Historias sin punto final
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#20 · Hoyo Pelota

Por Martín Sía
Ilustración Callate

Siempre miré a mis padres con agradecimiento por haber elegido Moreno para vivir. No sé por qué, pero creo que ser un pibe del conurbano en los 80, me hizo mejor persona. Tal vez es un pensamiento estúpido, pero toda mi vida estuve convencido de eso. Mi casa, ubicada en el Barrio San José, estaba en la única cuadra asfaltada en cinco a la redonda. Era una verdadera excepción. Panamá 5231, entre Chile y Colombia, un paraíso latinoamericano en pleno conurbano bonaerense. Mi vieja, ama de casa. Mi viejo, un tipo que tenía un videoclub, el primero del partido. A los 4 años empecé a ir al jardín de infantes, el 908, pero me costaba hacer amigos. Siempre llevaba conmigo un muñeco de Mazinger Z, que apretándole un botón en su pecho, lanzaba sus puños con furia, casi siempre, siendo mis compañeros de salita celeste los destinatarios de los mismos.
Un día, la señorita Graciela decidió armar parejas. La consigna era crear un juego con sólo un elemento que ella nos iba a dar. A mi me tocó José María Pereyra, que además, era mi vecino de enfrente, pero nunca habíamos cruzado ni la más mínima palabra. ¿El elemento? Una pelota de tenis vieja.
Recuerdo que nos sentamos en el arenero y empezamos a imaginar juegos con nuestras mentes de niños. El primero era uno muy elemental: lanzar la pelota con sólo una mano, la derecha, y recibirla con la misma sin dejarla caer, y luego hacer lo mismo con la mano izquierda… El resultado fueron bostezos y caras de aburrimiento.
Quedaban solamente diez minutos para poder completar la consigna y fue ahí cuando, y desde mi más humilde punto de vista, creamos el más maravilloso juego ideado hasta el día de la fecha: El Hoyo Pelota.
Estoy convencido que antes de contarles esto, debería ir a la oficina de patentes y registrar esta auténtica joya.
La primera versión del Hoyo Pelota era muy precaria. El objetivo era golpear a nuestros compañeros de jardín con la pelota y enterrarla en el arenero, pero ese día, hice mi primer amigo y desde ahí llevamos el juego para el barrio.
José María me presentó a varios de sus amigos: Jony, Mariano Toti, Nahuel, Hernancito; todos pibes que después se convirtieron en mis compinches a la hora de los carnavales, con magistrales guerras de bombuchas, o mis laderos a la hora de un fulbito en la canchita de Piti.
Aproximadamente 5 años después, un día de enero, a eso de las siete de la tarde y con el aburrimiento comiéndonos los huesos, se me ocurrió ir a buscar una pelota de tenis que usaba mi viejo para “jugar” al paddle con mi tío e intentar recordarle a José María ese juego que habíamos creado. Claro que teníamos que pulir y reglamentar las reglas del juego si queríamos hacer algo atractivo para los demás.
La segunda versión del Hoyo Pelota era genial. Consistía en hacer una cantidad de hoyos en la tierra, puestos verticalmente, apenas más grandes que el diámetro de la pelota de tenis. Si eran 5 los jugadores, se hacían cuatro hoyos, si eran 6, se hacían cinco; siempre un hoyo menos que la cantidad de jugadores/guerreros que competían. A cada concursante le correspondía un hoyo y un número, y el que quedaba sin hoyo, elegido de manera completamente arbitraria, debía lanzar la pelota de rastrón y embocarla en alguno de los agujeros. Al que le cayera la pelota, debía recogerla de su agujero, correr a sus enemigos y tratar de pegarles un pelotazo.
Estabas a salvo y podías tomarte un respiro en La Base Uno, que por ser el co-creador del juego, era la puerta de mi casa, donde había un tronco viejo que servía de descanso para luego tratar de volver a La Zona Pelota. Ganaba el que podía llegar a La Base y volver a La Zona sin ser tocado por ningún pelotazo.
Era FUNDAMENTAL gritar la frase “¡Hoyo Pelota!” al llegar a La Zona.
Cada vez se iban sumando más chicos del barrio al juego. Un día éramos catorce jugando y fue un quilombo bárbaro. Uno de mis vecinos propuso jugar con dos pelotas a la vez… nunca volvió a pisar MI cancha de Hoyo Pelota. No estaba abierto a ninguna sugerencia. Ese juego era de José María y mío. Lo compartíamos, obvio, pero nadie más que nosotros tenía la potestad de intentar cambiar las reglas del juego.
Una vez, mi viejo me pidió que lo acompañe al video club, que estaba a diez cuadras de mi casa. Faltando solamente dos para llegar, vi un grupo de chicos corriendo, gritando y riendo. Se perseguían con una pelota de tenis e intentaban golpear a sus pares. Considero que mi reacción de ese momento fue algo exagerada.
Para desgracia de ese grupete de infantes, la pelota cayó en mis pies, la agarré con mis manos y la lancé adentro de un terreno baldío cerrado con paredes y con puntas de botellas cortadas en sus bordes. Me miraron atónitos. Yo sólo llegué a decir: “El Hoyo Pelota es mío, yo lo inventé con mi vecino José María y si quieren jugarlo nos tienen que pedir permiso”. Mi viejo me pegó con la palma abierta en la nuca y me castigó durante una semana.
Después de los siete días de exilio, volví a las calles. Lo único que quería hacer era jugar al Hoyo Pelota. Reuní a varios de mis vecinos, los más emblemáticos, o sea, los originarios, esos que estuvieron desde el primer partido. Jugamos el mejor partido de Hoyo Pelota de todos los tiempos. Duró 6 horas. Todavía me veo las marcas de la pelota de tenis en mi espalda. Fue una partida muy desgastante. Ignoramos en reiteradas veces los llamados de nuestras madres para entrar a casa porque ya estaba la cena lista.
Ese día hice una jugada magistral, que todavía recuerdan mis vecinos, cuando de vez en cuando vuelvo al barrio a ver a mi vieja. Yo era el encargado de llevar la pelota. Ya se me habían escapado Jony, Nahuel, José María, Leandro y Mauro. Solamente me quedaba Mariano Toti, mi némesis a la hora de jugar. Él siempre me ganaba. Yo sigo sospechando que su único objetivo era pegarme con la pelota, que nunca le interesó ganar realmente, sino, derrotarme a mí en mi propio juego.
Tonti, como a mí me gustaba decirle en secreto, se había escondido detrás del Dodge 1500 de José Luis, mi vecino, el pintor, y no había manera de tener un lanzamiento limpio. Él se sentía acorralado por mí; cada vez que quería correr hacia La Zona, yo le anticipaba el movimiento y no lo dejaba salir.
Creo, y no tengo intenciones de mentir o exagerar, que estuvimos durante una hora sin poder definir ese juego. Ninguno de los dos quería regalar nada. Estábamos cansados, física y psicológicamente, pero si debíamos quedarnos hasta el otro día así, lo hacíamos.
En ese instante vi mi oportunidad y la aproveché; Tonti se había sentado con la espalda apoyada en la puerta del auto. Yo ya no lo veía y fue ahí cuando decidí hacer mi movida: lancé un globo casi perfecto por encima del auto, a una velocidad muy lenta. No quería que la pelota lo lastimase (mucho), lo que yo quería era ganarle. Miré atento la caída de la pelota pasar por detrás del auto y el más hermoso de los sonidos entró por mi oídos: ¡Poing! O por lo menos así lo recuerdo yo. Tonti se paró agarrándose la cabeza y riéndose. Eran las doce de la noche y ese 15 de enero de 1995 fue el último partido de Hoyo Pelota que se jugó.
Hoy me puse a recordar esto porque, lamentablemente, hace un rato me avisaron que José María había fallecido. Si bien hacía mucho que no lo veía, mi infancia estuvo marcada por su amistad. El Hoyo Pelota fue un medio para aprender a compartir cosas con los chicos de mi barrio, fueron las charlas tomando naranju mientras hacíamos los agujeros en la tierra con las manos, fue mi primera desobediencia a un castigo sin salir. Durante muchos años fue mi vida.
Recién, en el jardín de la casa de mi vieja, estaba sentado solo, pensando, y de repente y como una rara señal, desde la casa del vecino de al lado, me cayó una pelota de tenis en los pies. Se asomaron unos nenes, de no más de siete años de edad y me pidieron que les pase la pelotita, pero antes les pregunté a qué estaban jugando, con algo de curiosidad.
–A la guerra –me contestaron casi al unísono.
Me contaron que se tiraban la pelota, mojada, para que pique más el uno al otro e imitaban las aventuras de Mad Joe versus El Rompehuesos Clay, sus dos héroes de ficción y protagonistas de la historia Soldier Empire, que daba alguno de esos canales de dibujitos extranjeros.
Yo me quedo con mi Hoyo Pelota.

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