Historias sin punto final
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#25 · El sillón

Por Eugenia Casuso
Ph. Jotave Foto

Habitación de hotel en París, una cama doble cercana al balcón. Mi respiración en tu rostro, suavizado por una calma compartida. Recién empezaba el viaje en otro país, que me dejaba ser, sin testigos, una mujer sin rutina.

 

–Pedime todo lo que quieras, hasta las ideas más locas –dijiste con los ojos cerrados.

 

Mi asombro pasó desapercibido. No creo te hayas dado cuenta el motor que pusiste en marcha en una mente como la mía. Te imaginaba de tantas formas…

 

Luego de varios días de vacaciones salimos de la ciudad. Llegamos a un hotel del norte, una cama doble iluminada por una absoluta vista al mar.

 

Apenas entré, vi el sillón de un cuerpo frente al ventanal, sólo esperaría el momento para invitarte, como se planea un crimen.

 

Mi cabeza sólo giraba en dos direcciones, el mar y la armonía con la que dormías.

 

No tuviste sobresaltos en todo ese descanso. Día tras día que compartías tu sueño conmigo, iba notando de a poco la ausencia de nerviosismo o angustias oníricas, que interrumpían los primeros sueños juntos, me daba placer volverte calmo, inconsciente.

 

Al paso de las horas seguía las líneas de tu cuerpo y observaba como colocabas las manos sobre el rostro mientras dormías. Te robé el té que habías dispuesto para vos sobre la cómoda antes de desplomarte en la cama y te acaricié el pelo. Pensé que ese momento era infinito, como el mar frente a nosotros. Luego del despertar vino una ducha rápida, te peinaste sentado en la cama mirando el mar. Sonreías dulcemente. Te pedí quitaras la toalla de la cintura. Mi cuerpo sentía una seguridad extraña de disfrute. Tomé tu mano, te traje hacia mí, sobre mí.

Resististe sorprendido, el cuerpo se detuvo en la parada. Insistí con un poco más de intención. Logré que confiaras –peso 70 kilos– dijiste. Me causo gracia y ternura. Tu perfume a jabón me invadía y excitaba más. Acomodé las piernas y te recibí. Un torso fuerte, unos brazos tan deseados y mucha historia. Me conmovía tu resistencia, decidí con el cuerpo y con la boca relajarte. Besé tus hombros y tu boca con delicadeza. Amasé tus piernas buscando una forma nueva. Tu respiración se calmaba y tu pelo mojado sobre mi rostro me hacía más poderosa.

 

Mis manos fueron a recorrer tu espalda, no podía frenar mis labios sobre tus brazos, me miraste una sola vez, traspasando mi deseo. A través de tu peso, de tus ojos sentí todo tu pasado y te arrojaste finalmente sobre mí. Hundiste tu rostro en mi cuello y te tuve. Quería alzarte, sostenerte en mis brazos como si no hubiera roles.

 

Te llevé a la cama, tendido de espaldas me subí sobre vos a recorrerte. No viste el gesto de control. Lo evité. Quería morder, comer, lamer, apretar tu alma y aplastarte el cuerpo hasta que grites de placer. Te fundí contra mis pechos, usé mi lengua como una manta caliente. Corrí el cabello de tu rostro y tus ojos cerrados me llevaron a un lugar sin normas, sentí cada músculo contraerse y vos apenas susurrabas unas palabras.

Pude abrirte, mi lengua recorrió el contorno entre tus muslos, un dulce sabor me invadió la boca, tus cosquillas y espasmos me motivaban. La punta de mi lengua entraba, te incorporaste sobre tus rodillas, yo observaba. Me olvidé de ser mujer, ya no había genitalidad. La excitación superaba el género. Nos convertimos en dos seres sin forma dándose placer. No pude penetrarte, te hubiera lastimado con mis uñas, pero lo deseaba.

 

Te giré, abrí tus piernas y terminaste en mi boca, con un sexo que crecía imparable, durísimo, vigoroso. Me tragué la mayor parte de tu semen, dulce, tibio, espeso, suave, observé hasta la última gota, mi cuerpo se detuvo para verte colapsar y el mar desde afuera rugía más fuerte con un anochecer inevitable, lamí suavemente ese manjar. Te quería.

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