Historias sin punto final
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#15 · Las gemelas

Por Noelia Abraham
Ilustración Mailen Loarte

 

 Quería que me lave el pelo, sentir el agua tibia (qué delicia cuando la toalla se corre sin querer y un chorro va siguiendo la anatomía de la oreja, mojándola), las yemas de los dedos llevando para atrás el pelo, una y otra vez; quería cerrar los ojos y quedarme quieta en el sillón del lavado, entregarme relajada para que ella puediera hacer su trabajo cómoda, sabiendo que yo estaba bien predispuesta a recibir dócilmente los movimientos precisos que hacía con las manos, para que pudiera recorrer todas mis partes como si fuesen las de ella; digamos, una caricia profesional, suave; digamos que a ninguna de las dos se nos prohibía algún goce, el mío planificado y a la vez dócil ¿pero el de ella?

La peluquería quedaba al fondo de una galería estrecha, cerca del cementerio de La Paz. Después supe que le decían la gemela porque en esa misma galería había otra peluquería igual: el mismo estilo de local, la misma pequeña vidriera desde la cual se veían dos sillones colocados cada uno en frente de un espejo. Pero había una diferencia, la mía tenía en la vidriera un contact violeta que filtraba la vista, no falto a la verdad (en general, si me invitan voy) si digo que fue por eso que la elegí.

Cuando con la toalla empezó a envolverme el pelo y con movimientos que solo una experta conoce fue abriendo la espesura de mi pelo para llegar a todas partes, a todas las hebras, le pedí que no usáramos secador. Quería irme con el pelo húmedo, dejar que el sol o la lluvia de La Paz me lo sequen o me lo mojen. Quería que todo sea así, casual, sin decidir. Más de una sabrá comprenderme este gustito, el de entregarse a los jardines de lo casual, siempre siguiendo las sendas sinuosas de las sensaciones.

Volví a la mañana siguiente a la peluquería, tenía muchas ganas de cortarme el pelo. Antes de entrar dejé que mis ojos se divirtieran adivinando su cuerpo a través del esmerilado violeta. Sentada en una silla se trenzaba el pelo frente al espejo y cada tanto se metía un dedo en la boca para acomodar las hojas de coca. Instintivamente, yo también metí mis dedos en mi boca y pude sentir el bulto de hojas aprisionado contra la carne suave y húmeda. Cuando me abrió la puerta sentí la ternura y la ansiedad que le provocaba mi regreso, se sentía elegida y halagada porque yo había vuelto a su salón de belleza por más, y yo fui traicionada por este pensamiento y la sangre fluyó por todo mi cuerpo y se detuvo concentrada en mis mejillas incendiadas.

Le pedí que me corte solo las puntas pero a medida que veía en el espejo la precisión de esas tijeras, el ritmo puntual que habíamos alcanzado, le pedí que no se detuviera, que siga más y más. “¿Hasta dónde?”, me preguntó con esa complicidad que solo nosotras tenemos. “Te quedarás prendida aquí, cuando te cortas el pelo en un lugar dicen que te atas a ahí” me avisó. Después con una brocha suave me recorrió el cuello. Yo no podía evitar sonreírme por las cosquillas que ella, Diana (así supe su nombre), me provocaba con la brocha cuando la sacudía por mi nuca o cuando con las yemas de la mano recorría a contracorriente mi melena nueva, y que hacía que se me ericen otras zonas (se lo dije para que sepa por si le pasara con otras clientas). Cuando terminamos, le dije que quería ser su aprendiz y le propuse mostrarle que sabía hacer muchos de los servicios que suelen hacerse en los salones de belleza, sobre todo como tratar dulcemente a la clientela.

La llevé por las distintas partes de su peluquería mostrándole mis dotes naturales. Primero, en el sillón de lavado, le mostré mis ejercicios en el arte de la calidez, alternando chorros calientes con fríos, hasta alcanzar el clímax. Diana tenía un pelo rebelde, espeso, que se metía entre mis dedos como abriéndose para mí. Entonces yo aprovechaba esta excusa para mojarme también. En el gabinete de masajes le saqué la ropa y me encargué de doblarla prolijamente, mostrándole que detalles como estos no se olvidan y hacen a una buena sesión. Me puse su delantal y ella se acostó en la camilla sorprendida por mi osadía. Su piel era firme y la fricción de mis manos, al darle calor, hacían que alcance un tono relajado, maleable y a la vez firme. Arremetía con mis manos, previamente humedecidas, sobre todo su cuerpo, y podía sentir el placer que ambas nos regalábamos. Creo no haber olvidado ninguna de las técnicas aprendidas en otros salones de dama. Después nos vestimos (confieso haberme detenido bastante en esta parte) y en el sector de manicura hice una verdadera exhibición de mi pulso perfecto, me deshice en mil detalles y otras técnicas para un acabado perfecto de manos.

Al final, sin duda porque estaba satisfecha con mi demostración, me dijo que no sabía cuál de las dos era la aprendiz y cuál la maestra. Para no ser desagradecida le recordé que ella me había impresionado primero con la tijera y que de esa fuente quería beber.

En menos de un mes Diana y yo nos hicimos amigas íntimas. Desde que yo estaba en la peluquería ella podía aprovechar para dormir un poco más, sabiendo que en mis manos todo estaba bien. Trabajaba de 9 a 20, con un delantal violeta y rosa chicle y un entusiasmo que solo una extranjera puede sentir en el trabajo.

Una mañana de esas, cuando La Paz amanece bajo esa estación caprichosa que solo esta ciudad conoce, una nueva clienta llegó. Después de sacarle sus sacos y tomar su sombrero bombín y colgarlos en un perchero dorado (que ella elogió y que yo le dije que era nuestro fetiche), comencé a desarmarle las trenzas. Me acuerdo ahora lo largas y finas que eran y casi puedo sentir el peso en mis manos. Por el modo en que se sentó, por la tensión de sus hombros cuando puse la toalla que la protegería (un poco) del agua, supe que era de las mías, que le gustaba entregarse para disfrutar y dejar que yo, la peluquera, también disfrute. Clientas así hay pocas, por eso cuando aparecen las cuidamos, nos desvivimos por hacer de su estadía una verdadera experiencia de placer y belleza. Le lavé el pelo muy suavemente, acompañando el agua tibia, marcando surcos en su cabellera por donde darle cause. También dejé que algunos chorritos se escaparan (ya saben cuanto me gusta ¿pero a ella?) y se deslizaran por el lóbulo y gotearan entrando por el cuello hacia adentro de su cuerpo. Noté con aprobación que cuando dejaba que esto suceda, ella se aferraba un poquito más fuerte al sillón de cuero y así pude ver sus uñas y sus manos, tomando nota mental de sugerirle un servicio de manicura. Casi no hablamos. Al pasar le dije que me llamaba Alejandra y que mi compañera y jefa, Diana, no tardaría en llegar para cortarle el pelo. Después de secárselo con una toalla, cuidándome de dejarlo lo suficientemente húmedo como le gustaba a Diana, comencé a cepillarle el pelo. Comenzaba bien arriba y lo recorría todo, acompañando el movimiento con mi cuerpo. Como su cabello era tan largo, tuve que subir la silla donde ella estaba sentada, de tal manera que para placer mío pudiese seguir con mi cuerpo hasta el final del recorrido del cepillo sin necesidad de arrodillarme. Cada tanto la miraba por el espejo y me perdía en sus ojos negros, duplicados. Diana no llegaba, así que le propuse trenzarle el pelo hasta que llegara, con un tipo de trenza nueva, para que probara si le gustaba. Le separé el pelo en tres partes. La piel se me erizó y buscaba el roce intolerable de las hebras húmedas de su pelo. Con el peine trazaba líneas y podía sentir su estremecimiento. El reloj marcaba las tres de la tarde, hora donde solemos cerrar la puerta, así que me detuve para ir a cerrarla y en el camino decidí poner música, una linda canción tradicional, de esas que se bailan en el carnaval de Oruro.

Vi que se empezó a mecer suavemente en la silla y le pregunté si necesitaba algo. Me dijo que se estaba haciendo pis pero que prefería, porque le gustaba mucho como veníamos, aguantarse un poco. Me sentí tan de acuerdo porque yo hubiese hecho lo mismo, para no interrumpir la tarea y para reforzar el placer que estábamos obteniendo de un trabajo tan paciente. Cuando terminamos, las dos estábamos muy satisfechas. Diana me mandó un mensaje diciéndome que estaba demorada y que llegaría a las cinco y que no sea tímida con la tijera, que ella ya me había enseñado y que yo era muy rápida aprendiendo. Yo le dije que era fiel a su presencia y que prefería esperarla para que juntas lo hagamos. Le expliqué a la clienta los pormenores y me preguntó si podía depilarla. Confieso que me sorprendí y como lo inesperado me encanta, también me entusiasmé.

La llevé al gabinete de masajes y depilación. Primero le pedí que me dejara sacarle la ropa para poder doblarla prolijamente. Como una clienta muy obediente se dejó hacer. Empecé por la pollera, apenas sostenida por un ganchito que al desprenderse hizo que caiga graciosamente en sus pies, dejando a la vista una enagua clara, con finos encajes verdes y violetas. En seguida me agaché y mientras bajaba la enagua, con la otra mano me encargué de tantear la pollera que yacía a nuestros pies. El saquito y la blusa, con idénticas labores de costurera fina, merecían el mismo cuidado que las otras prendas. Así, desnuda como estaba, temí que tuviera frío y le rogué que me esperara mientras encendía al máximo la calefacción. Le expliqué que la camilla que usábamos era especial, distinta a las otras. Estaba preparada para que las clientas prueben posiciones nuevas: sentada, acostada, de costado, con las piernas bien separadas y los muslos tan abiertos como fuese posible. Para mostrarle todas estas posibilidades y que de antemano las conozca, la fui poniendo en las distintas posiciones.

No hay nada mejor, cuando afuera hace frio, que la sensación de la cera caliente sobre la piel. El suplicio se compensa con el placer y en esa transacción algo ganamos siempre. Por eso y porque mi clienta era muy experimental, le propuse ir tirando de a hilitos la cera, primero sobre sus piernas y después en su pelvis. Mientras los hilitos iban formando líneas caprichosas, me contó que bordaba y que le gustaría probar alguna vez hacer esos diseños tan lindos que tenía en sus polleras sobre la piel, con cera. Yo, que así di mis primeros pasos en este salón, le dije que lo mejor sería que pruebe ahora y que para eso yo me ofrecía de modelo. Yhomara (ese era su nombre) en seguida quiso devolverme las atenciones recibidas y comenzó a desvestirme. Primero me sacó el delantal y me bajó la pollera, para no faltar a la verdad (ya conocen mi puntualidad con ella) no fue tan delicada como hubiese esperado. Tal vez el calor que sentía en sus piernas la llevó a casi arrancarme la ropa y llevarme de la cintura a la camilla y colocarme sentada con las piernas bien abiertas. En sus ojos adiviné la pasión de sus diseños y pronto sentí en carne propia sus manos de costurera fina.

Yhomara sabía hacerlo con esa prepotencia que solo tienen las autodidactas. Mientras me hacía gozar con sus dibujos sobre mi piel, a veces tribales, a veces barrocos (dibujos que yo podía ver gracias al espejo que habíamos colocado en el techo con Diana una tarde de lluvia), me acariciaba las piernas, el abdomen, los muslos. Después tiraba suavemente de los hilitos de cera y la piel me quedaba toda enrojecida. Entonces para aliviarla recurría a los masajes. Se humedecía sus manos con leche de coco y sentía sus dedos entrar suavemente en mi piel, humedecerlos y pasarlos de abajo hacia arriba; los movía lento y después más rápido, mi espalda se arqueaba y ella aprovechaba y entraba por ahí también. Llevábamos el mismo ritmo que la morenada que escuchábamos, un ritmo cadencioso que nos hacía danzar, ella con sus dedos, yo con todo mi cuerpo. Cuando ponía su cara muy cerca de mi panza, las hebras filosas de sus trenzas me rozaban y me estremecían, entonces yo metía mis dedos en su boca, húmeda y cálida por el jugueteo de las hojas de coca, y se las empujaba y ella con la ternura de una amiguita de escuela, retenía con sus labios mis dedos, masajeándolos con el calor de sus labios.

Escuché la llave de Diana chocando contra la mía, queriendo empujarla para entrar. Le pedí a Yhomara que le abriera y le dije que podía ponerse mi delantal para no enfriarse, sabiendo secretamente lo que eso iba a provocar en Diana. Mientras Yhomara se perdía por el pasillo que llevaba al salón principal, me quedé con la piel bañada en leche, mirándome en el espejo del techo. Lo podía imaginar todo. Alquilaríamos la peluquería de enfrente y le pondríamos un contact violeta y un cartel de luces con el nombre “Las gemelas” y dejaríamos que las clientas se convirtieran en aprendices tan pronto como ellas quisieran. Aunque en asuntos como estos nunca se sabe quién es la aprendiz y quién la maestra.

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