Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#4 · La marca de la navaja

Por Diego Flores
Ilustración Brían Jánchez

 

–Andá a comprarle “al francés del altiplano” que tiene la mejor merca de la galaxia –me había dicho–, pero te aviso que es un tipo raro, te va a hacer pasar, te va a estudiar un rato. Vende poco y  caro pero apenas te metes un poquito en la nariz el mundo es otra cosa –me advirtió además.

 

Soy un adicto nuevito, hace tres años que tomo. Como nací en clase media y me supe rodear de gente más o menos piola, pego para lo que son mis parámetros, buen material. No me arrepiento de ser adicto, me gusta drogarme. Me gusta estar fuera del mundo que nos proponen, colocarme  y salir del dial de las buenas costumbres y los consumos pre establecidos. La merluza me cambió la vida, estiró mis noches, me hizo descubrir gente elástica, electica, inteligente. Si no sos un fisura para estar duro como una puerta pentágono, la merca es lo más maravilloso del mundo. No solo la droga en sí, sino todo el continente nuevo que se expande, con gente, variaciones temporales, rondas interminables de bebidas, corridas furiosas. No soporto el discurso de los recuperados, la palmadita en las palmas del sistema que te dice “ah, qué bien, te felicito, qué esfuerzo, qué valentía, hay que tener huevos…”. Valentía es pegarse un canutazo cuando todo el mundo te dice que está mal, cuando desde que tenés dos años te dicen que la droga esto la droga lo otro. La droga, la droga de verdad, es decir la cocaína, es lo mejor que le puede pasar a la humanidad. Tendría que ser más cara porque hay cada pelotudo que la toma para salir, para estar colocado, para hacerse el pija. Drogarse es un ejercicio galáctico, es la apertura a otro plano de las cosas. Hay que tomar por temor y aborrecimiento al mundo, para combatirlo desde otra dimensión, para inventar un lenguaje nuevo, para tomarse cien millones de wiskis y hablar nueve días seguidos, para eso hay que drogarse. Y para eso hay que tener cabeza.

Encaré para lo del francés del altiplano. Luego de tocar el timbre de una puerta oxidada, salió él. Me recibió de entrecasa, arrastraba unas pantuflas de felpa azul, un cigarrillo apagado y a mitad de fumar le colgaba de la boca y un vaso de fanta lleno de hielo tintineaba sobre su mano derecha. Me miró a los ojos un rato. Pasá, me ordenó. Caminamos por un pasillo largo repleto de ventanas que daban a otras casas, a otras vidas. ¡Viejo querido!, le gritó un gordo desde la ventana, a lo que él respondió con un gesto silencioso de aprobación. Entramos, tenía dos reposeras frente a un televisor  viejo sobre un cajón de cerveza Quilmes despintado. La televisión estaba en mute. No sé si lo estoy describiendo bien, pero todo allí en su precariedad era bello.

 

–Sentate ahí, muchacho –me ordenó nuevamente–, ¿qué estabas buscando? –me dijo como apurándome. Me sorprendió, me dijeron que era meticuloso, extraño y sin embargo estaba acelerando las cosas como si fuera un trámite bancario.
–Coca –le dije de una–, me dijeron que tenés buena mercancía, así que te vengo a ver por eso.
–¿Ah sí? ¿Y que más te dijeron?
–Tu nombre y algunas cosas más pero tengo la decencia de tener mala memoria. No te preocupes que me hablaron bien de vos.
–Eso es lo que más me preocupa  –retrucó–, esperame un ratito que te traigo algo para que pruebes. ¿Faso no querés?
–No, gracias –le dije. Me quedé un rato solo, desde algún lugar se aproximaba una música que reconocí enseguida.

 

Desde una puerta con cortinas se asomaba el francés del altiplano con una bandeja que parecía de plata.

 

–Tomá, probá y después me decís cuánto querés. Es cara, te aviso, aunque seguro que ya te dijeron.
–¿Y qué más te dijeron de mí? –le retruqué.
–Que ibas a venir y que ibas a comprar. Nada más, yo no preguntó ni quiero que me cuenten nada. Así que por ahora lo que sé de vos es que tomás y que eventualmente tenés algo de guita, porque acá los fisuras no vienen. No sé ni tu nombre ni quiero saberlo.

 

Le hice que si con la cabeza y sin preámbulos ni miradas de cortesía le pegué una nariguetazo a la línea de coca. Me asustó un poco que me trajera una raya en una bandeja, me daba la pauta de que verdaderamente era muy cara. Los que te venden nunca te dan a probar más que una uñita y como saben que sos un adicto, aunque sea una porquería algo vas a llevar, salvo que seas un monje de la abstinencia compras. Ni siquiera me miró cuando salí del zambullón. Se quedó mirando la tele en un silencio absoluto como si yo no estuviera. A mí la merca me pareció de primera, de altísima calidad, de las mejores que había probado. Lo busqué dos veces con la mirada pero no me las devolvió, estaba perdido en los pixeles de una película vieja y mala que estaban pasando por canal nueve, esas películas de acción clase B que suelen pasar en los viajes de bondis de cabotaje. Seguía sonando la misma música, era otra canción pero el autor era el mismo. Yo quería comprar esa delicia e irme a la mierda.

 

–Me gusta esta versión de Bill Evans de “All of you” –dije sin pensar y me incomodó mi propio comentario.
–Ah, ¿te gusta el jazz? –me dijo sin prestarme atención y con tono socarrón.
–Sí, algo. ¡Bah!, escucho, pero no soy un erudito.
–Ajá, ¿y cómo es eso, cómo empezaste a escuchar jazz?

 

Como llega toda la clase media al jazz, a través de la literatura: Cortázar, Kerouac y Boris Vian.

 

Noté que el francés me miraba por primera vez con atención, había prendido un pucho y amagó con comenzar una frase pero las ganas de una pitada lo interrumpieron.

 

–¿Leíste Jazz y días de lluvia de Martínez Sarrión?
–No –contesté perdido.
–¿Invierno en Lisboa?
–Sí –lo interrumpí apasionadamente–, de Muñoz Molina, una de las novelas más maravillosas que he leído.
–Maravillosa novela –dijo con voz fantasmal.

 

El francés del altiplano abandonó la postura pachorrienta, se enderezó, e hizo chirriar la reposera. Le dio una pitada hermosa a su cigarro y me ofreció uno. Mientras charlábamos sobre literatura y jazz fue a buscar una copa de vino. Iba y venía, era un bielsista cocainómano. A mí la nariz ya me estaba pidiendo otro espolvoreo milagroso, creo que se me notaba. Seguimos hablando con el francés, el gritaba apasionado.

 

–Hace mucho que no hablo con gente culta, salgo poco de acá –me dijo.

 

Mientras bebía el vino miraba cómo el humo de nuestros cigarros subía en aureolas silenciosas y se deformaba en el aire antes de chocarse en el cielo raso y esfumarse para siempre. El francés apagó las luces y prendió un velador que estaba en el piso generando un aura de intimidad que ya habíamos provocado hace rato. Le convidé un cigarro. Cuando trajo la botella de whisky y sirvió dos vasos sin preguntarme si quería me di cuenta que la noche iba a ser larga y que, como efectivamente me habían dicho, el francés del altiplano era un tipo raro y comprar sus polvos mágicos requería más que tener unos pesos en el bolsillo.

 

–Vení, pibe, vamos a la terraza que este malbec pide a gritos que lo matemos y en unos minutos abro un cabernet que te va a saber conquistar.

 

Subimos a la terraza con las reposeras que supieron estar en el living, nos quedamos un rato en silencio viendo las estrellas que se desplegaban ominosas en una noche blanca por la presencia resplandeciente de la luna. El francés silbó un tango que yo tarareé inconsciente, señal de que el alcohol nos había ganado la sangre y que ahora además de dos adictos desconocidos, éramos dos borrachos.

 

Merodeamos en un par de infidencias que se diluyeron en la excusa del cigarro y los gestos. Hasta que nuevamente primó el silencio. El francés se acomodó en la reposera, me estudió unos segundos con la mirada, exhaló una bocanada de aire tan profundo que agrandó el agujero de ozono y antes de que yo percibiera su incomodidad interrumpió el silencio.

 

–Te voy a contar una historia. La condición es que no me interrumpas, necesito contarla de un tirón porque el vino y el relato me lo exigen. ¿Te parece? ¿O preferís agarrar lo tuyo e irte?

 

–Por favor, adelante. Además de un drogón soy un buen oyente.

 

Era un mes de esos en que estar en Buenos Aires es una pérdida de tiempo, tal vez diciembre, casi seguro que enero pero puede que también haya sido febrero. Era el año 98 y estaba todo mal. No había guita, la conga y el frenesí de correteo de merca se había detenido y todo se estaba poniendo más picante. Habían saltado un par de casos resonantes de canas metidos en la venta de drogas. Yo era un tipo de la calle, un atorrante perdido, andaba con una guitarra para todos lados, era un lector no muy perspicaz pero sí insistente de Burroghs, Huxley, Bukowski por supuesto y Whitman. Bastante inocente, algo inquieto, siempre andaba en la búsqueda de alguna puerta dimensional. Era un romántico, un nostálgico viviendo un tiempo que no permitía otros relatos, otras formas de ver el mundo. Un año o dos antes había conocido a Jorge, un hombre elocuente con más recorrido que yo, también de la noche, pero del lado un poco más oscuro. No del hampa por así decirlo, pero sí de un lado más pesado, de drogas, de arreglos con los ratis, de vender, de llevar, de traer, de saber dónde pegar, dónde tomar, cuándo y cómo esconderse. De meter el pecho si había que robar para comer. En el correr de las noches nos hicimos amigos, él me enseñó algunas cosas, me apañó bajo su gran ala de cuervo nocturno. Yo le aportaba frescura y compañía en sus carnavales dionisiacos. Ambos, ya entenderás, éramos adictos, pero adictos de verdad. Tomábamos cada vez más, todos los días subíamos la balanza del consumo, porque así es el bichito de la cabeza, pide y pide. Andábamos con algo de guita en esa época, Jorge había pegado unas monedas de unos laburos y yo había agarrado algo de la venta del auto de mi viejo que había muerto hace poquito. Así que estuvimos un tiempo largo de caravana interminable, tomando mucho, hablando en bares, vaciando pocillos, yo tocando la guitarra, él a veces escribiendo.

 

Aburridos de una ciudad que empezaba a perseguir a los consumidores y algo agotados del mapa nocturno de esta ciudad repetitiva, decidimos emprender un viaje mítico. A mí el flaco Ramiro, un tipo de la noche cheta porteña pero con inquietudes chamanicas me había dicho en una de esas noches que se estiran hasta el alba, que la mejor droga que se había metido fue en Bolivia. En principio yo no le presté atención porque lo que dijo me pareció una obviedad, una repetición cliché. Luego cuando la necesidad nos llevó hacía el kiosco que obligaba a una caminata de unas cuadras, me contó su experiencia con más detalles. Había hecho un viaje experimental a Bolivia, específicamente a Riberalta, en el norte del país. Allá le habían pasado el dato de una suerte de brujo que cosechaba unas semillas extrañas y desconocidas, que luego de tres días de una dieta obligada y supervisada por el brujo, te las metías por la nariz soplando un pequeño cañito de metal. Así de simple, me dijo Ramiro y remató diciéndome que no valía la pena contarme el mambo porque era indescriptible.

 

Pasé un par de meses largos insistiéndole a Jorge para ir, con quien si bien usualmente tomábamos merca, que nos sostenía a pesar de la impiadosa rutina de la urbe, habíamos empezado a meternos  otras cositas. Pero él no quería saber nada, no tanto por el efecto semilla sino más bien, según sus palabras,  porque no tenía ganas de ir al norte boliviano a andar entre yuyales y cholas para que un viejo que se hacía el místico nos colara a la fuerza un par de pitufresas. Lo que hizo que finalmente emprendiéramos el viaje fue la muerte de uno de sus más entrañables amigos. El coco había tomado de más y un paro cardiorrespiratorio lo asaltó de camino al hospital Durán. Así que me dijo que necesitaba irse a la mierda, para olvidar al coco y sacarse a la muerte de encima. Y así lo hicimos.

 

Arrancamos nomás, me acuerdo que lo único que llevamos fue una mochila no muy grande con poca ropa, muchos cigarros, muchos contactos para pegar algo de blanca allá y no más. Yo, a pesar de Jorge, llevé la guitarra. Jorge llevó algo de merca que debíamos consumir moderadamente hasta poder pegar algo más allá. Guita teníamos algo pero no mucha, el plan de Jorge era comprar algo de merca y revender. El decía siempre que vender se vendía en cualquier lado y que con eso íbamos a tirar y que de última nos volvíamos a dedo, una vez en Jujuy iba a ser más fácil, los provincianos son todos hospitalarios, no son todos soretes como nosotros, decía. Nos tomamos un bondi que no paró hasta Tucumán, hasta ahí el calor, el mal olor y el mal humor habían predominado en el viaje. Apenas bajamos a estirar las piernas nos metimos en el baño del paraje y nos tomamos unos raquetazos mientras sentíamos como cagaba estruendosamente el chofer. El plaf incesante del agua del inodoro recibiendo los desechos del laburante nos causó gracia. De golpe estábamos de buen humor. Yo aproveché y me pegué un duchazo, siempre me había querido bañar en esos baños gigantes. Salí y me sequé con papel higiénico. Parecés la momia, me dijo Jorge mientras se cagaba de risa. Compramos una birra en lata, nos fumamos un pucho, nos metimos un par de líneas más al costado del bondi y subimos. Yo le pregunté a Jorge dónde guardaba la merca y él me dijo sin tapujos “en el culo pelotudo, ¿dónde querés que la lleve, en el bolsillo?

 

Llegamos a Jujuy, ahí volvimos a parar, ya era de día y el calor era insoportable, nos metimos en un baño de una estación de servicio y el otro chofer del bondi se dio cuenta que estábamos tomando. Nos miró y se rió, lo miramos un poco desconfiados. Yo estaba por decirle algo hasta que el chofer, un gordo increíblemente fofo, casi invertebrado, dijo va a estar duro el viaje y acto seguido sacó un papel dorado, lo abrió y se metió una raya de tamaño inconmensurable. Si hacés este viaje sin drogarte sos un pelotudo, hermano, dijo mientras se iba.

 

Llegamos a Potosí extenuados, estábamos a mitad de camino y ya todo nos sabía a rancio, a viejo, nuestras bocas tenían olor a encierro y ya sentíamos los efectos de la altura. Hasta allí teníamos pasajes: empezaba la aventura. Paramos en una pensión pequeñita, de gente hermosa y confianzuda, mientras yo tocaba unos tangos y hablaba de las raíces de nuestra cultura con doña Celina, su marido Wilfredo y sus hijitos, Jorge aprovechaba y se robaba lo que podía, comida, dinero, ropa, objetos que después tratábamos de vender o cambiar en la calle. Llegamos a dedo a Sucre y de ahí viajamos en la caja de un camión de transporte a Santa Cruz de la Sierra, donde  tuvimos nuestros días de reviente y juerga, Jorge tenía un conocido que nos aguantó un par de días y fueron tal sus ganas de que nos vayamos que nos pagó los dos pasajes hasta la Santísima Trinidad. Cuando llegamos ya nos quedaban unos pocos dólares que pensábamos exprimir hasta el final, poca merca (nadie nos compraba) que nos pensábamos tomar de un día para otro y algunas prendas de ropas caras robadas por Jorge a los familiares que íbamos a vender en la feria del pueblo. En la Santísima Trinidad, Jorge estafó a dos putas que nos dieron más que su amor y tuvimos que escondernos un par de días porque los cafiolos de allí no tenían drama en cortarte el cuello y tirarte en los descampados que ni dios visitaba. Para defendernos, lo único que teníamos era una navaja pequeña y filosa que yo llevaba siempre en el bolsillo. Pasamos un par de días vendiendo cosas, yo tocando y juntando unas poquitas monedas. Dormimos en plazas y recovecos, paulatinamente nos íbamos transformando en una suerte de porteños afrancesados ponzoñosos. La merca se nos estaba acabando y eso nos preocupaba más que no tener comida. Sabíamos que bajo los efectos de la abstinencia podíamos hacer cualquier cosa. Jorge tuvo un gesto para conmigo, dividió lo poco que le quedaba porque sabía que en tiempo de escases los adictos solemos ponernos egoístas. ¿Me lo meto en el culo?, le pregunté. La cabeza metete en el culo, acá no revisan a nadie, estamos en la selva hermano. En la última noche en Santa Trinidad barajamos la posibilidad de salir a robar por el pueblo con la navajita pero enseguida supimos que eran delirios propios del aburrimiento y la necesidad. Nos quedaba un tramo eterno hasta Riberalta, y una vez que llegáramos teníamos que cruzar el río Madre de Dios (qué nombrecito), así que de viaje nos quedaban unos buenos kilómetros y sus noches. En San Javier conocimos a Lolito, un argentino estupendo y decididamente loco que se había casado en Argentina con una boliviana de San Ramón. Luego de perder trabajo y casa por culpa del casino, la merca y las trolas, según nos contó, se vino a laburar acá llevando y trayendo cualquier tipo de productos por la ruta 9. Manejaba un camión tan precario que no hubiese sido admitido para correr siquiera con los autos locos. Paramos un par de días en la casa de Lolito, en San Ramón, y nos dio un aventón hasta el pueblo de El Sara. Lolito nos contó que nos convenía empalmar con la ruta 8 a la altura de Guayaramerin. También nos dijo que todo bien con el brujo, que él no lo conocía pero que en las afueras de Riberalta se cocinaba la mejor merca del país y quizás de América Latina. Nos los remarcó y nos dijo que si queríamos tocar el cielo, el verdadero cielo del consumo, nos metiéramos ese polvo blanco en la nariz y nos dejáramos las giladas hippies. Nos pasó una dirección y un contacto. Hablá con Rovinosa, él les va a vender. No sean pelotudos, amigos, este la exportan, eh, esta se la venden a los yanquis. Rivinosa es el hombre, por ahí es cara, ustedes no tiene pinta de tener mucha guita pero antes de dársela a un viejo loco, péguense un esninfazo como dios manda.

 

En El Sara yo comencé a sentirme mal, algo en mi respiración había cambiado. Me costaba caminar, casi no podía fumar el poco tabaco que nos quedaba y me agitaba cuando hablaba. Jorge lo notó y le restó importancia. Son los efectos de la altura, en un par de días yo seguramente estaría igual o peor. Seguimos a pesar de todo, en Guayaramerin me empecé a sentir profundamente peor y cuando estábamos viajando de polizón en un colectivo de inter rutas algo explotó en mis adentros. Ya no podría exhalar, y cada vez que lo conseguía, una puñalada invisible me cortaba el pecho. Creo que me desmayé una o dos veces. Supe luego que el chofer se desvió unos kilómetros apenas, y nos dejó en la entrada del pueblo de Yata. Bah, decirle pueblo a Yata es una exageración, más bien parecía Macondo en sus inicios. Un par de calles de tierra que dibujaba un damero, unas chozas desperdigadas sin arquitectura ni diseños. Jorge, en un acto heroico, me llevó a la rastra a la primera casa con luces que encontró y de allí me llevaron en carreta hasta una sala de primeros auxilios que no tenía más que una camilla y un cuadro con alguna virgen de la zona. De eso dependía mi vida, una camilla y una virgen. Eso era lo último que iba a ver en mi vida, pensaba mientras buscaba una bocanada de aire en esa sala pequeña y calurosa. Al rato vino un enfermero que me dijo “usted tiene suerte, de esto no hay siempre”. Sacó un frasquito pequeñito y me inyectó algo que me tranquilizó un poco. Mañana, con suerte por ahí viene el doctor dijo el enfermero, pero usted está muy mal. Quizás tenga un enfisema. Habrá que esperar, dijo con total tranquilidad. Pero viene o no viene mañana, preguntó Jorge. No lo sé, contestó el enfermero, habrá que esperar.

 

Pasé todo el día encerrado en esa habitación con unos dolores horribles, entre tanto Jorge me decía que estaba averiguando a qué hora llegaba el doctor o cómo había que hacer para llamarlo. La rítmica en Yata era otra y la cercanía con lo que entendía era la muerte era tratada con una parsimonia exasperante. Habrá que esperar, decía el enfermero que lo único que hacía era ponerme paños fríos, tomarme la temperatura y medirme la presión. Habrá que esperar me decía, una y otra vez.

 

Estaba desesperado del dolor.  Jorge, dije, Jorge dame merca  que no puedo más, hermano. Dame que me pegó un raquetazo y me voy a la mierda. No tengo, me dijo, tan desesperado por tomar como yo, ¿vos tenes? Me preguntó. ¿Tenes algo, o no?. Nada, le dije. Nos tomamos lo último con Lalito me parece.

Yo me sentía morir, un pequeño espejo me devolvió una imagen que me asusto. Jorge, escúchame una cosa, no puedo más hermano, sácame de acá. Tengo acobachado debajo de las suelas de las zapatillas los últimos 200 dólares, no te dije nada porque los quería gastar en el chamán para que nos peguemos el viaje de nuestras vidas, pero necesito que me saques de acá hermano, no me quiero morir en este rancho de mierda. No acá. Andá a preguntarle a los pueblerinos cuanto nos cobran por llevarnos a Riberalta, está acá nomas y ahí me van a poder atender. Sino acá me muero, el medico ese no va a llegar nunca y cuando llegué no va a tener una poronga para darme. Ganemos tiempo. Dale que no puedo más hermano. Por favor. Jorge me dijo que sí, y salió corriendo a la calle. Yo me desvanecí del dolor y del cansancio, había hablado más de lo que podía, la abstinencia de merca me había hecho caminar un poco por la habitación y volví a sentir los pinchazos agudos en los costados.

Cuando abrí los ojos Jorge estaba de cuclillas al costado de mi cama, estaba sacando las plantillas de mis zapatillas. Tenía una de mis camisas puestas. Jorge ¿que haces’, le dije. Me miró asombrado, asustado y sorprendido. Estaba empapado de sudor.  Nada hermanito, me dijo. Estoy buscando la guita para mostrarle al pueblerino que nos va a llevar para Riberalta, no me cree que tengamos esta plata, me contestó. ¿Que mostrarle la plata Jorge? ¿Que la venga a ver acá? Y que haces con mi mochila armada. Hijo de puta! Vos me estás choreando. Hijo de mil puta!! me queres dejar acá tirando. La concha de tu madre!! Perdoname hermanito, dijo Jorge, discúlpame dijo mientas encaraba para la puerta. Me paré de un salto, y de debajo de la almohada saque la navaja que tenía escondida pensando que algun boliviano me iba a entrar a robar mientras durmiera. El que me estaba robando era mi amigo.  Llegué a agarrar a Jorge del brazo, forcejeamos y antes que se liberara y se perdiera en la tranquilidad de la noche, llegué a hacerle un corte en el abdomen.

 

En ese momento el francés del altiplano hizo una pausa en su historia, miró al cielo, le dio una larga pitada al cigarro y se levantó de su silla, se paró frente a mí y me mostró una cicatriz que le atravesaba en diagonal la barriga.

  • Te estuve mientiendo muchachito. Te conté la historia de esta forma para que vos la escuches hasta el final y a mí no me interrumpa la vergüenza. Yo soy Jorge, el que dejó morir a su amigo para tomar la más deliciosa merca de Bolivia. Así somos los adictos. La marca de la navaja es el tatuaje eterno que me recuerda a diario el ser horrendo que supe ser. Ahora podes despreciarme tranquilo.
No comments

LEAVE A COMMENT