Historias sin punto final
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#5 · Matar un gordo

Por Martín Kolodny

 

Viniste acá porque no podías terminar el colegio. Bueno, ya lo terminaste.

Esas mismas palabras que mi analista me había dicho con emoción un día después de dar bien matemática de quinto año me borraron la sonrisa de la cara. Y el terror se apoderó de mí cuando de los labios de Berta salió que el tratamiento debía terminar.

– Pero yo sigo siendo una bestia gigante. ¿Ya está?

Con una mueca mitad miedo, mitad asco, señalé mi cuerpo obeso de 133 kilos y medio ni bien junté los labios para pronunciar la be de bestia.

– Ya será una prioridad tu cuerpo. En algún momento. Por ahora, nunca fue importante para vos. Pensalo y contestame la semana que viene.

Al salir del edificio de la calle Bulnes, solamente pude cruzar, sentarme en un banco de la plaza y fumar. Ya era bachiller. Un gordo bachiller. Gordísimo. Con un problema menos. Y con mucho calor, porque era verano y era gordo. En la plaza había nenes en pañales, mujeres que mostraban sus piernas y ombligo y tipos en cuero. Yo tenía pantalón largo y una remera amplia que contenían todos los kilos del mundo.

La tranquilidad de haber terminado el colegio la descubrí con el correr de los días. Era dejar atrás amigos que no eran amigos, profesores que se hacían los preocupados por mi vida, calenturas fingidas con pendejas que estaban buenas, pero que no estaba dispuesto a afrontar. Ese gordo rodeado de otros treinta adolescentes de cuerpo normal solamente se hacía la paja con monstruos de siliconas, tintura rubia y culos lustrosos o aceitados.

Pasó el verano con dos semanas en la Costa con seis amigos como punto alto. Independencia con trescientos pesos de mi viejo en el bolsillo que se traducían en cerveza, marihuana y comida.

Ya no preocupada porque no terminara el colegio, la mirada de mi vieja volvía a caer sobre cada tenedor que me llevaba a la boca durante la cena de todos los días. Era un bañero mirando el mar, con una ballena enfrente. Un acto voyeur. Como si ella, incluso, disfrutara del sufrimiento que le causaba ver a su hijo comer. Con el otoño del nuevo año llegó el CBC. Todavía se podía fumar en los cafés. Ya no era el gordo conocido, sino el gordo por conocer, inteligente y que fumaba Parisiennes, que declamaba simpatizar con los anarquistas rusos. De todos modos, el pantalón que usaba era el mismo gris de aquella anteúltima sesión de terapia -también de la última)-. No sé bien en qué momento del primer cuatrimestre se me ocurrió imaginarme flaco. Sí recuerdo que no lograrlo me jodía. Y eso que recurría en los intentos. Me planteaba escenarios. Los más habituales eran coger con Gloria, mi compañera de estudio que me contaba estupideces de su novio, y jugar al fútbol en cancha de once. Pensar en coger era más fácil. Pero no me veía flaco. Ni me veía, en realidad. Recordaba las dos o tres veces que había estado con una puta fea de la calle Cabildo y le ponía la cara de Gloria. Pensarme en una cancha, en cambio, me era más complejo. Podía escucharme ordenando el equipo, explicándole a los laterales que ninguno debe estar nunca atrás mío, que soy el dos para no habilitar a todos, pero ni en pedo me veía corriendo y cerrando la espalda del cuatro, yendo al piso a barrer. Pensando en estas cosas decidí que debía ser flaco. Tenía veinte años. Aconsejado por mi familia, caí en el consultorio de un expresidente de la Asociación Argentina de Nutrición. Pelado, de delantal blanco y piel bronceada, Jorge me cagó a pedos. Después de decirme boludo y explicarme que yo jamás en la vida había tenido hambre, me convenció con su monólogo de que lo mejor para mí era integrar un grupo. Un grupo de gordos. Un Cuestión de peso sin cámaras ni estudio de televisión. En el grupo, yo era el gordo más chico. Durante los ocho meses en los que fui parte, vi desfilar compulsivas que se pasaban horas sin comer y en un ataque de furia podían morfarse cinco paquetes de galletitas Melba en menos de diez minutos; y tipos que no comprendían cómo subían de peso cumpliendo la dieta a rajatabla. Escuchaba sus historias y me limitaba a esperar el momento del pesaje colectivo. Sin el glamur de sacarse la bata de seda de una pelea de boxeo en Las Vegas, cada gordo se sacaba las zapatillas y los abrigos y se subía a la balanza de pesas. Solamente experimenté nervios la primera vez que lo hice delante de todos. Aún para un gordo recientemente exonerado de terapia, mostrar los 133 kilos y medio en público era cosa brava. Una semana después había bajado dos kilos. En dos, otros dos y medio. Comer cantidades de persona normal y hacer algo de deporte me alcanzaba. A los tres meses de escuchar si en un casamiento era mejor darle a los canapés o fiambres, o hacer como si nada y reventarse como si el mundo terminara y oír llantos de facturas devoradas y ser el único que semana a semana bajaba de peso, recuerdo haber sentido placer físico por primera vez en mucho tiempo. En la ducha, mientras me enjabonaba la panza, sentí algo distinto. Primero lo palpé con el jabón, mientras cantaba Yendo de la cama al living. Abrí los ojos y miré hacia abajo. La pija aún no me la veía. Solamente tenía veinte kilos menos que cuando había empezado. No vi nada particular. Solté el jabón. Me pasé las manos por la panza y sonreí al comprobar que tenía abdomen. Ver amanecer, con caviar frente a un hotel. Ese episodio me dio en qué pensar: placer. Un monstruo de cientotrece kilos podía sentir placer. Mierda. Con placer había futuro. El martes siguiente al descubrimiento del abdomen, tomé la palabra por primera vez en el grupo de gordos. Basta de huevadas, de tentaciones, chizitos en cumpleaños de hijos o atracones de treinta mil empanadas. Hablé de control. Y de placer. Todos me miraron en silencio. Con su bata blanca de siempre, la mirada dura de ojos claros de Jorge se relajó. Atento, me escuchó comentar acerca de tocarse, sentirse y disfrutar.

Afianzada la idea de que controlaba absolutamente cualquier sustancia o alimento que pudiera meterme en el cuerpo, los meses avanzaron rápido, como el descenso de peso. Así como el abdomen en la panza, en la cara se hicieron lugar los pómulos. En los brazos, los bíceps; en mi cabeza, el deseo. Era la recta final del año: noviembre. Como aún no había llegado a los ochentaiséis  u ochentaisiete kilos que quería pesar, no me permitía coger. Sí me concedí fantasear con gente real. Las siliconas les daban paso en mi mente a las minas reales. Reales y flacas. En diciembre, después de discutir con los médicos por qué no podía parar de bajar de peso, el tratamiento terminó. Había matado al gordo. Gordo de mierda. Gordo puto. Me corté el pelo, me compré ropa y me fui de viaje. La segunda noche, en Barcelona, era Mick Jagger cogiéndome a la primera mina que se me pasó por delante, en una habitación con otras personas. Dos meses en Europa me bastaron para convencerme de que controlar mi cuerpo era controlar todo. Desde ese momento, necesitaría desafíos constantes. De vuelta en Buenos Aires, luego de mostrarle a mi analista que había bajado cincuenta kilos, me cogí a Gloria del CBC y pasé a formar parte del equipo de fútbol de la Facultad. De cualquier modo, la adrenalina de atar cabos, de controlar el quilombo, comenzaba a bajar hasta la nada misma. Me hizo entrar en abstinencia. Como aquella vez del abdomen, empecé a buscar soluciones en la ducha. Cantando Rezo por vos no se me ocurrió nada. Probé con temas de Spinetta y Cerati.  Tampoco. Hasta que decidí probar de nuevo con Yendo de la cama al living. Bajo el chorro de agua, cerré fuerte los ojos y canté. Me pasé las manos por los pies, los huevos, la pija, el culo, la espalda, la cara. No tocaba soluciones, hasta que mis dedos se posaron sobre mi panza flaca con estrías. Con jabón en las yemas, comencé a acariciarla. Noté como cada pasada pulía mi abdomen. Lo tallaba. En media hora, mi panza era la de una publicidad de calzoncillos. Cerré la ducha, me anudé el toallón a la cintura y salí. Chorreando agua sobre el parqué, busqué a mi hermano en el living.

– ¡Boludo, qué carajo..!

Me reí a carcajadas. Mi hermano me agarró la panza. La toalla se me había soltado, pero a él no le importaba, no paraba de tocármela. Estaba blanco.

– Mirá-, le dije mientras me acaricié los brazos hasta dejarme los bíceps como los de Mario Barakus. Me engolosiné y con el pulgar y el índice de cada mano comencé a sobarme los pezones. Vimos como mis pectorales tomaron forma redonda y se endurecieron.

– Vestite y vamos ya a ver a tu médico.

Cuando me sequé las piernas, los cuádriceps, los gemelos y los isquiotibiales me explotaron. Las piernas de flaco, en segundos, pasaron a piernas de futbolista, y en minutos alcanzaron un grosor impensado. Mi risa también cobraba fuerza, como la preocupación de mi hermano, al que no le había gustado nada el chiste de que mejor no me iba a secar la pija. Como la ropa no me entraba, me envolví nuevamente en la toalla y, por las dudas, me puse un par de guantes de lavar los platos en las manos antes de subir al auto. Después de estacionar donde pudimos, tocamos timbre en el edifico de Billinghurst y Las Heras. Fue raro ver que la secretaria, en vez de sus correctos pantalones y blazer azules lucía un apretado conjunto de gimnasia negro y fucsia, con muñequeras y una vincha de toalla a tono.

– Jorge te estaba esperando, Damián. En unos minutos te atiende.

Cuando el doctor se asomó a la sala de espera, me paré con el recaudo de que no se me desanudara la toalla, me acomodé los guantes y me metí en el consultorio. Mi hermano se quedó afuera. Jorge vestía pantalones cortos y musculosa de morley blanca. Se le marcaban los pezones y, por el contraste, su piel bronceada parecía barniz. En vez del estetoscopio, un silbato plateado le colgaba del cuello, al lado de un cronómetro. En su consultorio ya no había camilla ni balanza. Había pesas, colchonetas y un barral. Jorge no estaba solo. A su lado, con guantes de látex, había otras dos montañas de músculos. Laura y Gastón, así me las presentó. Con un ademán le pidió a Laura que se pare. Ella dejó caer la bata que llevaba encima y se quedó en una tanga amarilla. Tenía un número uno negro tatuado sobre el glúteo izquierdo. Me explicó que se había tenido que poner siliconas para que las tetas no se le desproporcionaran del resto del cuerpo. Jorge chasqueó los dedos y me sacudí. Me contó que Laura había perdido más o menos los mismos kilos que yo en casi el mismo lapso. Ella se puso de nuevo la bata y se sentó mientras Gastón se paraba. Sin bata, él también vestía de amarillo, con un diminuto slip. También tenía tatuado un número en el culo, un dos. Miré a Jorge y le pregunté por su cronómetro y su silbato. Con naturalidad dijo que más que médico era entrenador y que su responsabilidad era guiar a sus pacientes por el camino del control. Que todo estaba controlado. Que así es como se experimenta el verdadero placer. Y que sin un cuerpo perfectamente musculoso, el placer no se experimenta. Me contó que, para aprovechar los músculos de sus mejores pacientes, planeaba hacer algo de guita formando un equipo de fisicoculturistas. Quería a los mejores, porque ganar le daría satisfacción. Habría guita para todos. Luego habló Gastón, mientras me extendía un par de guantes de látex y un slip amarillo idéntico al suyo.

– Mañana voy a acompañarte a que te tatúen el tres en el culo. Bienvenido. Y que ni se te ocurra tocarte la pija sin guantes.

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