Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar

#13 · Correcaminos

Por Sebastián Pandolfelli

A esos gile le vamo a caer y le vamo a cascotear todo el rancho, no te hagás historia, que si conseguimo un fierro se arma alto bondi… Ta todo bien piola, Chapa, dejá de cajetear y pasá la birra que se calienta, pancho”, dijo el Pelado, mientras sacaba el último Philip Morris y hacía un bollo con el paquete.
Chapa sin decir nada le pegó un trago largo y le devolvió la Quilmes casi vacía. “Eh, puto, la secaste, pagáte la otra”, ladró el Pelado palpando los bolsillos en busca de algo con qué darle mecha al cigarrillo. “Andá a comprar vos que yo le debo plata a la vieja”, dijo Chapa, le tiró un billete de veinte pesos y le devolvió el encendedor.
La tarde se venía desplomando de a poco. El sol marcó tarjeta y se rajó temprano y el cielo se estaba poniendo raro mientras asomaban el hocico las primeras estrellas. El fondo azulado parecía una pileta de lona, gastada y llena de agujeritos.
Se levantó un viento suave y se hizo un remolino en el medio de la calle de tierra. La cuadra parecía un desierto. La imagen tenía algo de los dibujitos animados. Coyotes había de sobra. En la esquina, un grupito de perros sucios y famélicos despedazaban las bolsas de basura. Competían entre ratas y cucarachas por las bolsas de supermercado que rebalsan el contenedor roto, formando un Monte Fuji de mugre porque hace semanas que no pasa el camión de Covelia.
El olor a podrido es el perfume que sobrevuela el barrio y se cuela entre las chapas de cinc y los ladrillos huecos. De este lado del Riachuelo siempre se está pudriendo algo.
Vieron pasar un ciclomotor a los pedos, por la otra calle. Era un Zanelita rojo. “Beep Beep”. Tocó bocina para saludar pero no reconocieron al conductor. Tenía puesto un casco. Los perros se le fueron al humo y lo corrieron ladrando unos metros. El Pelado pensó en el Correcaminos y no hizo ningún comentario. Destapó la cerveza con los dientes, escupió la chapita y le pegó un trago haciendo ademanes de propaganda de TV. Después se bajó los pantalones y se echó una meada en el cordón de la vereda. Es extraño cómo las publicidades de cerveza suceden en un mundo tan alejado de la realidad de los verdaderos consumidores.
Chapa tenía sed. Pero no de birra. Sed de venganza.
La bronca le venía de hace rato y era con el mayor de los Zapata, el Titi, un wachiturro cancherito que se levantó a la Jessi, bailando Leo Mattioli en la joda de quince de la Melany. La Jessi, según los machos alfa, es una calientapava pero tiene la mejor burra del planeta tierra y a veces anda con Chapa. O sea: todo empezó por un lío de polleras. No es la guita lo que hace mover el mundo. Eso lo sabe cualquiera. No señor. Los bondis por minas. Eso es lo importante en la historia de la humanidad. En el conurbano bonaerense es lo mismo que en la mitología griega o romana. La gran mayoría de los tipos creen que tienen derechos naturales sobre las mujeres. Y las chicas sólo quieren divertirse.
En este caso el asunto empezó por celos. Pero siguió con un partido de fútbol en la canchita del mástil. Dicho campo de juego está emplazado en el terreno que abandonaron los Boy Scouts. Los pobres soldaditos eran demasiado ñoños y no tuvieron muchos adeptos a su gringueada. Chapa y el Pelado se les cagaban de risa cuando pasaban todos en fila con sus trajecitos de guardabosque del Oso Yogui. A los pocos meses se fueron a otro barrio. Dejaron un mástil pelado y un mangrullo que se cayó. Entonces el potrero se convirtió en la cancha de fútbol más solicitada por los equipos de la zona.
Tiempo después del cumpleaños de quince de la Melany, hubo un desafío entre el Chapa y su amigos contra los Zapata, que eran como siete hermanos.
El partido fue parejo y se recagaron a patadas al mejor estilo Argentina–Alemania en una final del Mundial. Después de un rato, discusión con el referí, casi agarrada a piñas general y alargue y penales, ganaron los hermanos Zapata. Y empezaron las cargadas. Densas e insoportables.
“No hay nada peor a que el gil que te come la guacha, encima te descanse…”, decía Chapa, masticando el odio. Se había quedado con la mirada fija en la zanja, ahí donde moría la vereda de baldosas agrietadas y los yuyos empezaban a ganar terreno. Enfrente en el paredón de la curtiembre, debajo del ventanal de vidrios rotos, una pintada a la cal rezaba: “Viva Perón” en letras celestes y blancas. Y un graffiti en aerosol rojo: “Macri Gato”.
“Aguantá guacho, bajá un cambio que tas re colgado”, le dijo el Pelado pasándole la botella. “Lo voy a ir a buscar y le voy a hacer saltar chocolate de la jeta, al bobo wachiturro ese de Zapata”, murmuró Chapa, tomó el último trago y revoleó la botella al medio de la calle. En realidad intentó reventarla contra el paredón de la curtiembre pero no llegó. Ajustó los cordones de las Adidas y se puso de pie con decisión. En ese momento volvió a pasar el Zanelita rojo. Esta vez el conductor iba acompañado por una piba que se aferraba bien a su cintura. Los perros ya no estaban.
Frenó en la esquina del almacén y tocó bocina. “Beep Beep”. La piba bajó rápido y compró algo. Era una rubia con alta burra. Se volvió un instante hacia donde estaban ellos. Ahí a Chapa se le movió el piso. Era la Jessi. El tipo se sacó el casco y le dio un beso. Era el capitán de los Boy Scouts.
Jessi saludó con un gesto a lo lejos, se subió al ciclomotor y arrancaron. Tocó bocina otra vez. “Beep Beep”.
Chapa fue hasta el medio de la calle, agarró el envase y lo miró un rato.
Se lo pasó al Pelado. “Andá a comprar otra, puto”, le dijo.

Share Post
No comments

LEAVE A COMMENT