Historias sin punto final
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#2 · No, es un día hermoso

Por María Sevlever
Ph. Mar Nadler

Amanecíamos en Constitución con el sol en la cara porque no había cortinas, hacíamos el amor y comíamos y fumábamos hasta que ya no hubiera sol, intentábamos a veces salir y no podíamos, salir a comprar facturas, salir a comprar sanguchitos, salir a comprar pasta, bajar a tomar una birra al bar nuevo el único bar. Yo pensé que todo iba más o menos bien, charlando con el tucumano dueño del bar top en la cuadra más fea del barrio; birra artesanal comida horrible a una cuadra de la estación, el tano que caminaba canchero, con capucha, como si hubiera sido de ahí desde siempre, como si hubiera nacido en Tacuarí y Garay, como si no importara; como si Roma no quedara lejos sino a la vuelta de la esquina; soñaba siempre con Roma y con Constitución; se soñaba siempre perdido en la estación y siendo de noche, todxs hablando un idioma extraño, casi como en la vida real; me soñaba sin monedas para el bondi, que me perdía y a mis sueños no había llegado el teléfono, que me perdía y no conocía a nadie, que me perdía y eran todxs enemigos.

 

Pero amanezco viendo ese balcón y la calle Tacuarí, y ya no me acuerdo de que no podía pisar ese barrio por la tristeza, y siempre hay la cruz de la iglesia de la otra cuadra que se asoma por entre las construcciones para encuadrarse justo en la ventana del tano que miramos con las cabezas en la almohada; y nos saluda de mañana, nos recuerda que somos demasiado profanos, que si me dejara llevar un poco más, que si fuera más curiosa, que si quisiera tener algo que hacer los domingos. Y el tano que, estábamos bien, se despierta y me abraza con un brazo y mira el cielo azul, y me dice viste cuando estás tranquilo y entonces cualquier cielo parece el de un lugar hermoso, como si estuviéramos en un barco en el océano o en el campo; pero debe ser porque estamos bien, debe ser solamente por eso. Le digo que no, que es un día hermoso, que quizá deberíamos salir de ese primer piso de Tacuarí que son tantas habitaciones y tantos pasillos. El propietario era hijo de una mujer dueña de no sé bien cuántas otras cosas, y cada tanto llegaba sin avisar, subía su bicicleta, se daba una ducha si hacía demasiado calor, se acostaba en el sillón a fumar, como todxs ahí, parecía ser lo único que podía hacerse, y se olvidaba de cobrar lo que venía a cobrar.

Pero no salimos: oímos a Vedran caminando en su habitación, lo imaginamos en calzones y con ojeras y diciendo muy enojado la puta madre porque sí, de la manera en que lo hubiera dicho Luca, con el mismo acento porque el croata hablaba como tano y el tano como porteño en ese primer piso de ninguna parte; y se ponía a cocinar cosas y las dejaba ahí para que nos alimentáramos, sin preguntar; yo aprendí entonces algo de la amistad, y sin embargo hacíamos el amor sin importar que nos oyera; supongo que tampoco le importaba demasiado aunque después veíamos la sombra en sus ojos un poco tristes de extrañar a alguna chica o a cualquier chica.

 

A veces les leía pedazos de ese poema que encontraba pintado en una pared cuando encaraba el camino de vuelta a casa. Nunca conseguía acordarme más de dos o tres versos: Es la mañana en Constitución / las apariencias no engañan / las cenizas dentro y fuera de las casas / siempre me acordaba de un verso distinto, aislado: Tus piernas, Constitución, / bañadas en combustible / llevan y traen tus fieles / diseminados por Buenos Aires / con sus dioses trenes / huyendo al sur a poblar el desamparo… Y cada vez que lo encontraba de nuevo prometía recordarlo entero, y fracasaba.

 

El tano quiere hacerse amigos en la ciudad y los invita a comer empanadas; estamos todxs y las empanadas queman, todxs tirados comiendo empanadas hablan de salir a bailar, o de salir a algo. Pero no salimos, de nuevo no salimos; y es viernes, el tano me muestra la música que pasaban en el bar donde trabajaba allá, sirviendo tragos en un boliche orible, orible.

 

Entonces tomamos vino y bailamos un rato arriba del sillón, en la oscuridad. Un poco de la luz del monitor de su computadora se filtra por el vidrio esmerilado de la puerta de la habitación, cubierta a medias por una chapa de metal, toda la intimidad de la que gozamos.

 

Todavía yo en el sillón y él parado en el piso me abraza, hundiendo la cara en mi panza. Nos despedimos un día en la boca del subte de la estación; tengo una foto donde hay una parte del cielo azul que también ese día brillaba, un pedazo de su remera celeste y otro de la boca de la línea C, y las tres cosas casi ni se distinguen.

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