Historias sin punto final
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#7 · Cincuenta y siete

Por Horacio Villar
Ph. Nicolás Balzarini

Si Albert Einstein hubiese nacido en el conurbano, digamos en San Miguel, quizás Hiroshima no se habría convertido en hongo nuclear. Pero permitamos escandalosos anacronismos para volverlo más contemporáneo, para que funcione el ejemplo. Una vez por semana se encuentra con su amigo Niels Bohr en el Café San Bernardo de Villa Crespo. Partido de billar mediante debaten sobre filosofía y física cuántica. A eso de las tres de la mañana y pasado de grapa se va haciendo ochos por Corrientes hasta Scalabrini Ortiz rumbo a la parada del 57. La espera de un colectivo pasado cierto horario nocturno desafía la estructura del tiempo. En el transcurso de diez minutos un esperador puede chequear la hora hasta siete veces, pensando que cada minuto que marca la pantalla de su celular equivalen a cinco en su reloj intuitivo. Ni hablar de los choferes que desconocen, adrede o presos de la relatividad, sus propios horarios, y pueden tardar el triple de lo que deben en llegar a rescatar a los pasajeros. No hay duda que en ese chicle temporal Albert hubiera detallado la teoría de la relatividad con la misma eficacia que a principios del siglo pasado en su Europa natal. El tiempo es relativo.
Dos horas y veintitrés minutos tardó en llegar la última vez que esperé el 57. Como nuestro potencial Alberto Einstenio yo también bebo y discuto sobre física en el Café San Bernardo. No fue grapa, sino vino de la casa lo que amortiguó la espera. El cartel rojo apareció a las tres cuadras. Estiré el brazo parado casi en la mitad de la calle, o paraba o me arrastraba hasta el final del asfalto; en ciertos horarios los choferes son expertos en hacerse los boludos. No había terminado de subir que ya estaba arrancando, casi me voy a la mierda. La decoración de un colectivo escapa toda comprensión estética, este ejemplar parecía diseñado por un decorador de interiores de telos resentido: luces de neón azul, flecos rojos, cuero blanco con incrustaciones de espejos en forma de estrella de cuatro puntos, fotos del Gauchito Gil, y calcomanías con mensajes edipistas para una madre adorada. Uno de los pasajeros, que nunca pude identificar, tuvo la gentileza de musicalizar con reggaetón violento. Al fondo, en el medio, había un asiento libre. A la derecha dormía un tipo enorme, la panza se le escapaba por debajo de la remera; a la izquierda había una pareja veinteañera que se susurraba las boludeces pertinentes. Cuando me senté el cuerpo del gordo que invadía mi asiento se amoldó a mi costado; llegando a Avenida San Martín ya había apoyado su cabeza en mi hombro. Me acomodé en el vecino devolviendo el favor, como una rémora, e intente dormir un poco.
Al rato sentí que me codeaban desde la izquierda. La parejita se sobaba, habían dejado de hablar. El bondi estaba en silencio, el copado del reggaetón se había bajado unas paradas antes y los demás dormían. Besos de por medio el pibe la tocaba por arriba del pantalón, ella lo acariciaba. Él le pedía que baje en su parada, la mamá no estaba. Ella perjuraba que tenía final en dos días, que tenía que estudiar, que el fin de semana era toda suya. Rápido, metió mano en el pantalón. La piba atajó cualquier sonido, levantó la vista y me vio mirar. Se sonrió y no dijo nada, se dejó hacer. Me puso la mano en la pierna, me acariciaba. No dije nada, ni hice nada, ni dejé de mirar. La escena siguió trece cuadras más, las conté. El pibe nunca se enteró, se bajó en Nazca, frente a la facultad de veterinaria, mascullando mierda porque iba a dormir solo. Cuando arrancó el bondi la piba se me pegó, me tocaba la pija sobre el jean, me besaba, me mordía. Yo trataba de no despertar al gordo, le devolvía con timidez. Cuando estábamos llegando al límite con provincia se levantó, se acomodó el pantalón, me mordió la oreja y se bajó sin decir nada.
Cruzamos los asfaltos divisorios de La General Paz: el kraken que vigila los límites de la gran ciudad, donde gobierna un príncipe amarillo. Del otro lado, el limbo, ni capital, ni interior. Los cordones, los anillos que rodean al núcleo. El conurbano. Para el ignorante que mamó Policías en acción esta parte del mundo es Mordor, una tierra arrasada sin ley; hasta nos, los propios habitantes, maldecimos los barrios vecinos. En estos lares gobiernan sus feudos los intendentes, barones sudados que cada cuatro años empapelan sus tierras con su sonrisa poco fotogénica. El orden lo instaura una legión de seres enfundados en azul oscuro; como los orcos de la tierra media, La Bonaerense parece engendrada de la mismísima oscuridad. Los plebeyos son devorados todas las mañanas por serpientes de metal que los escupen en la ciudad para que ocupen sus oficios, casi dos millones de laburantes. De ese lado las ratas conviven con las comadrejas, las palomas con chimangos, los gatos son del barrio y los perros son jauría. Su topografía sólo se ve modificada por los basurales, que en días de viento tiñen de mierda el aire. La división política del territorio la marcan riachos contaminados, parques industriales, barrios cerrados, villas, vías y autopistas. De la panza que dibuja la General Paz se desprenden las rutas provinciales, hilos de asfalto deshechos por los camiones. Después de pasar el centro de San Martín el chofer dobló en ruta 8 y pisó el acelerador sin molestarse en esquivar los pozos.
El vaivén del colectivo me fue acunando y pude dormir un poco. Me desperté con un estallido. Entre un par de gritos y quejas el gordo vecino me reveló el autor del ruido.
–Nos cagó de un cascotazo un pibe.
No respondí pero se había despabilado y quería hablar.
–Pasa que el chofer no paró. El pibe estuvo mal, pero él también. Por suerte no paró porque si no lo cagaba a palos y no nos íbamos más. Yo quiero llegar a casa viste, me bajo en ruta 8 y 202.
Para no quedar como el culo le dije que bajaba en puerta 4 y miré para otro lado. El tipo estaba por retomar la conversación cuando agarramos un pozo que nos levantó a un metro del asiento; en un intento por agarrarme de algo manoteé en el aire y mi mano fue a dar a la entrepierna del gordo. Nos acomodamos en nuestros asientos, y ninguno dijo más nada. Al rato se volvió a dormir. A la altura de la autopista del Buen Ayre el colectivo agarró por Campo de Mayo. Puerta 4 es una de sus salidas. De noche y sin sonidos transitar por entre la arboleda y esos edificios te llena el culo de preguntas. En varias entradas y puntos del predio hay monumentos que indican “Aquí funcionó el centro clandestino de detención conocido como Campo de Mayo”. Mientras la cabeza se me iba me volví a quedar dormido. Cuando me desperté el gordo ya no estaba, y no reconocía la calle en la que estábamos.
Me había pasado. Llegamos a una estación de tren y me bajé. Estaba en Moreno. Le pregunté a un tipo que esperaba cuándo volvía a pasar el 57 para el otro lado. Le calculó con suerte dos horas, pero que si iba para San Miguel me tomara el 203 que pasaba con más frecuencia, y me mandó para la terminal de transbordo que estaba enfrente. Eran las 5.30 de la mañana: un tipo preparaba las brasas para asar tortillas y chipas; dos obreros que compartían un mate le ofrecían, con mucha imaginación y un léxico envidiable, sus miembros a un grupo de adolescentes, hermosas e inmaculadas, que caminaban borrachas e inocentes hasta la parada de taxis; un grupo de barrenderos discutían, apoyados en sus tachos-carros, sobre un penal mal cobrado la última fecha; un tipo me preguntó la hora y me comentaba cada dos minutos que hacía un frio de cagarse; el 203 llegó a la parada.
Estaba vació, me senté contra una ventana y contaba cada vez que veía un semáforo para no dormirme. El chofer agarró Avenida Balbín, ex Mitre, tuve que estar atento para no pasarme, no conocía ese recorrido. A tres cuadras ubiqué la esquina en la que tenía que bajar. Hay un paseo de compras, la Feria Persa, una pequeña Salada de San Miguel. El gentilicio se lo debe al edificio, un antiguo boliche que simula ser un palacio árabe, con cúpulas pintadas de colores y todo. Cuando era más pibe íbamos todos los fines de semana a comprar las películas que estaban en el cine, tres DVDs por quince pesos.
De la parada a casa son dos kilómetros en línea recta. Cuando empecé a caminar ya estaba saliendo el sol. A las dos cuadras me crucé con una jauría de cuatro perros que me siguieron el paso. Uno de ellos, el más grande, tenía una herida abierta en el lomo, parecía no molestarle. Otro, el más petiso, tenía un tumor enorme en los huevos, parecía no molestarle. Estaban sucios, flacos, pero parecía no molestarles. Los perros saben que en realidad no importa nada, no son sabios por ignorancia sino por despojados. El sol pegaba bien, el gusto a vino de hace cuatro horas ya me había agriado el paladar, y estaba cansado de caminar. Me tiré en el pasto de la vereda y los perros se acomodaron a mis costados. Dormí un rato hasta que me despertó una bocina, mis compañeros ya no estaban.
Caminé las cuadras que me faltaban hasta casa. Cuando entré mi viejo desayunaba para irse a laburar. Cruzamos dos palabras, subí la escalera y me eché en mi cama así como estaba. No miré el reloj, no importaban las horas, o minutos, que faltaban para levantarme. Hiroshima había muerto y revivido; Einstein había dejado pizarrones llenos de incógnitas; mi epifanía canina sería un olvido en un par de horas; los colectivos nunca iban a parar; y todo me chupaba un huevo, porque por más relativo que fuera el tiempo yo no iba a dormir un carajo, al menos así lo sentiría mi cuerpo. La relatividad no nos libera del tiempo, nos muestra sus caprichos y su complicidad con la noche y los colectiveros.

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