Historias sin punto final
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#1 · Dos estrellas

Por Lara Sade
Ph. Flor Viniarsky

Desnuda en una ducha sin cortinas muerde el sachet de shampoo, hinca los dientes ante el plástico que se erige pilar de la resistencia, que protege al líquido perfumado en su cápsula hermética. Desnuda con el agua corriendo y salpicando cada rincón del estrecho baño, forcejea con uñas y dientes y se recrimina no haber traído su propio shampoo, su propio peine, su propio jabón, su propia crema de enjuague su propia toalla su propia alfombra su propia cortina de baño y piensa: el agua ya se filtra por debajo de la puerta, ya invade la habitación. Y piensa: ¿cómo voy a hacer para salir sin mojarme los pies? Y cómo no trajo su propio trapo de piso, su propio secador, su propio extractor, su propio calefón a medida que el agua se enfría y el sobre sigue sin querer abrirse y su propio espejo y su propio papel higiénico que ya luce torpemente arrugado y blando por las gotas que le llegan de frente y de costado hasta que una hendidura y un rasgarse, un tironear con la boca y escupir el pedacito de plástico y escupir el agua jabonosa y el shampoo ya puede caer dentro de la palma de la mano, ya pueden frotarse las manos hasta hacer espuma y con el movimiento de cubrir el pelo y fregarlo, con los codos como alas, ahí salpicar todavía más los rincones donde el agua no había terminado de adherirse. El agua tibia que resbala, el agua fresca pero todavía vapor en el aire, y el sonido de las yemas contra el cuero cabelludo.

II

A veces se olvida de su propio rostro. A veces imagina que su rostro es otro. A veces se convence, y se sorprende al encontrarse en un vidrio o una foto. Entonces recuerda de golpe, vuelve a asociar esos rasgos frente a ella con los propios. A veces se desea más interesante. A veces se piensa hombre y a veces mientras se masturba se imagina que goza como un hombre, que es otra la que se prende a su cuerpo de hombre, a un yo que es él. A veces se cruzan los puntos de vista. Se enuncia ella como él, ella como otra ella, ella como ella y no como yo; a veces se pierde en mares de enunciación. A veces se imagina linda, se apropia de la escena en la que está, se adueña del instante que atraviesa y se proyecta con un cuerpo y un rostro diferentes. Se exhibe gloriosa, radiante, se imagina deseada por quienes la miran, se inventa una seguridad que frente al espejo desaparece. Después recuerda. Algo cambia. Habiendo atravesado la belleza imaginaria, algo de eso permanece, y la imagen que devuelve el espejo cobra más interés. Se encuentra a sí misma más interesante de observar cuanto más fea, desarmada y torpe. Exagera sus facciones al mirarse, estira los gestos. Se fascina de sí misma. Se adora. Entiende entonces que precisa imaginarse otra para volver a sí y quererse ella, quererse yo.

III

Trata de desenredar con los dedos y la mano robándose así unos cuantos cabellos, cada uno conteniendo evidencia de su identidad, constituyendo una llave si eso fuese una película de espías o un drama familiar de hijos no reconocidos o un cuento de brujerías y hechizos, cada pelo con su información genética yendo a parar al desagüe o al tacho de basura, su propio tacho de basura con su propia bolsa que no trajo, su propio cuerpo que está ahí, burbujeante, resbaladizo, tan a la vista de cualquiera que entrase en ese baño dos estrellas, tan espeso a medio lavar y a medio broncear, a medio luchar y a medio podar de angustias e inseguridades, a medio borrar y a medias indiferente. Cuerpo que se prepara para un encuentro. De esos furtivos de películas oscuras, de esos espontáneos a mitad de camino, concertados en una sala de cine, concretados en un bar antiguo que todavía luce carteles sin luces, sin diseños modernos, sin happy hour ni carta de tragos, cáscara de maní en el piso, charcos de agua en las baldosas del baño y de la habitación, pies chapoteando, manos eligiendo la mejor bombacha y el mejor corpiño, toda lamentándose por no haber traído y no haber comprado jamás un buen conjunto de ropa interior, con partes que combinen, con algo de encaje o transparencia pero en lugar de eso su propia bombacha blanca con estrellas negras y su propio corpiño rojo ya gastado por el uso y su propio pantalón azul oscuro y su propia remera larga que le queda un poco suelta, que le deja espacio para llenar la panza de maní y cerveza, de lo que la inviten, de lo que paguen a medias. Y piensa: cómo no mojar las zapatillas. Y deja abierta la ventana del baño y la ventana del cuarto con la esperanza de una pronta evaporación, llamar o no llamar al recepcionista, pedir o no pedir que le hagan la habitación, ir o no ir al lugar pautado a la hora pautada a encontrarse con quien ha pautado el encuentro, llegar o no llegar cinco minutos antes o cinco después, pedir disculpas en qué tono de voz u obviarlas con qué excusa, decir qué cosas, usar qué gestos, aprender qué chistes, ser dulce o irónica, tomar cuántos vasos de qué y a qué velocidad, aceptar o no un roce de manos, de cintura, que le miren el culo si la dejan pasar primero, que la inviten a ir a otro lugar, que la lleven a una habitación que no es propia con un baño que no es propio con una ducha que no es propia y una desnudez compartida que le es extraña, y tira la toalla en el piso y la camina como un puente y en su rostro, si alguien entrara, si alguien espiara por alguna de las ventanas abiertas, si alguien pudiese asomarse, en su rostro no encontraría nada porque la cara espesa y empañada sólo se abre como una flor, sólo se revela hacia el interior.

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