Historias sin punto final
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#18 · Australia Day

Por Manuel Cantón
Ph. Alfonso Bato

 

“Durante la previa llegan dos chicas yanquis y un inglés. Cuando a las chicas les preguntan de dónde son, no dicen un país: dicen Filadelfia, porque los yanquis siempre asumen en los demás el conocimiento geográfico que ellos no tienen. El inglés es una especie de linyera profesional que vive en un motorhome en California y vino a Barcelona a fumar porro y gastar la plata de una herencia. Antes de dejar el equipaje se empieza a trabajar a la chica de Macao y vos la ves tocarse el pelo como si quisiera sacarle lustre.

Uno de los húngaros estudia filología inglesa. Es más sencilla que la húngara, dice, el nuestro es un idioma muy complicado. Ni intentan enseñarte palabras y hay algo en esa resignación que te cae simpático. Son los únicos que pueden ubicar a Argentina en un mapa. Una de las yanquis dice, South America? But you are so white, y se ríe. Ella es negra así que asumís que tiene permiso para decir esas cosas.

Te gusta una de las húngaras. Te gusta o te da bola, que en esas circunstancias para vos es casi lo mismo. Es rubia de una forma que la hace parecer albina hasta que le mirás los ojos grandes y negros. Debe pesar cincuenta kilos pero escabia como un barrabrava.

Demasiado tarde te das cuenta de que no podés seguirle el ritmo a los húngaros: cuando bajan a la calle caminás haciendo eses. Soy un ridículo, pensás. El filólogo se pone al paso de la rubia y vos te das cuenta de que la está cuidando. Desistís de ese proyecto.”

 

 

 

 

Así que esto es Barcelona, pensás mientras subís las escaleras del hostel. Se llama Sant Jordi – como todo en la ciudad –  y queda en el Eixample, el barrio que se parece a París.

Durante el día vas a aprender que Barcelona se presta a las comparaciones. Que el barrio gótico es como Toledo, que la costa no es tan distinta a Mar del Plata y que la zona modernista tiene bastante del Madrid borbónico (salvo que es modernista). Son todas comparaciones pésimas pero no se te ocurren unas mejores. Esta es la primera parada de tu eurotrip en solitario, ese viaje de iniciación en el que la clase media porteña justifica sus aspiraciones primermundistas. Madrid realmente no cuenta porque ahí te quedaste con tu tío y su novio y parte de la gracia es viajar sólo, probar que sos adulto y no necesitás de la supervisión de nadie.

El hostel está copado por un grupo de australianos que está haciendo la ruta de la marihuana y por algunos estudiantes húngaros en una escapada de fin de cuatrimestre. Te toca un dormitorio con los otros viajeros solitarios: una chica de Macao que dice tener veintiún años, aunque parece de doce, y un fotógrafo holandés que ronda los cuarenta. Tienen toda la habitación para ustedes tres.

 

Nadie te habla en español. El idioma oficial del hostel es, por supuesto, inglés, y pronto descubrís que lo que estudiaste en la Academia Cultural Inglesa te queda corto: hasta la chica de Macao habla mejor que vos. (De hecho habla excelente; te das cuenta de que no sabés nada sobre Macao). Pero tampoco en la ciudad creen en tu idioma. Los mozos te ven gringo y te hablan en inglés, y vos les respondés en español y ellos te vuelven a hablar en inglés, acostumbrados al flujo infinito de turistas. En Amsterdam te va a pasar lo contrario: todos van a asumirte local.

Recorrés los locales de diseño en el barrio gótico, te perdés, consultás un mapa, llegás a la Sagrada Familia. Sacás fotos simétricas que nunca vas a volver a ver, porque las únicas fotos que valen la pena son las que tienen personas y vos sos demasiado tímido como para sacarte una selfie.

De todas formas le mandás algunas a tu novia. Está en Gesell con varios de tus amigos y te responden entre todos deseándote feliz viaje. Ella no quería que te fueras sólo pero tampoco quería – no podía – acompañarte. Es necesario mantener el contacto todos los días para que no imagine nada raro.

En Barcelona no hace frío.

 

Esa noche los australianos arman una salida. Es el Australia Day, lo que significa que empezaron a tomar a las diez de la mañana. Intentás charlar con uno de ellos, un ingeniero químico que además sabe japonés, y le contás que fuiste a ver la Sagrada Familia. No sabe de qué estás hablando.

Uno de los australianos se saca la remera y se pone una bandera como capa. Pregunta la edad de todos los miembros del hostel: vos, con diecinueve años recién cumplidos, sos el más joven de todos. Te sigue la chica de Macao. Sin embargo, el único que te cae simpático es el holandés, quizás porque te hace acordar a tu viejo, también fotógrafo. Te cuenta que está en Barcelona porque una ex novia se está por casar y quiere verla antes de eso, confirmar que está terminado. No entendés si piensa arruinar la boda. Te muestra algunas de sus fotos: son malas y pretenciosas, pero decís que te gustan porque no querés perder a tu único aliado.

Se arma una previa en el living común. Los australianos compraron cerveza y vodka y ahora pasan entre la gente pidiendo plata. Les das quince euros. Te acordás de los dos consejos que te dio tu tío antes de despedirte: quedate cerca de los latinos, y animate. Es el momento para hacer cosas que de otra forma no harías.

Sabés que te dijo eso porque salió del clóset a los diecinueve años, cuando se fue a estudiar a Pittsburgh. Vos estás bastante cómodo con tu heterosexualidad pero igual le hacés caso y te sumás al plan de los australianos. No hay latinos, pero los húngaros son tercermundistas y con eso te alcanza.

 

Durante la previa llegan dos chicas yanquis y un inglés. Cuando a las chicas les preguntan de dónde son, no dicen un país: dicen Filadelfia, porque los yanquis siempre asumen en los demás el conocimiento geográfico que ellos no tienen. El inglés es una especie de linyera profesional que vive en un motorhome en California y vino a Barcelona a fumar porro y gastar la plata de una herencia. Antes de dejar el equipaje se empieza a trabajar a la chica de Macao y vos la ves tocarse el pelo como si quisiera sacarle lustre.

Uno de los húngaros estudia filología inglesa. Es más sencilla que la húngara, dice, el nuestro es un idioma muy complicado. Ni intentan enseñarte palabras y hay algo en esa resignación que te cae simpático. Son los únicos que pueden ubicar a Argentina en un mapa. Una de las yanquis dice, South America? But you are so white, y se ríe. Ella es negra así que asumís que tiene permiso para decir esas cosas.

Te gusta una de las húngaras. Te gusta o te da bola, que en esas circunstancias para vos es casi lo mismo. Es rubia de una forma que la hace parecer albina hasta que le mirás los ojos grandes y negros. Debe pesar cincuenta kilos pero escabia como un barrabrava.

Demasiado tarde te das cuenta de que no podés seguirle el ritmo a los húngaros: cuando bajan a la calle caminás haciendo eses. Soy un ridículo, pensás. El filólogo se pone al paso de la rubia y vos te das cuenta de que la está cuidando. Desistís de ese proyecto.

 

Llegan a un boliche. Ahora te parece recordar que era en un sótano, pero no estás muy seguro. Tenés el recuerdo de unas escaleras, aunque eso podría ser el baño, o quizás tenía dos pisos. Imposible saber.

Odiás los boliches. Solo fuiste a un par en tu viaje de egresados y nunca durante más de una hora; después de ese tiempo te volvías con tu novia a la habitación del hotel. En Bariloche se hicieron fama de pareja fogosa.

Los húngaros te abandonan definitivamente. La yanqui que no podía creer lo blanco que eras se pone a bailar al lado tuyo. Le das un beso. Ella agarra tus manos y las pone sobre su culo; lo apretás como si fuera una pelota anti estrés y vos un corredor de bolsa que está dejando de fumar. Ella te ayuda a mantenerte parado.

Cuando estabas en cuarto año del secundario hiciste un intercambio de dos semanas a París. Vos y tu novia se conocieron ahí, pero antes de eso tuviste un affaire breve y casto con una parisina. Era negra también. Te preguntás si habrá alguna relación.

 

Estás en un taxi con la yanqui. No te acordás de cómo salieron del boliche. Lo de las escaleras no debe ser verdad porque es imposible que ella te haya cargado. Es una chica bastante atlética pero vos medís un metro noventa y apenas podés caminar.

Bajás la ventana del taxi pensando que vas a vomitar. No vomitás.

Se toman el ascensor por un piso; ahora están en el baño común. Te apoyás contra la bacha. Ella traba la puerta, te da un beso y te saca la remera. Vos intentás sacarle el vestido pero no podés. Se lo saca ella. Después se lo vuelve a poner y sale del baño.

Sin su apoyo no podés mantenerte en pie. Te acostás en el piso; es bastante suave, debe ser de goma eva. Pensás en el piso del vestuario del club donde jugabas al básquet y en el piso de otros vestuarios. Te quedás dormido. Te despierta la yanqui mientras se vuelve a desnudar y recién entonces te das cuenta de que no tiene corpiño. Te preguntás si lo dejó en su habitación o si ya le habías visto las tetas antes. Tiene los pezones grandes y oscuros.

Se acuesta en el piso con vos y te empieza a chupar la pija. No sabés en qué momento te bajó los pantalones, quizás mientras estaban contra la bacha. Todavía tenés puestas las zapatillas. Finalmente se te para y ella te pone un forro con la boca. Una vez tu novia intentó hacer eso y casi murió atragantada.

Estás mirando el techo pero sentís que ella te cabalga. Recordás poco más que unos gemidos muy agudos que destacan sobre el ruido sordo de su cuerpo golpeando contra el tuyo. En el baño hay un poco de eco.

Te gustaría que no hubiera ruido.

En un momento se te baja la pija. Ella se sale y te la empieza a chupar de vuelta, con el forro todavía puesto. Es como si chupara una bolsa de nylon. Habla mucho, dice fuck me, yes, I want your cock, I want to fuck you so bad, como si estuviera leyendo el guión de una porno.

Te animás a decirle que pare. Ella no te escucha, o quizás vos lo dijiste en español y no entendió. Stop, please, decís. Ella para y se acuesta al lado tuyo. Tiene la piel áspera, mucho más áspera que vos.

Alguien te acaricia el pecho mientras dice it’s ok.

 

Son las doce del mediodía y tenés una resaca solo comparable con la de tu fiesta de egresados, cuando pasaste tres días con náuseas por haber mezclado éxtasis y alcohol. Tu novia te mandó un audio de todos tus amigos diciendo cosas lindas y un poema que dice me caigo y me levanto.

Leés el poema y llorás en la cama, tapado con las sábanas para que los otros huéspedes no te vean.

Te levantás para ducharte y tomar agua. También tomás un ibuprofeno de los que tu vieja puso en el neceser de viaje. No tenés ganas de salir, así que te instalás en el living común, lleno de latas y botellas de la noche anterior, y escribís en tu diario de viaje. Es un cuaderno que hizo tu novia: cada cierta cantidad de páginas tiene fotos de ustedes juntos, o un te amo, o un dibujo. Fue tu regalo de cumpleaños.

Escribís cuatro páginas. Ahí te preguntás si es real que cagaste a tu novia, si vale con un Océano de distancia, y qué hubiera pasado si no se te hubiera bajado la pija, y también si a lo mejor no pasó algo que no querías. Te decís que estás queriendo tapar tu orgullo de machito y que nadie puede hacer que un varón de metro noventa haga algo que no quiere, que siempre te hacés la víctima por todo. Que quizás tu tío tenía razón y sos gay, porque al fin y al cabo la yanqui es linda, nadie diría lo contrario. Que tenés que bancarte que te salió mal, que quizás siempre te vaya a salir mal porque en realidad sos medio impotente, salvo con tu novia, la única piba con la que cogiste hasta entonces, pero eso porque es ella.

Dejás de escribir cuando te das cuenta de que no sabés el nombre de la yanqui. Entonces arrancás las hojas, las rompés en pedazos y las tirás a la basura. Tenés miedo de que tu novia quiera leer tu diario de viaje; al fin y al cabo te regaló el cuaderno. Ocupás un largo rato en arrancar los pequeños triángulos de papel que quedaron pegados al lomo.

 

Ese día decidís visitar los pabellones de la Exposición Internacional y el museo Miró. Comprás un sándwich en una panadería pensando en comer en Montjuic. El día está lindo.

Seguís sin entender la Bauhaus; te cuesta subir las escaleras pero el aire fresco te hace bien. El ibuprofeno hizo efecto y el parque es hermoso y el sándwich tiene jamón crudo y eso no falla.

Las esculturas de Calder son lo que más te gusta del museo: parecen móviles para niños o máquinas voladoras. Sin saber muy bien por qué llorás mirando uno de los Bleus y decidís comprar una postal con ese cuadro. En la parte de atrás le escribís una carta a tu novia. Decidís que vas a hacer eso en todas las ciudades que visites. Se las vas a dar cuando llegues a Buenos Aires y ella las va a leer todas de un tirón y después las va a tener durante casi dos años en su mesa de luz.

Volvés al hostel a la hora de la cena. Te llama tu vieja y te pregunta cómo estás, y vos decís bien, fundido pero bien. Mientras estás hablando entran las yanquis a la habitación: les asignaron las camas vacías. No podés creer que no las viste a la mañana; quizás no estaban, pensás. Las saludás con los ojos y escuchás sus risas mientras se van.

Le decís a tu vieja que tenés que cortar, que hay mucho ruido. Te gustaría llorar pero estás demasiado cansado.

Decidís que nunca le vas a contar esto a nadie.

 

 

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