Historias sin punto final
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Por Tito Villar
Ph. Paz Villar

¿Y por qué el juego habrá de ser peor que cualquier otro medio de procurarse dinero, por ejemplo, el comercio?


Fedor Dostoievski, El Jugador

 

—Desde que tengo uso de razón la vida es así: se gana y se pierde.

Carlos tiene cinco años. Vive en Mataderos. Se junta con los amigos del barrio a jugar a las bolitas. El vidrio ganado a sus contrincantes, la adrenalina de perderlo todo. No existe nada más importante. En cuclillas o con las rodillas sobre las baldosas, expectantes, con un silencio digno del Maracaná, los pibes se amontonan sobre sus galaxias efímeras.

La vida le cabe en la palma de la mano. Puede mirarla, estudiarla. No hay nada complicado en jugar. No hay maldad en la utopía de ser pibe. Rememora la escena como si la estuviera viendo en una pantalla. Se mira las manos. Espero que le broten bolitas para llenarlas. Carlos larga una máxima:

—El juego es la vida del hombre.

Se ríe.

Siempre se ríe. Cómo si no hubiera crisis mundial, guerra, hambre. Como si él no fuera una crisis mundial, una guerra, el hambre. Su cara es un gesto. No, su cara es lo indecible. Lo que no hilvana en palabras lo dice mirando. Habla pausado pero no lento, como se hablaba antes. Habla, y cuando lo hace hay que escuchar. Se ríe. Hace silencio, prende un pucho, como un ritual. Inhala, mira un punto que solo él ve, exhala. Sigue hablando, narrando. Toma un trago de la petaca de W. Se ríe. Es un niño de 73 de años.

 

Las figuritas de fútbol eran otra moneda de cambio en su infancia de finales de los ‘60; una suerte de magia que las siguientes generaciones por suerte no perdieron. Mira para arriba, buscando nombres:

— Había una que no salía en la puta vida, la de Natalio Pescia me acuerdo, histórico jugador de Boca, porque si llenabas el álbum te daban la pelota.

Cuando tenía 8 años, ya era grande, jugaba con cartas. El juego en cuestión era el monte. Su primer encuentro con el azar. Era sencillo. Cada jugador tenía su monte de cartas. Iban dándolas vuelta, y en cada mano tenían que superar en valor la carta de la banca.

—Yo era el capo, el banquero.

Aún mantiene ese orgullo, porque de eso se trata ser Carlos, de las pequeñas victorias, de esas alegrías infantiles. Hay una picardía en su decir, en su cuento.

—Y en eso pasa mi viejo y me ve. Puc me levanta y me lleva hasta casa. No te quiero ver más jugando a las barajas me grita. Y los pibes contentos gritaban, se quedaban con mi fortuna de figuritas. Pero era un tipo extraordinario, lo hizo por mi bien. Ya hace 50 años que falleció.

 

Cuenta que su viejo era italiano y tapicero. Hablaba tan bien argentino que nadie notaba que era extranjero. En el frente de la casita de Mataderos tenía su tapicero, reparaba y vendía.

—Mi primer laburo. A la tarde mientras jugaba con los pibes mi viejo me silbaba y tenía que estar una hora con él. Me ponía un tarro con clavitos para que los enderezara. Mientras, los pibes afuera jugando al fútbol.

Me cuenta el recuerdo y bufa como un nene, aún enojado con papá.

Carlos terminó la primaria a los 13, al mismo tiempo que su padre caía enfermo. La idea era que el hijo tomara el manto del zapatero:

—Pero yo odiaba ese laburo, lo mandé a la puta que lo parió y me fui a laburar a una imprenta. Empezaba mi camino independiente.

 

En el ‘61 se inscribió en el Ministerio de Trabajo con la libreta del menor. Mientras trabajara menos de 6 horas por día era todo legal. En esos años pasó por tres imprentas, una fábrica de paraguas y algunos talleres mecánicos; se recibió de radioarmador y hasta fue sonidista en teatros de la calle Corrientes.

— Yo aporto hace más de 50 años. Imaginate cuanto me debe el Estado a mi. Y no encuentro un abogado poronga que ponga las bolas arriba del mostrador, y les haga un juicio terrible.

Según sus cuentas, le deben más de 500 lucas. En su lista de deudores ubica a Celestino Rodrigo, Martínez de Hoz y Antonio Cafiero, entre otros. Pasa del enojo a la risa. Con la mano hace como si tuviera un teléfono y llama a algún ministro de economía. Actúa, se divierte. Hace morisquetas y ofrece de su petaca, ante todo es un hombre de modales. Después de un trago se pone serio. Piensa. Me mira fijo, para que lo entienda.

—Yo no juego para ganar plata. Juego para recuperar todo lo que me robaron.

 

***

 

“Mi reino por un caballo”

William Shakespeare, Ricardo III

 

Carlos siente fascinación por los animales, y los animales por él. Siempre tuvo muchos perros. Les habla, los reta, los deja hacer. Se ríe cuando lo tiran al piso y le lamen la cara. En algún momento, entre adoptados, regalados y alguno que lo siguió por la calle tuvo más de 10, una auténtica jauría. Sin embargo, el animal que le dio más alegrías es el caballo. Ese don de correr. Un capricho de la biología, tan fuertes y frágiles.

—Las carreras de caballos son un juego espiritual. Ellos te hablan. Tenés que mirarlos bien y les jugás por la pinta. Antes de la carrera está el paseo, es un momento clave. Después está la parte técnica: qué comió, si cagó y cuánto, cómo durmió; y toda la información de los periodistas turfísticos. Te tiene que gustar mucho la naturaleza para entenderlos.

 

En el ‘74 conoció a Carmen, la madre de sus hijos. No dice ex mujer, y es categórico al respecto. Hoy están separados pero viven en la misma casa en Hurlingham. En su primera cita fueron al Hipódromo de Palermo. Sonríe, pícaro. Esa vez tuvieron suerte. Al tiempo compraron una casa en Morón, y Carlos instaló un taller mecánico. Pero la guita se diluyó en diferentes compras y apuestas.

—Reventamos todo, nos casamos, y nos fuimos para el sur. Tuvimos una linda luna de miel y después alquilamos en Bariloche. Me llevé de Buenos Aires mis dos perros y parte del taller.

 

Jugaba al blackjack y a la ruleta deambulando entre el Llao Llao y el Bariloche Center, los casinos de la ciudad. Lo imagino cagado de frio saliendo eufórico por haber derrotado a la banca del Llao Llao; quisiera verlo desde el punto panorámico del circuito chico de Bariloche, una hormiga saltando entre la nieve. Lo veo también engullido por la mole de cemento del Bariloche Center, que recuerda un transatlántico varado con la tristeza de estar a metros del lago. Inaugurado en el ‘72 como una promesa arquitectónica futurística, hoy es un bloque gris que se cierne sobre el centro cívico y viene eludiendo intentos de demolición desde 1996. En un paralelismo lo veo a Carlos eludiendo su propia demolición todos estos años.

 

El Rodrigazo, el nacimiento de su primera hija, el mal clima de la dictadura y la falta de trabajo lo obligaron a volver a Buenos Aires en el ‘77. Se mudaron a Tigre. Al año siguiente llegó el hijo varón, y en el ‘79 la segunda mujer. Trabajó soldando barcos en el puerto de San Isidro, reparando grúas y sobre todo en fábricas automotrices. Siempre con el hipódromo y la quiniela de por medio.

—El juego es un trabajo. Hay que dedicarle tiempo, tener conducta. Es también una caja ahorro. Pero siempre bancarlo con más laburo, porque la guita no viene de arriba.

 

***

 

“El que hoy cae, puede levantarse mañana”

Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la mancha

 

—Hoy es San Miguel, 29 de septiembre; como es un solo santo le juego al 129, 1 Miguelito más el 29 del día de hoy. Lo mismo con el Barba, Jesús, el 33, hay uno solo; siempre le pongo al 133. Hoy es el día del inventor, como son todos locos aparece el 22; y como son muchos le agrego el 9, y llego al 922. Mi primera nieta me la mandó Dios el 28 de abril; el 28 del cuarto mes, así armo el 428. Mi cumpleaños es el 30 de mayo, apuesto al 530. Cuando pego un laburo sale San Cayetano, el 107, que siempre me salva. Y los seguís, todos los días. Todo tiene su número, todo.

Por día puede llegar a jugar entre 100 y 200 números en la quiniela, y cada uno con un significado exacto. El cerebro de Carlos podría estar en una vitrina junto con el de Albert Einstein y Alan Turing. Su cabeza es una fábrica de números. A medida que hablamos va inventando nuevos ejemplares de tres cifras para jugarles uno o dos pesos. Patentes, alturas de calles, medidas en metros o centímetros, nacimientos, muertes, aniversarios, horarios, personas, eventos, santos, demonios y el capricho numérico de la vida.

 

Hace unos años que Carlos vive de vender peras, que consigue de un árbol gigante en el jardín de su casa, y de changas como herrero y carpintero. Sus creaciones en madera y hierro son obras de arte, a medio camino entre la casa de diseño y la sinceridad del artesano. Ve en la chatarra que junta en la calle siempre algo nuevo, como si se convenciera de su propia reinvención, su rebusque, su perseverancia en los números, en el azar. Tiene una predilección por las herraduras, las transforma en bases para lámparas, soportes para vinos, percheros; casi un homenaje a sus queridos caballos.

 

El año pasado sufrió un accidente. Una auto  se lo llevó puesto mientras andaba en bicicleta. Ya no puede trepar al árbol en busca de peras y las changas le cuestan cada vez más por un dolor en el brazo derecho. Por sus trabajos no pide más que unas cervezas, el mango para los puchos y jugarse unos numeritos. En los días buenos, con todos sus dolores y casi ciego, puede armar todos los muebles de un local nuevo o caminarse todo Hurlingham  con sus creaciones en un bolso buscando compradores. Cuando no consigue laburar, porque no hay o porque no le da el físico sale a pedir pelusas, como le dice él a un par de billetes de cien, a sus conocidos del barrio.

—A mí siempre me tocó perder. Siempre me castigaron perdiendo. Los años pasaron, tengo 73 años y tengo que andar mendigando, ¿A vos te parece? Con la jubilación que tengo no llego a ningún lado.

 

Su jubilación es menor a un sueldo mínimo, vital y móvil. Se enoja y me mira serio. No aguanta el personaje y antes de reírse me dice que si todo sigue así para el 2081 se suicida. Le pregunto, porque tengo que hacerlo; porque siento algo de envidia por ese pibe que es, esa libertad de sentido; porque necesito que tenga razón, y quiero creer en esa razón; le preguntó si no hubiera hecho algo diferente, si puede ser que el juego le cagó la vida. Me mira cansado, y por un momento no veo al niño y siento todo el peso de sus años. Mueve las manos callosas, parecen garras de un animal petrificado, con todo el gesto italiano que heredó de su viejo para explicarse mejor y trata de hacerme entender

—No me arrepiento de nada. Es mi forma de vivir. Invertí mucho tiempo y dinero en llegar a mi conclusión: necesito rescatar todo lo que supuestamente debería tener, lo que me sacaron. Me puedo morir esperando, pero lo intenté.

 

Carlos juega.

Juega en todo el sentido de la palabra. No importa si son bolitas, monedas de un peso, un pilón de figuritas repetidas o un fajo de billetes. Anda con sus recibos de quiniela en los bolsillos de su bolso manchado de aceite, parecen papiros de un libro perdido de la biblia. Y él es el mesías, flaco hasta el hueso por el sacrificio de su misión.

Si está equivocado, no está en los otros decirlo. Persigue su verdad con tanta persistencia que enternece. Nunca en mi vida vi un Quijote tan real como Carlos, desde su semblante hasta el discurso. El juego son sus molinos, sus gigantes. Me pide silencio, que lo escuche y por un momento su verdad se vuelve la mía.

—Mira pibe, el jugador es el que se la juega.

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