Historias sin punto final
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Por Paula Galván
Ph. Blue Rebel

 

Ya no escribo en cinco minutos. Ya no me sale eso. Y es que ahora duelo menos. No duelo con menos, sino que yo duelo menos. Y cuando duelo menos, escribo menos. Mi piel ya no está incendiada, mis poros, ahora descongestionados, no chorrean más del napalm inflamable, mi antigua condena del placer.

 

Ya no escribo en cinco minutos. Y es que ahora logro acabar en cinco minutos. Porque ahora duelo menos. Ahora, despojada de tu piel, mi sangre comienza a hervirse sola. Mis manos no corren agitadamente para quitarme el fuego de encima, sino que descansan. Ahora, su recorrido es suave. Ahora, exploran repetidamente todo eso que sobrevivió de mi piel en tu incendio. Pero a veces, en ese recorrido, te siento. Te siento y enciendo accidentalmente toda la maquinaria que fabrica (tu) mi sustancia inflamable que me impulsa a huir, buscar el frío y evadirte otra vez. Me tengo que enfriar y no hay modo de hacerlo en compañía de tu imagen. Mi autonomía me traiciona por repetir los senderos que abrió tu boca sobre mi piel. Como esos senderos de montaña, donde la libertad se vuelve ilusoria por la presencia del miedo de adentrarme en el camino equivocado y perderme. Entonces caigo en lo conocido; y ahí ya no duelo, ardo.

Ardo y no quiero correr.

 

Ardo en el pudor que me genera mi imaginación.

Todas las yemas de mis dedos, humedecidas, se transforman en réplicas de tu lengua y atraviesan cada parte de mí que alguna vez tu boca valoró. Ahora, mis clavículas son el sur y los senderos se unifican hacia mi norte. Mi imaginación aliena mis manos y las vuelve cómplices de una expectativa que creo no controlar.

 

Me apropio de tu deseo y lo vuelvo hacia mí, como si así mejorara en mi desempeño.

Me apropio de tu mirada y la vuelvo hacia mí, como si así lograra tu tan ansiada aprobación.

 

Es que vos creaste esos senderos y ahora yo ardo en ellos.

 

Ardo de solo reencontrarme en distinto tiempo pero en un mismo espacio.

 

Ardo y siento que estoy cerca de llegar al punto culminante de nuestro encuentro y no quiero, porque temo que en el dejar de arder vuelva a doler.

 

Ardo.

 

Ardo,

pero elijo seguir,

porque en la locura de sentirte parte de mi ya no importa si después duelo o no.

Ardo

y entro en duelo,

porque no sé hasta qué punto arder realmente me salva de doler.

 

Y es que aún así,

aún en medio de nuestro punto de inflexión en el que tengo que arrancar tu boca de mi piel,

elijo,

por sobre la helada monotonía,

arder.

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