Historias sin punto final
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#8 · El resto de los días

Historia del público

Por Antonella Romano
Ph. May mandarina

Ay qué serio, le digo. Hace calor, contesta con la atención puesta en un pibe que ata su bicicleta a un poste de luz. Es verdad, lo veo, tiene la cara resbalosa. Los posos de la piel parecen frutas abrillantadas incrustadas en un pan dulce húmedo. Sacate la gorra entonces, con ese uniforme cómo pretendes no tener calor. ¿Qué querés que haga? Como si fuese mi culpa usar esto, responde con voz boba, grandulona. Tengo que entrar. Lo dejo ahí parado, abajo del sol, secándose la frente con el dorso de la mano cada cinco minutos. Su turno arrancó a las ocho de la mañana y termina a las ocho de la noche, cuando salgo yo.

 

 

Mis compañeros charlan en ronda.  Los saludo con la mano y voy directo al depósito. Piso ropa nueva. Montañas de sweaters, pantalones, camisas, todo para hombres. Entro al baño, hay un vaho indescriptible, me bajo el pantalón y después la bombacha. Hago pis con mucho ruido. Termino y prendo la canilla de la ducha, inundo las perchas tiradas en la bañadera, me mojo la mano y la paso por el jabón quebrado, por adentro de la bombacha y después de nuevo por el agua. Caen gotas por mi entrepierna. Repito pero ahora con la boca. Hago buches, gárgaras y escupo.  Tiro el aliento sobre mi mano, está bien, meto la boca debajo de la canilla. Nuevas gárgaras, buches, escupidas, me paso la toalla por la boca y le mando un mensaje a Fabi. Lo lee rápido, Fabi está escribiendo,  OK responde.

Me lo imagino cruzando el local por los bordes, rozando la pared de ladrillo con la punta de los dedos, igual que las ratas, que no pueden atravesar ningún cuarto por la mediatriz ni la diagonal porque se sienten desprotegidas.

 

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Desde abajo, agachada sobre mi cartera – ahora parece que la rata soy yo- escudo el tinto que me gané ayer en un sorteo del supermercado cuando veo los borcegos negros de Fabi que pisan el lino celeste de la camisa del momento, y por debajo de las suelas calientes, veo que se asoma la etiqueta con el nombre del lugar en el que trabajo, impresa en una tipografía barroca. Mirá lo que me gané ayer, lo descorcho hoy a la noche. Me dijeron que es un muy buen vino, uno que no pica, como el porro comparado al tabaco. El pucho sería el vino de cartón, aclaro y él aprieta las suelas de hule sobre la camisa como si afuera lloviera y tuviese que secarse con un trapo de piso para no ensuciar. También se saca la gorra y pasa la mano por su cabeza rapada. No entiendo si se seca las manos con el pelo o el pelo con las manos. De cualquier modo me da la sensación de que con él, el aire a su alrededor tiene olor a transpiración y a jabón blanco. Yo hago guardia en Honduras y Armenia hasta las diez ¿Me pasas a buscar?, pregunta.

 

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Caigo a la esquina con un vaso de plástico lleno de vinito, es verdad, este no pica, es un jugo que pasa de largo y deja todo lo rico, acaricia el paladar y humecta la lengua. Al principio no lo veo pero al toque me doy cuenta que está parado arriba de un escalón en la puerta de una casa, medio escondido, con las mangas de la camisa arremangadas y la mano derecha descansando sobre la funda de cuero duro que sostiene el arma. Troto y freno adelante suyo. Lo saludo con un beso en el cachete y le acerco el vaso a la boca, en realidad a la nariz, le enrostro el vaso y él se corre imitando el esquive de un intento de beso robado. Después lo agarra, se moja los labios y a mi me da bronca que sea tan aburrido. No jodas y vamos a buscar mi bolso que lo dejé en la garita. Caminamos pero yo reduzco la velocidad y escondo el vaso atrás de mi espalda. De la garita sale olor a legumbres hervidas, sobre cocinadas diría. El señor que lo espera adentro se queda sentado enfrente del mini turbo ventilador. Fabián se cambia en la puerta, casi afuera. Debajo de la camisa tiene puesta una camiseta de manga larga, negra y de lycra como las medias cancán. Debe ser que quiere adelgazar. Me río porque se la saca y puedo ver la pegajosidad de su piel lechosa. De la cartera saco el tubo y relleno el vaso, que en el fondo ya se le ve un hilo de uva seca. Miro como si nadie supiera que estoy ahí. Me da la sensación de ser testigo de una situación de club barrial entre el socio y el utilero. Primero me pica la nariz, después la garganta se contrae y los ojos se me cargan de agua. Hay algo de esa imagen que me hace acordar a unas vacaciones que hicimos  a Córdoba. No sé si es el olor a guiso o qué pero me vino a la cabeza el día en que me desperté, abrí el cierre de la carpa y me inundé de olor a piñas quemadas de la noche anterior mezclado con el del plástico de la bolsa de dormir nueva. El viaje lo hice con mi papá, fue en el que me confesó que fumaba porro desde los doce y después me preguntó si yo estaba de acuerdo. Le dije que no y al par de meses me enseñó a armar un finito. Ese verano abrimos muchas latas. De eso también me acuerdo. Quizás este revival sea por la ropa húmeda tirada en un piso que no sabes si podes pisar descalzo.

 

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Cada tanto las veredas están iluminadas con guirnaldas hechas con bombitas blancas y a mi me dan ganas de parar y tomarme una birrita pero él me recuerda que ya tiene otro plan en mente. No quiero hacer nada de lo que él tiene en mente así que no lo hacemos. Mirá si me lleva a un lugar con más policías. Le digo que mejor vayamos a mi casa pero él insiste en ir al boliche y en lugar de discutir freno en un bar y entro. En la barra pido una gin-tonic en vaso de plástico. Veo que el barman mete cinco rolitos y dos dedos de gin. Dale, le digo. No seas malo y dejá que la botella fluya. Al pibe le cae mal mi comentario y con cara de culo sirve un chorro más al vaso, después abre una botella de tónica, las burbujas suben y amagan a salir por el pico pero no llegan y terminan explotadas adentro de mi vaso. Antes de volver con Fabián paso por el baño. Cuelgo la cartera sobre el portarrollos vacío de papel higiénico y ya imagino la infección urinaria de los próximos días. Me siento en el inodoro y me mojo las piernas con el pis de chicas desconocidas. Frente al espejo sonrío con los ojos achinados y la piel grasosa. Entra una chica hermosa: pelo brilloso, ropa a la moda y una sonrisa envidiable. Le pido brindar porque es hermosa y quiero hacer algo con ella, lo que sea. Empezamos por un fondo blanco, ella con birra, yo con gin-tonic. Muerdo la lima y le pregunto si puedo darle un beso pero me dice que no y se va. Salgo y veo a Fabi sentado en el cordón cortando una ramita en pedazos. Me tropiezo con una raíz de árbol que partió la baldosa de la vereda y caigo de rodillas. Atajo el cuerpo con las manos sobre la espalda de él y me levanto rápido.  El pantalón se tajea y de la rodilla me sale sangre. Está todo bien, me paro, no pasa nada. ¿Vamos? Dale, vamos. Fabi se levanta y me dice que soy un cachivache, o que estoy hecha un cachivache. No lo entiendo bien porque justo alguien grita muy fuerte algo así como “sí, señor. Te lo dije”. Igual le digo que se vaya a la mierda mientras me quedo un rato parada entre las mesas altas comunitarias. La gente se arregla demasiado. Las camisas son muy nuevas, los colores están vivos y la tela es exageradamente lisa, las polleras son de algodones gruesos pero los zapatos tienen barro, o pisadas, y el cuero está comido por el sol. Se van todos y agarro una pinta de cerveza roja casi llena, el dueño anterior se había quejado por falta de gas. Tenía razón. Veo a Fabián que esta sentado en una mesa medio lejos, mirando cómo un chico intenta ponerle una pulsera a su novia pero no puede embocar el ganchito.

 

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Julia y Ezequiel se juntaron hace un rato, en lo de Juli. Planearon ver idioteces en la tele y pedir comida. Voy. Tengo la llave de abajo así que abro directamente y me meto en el ascensor. El espejo me recuerda que hace un rato me caí en la calle y rompí mi pantalón. También tengo los labios violetas. Me los mojo con la lengua y refriego la mano por arriba. Algo sale, pero no todo. Quedan grietas púrpuras como si me hubiese disfrazado de zombie la noche anterior. Llega un mensaje de Fabián preguntando dónde estoy. Que está preocupado y que por favor le avise. El ascensor llega al piso diez, apago el celular y toco el timbre. Me atiende Juli. Nos abrazamos. Me pone contenta estar acá, me siento a salvo. Ezequiel prepara un arroz con camarones en una olla ridículamente grande para la cantidad de comida que revuelve. Lo abrazo de atrás y le beso la nuca. Agarro la botella de fernet y me preparo uno con agua tónica y dos gajos de limón. Ellos ya tienen. Está riquísimo. Dilato la garganta y de golpe se pierde la mitad del vaso adentro mío. Subo la música y bajo el volumen de la tele. Apago la luz y animo un poco el ambiente. Se ríen de mi y me dicen gordita borracha. Yo los insulto y me río, les bailo despacio, con un poco de baba en la pera. Arranco por Ezequiel. Hago movimientos sensuales con cumbia de fondo. No voy a ritmo de nada pero sigo. Juli se ríe y tose acostada en el sillón. Le dio una pitada al porro y ahora está roja, a punto de explotar mientras se aprieta la garganta con cara de dolor. Les pregunto si quieren coger conmigo. Les pido por favor que cojan conmigo. Se miran y no paran de reírse, se doblan y cruzan sus brazos por delante de sus panzas. Las risas son tan parejas, genuinas, que parecen de mentira. Entonces le digo a Juli que baje de la alacena el absenta. Ella me pregunta si no sería mejor parar un poco. Sus palabras suenan a fastidio, no a amor. Eso me molesta. Me doy vuelta para acercarme a la alacena y una lágrima me moja la mano. No digo nada, me estiro y alcanzo la botella. Agarro tres shots que Juli expone como adornos, y sirvo. Ellos insisten en que no van a tomar pero yo agarro el encendedor y prendo fuego los tres vasos. Elijo el del medio, con cuidado para no quemarme mientras siento el calor de las llamas de los vasos de mis amigos. Tomo de un saque y arde. Miro el azul, que por momentos es verde, achicarse sobre los vasitos, de a poco, encima de la mesada manchada con puré de tomate seco.

 

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Desde el hueco de la ventana semi abierta entra un viento que choca directo en mis lumbares. Es violento como un nene aburrido que te pega patadas para probar tu paciencia. Intento seguir durmiendo pero no me deja, y a la insistencia por despertarme se suma la luz intermitente que viene del living y el sonido de unas ametralladoras, mas gritos y un silencio sospechoso, todo en volumen bajo, todo disimulado. Salgo del enredo de las sábanas y siento mis talones hinchados sobre la baldosa como si me hubiesen crecido en un par de horas. En dos sillones individuales, hundidos, están Julia y Ezequiel, él con ojos de estar viendo la misma historia por vez número mil, ella tan dormida que no puede esconder su papada. Le pregunto la hora y en el camino veo una tuca con el encendedor al lado. Lo prendo con los ojos cerrados y cuando los abro veo la cara de mi amigo que me mira con asco pero le dura poco el rechazo, al segundo cambia el sentimiento por amor o pena, no entiendo bien cuál es. Se para y arrastra sus pies envueltos en medias con punteras como si no hubiese aprendido a caminar nunca en su vida. Sobre la biblioteca, camuflado, hay un vaso con un culo de vino. Ezequiel lo ve y lo agarra. Me pregunta si quiero, le saco la lengua y le digo que obvio. Sirve dos copas y nos vamos a la cama. Él me dice que soy una gorda puta, me cago de risa pero en realidad lo que pienso es que estoy confundida. Nunca me sentí ni gorda ni puta. Con sesenta y dos kilos no podes ser gorda, y lo de puta me cuesta todavía más pero puedo hacerme una idea de cómo él lo usa al pasar, cariñosamente.

 

Ezequiel tiene puestos unos shorts de fútbol de un equipo europeo, y una remera con estrases blancos que dibujan las olas del mar. Las olas se dibujan de perfil, nunca de frente y eso es muy falso porque sólo se ve una cara, la que conviene, y nunca se te viene el agua encima, de frente con esa convicción de saber que va a tocarte. Nos acostamos. Antes de apoyar mi cabeza sobre la almohada, vacío el vaso de unos cuantos sorbos seguidos, sin respirar. Generalmente pienso que mejor terminar todo lo antes posible. Creo que es el único modo, o el mejor, de evitar que se acumulen pendientes en el futuro. Ezequiel pone la mano en gancho como la tienen los playmobils, al lado de mi vaso, ansioso por que termine, para sacármelo de la mano y apoyarlo en el piso. Para abrazarme por debajo de las tetas (como si me estuviese rescatando de morir ahogada en la parte honda de una pileta) y sentarme entre sus piernas. ¿Y gordita, qué hacemos? Pregunta y siento que su pija crece y trepa por mi espalda como una enredadera madura, decidida. Me doy vuelta y meto la mano debajo de la almohada, encuentro una bolsita de arpillera con yerbas aromáticas adentro. La saco y me río,  estiro el elástico del pantalón futbolero de Ezequiel y lo suelto. Muerdo la erección y siento el gusto a algodón, a tela sintética con pelusas que pertenecen a otras ropas. No tardo mucho en tocar la carne blanca con la lengua. En lamerla con los ojos cerrados mientras que la cámara de mi vista interna gira como si estuviese agarrada de las manos con una amiga, y diera vueltas sin parar, cada vez más rápido, centrifugándonos hasta soltarnos y caer exageradamente al pasto, siempre al pasto. Pero abro los ojos para no caerme, para estar acá y no allá. Ezequiel me mira con una sonrisa y llama a Juli. Veni a la cama con nosotros que hay lugar, le dice. Julia no contesta y yo abro la garganta bien grande como cuando hago fondo blanco, la meto toda y ahí termino. Saco la mano de Ezequiel de mi pelo, me la saco de la boca y él empieza a pedirme por favor. Suplica que lo acaricie y le de amor, que siga así. Que voy bien.

 

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Las veredas están más quebradas que de costumbre. Más rotas que ayer. Las sandalias toman velocidad, se adhieren más al piso, imitan el movimiento de las serpientes, rápidas y acorde al terreno que se va presentando. Pendientes de la superficie, avanzan como serpentina por la Avenida Cabildo hasta que un sonido las paraliza, me paraliza, no es solo uno. Al principio sí, pero después se suman varios y yo que a esta altura veo todo chicloso no entiendo nada. De repente mi cabeza queda más atrás que mi cuerpo porque alguien me empuja sin avisar y un colectivo pasa dejando un vientito que chupa y sacude. Un hombre me sienta en la puerta de un cajero automático y pregunta qué hago. No sé a qué se refiere. Es todo un drama, el hombre me abraza y me consuela y yo siento que mis dedos adelgazan y cada vez puedo tapar menos el sol. Le pido que me ayude a pararme y que si me da cuerda llego bien. Me levanta de la campera otra chica, una que usa tacos y tiene tatuada una palabra en el empeine que no puedo leer. Siempre está al revés, aunque la de vuelta. Creo que duermo un poco sobre el ploteo en el que se escribe el nombre del blanco. De algún modo llego a mi casa. Alguien me alcanza o me hace caso y me da cuerda. Para meter las llaves tardo un rato pero lo logro. En mi departamento hay olor a lechuga caliente, babosa. Me saco toda la ropa que puedo y caigo de cara a la cama deshecha. Suena el timbre. Una vez, dos veces, seis veces seguidas con intervalos muy breves. Desde el calor de la cama paso la lengua por mis dientes ásperos, llenos de restos de la noche, y también de los días, seguro no sólo de este. El reloj dice que son las siete menos cuarto de la mañana. Debe ser Fabián, pero a un policía no se le abre la puerta a esta hora.

 

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