Historias sin punto final
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#25 · El origen de una adicci10n

Por Federico Lamas
Ilustración: Ja Ant

La primera vez es un juego. Un festejo. Él iba a ser el mejor, así lo creían y así se lo decían. Todo el tiempo. Cuando debutó en primera división a los 16 años, cuando se bañaba, cuando metió cuatro goles, cuando hizo una rabona, cuando fue a la Selección y cuando lo vendieron a Europa. A cada momento, para todos, él era el mejor.

 

Diego Maradona nació en Villa Fiorito en 1960. Ahí vivió con sus siete hermanos, fue a la escuela y tiró las primeras gambetas.

 

– Mi vieja decía que le dolía la panza y no comía. Pero ella nunca tuvo dolor de estómago, cada vez que llegaba la comida, ella decía que le dolía. Pero era mentira, no alcanzaba. Yo fui boludo hasta los 13 años que me di cuenta.

 

 

Tres años después de darse cuenta, Diego debutó en Primera. Fue contra Talleres de Córdoba en La Paternal. Primera pelota que toca, tira un caño y amaga.  Ese día ya le repitieron que iba a ser el mejor, que iba a triunfar, que podía sacar a su familia de donde estaba, que su mamá no iba a tener más dolor de panza, que no iba a tener necesidad de fingir un dolor.  Le regalaron una casa, un auto y lo invitaban a la tele.

 

Diego vivía con Doña Tota, con Don Diego y con todos sus hermanos. Su familia empezaba a comer por él. Salir por él, vestirse por él e irse de vacaciones por él. Diego metía goles y lo pedían para la Selección, le decían que con 18 ños ya podía jugar en Argentina, con Kempes, Fillol y Bertoni. Le decían que era mejor que Alonso que tenía 25 años y tres titulos en Primera.  No lo llamaron. Fue la primera vez que le dijeron que no. Un entrenador le puso un límite, pero el periodismo, la calle, la gente, su alrededor lo quería ahí.  Le decían que era el mejor aunque el técnico campeón del mundo no lo haya llamado. Le dijeron que el técnico campeón del mundo se había equivocado con él.

 

Y siguió ganando. En la Sub – 20 y en Boca.  Y lo llamaron a la Selección mayor, ahora si.

Su debut en un Mundial. Se iba a cumplir el sueño que se había convertido en video cuando lo filmaron haciendo jueguitos a los diez años con cachetes redondos y una camiseta roja con vivos blancos.  La tele, los diarios y las revistas decían que ese equipo de 1982 en el que estaba él era “el mejor de la historia”. Aún mejor que el que había salido campeón cuatro años atrás.

 

Pero quedaron eliminados.

 

A Diego no le salieron bien las cosas.  No jugó bien, se enloqueció y en el último partido le pegó una tremenda patada a un brasilero. Enojado. Diego, al que todos le decían que era el mejor, ahora lo apuntaban como un loco que nunca iba a triunfar. Que era un lagunero, indisciplinado, que no servía, que la camiseta de la Selección le pesaba y que mil cosas más.

 

Igual lo compraron. Barcelona puso el ojo y se lo llevó a Europa.  En España lo esperaban, lo querían, lo agrandaban, lo deseaban, pero no lo entendían.

 

Diego, recién cinco atrás le pudo dar un plato de comida a su mamá , estaba en uno de los mejores equipos del mundo. Lo acompañaban, le decían que lo amaban, que era el futuro. Y en el medio le agarró hepatitis. Volvió, jugó, ganó. Y le quebraron el tobillo izquierdo de una golpe criminal. Fue un tipo que, ahora ,tiene guardado como si fuese un tesoro el botín con el que pegó la patada.

 

 

Pero Diego volvió y jugó una final contra el Atlhetic Bilbao. Ahí jugaba ese carnicero que casi le arruina la única cosa que a Diego le daba felicidad. Y perdió.  Uno a cero.

 

Diego no soportó perder en el fútbol con el criminal que estuvo a un paso de robarle la herramienta para darle de comer a su familia. Se peleó con todos, arrancó a las piñas, a las patadas y lo echaron.

 

Los que le decían que era el mejor, ya no lo querían. No lo entendían. Los buenos modales pueden más y, para todos, él estaba loco, tenía problemas y no sé cuantas cosas más.  No era profeta en su tierra y tampoco en Europa. Era un paria.

 

Hasta que apareció en el horizonte un nuevo lugar. Claudia, la mujer de su vida, lo tiene claro. La primera vez que Diego probó cocaína fue en Barcelona cuando se enteró que lo habían vendido al Napoli. “Fue un festejo”, suele decir.

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