Historias sin punto final
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#16 · Unplugged

Por María Inés Bedia
Ilustración Andrés Fuschetto

 

La primera persona que me dio un rivotril fue mi papá. Tenía 17 años; estaba por rendir un examen del CBC. Me acuerdo que subía y bajaba la escalera de mi pieza cada cinco minutos. Para buscar agua, para ir al baño, hacer un mate, ver gente, para.

 

Me sentaba frente al libro, respiraba hondo, leía. No podía controlar la respiración. Quise escribir algo y noté que me temblaban las manos. Estaban transpiradas. Sentí frío desde el cuello hasta la espalda. Después vino el calor.

 

Bajé, busqué a mi papá; me dijo las palabras mágicas: tomate un cuartito.

 

Estábamos en el patio de casa, sentados en un banco de plaza blanco donde siempre daba el sol. También estaba mi mamá. Me acuerdo que ella recostó mi cabeza en sus piernas. Mi viejo se fue y volvió enseguida, lo anunciaba el ruido del manojo de llaves agarradas a su pantalón. Trajo una patillita rosa, la aspirineta de la adultez, un mejoralito para grandes.

¿Qué es el rivotril? Un ansiolítico. ¿Eh? Un tranquilizante. Ah.

 

No rendí el examen, pero así fue como conocí a mi amigo químico. Así fue como descubrí que no solo no somos inmortales, sino tampoco invencibles.

 

El problema era que mi viejo era médico psicoanalista y en casa abundaba el clonazepam. Cualquier motivo habilitaba su ingesta a modo de canilla libre. Yo sabía dónde estaba y al principio también cuándo tomarlo. Cada vez que no podía dormir, cuando me peleaba con mi novio, para cada examen medianamente importante. La lista se fue haciendo día a día más larga. Cumpleaños que no quería, pero había que ir; mi cumpleaños,  las fiestas de fin de año, velorios, cada previa a un día siguiente complicado.

 

Alberto Fuguet dice que es una droga que está de moda, es transversal, piola, unplugged, discreta; te hace ser menos que más (…) Es para dormir sin soñar en lo que tenés que hacer al día siguiente. No te hace sentir más; te hace sentir menos; y eso a veces es una buena sensación.

 

Me servía para desenchufar. O, en los peores momentos, cambiar de frecuencia, pasar de AM a FM. Evadirme. Lo puse en mi equipo a atajar penales. Siempre en el arco para taparle remates a la angustia. En dos tiempos o con la pelota rozando la línea; sufriendo, a lo Boca.

 

Una vez leí un artículo que hablaba de las drogas que consumían los dibujitos animados de los ´60 y ´70. Scooby Doo y su pandilla, todos fumones; la Pantera Rosa, ácido; el Pájaro Loco, merca; Don Gato y su pandilla, paco; el Coyote y el Correcaminos, merca; Popeye, esteroides; la Hormiga Atómica era pastillera; Snoopy, opio, Los Pitufos, hongos, obvio; el Pato Lucas: merquero hasta la re manija.

 

El rivotril es la droga de Droopy. Ese perro apático y ojeroso que sufría de una tremenda depresión quién sabe por qué. Saludaba: hola gente feliz, sin sonreír y con los párpados caídos. Encontraba una montaña de oro y decía: hola, ¿saben algo?, estoy feliz, hurra; levantando un banderín como en cámara lenta.

 

Hace cuatro años las cosas se pusieron feas. Solo quería que se apagara la máquina de pensar, que terminara la función. Los episodios de taquicardia, dolor en el pecho, sensación de asfixia, se hicieron más frecuentes.

 

Llegó el diagnóstico: ataques de pánico. Nunca logré explicar qué es lo que siento. Lo más desesperante es darte cuenta que estás registrando cada movimiento; por ejemplo, para respirar. Tomo aire. Un poco más profundo. Muy entrecortado. De nuevo. Ahí va. Entró el aire. Espero dos segundos. Tomo aire de nuevo. Sí. Ahí mejor. Como si estuviera aprendiendo a manejar: acomodar los espejos. Apretar el embrague. Poner primera. Soltar despacito el embrague. No, más despacito. Ahí va. Arranca. Poner segunda. Ahora, mientras escribo; tuve que pensar más los pasos para el manejo que para respirar.

 

Con un cuarto de clonazepam sentís menos. Reseteas la compu. Le hacés trampa a la cabeza. Es como estar enamorado, vivís momentos entre paréntesis. El amor es un rivotril natural.

 

Pero cuando se va el efecto, todo está ahí, esperándote.

 

Hace unos años que solo lo tomo medicado, controlado. Santiago me hace la receta, me dice que tengo que comer más huevos fritos con papas fritas y mirar más series. Según él, Netflix se inventó porque no podemos coger todo el tiempo, y para poner la cabeza en automático. Hago terapia hace diez años. Cada vez que salgo de la sesión, después de vomitar palabras, paso por McDonalds y me como una hamburguesa. Se la pido SIN queso pero CON condimento. Pero siempre viene al revés.

 

Cada tanto vuelve la sensación. Esos días en los que pongo un plato de más en la mesa, para el síntoma. A Juan le digo que se está moviendo de nuevo el avión, que hay turbulencias. Me abraza, dice que lo entiende, pero que tengo que querer que aterrice el avión, no que se caiga. En eso estamos.

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