Historias sin punto final
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#23 · Tití, La guerrera

Por Maricel Cioce
Ph. Agostina María Sol

 

A lo de Rolando llegué después de varias dudas, en parte porque me lo pidió mi familia. Ya soy madre de dos chicos, uno de seis y otro de ocho. Me casé con Manolo, a quien, obvio, conocí en la tribuna. Un flaco divino, había sido jugador pero su carrera se frustró por una lesión, trabajó algunos años en el club, después se metió en política. Ahora es concejal, el asunto empezó por ahí.

 

A mí en la ciudad me dicen Tití, la guerrera. Si tengo que tomar un avión y ver cómo me las arreglo sin un peso en otro país, lo hago, si tengo que viajar en micro y recorrer 48 horas por 90 minutos de partido, también. Pero en  el círculo donde se mueve Manolo, la gente habla y mete calificaciones para todo. Manolo dice que es torpeza innata, yo creo que es mala leche. En fin, él quería que me calmara un poco por los chicos y a mí me parece bien, pero a veces entra en ese estado de blanco o de negro, de una cosa o de otra, y en definitiva no se disfruta ni el partido ni la familia. En todo este tema, Rolando fue de gran ayuda.

 

 

Primer tiempo

 

Un día volvíamos del supermercado con el Renault 12 rojo. Yo tenía 5 años, me dejaron sentada en el living, en bombacha. Mucho calor. Mientras mis papás bajaban y acomodaban las bolsas, yo me las rebuscaba para jugar a la almacenera. Eran esos momentos de desorden y riqueza que no podía dejar de aprovechar. Cuando terminaron de guardar, papá se tiró en el sillón de pana, algo gastado, y puso el partido. Mamá preparó unos lupines.

 

—Un tentempié —me dijo suavemente mientras me pellizcó los cachetes porque no se pudo contener. Entonces le sonreí, tragué los porotos y pateé una pelotita amarilla hacia los pies de papá, necesitaba captar su atención porque, en cierta medida, el partido me hacía competencia.

 

Cuando terminé séptimo grado, mi familia decidió mudarse a Rosario. De vez en cuando vuelvo al día que llegamos. Entrábamos a la rotonda con el auto y leí “Bienvenidos a Rosario”, entonces giré el cuerpo y me arrodillé en el asiento para mirar por la ventanilla, pegando las palmas de las manos contra el vidrio, a veces, la nariz. Esa era mi manera para lo fascinante: las veredas arboladas, enmascaradas de colores, los postes y las casas pintadas, de rojo y negro o de azul y amarillo, como aldeas salidas de algún cuento fantástico. Unos chicos jugaban en la plaza sobre una rayuela recién dibujada: el cielo era una nube azul con medio sol amarillo que se le asomaba por el borde; la tierra, un garabato rojo que decía infierno con letras negras. Más allá, otro grupo de pibes pintaban corazones gordos, algunos los hacían mitad negro mitad rojo, y otros azul y amarillo.

 

El día que falté a la fiesta de fin de curso fue el preludio. En su lugar compré un lienzo, dos potes de pintura para tela y dibujé unas letras: C azul, A amarilla, N azul, A amarilla, Y azul, A amarilla. Abajo le agregué, de corazón. Al otro día le pedí a papá que me llevara con él, que no le contaría nada a la vieja y que sería un secreto de los dos. A papá el afloje no le costó mucho y fue a sacar el auto. Antes de llegar a Arroyito, me puse el cotillón bicolor y desplegué la bandera por la ventanilla.

 

Cuando subí las escalinatas del Gigante me di cuenta de algunas miradas. Por esos años, me estaban empezando a crecer las tetas, y la camiseta rayada me marcaba las puntas duras. Me encorvé un poco para disimular, papá me agarró de la mano y caminó al frente como un perro guardián.

 

“Permiso, permiso…”, dijo y nos acomodamos en diagonal al arco, después el conjuro: quedé envuelta en el meneo de camisetas enrolladas, de respiraciones rápidas. Estaba suspendida, había levitado para ver todo un poquito más y aparecieron los escupitajos, los cantos y los “hijos de puta”.

 

Faltaba muy poco para que terminara el partido cuando vino un centro de Palma a Carbonari, que metió un cabezazo y, sin ningún obstáculo, metió la pelota directamente al arco. El cuarto gol, que pronto nos llevaría a ganar esa especie de Santo Grial, la copa Conmebol, fue mi viaje iniciático hacia ese mundo con contraseña. Papá me abrazó llorando y yo supe que nunca más iba a poder dejar esos colores.

 

Segundo tiempo

 

El primer día que llegué al consultorio de Rolando le conté que, hacía poco, había estado internada por una neumonía y que tuve que ver el clásico por televisión. Uno de esos clásicos sin goles, aburridísimos, hasta que Niuls embocó uno y se me nubló la vista. Tiré un vaso de jugo contra el piso como si fuera una granada, los chicos me miraron con terror y Manolo apagó el televisor.

 

Un año después, le conté de otro episodio que me asustó mucho: salía de mi casa camino a la sede de calle Mitre y no me sentí las manos. Sí, las manos. Iba caminando y así como medio de la nada, no estaban. Me duró un rato que me pareció larguísimo. Rolando dijo algo de una metáfora del fútbol, que se juega con los pies, y me recomendó las sesiones grupales, en familia. Así fue que por mi culpa, durante casi 14 meses, hicimos terapia familiar. Ellos me reprochaban que me iba de casa, viajaba a ver los partidos y desaparecía, y que muchas veces no estaba para los cumpleaños, que tenía que elegir entre la familia o Central. Entonces entendí que la cosa pasaba por ahí.

 

En cada sesión, con el correr de los años, Rolando pedía que le contara de mis situaciones en el fútbol, de la relación con mis hijos y Manolo. Hablábamos de eso, de mis sentimientos, de la desproporción entre el lugar que ocupa mi familia y el que ocupa Central. Nos llevó 5 años ver el problema, no fue tarea fácil, pero lo solucionamos de maravilla. Un martes llegué al consultorio como siempre y antes de empezar me dijo que quería comentarme algo.

 

—Hola, Titíc ¿cómo estás?

—Hola, bien —le respondí y se hizo un silencio de hospital.

—Bueno te cuento. Estoy pensando en hacer un viaje, uno largo… y ya que activamos ese conocimiento subjetivo que nos estaba faltando cuando comenzamos, ¡avanzamos mucho, Tití! ¿O no?

—Sí sí, avanzamos mucho…

—Por eso, creo que podemos seguir viéndonos hasta fin de mes y parar, hacer un cierre. ¿Qué te parece?

—Yo ya me estoy preparando hace rato y tenemos viajes también.

—¿Ah sí?

—Sí, estuve ahorrando, ya arreglé con los chicos y van a faltar a la escuela un tiempo.

—¿Qué viaje, Tití? ¿Vacaciones familiares?

—No. La Copa Libertadores. Tenemos que ir a Colombia, México y Brasil.

—¿Cómo? ¿Y el colegio de los chicos? ¿Y Manolo?

—Viene toda la familia, Manolo lo duda pero creo que voy a convencerlo. Estoy entusiasmada, ese era el problema, me faltaban ellos. Ahora vienen conmigo. Además hay un loco que me está haciendo entrevistas para un libro sobre mí, creo que lo va a llamar Tití, La guerrera. Ya le conté como empezó todo, la noche de la copa, Palma y ese centro exquisito.

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