Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar

Por Federico González
Ilustración Mora Montemurro

 

Carta a Diego Moure, Moscú, 27 de agosto de 1993. (Catálogo: FS0927C.)

 

“Piojita,

 

Katia insiste. La detesto: pregunta por vos cada vez que viene. Yo le muestro siempre tus fotos en Mar del Plata. Sé que le gustan. Se las refriego en la cara. Dice siempre que sos una reina. Y siempre le respondo que en verdad sos un peligro, y que besas muy mal, y que por sobre todas las cosas lo peor es que me querés todavía. Me querés muchísimo. Y claro, qué va a decir. Se ríe. Nos callamos, y lloramos un poquito.

 

Trajo papas otra vez y me hizo blinchik con panceta. Viene seguido. Cuando ella no puede, viene Josip, uno de los chicos que conocí el año pasado cuando vivía cerca de Leningradsky. Los dos son tan amorosos, me traen comida, me ayudan a limpiar la pieza. Me cuidan.

 

Desde la ventana se ve una plaza. Nunca hay nadie, la plaza está abandonada. A veces me siento con el chai en la mano de frente a la ventana hasta que se enfría; espero que alguien aparezca. Nada. Vacía todo el día. Te quise mandar fotos pero vendí la cámara. Ahora compro fotos viejas, en los remates o los anticuarios. A veces aparecen tiradas. Las fotos pueden ser abrumadoras para cualquier recuerdo. Yo las recupero. Estamos en todas ellas. La plaza sigue inhóspita. Al final vomito el chai frío y hay que limpiar el enchastre. No queda tiempo para ir a recolectar fotos.

 

Las náuseas van a parar. Hace unas semanas vi a otro médico. Es veterinario en realidad, pero sabe. Me lo recomendó Anita. Me dijo que tenía que hacer reposo. Es un poco exagerado de todas maneras. Si me agarra distraído me interna con los perritos. Es el frío de mierda lo que me debilita. Yo me siento bien.

 

Estoy débil, pero porque no duermo bien acá. Nadie duerme bien en esta ciudad. Quizás vaya a lo de Katia. Puede hacerme un lugarcito allá.

Me enteré de que Lyov anda diciendo que no hay trabajo en Petrogrado. Pero eso es mentira. Alguien le fue con que estoy enfermo. No me quiere allá.  Me da igual, ya no voy a volver a San Petersburgo. Me cansé de la pesca. Prefiero conseguir otro trabajo. A mí solo me enferma el mar helado.

 

Hace un mes vi a Mirek. Igual de borracho que siempre. Le había prometido que íbamos ir a ver la exhibición de los aviones. Creo que había sido dos semanas antes. No pude ir. Espero que no se haya enojado. En realidad no me importa, pero no querría que se decepcionara: construyó sobre mí mi nueva cara, resplandeciente y taciturna, atenta, siempre dispuesto a escuchar y aprender. Eso le encanta a él. Y a mí me serena, me gusta.

 

En fin, quizás ni siquiera se acuerda cada vez que desaparezco. Siento que siempre volvemos a conocernos. Mirek solo sabe de aviones. Es más, conoce todo sobre  aviones. Tal vez fue piloto. O un fanático advenedizo. Nadie sabe de dónde salió Mirek. Nadie sabe realmente nada sobre nadie acá. Las historias personales siempre se sostienen con un desplazamiento mínimo, son sospechosamente tan aburridas.

 

No le hablé de vos pero le dije que me encantaría que alguna vez nos acompañaras a ver los aviones. Mirek se sonríe y dice que sí, que todo es un desperdicio de máquinas y de armas. Dice que vengas, así todo junto: desperdicio, máquinas, armas, vos, vení.

 

Yo no quería hablar de nada. Pero me sentía muy solo, y él tan alegre desconsiderado. Decidí dejarme escuchar. Me explicó lo que era la táctica del “tarán”. Después empecé a tomar y todo se volvió muy inconsistente. Es impresionante, piojita. Tarán, eso deberíamos gritar todos cuando el dolor sube por la garganta como el vómito.

 

¡Tarán, mi vida! Un advertencia, un pedido desesperado, una provocación a la Muerte.

 

Tarán. Ariete. Los pilotos lo usaban cuando se quedaban sin munición. Aunque el tarán no era necesariamente una sentencia de muerte. Una alternativa única, dice Mirek. Asegurar la muerte para alejarla de uno, o morir en el intento. Un privilegio elegir tu forma de morir. Lo cierto es que Mirek tiene la mirada hecha una miseria. Me hace llorar cada vez que me cuenta estas cosas. Pero no se da cuenta. Siento un poco de lástima, debería haberse muerto hace tiempo, arriba de un avión, o atropellado estúpidamente por un tractor mientras miraba el cielo. Me consuela, no te voy a mentir. Me gustaría que estuvieras acá para abrazarme.

 

En 1914 un tal Nesterov volaba su avión de mierda y se encuentra con dos rubios austríacos horribles que hacían vuelos de reconocimiento sobre Rusia en un avión mucho más moderno. La caza era difícil y al poco tiempo la ametralladora de Nesterov se trabó; él no quería abandonar el combate y decidió engañar a los pilotos austríacos. Los perdió, se escondió en el cielo nuboso y desapareció un instante. Dice que dicen que lo vieron precipitarse desde las nubes, como una lanza, y que apunto el avión y estrelló su hélice contra los timones y los alerones de los austríacos. Los dos aviones se estrellaron. Nadie sobrevivió. Mirek lloraba, lo abracé, quería llorar con él, pero no hubiese sido prudente. Alguien tenía que encargarse de ser en ese momento el que se aguantara la gana bruta. No sea cosa que después no quiera verme más.

 

¡Tarán, mi amor! Mirek dice que me parezco un poquito al tarán. Y así todo, borracho, me ve con tanta claridad que hasta yo me desconozco. Pero tiene razón. Dice que soy así, que llego y choco y nada me importa. Después se ríe y me ofrece más cerveza. Qué suerte que Mirek no me conoce.

 

Yo me parezco mucho al tarán. Vos te parecés a Nesterov. Era bello. Mirek me mostró algunas fotos. Era terriblemente hermoso. En todas las fotos de Nesterov, aparecés vos.

 

Espero agazapado, me predispongo, me abro hacia arriba, agoto las municiones contra el cielo mudo y solo espero quedarme sin nada hasta que aparezca un avión frente a mis ojos. Recién entonces me dispongo.  Y acelero, me acercó hasta rozarle con mi aliento el culo frágil e intacto, lo sorprendo, mi cuerpo lo sorprende. Se desespera, lo desconcierto, y de a poco me acerco.

 

Irremediable. En ese momento vuelvo a subir y desaparezco. Por un tiempo, me siento más allá de mi propio avión, y aguardo en la calma. En el momento justo, caigo y deshago las nubes; lo embisto sobre los timones de la cola, destrozo los cables y atravieso el fuselaje hasta que él se prende fuego y ya no hay vuelta atrás.

 

Quizás yo también ardo con él. O no.

 

Siempre que pueda voy a volver a la tierra para despegar otra vez, repleto de municiones inútiles. Con la rabia celeste de volver a encontrar otro avión perdido. Lo miré a Mirek y en mi cabeza le dije todas estas cosas. Me reí y me fui. Siempre va a ser igual, cuando en mi garganta suba ¡tarán!, me levanto, me despido, con mi sonrisa prístina y me retiro. Adiós a todos, tengo que irme, el veterinario me ordenó reposo.

 

Ya sé que te preguntás eso. No sé cuándo vamos a poder viajar. Mirek dice que retirarse del combate era una deshonra para los pilotos. Pero, ay, pioja, son nenes con armas, nada más. Vos sabés que no estás obligado a quedarte acá. Prefiero hablar así, prefiero decir: viajamos, ¿te quedás acá?, aunque te alejes y aunque nunca hayas estado acá nunca y el viaje. Te prometo que cuando el médico nos dé el alta a mí y a las vacas, yo viajo. De alguna manera todo esto ha sido siempre nuestra presencia. Pero un día te vas a cansar, puede ser, y ¡tarán para mí!

 

Escribime. Y fui todas las cartas que empecé a escribirte esta mañana. Te mando fotos de mis vecinos, buscanos entre los árboles del bosque. Vamos a estar bien. Ya te voy a ir a ver, piojita. Soy como el tarán. Tememe, yo soy siempre tu avión destartalado y peligroso. Somos obsoletos, mi amor.

 

Fioki

 

P.D.: Extraño tus ojos hundidos en la cama. Los busco cuando cuelgo tus fotos en la ventana que da a la plaza abandonada. Me miran todo el día. Vigilan el aire frío, me cuidan. Están ahí siempre.

No comments

LEAVE A COMMENT

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.