Historias sin punto final
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#11 · Tinder Plus

Por  Juan Cox

 

 

El erotismo vuelve a la casa una vez que nos quedamos solos whisky, cuaderno y birome en mano.

 

Música electrónica incidental de melodías arabescas. El maridaje libre entre los Richmond arrugados, un culito de café con leche y mis pies en medias desperezándose sobre el puff. Siento cómo el beat empieza a penetrar la experiencia. La danza de la mente juega en espiral y rompe la sintaxis espacial. El corazón se sensibiliza.

 

El erotismo vuelve a casa cuando quedamos solos un sábado por la noche vestidos de gala para falsas promesas. Un ajedrez solitario entre el hemisferio derecho y el izquierdo del cerebro. Rozo mi gemelo con el pie invitándome: los fantasmas de Tinder se fugaron en masa con sus horrísonas caras de alerta multiplicadas.

 

El erotismo puebla la casa en un TA-TE-TI sin ganador que azuza el corazón de una prisión encendida. Dentro de La Casa hay senderos invisibles que flotan como un Scalextric trazando pistas que me conectan. Me masajeo el cuero cabelludo. Las zonas erógenas se activan sin almendras cuando suelto una mueca con sentido. Ah… ¡el mate de la mañana es tan sexy! De solo pensarla la yerba se me pone húmeda. Acaricio el tapizado y recibo una descarga eléctrica que me eriza la piel del cerebro y me da impulso.

 

Comienzo a habitar los senderos dentro de La propia Casa, a subir las escaleras y saltar del entrepiso hamacado por las corcheas del deep house. ¡Fuckin´ Hard Deep House! Correteo por el living, bailamos, sin transpirar, los tóxicos son orgánicos. Me entrego, me esposo contra la pared. Me libero desnudo a mi merced. Esa mirada avispada y melancólica me pierde y ya me encuentro bajando las defensas y los párpados.

 

Me sujeto y me dejo sujetar. YO-SUJETO-SUJETADO. El cuerpo hermafrodita reverbera vivo dentro de la sala acustizada. Me froto. Vibro, me enciendo como una vela y me derramo desde el corazón hasta la entrepierna.

 

Vuelvo a fumar. Me veo tomar un sorbo de bourbon. Me asocio y me deleito. Ah… cada rincón de La Cabaña huele a mi perfume. Saco afuera para llenarme. Suspiro y me aliento profundo. Ya me veo así desplomarme de una plaza sobre el sofá. Chupo mi dedo y acepto el ensueño sin vacilar.

 

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