba a la venta de drogas y eso de algún modo desencadenó la situación. Un amigo incluso dijo: fue un ajuste de cuentas, y a mi me pareció una frase típica de movilero de televisión. Otro aportó un dato truculento: a Tomás le habían picado los ojos. Alguien más pasó y comentó simplificando: no se puede creer, lo mataron unos adictos

 

Fue demasiado para mí y salí a fumar afuera, harto de las conversaciones fingidas, y tratando de digerir los hechos que me habían contado. Caminé unos metros para alejarme de la gente, hasta donde no llegaba la luz del farol de la calle, para que nadie me viera y se le ocurriera acompañarme. Encendí un cigarrillo y entonces vi una figura oscura apoyada contra la pared que me saludó con la mano. De entrada no lo reconocí y atiné a devolver el saludo por reflejo.  Después dijo: Vos sos el escritor, ¿no?

 

Era el hermano de Tomás.

 

Fumamos un par de pitadas sin decir nada hasta que el tipo rompió el silencio y dijo soy Rafael, te acordás, y agregó:  leí varias de tus historias, me gustaron. Le agradecí sorprendido y me dijo que Tomás siempre se las compartía, que le encantaban, lo cual me sorprendió aún más y me reí sin saber que decir, un poco incómodo, entonces el tipo alargó la mano y me alcanzó un porro, y me preguntó si no me molestaba caminar un poco con él, que tenía una historia para contarme.

 

 ***

 

Lo vi caminar a mi lado en silencio un par de cuadras, apenas iluminados de forma intermitente por los faroles de la calle, hasta que llegamos a la plaza y se sentó en un banco. Yo me quedé parado. Empezó a hablar de su familia, algunas cosas que yo ya sabía y otras que suponía. Se había ido de su casa muy joven, apenas pudo, y había viajado mucho sin saber adonde ir. Quería estar lo más lejos posible de su familia, tomar distancia de ese polo de destrucción, así dijo, y yo volví a pensar en la madre de Tomás golpeando con una botella para defenderse del tipo al que después acompañaba a misa del brazo, y pensé en la extensa fila de hechos que debían estar escondidos detrás de una situación así. El caso es que después de muchos años de viajar había vuelto a buenos aires y como no tenía un mango había terminado trabajando con su hermano, como una especie de asistente en eso de los proyectos inmobiliarios, algo momentáneo para Rafael mientra se acomodaba. La relación entre ellos no era del todo buena y Rafael se adjudicaba la mitad de la culpa. Odiaba el trabajo y era bastante ineficiente, llegaba tarde, le importaba más bien poco el éxito de los emprendimientos  y Tomás se lo reprochaba siempre.  Esto había ido agrietando el vínculo al punto que Rafael había querido renunciar varias veces. La última vez Tomás aceptó pero con una condición: quería que lo ayude con un tema que tenía empantanado y necesitaba resolver. Dame dos semanas y si nos sale bien, te doy una parte de mi comisión así te vas con algo de guita. Rafael aceptó.

 

El “trabajo” (hizo las comillas con los dedos) consistía en lograr el desalojo de un predio que la empresa había comprado para hacer unas torres de lujo. Al parecer había una familia instalada en el lugar hace varios años, y si bien no tenían ninguna posesión sobre el terreno, no los podían convencer de que salieran del lugar, por más guita que les habían ofrecido. Tomás estaba preocupado porque los plazos le corrían y necesitaba “despejar el terreno”, así decía, lo más pronto posible. Rafael se sintió incómodo con el asunto desde un principio pero Tomás le pidió que lo acompañara a visitar el lugar para hablar con la gente. “Esta gente”, decía, un poco despectivo, lo cual hacía que Rafael se sintiera peor aún. El caso es que terminaron yendo hasta el lugar y cuando llegaron Tomás golpeó fuerte con sus manos de rugbier hasta que salió un nene de unos diez años con la remera de cristiano ronaldo. Tomás le pidió que llame a su papá y el pibe asintió con un gesto y les cerró la puerta. Pasaron varios minutos. Tomás volvió a golpear. Al rato apareció un tipo. Rafael se dio cuenta que no era la primera visita porque los miró con odio, como conteniendo las ganas de echarlos a patadas.

 

Ahí pude ver a Tomás como realmente era, me dijo Rafael mirando al suelo, agresivo y maleducado. Primero habló con ese paternalismo tan suyo, explicando las ventajas de aceptar la plata que les ofrecían por irse, como si le hablara a un nene de tres años. El tipo ni se inmutó y Tomás empezó a enojarse cada vez más hasta que su voz se convirtió en un grito de amenaza, ustedes no tienen ni un papel ¿entendés eso?, los saco de acá en dos minutos si yo quiero.  Se había acercado demasiado a la cara del tipo, que se mordía los dientes y estaba rojo como un tomate. Quién te pensás que sos pendejo, le dijo justo antes de que Rafael se interpusiera entre los dos y lograra llevarse a su hermano a los empujones, mientras el tipo cerraba de un portazo detrás.

 

Cuando llegaron a la esquina Tomás se zafó de sus brazos y lo increpó. Tendrías que haber dejado que me pegue, imbécil, así podía meterle una denuncia. En ese momento Rafael se asustó. Le preguntó a su hermano si se había vuelto loco. Pero Tomás estaba desencajado, iba y venía furioso puteando, negros de mierda, y Rafael trataba de atajarlo y le pedía que se fueran de ahí, por favor, vámonos, dejemos esto. Entonces Tomás lo agarró de la campera y le dijo que si no lograba esa venta lo iban a echar. Si vos te querés ir andate, pero no te quiero ver más. Yo me voy a quedar un rato.

 

Rafael se quedó porque le daba miedo que su hermano se metiera en un problema. Esperaron como dos horas a la vuelta del terreno, sin saber bien que esperaban. Oscureció. Tomás no decía nada. Cada tanto se acercaba al cerco y pisando sobre el ligustro miraba por encima, hacia adentro. En un momento escucharon el ruido del motor de un auto y Tomás volvió a treparse al ligustro, pero esta vez no se bajó rápido sino que se quedó mirando un rato largo y después se dio vuelta y dijo, se fueron. Y pisó en una rama gruesa antes de desaparecer del otro lado.

 

En este punto Rafael me miró y vi por primera vez que estaba llorando, y me di cuenta que llevaba llorando un buen rato. Me senté al lado suyo y fumamos un cigarrillo sin decir nada. Esa gente que está presa es inocente, retomó su historia de golpe. Lo que te dijeron en el velorio es mentira, mi papá lo arregló todo. Pero necesito contárselo a alguien antes de irme para siempre. Yo me quedé helado y entonces Rafael me contó lo que habían encontrado del otro lado del cerco.

 

Había una casita de material bastante precaria, con habitaciones que se notaban agregadas en distintos momentos, conforme se había ido agrandando la familia. Adentro la casa también era humilde pero estaba mejor de lo que Rafael hubiera imaginado.  Se notaba que era una familia numerosa. Tomás andaba por la casa, abría y cerraba cajones, Rafael se había quedado clavado en la puerta. Internamente sabía que no iba a poder frenar a su hermano y rezaba para que la familia no volviese. Pero lo que sea que Tomás buscaba no estaba dentro de la casa por lo que Rafael lo siguió hasta el fondo donde estaba el gallinero.

 

Cuando llegaron se dieron cuenta que era algo más que un gallinero. Era más bien un corral, aunque estaba cercado con una alambrada alta. Había varias gallinas sueltas dando vueltas por ahí. En el centro había una especie de pelopincho alargada, con forma de rectángulo, llena de arena hasta la mitad. Rafael ya había visto eso antes y estaba tratando de recordar dónde, cuándo Tomás encendió un reflector y entonces vieron las jaulas detrás. Eran como 20, cerradas todas con un fierro que las cruzaba por delante y terminaba en un único candado en la punta. Cada una tenía un gallo dentro, que se movía nervioso, alterados por la presencia de extraños y la súbita iluminación.  Rafael se acordó de las riñas de gallos a las que había asistido en colombia, con una amiga fotógrafa. Son galleros, Tomás, se encontró diciendo.

 

 

Un gallero es el que se dedica a la cría de gallos para peleas, me explicó Rafael, no sólo los cría sino que los alimenta y los entrena. Le da alimento especial para hacerlo crecer fuerte, lo infla con esteroides, lo agita para que aprenda a pelear, lo incita con distintas drogas para que se ponga cada vez más agresivo al punto que después de un tiempo se ceba y ya pelea solo, por reflejo, por supervivencia. Es algo que está prohibido, claro, pero como forma parte de la cultura de mucha gente se hace igual, y nadie se mete. Un gallo fuerte y ganador puede valer como 5 lucas tranquilo, cerró Rafael su explicación.

 

Después se fueron por donde entraron y Rafael sintió por un momento que habían zafado, y decidido a no trabajar más con su hermano, volvía fantaseando con agarrar otra vez la mochila e irse, tal vez a chile o a perú donde tenía amigos. Tomás parecía más relajado y le preguntó cómo sabía todo eso, y Rafael le contó de su amiga fotógrafa y de cómo habían entrevistado a varios galleros para hacer una crónica, Rafael sosteniendo el micrófono mientras su amiga hacía las preguntas y sacaba fotos; y se extendió relatando las peleas que había podido ver, los gallos espléndidos y furiosos, con espolones de metal agregados y la cresta recortada para tener mayor seguridad al atacar, los gallos eufóricos con las drogas que le daban los dueños antes de largarlos a pelear, las heridas restañadas con jugo de limón, y la gente gritando alrededor del ring, todo un espectáculo cruel y colorido. Entonces Tomás le preguntó por la drogas que le daban a los gallos y Rafael respondió sin darse cuenta. Esteroides y anabólicos, más que nada, y después para las peleas le ponen café en la comida. Y cocaína, también. Algunos le ponen cocaína en el pico antes de arrancar, y los bichos disparan como salvajes apenas los largan.

 

Al otro día Tomás se presentó en la comisaría e hizo una denuncia. Dijo que en ese lugar vendían drogas para los jóvenes del barrio y habló personalmente con el comisario. Es posible que haya mencionado a su padre juez. Un tiempo después -Rafael no precisó si fueron unas horas, dos días, una semana- la policía allanó el lugar. Pese a las protestas de la familia y ante la mirada de Tomás que controlaba todo desde su auto, en la esquina, los policías revisaron la casa de arriba a abajo hasta que encontraron una bolsa con unos gramos de cocaína. Casi nada, pero suficiente para que se llevaran al tipo esposado. La familia acusó recibo del mensaje porque a los pocos días desapareció del lugar.

 

 

Un par de días después Tomás llamó a Rafael, que se había desentendido de la historia y del trabajo, y lo pasó a buscar con el auto. Rafael pensó que era para hacer las paces. Apenas subió le dijo que tenía su plata, y le alcanzó un sobre. Entonces Rafael le preguntó qué había pasado pero Tomás no le respondió. Manejó un rato sin decir nada, sonriendo, subiendo el volumen de la radio cuando pasaba un tema que le gustaba, hasta que llegaron al terreno.

 

Bajaron y Tomás abrió la puerta, que estaba rota en el marco a la altura de la cerradura, por donde le habían pasado una cadena con un candado. Tomás tenía la llave. Adentro la casita estaba ya a medio demoler. Rafael entró en silencio, horrorizado. Eran como las siete de la tarde pero ya estaba oscureciendo. Tomás caminaba entre los escombros, satisfecho. En un momento miró a su hermano y le dijo, gracias hermanito, sos un genio. Después se acercó a las jaulas de los gallos que se sacudían nerviosos, y se rió. Deben tener hambre, dijo en voz alta, y se puso a dar vueltas por el corral hasta que encontró un balde con alimento que esparció sobre el suelo. Rafael vio que se divertía haciendo eso, pero tenía un nudo en la garganta y no podía articular palabra, o no supo qué decir. Tomás iba palpando las paredes hasta que encontró un llavero que colgaba de un clavito y se le escuchó una expresión de alegría. Buscó la punta del fierro que oficiaba de traba para las jaulas y le quitó el candado con la llave. Después fue retirando despacio el fierro hasta que todas las jaulas quedaron abiertas. A comer  muchachos, dijo, y palmeó dos veces sus manazas de rugbier.

 

Por unos segundos no pasó nada, los gallos seguían dentro de la jaula, no querían salir o no se habían dado cuenta de que estaban libres. Pero de pronto comenzaron a asomarse y Tomás se dio vuelta para mirar a Rafael con una sonrisa, triunfante. Detrás suyo los gallos lo fueron rodeando despacito. Llevaban varios días sin comer, sin pelear, sin recibir sus inyecciones, sin las drogas, estaban famélicos y con abstinencia. Rafael pudo sentir sus ojos enrojecidos y le recordaron al ojo de su padre cuando estaba borracho y se ponía violento con ellos. Tomás percibió algo en la mirada de su hermano y se dio vuelta. Apenas tuvo tiempo de gritar, sorprendido, cuando el primero le saltó encima. La puta madre, dijo, y después todos los gallos se le fueron al humo y lo hicieron desaparecer en una maraña de garras y picotazos mientras Tomás desde el suelo gritaba mis ojos, mis ojos, y las plumas revoloteaban por todo el corral como si alguien hubiera abierto el relleno de un almohadón.

 

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