Historias sin punto final
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#14 · Más de doscientas libertades

Por Wendy Coplas

De mi primera madre no tengo mucho sabido, solo el hecho de que no era puta y si hubiera sido puta también sería una gran mujer, pues seguiría siendo ella por encima de lo que le tocara ser. Mi madre fue negra y como toda negra en América nació esclava, por ende no pude tener yo, aunque quisiera, noción de la libertad más que la de alzar el codo y fermentar mi garganta con el equivalente a la tercera parte de mi salario.

En Rebolo no se respira aire, este pueblo solo guarda permisos para los vestidos, nosotros los desnudos solo podemos respirar el olor a sangre que nuestros cuerpos exhalan. Los nobles dicen en voz alta que se ha abolido la esclavitud. ¡Mentira! Lo único que nos quitaron fue la cercanía con sus mujeres. Las libertades las posees las camas de las mejores hembras. Si tienes algún rasgo español, indicio de que tu madre fue violada o puta, puedes acceder a su ostia, blanca y tersa. Para mi desgracia además de negro tuve una madre digna. Por eso es que estoy casado con esa india.

Sirvienta como todas las indias que vienen a la ciudad, a esta le toco una familia francesa quienes la llevaron a Europa y la devolvieron cuando quedo embarazada y abortada de su patrón. Cuando encontré a tu madre, vestía de esas ropas opulentas de las Europas, por eso me acerque convencido que ella sería la cura de mi pobreza. ¿Dónde? La india acababa de llegar de Francia agarrotada por aquel hombre y yo estaba recogiendo ahora un costal roto de sus miserias.

(rostro de la mujer, enfasis en los ojos)

Pero para algo me ha servido esta mujer, te lo voy a decir. Es que hoy a mis noventa y cuatro años, acostado en esta cama de trapo y resortes oxidados, puedo cerrar los ojos tranquilo, seguro de que mi cuerpo no será quemado junto al de todo los negro que mueren solos por estas fechas.

La verdad no me sentía tan mal, la verdad yo podía pararme, caminar y trabajar pero la verdad es que ella hacia todo mejor que yo. No estaba borracho en el momento que llegaron los paracos, pero ella enfrentaba mejor a los hombres. Sin importar el uniforme que llevaran les contestó con todo el carácter que el asunto merecía. Aunque simplemente les dijo que no tenía dinero, lo hizo con arrogancia y sinceridad, dos atributos de las personas peligrosas.

No tengo ni un peso, les dijo. Los paracos tenían el dinero de todas las familias del pueblo que pagaban sus impuestos aunque dejaran de comer. ¿Porque era necesario matar a Sonia por un peso más? No la mataron por el dinero, la mataron por sus cojones. No sé qué fuiste a hacer tú si ya sabias que esos animales no tienen que ver con nadie. Cuando te vi tirado en el suelo casi encima de tu madre que estaba igual, sin sus manos y con una marca de sangre en el cuello, mi alma se desvaneció en seguida, este viejo ahí murió. Y mientras mi cuerpo pueda cumplir esa promesa, yo que puedo conservar mis manos y mi garganta por lo que me queda de vida hare de ellas un candelabro, igual que lo hice con ustedes.

(una montaña de manos cortadas)

Ciento sesenta años, ya son ciento sesenta pedazos de carne podridos, las venas vaciadas del ron. Estas piernas se ven más negras incluso parecen moradas. Soy yo cada vez más, cada vez soy un negro más, gracias al ron cada día soy más yo. Y cada día es un paso más a tu encuentro. La pudrición me llega desde la punta del dedo gordo hasta los tobillos que aun guardan las marcas de las cadenas. El pie izquierdo se ve un poco menos peor que el derecho. Aún camino pues necesito llegar de la cama a la tienda de la esquina por una cerveza fría para matar el triste calor del día y de todos los días que han transcurrido desde que vi la primera luz del mundo. Ese lunes el dueño de la cantina me culpa del charco de sangre que inundaba el negocio. El viejo que solía sentarse solo en la última mesa con una botella de cerveza y un sombrero grande que me tapaba media cara y confundía la tristeza con amargura, al fin se estaba muriendo. Unos tres borrachitos que no entendían nada lograron llevarme hasta el puesto de salud del que me trasladaron a la capital.

Nunca aprendí a usar las prótesis, desde que me cortaron las piernas no he tomado ni un trago de ron, el cantinero no es capaz de traerme la botella a mi casa, aunque le pague. Hoy es un día especial y necesito tomar, porque hoy hace ciento treinta y seis años murió Sonia y Rafael. En tanto tiempo nada ha cambiado el sabor del café. Las caras familiares de los retratos viejos de madera junto al espejo de la sala siguen siendo triste y el hambre a las tres de la tarde sigue siendo la misma. También siguen estando las culpas de las propias miserias y el presidente de la república ha sido el mismo hombre desde que el tiempo tiene memoria. (el cuerpo del presidente sobre la montaña de manos cortadas)

Probé todo lo líquido que había en la casa. Encontré un frasco de perfume que tu usabas los sábados para ir a la misa. Fue el trago de alcohol muy fino y preciso para conmemorar esta fecha. Sonia, hoy en día no existen los paramilitares, nadie entraría a tu casa a matarte. Un viejo de doscientos treinta años y sin piernas no puede suicidarse solo. Hoy en día nadie es capaz de entrar a tu casa a hacerte un favor.

A esta hora ya es seguro que vas a morir, arrástrate hasta la calle. Cruza tu propia puerta y siéntate a esperar la moto guardián. Haz como Sonia, niégale que posees dos pesos en el bolsillo. Porque las balas en Rebolo son gratis. Al amanecer tu cuerpo ya no estará, el carro que limpia las calles por la noche lo barrerá. Solo se va a notar un pequeño rastro de sangre en el piso de la entrada, como todas las entradas de todas las casas. Pero se borrará a los tres días cuando lleguen a ocuparla los mineros desplazados que están migrando ahora a las calles del pueblo viejo. (caravana de personas dejando rastros de sangre)

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