Historias sin punto final
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#18 · Dolores Barrios

Por Pablo Colmegna

Tengo un recuerdo que encaja perfecto con esta historia. Cuando era chico, cuando tenía supongamos 9 o 10 años, porque la verdad es que no me acuerdo bien, amaba los sábados de lluvia y frío. Los amaba porque eran ese momento de la semana en donde reinaba la mayor unión y la mayor felicidad con los de mi entorno. Mi familia y mis amigos estaban conmigo, estábamos juntos cubiertos del temporal. Estábamos juntos cubiertos del afuera. Éramos nosotros, los conocidos, los de siempre. Éramos los del barrio y nada más.
No fue hace más de cinco o seis días que decidí escribir sobre Dolores Barrios. Como si fuera una necesidad primaria, una de esas casi naturales, me tiré sobre la notebook y descargué toda la tristeza, rabia e impotencia que me produce verla tan lejos, tan feliz y tan separada de mí. Dolores o Loly es tan parte de mi pasado como de mi presente. Un pasado de alegría y esperanza, un presente de depresión y oscuridad.
Dolores Barrios jugaba de 3. Sí, de lateral por izquierda, en la primera del plantel femenino del Club Deportivo Morón ¿Cómo di con Dolores? Sencillo, por esas casualidades tan magníficas que terminan siendo las más beneficiosas para nuestra existencia. Yo trabajaba como electricista en una casa de Hurlingham y además hacía unos laburos a pedido con mi cámara digital, sacando fotos y grabando videos de fiestas de 15 los fines de semana, una changa más para vivir.
Mi vida realmente desde lo económico estaba muy tranquila, tenía lo justo, tenía mis amigos con los que nos juntábamos los fines de semana a jugar al fútbol, salíamos a bailar, a escabiarnos y nada más allá de lo habitual que hace un grupo de amigos de personas entre 25 y 30 años.
Resulta que una tarde se me acercó el Pera, que laburaba conmigo en el local y me contó que necesitaba que le dé una mano. Su hermana Julieta (estaba buenísima) jugaba de 9 en Huracán y en la Selección Argentina. La cuestión es que a Julieta la estaban buscando del fútbol de Estados Unidos, súper potencia en fútbol femenino, y el Pera necesitaba que yo le saque unas fotos, mientras que un cámara groso que había contratado, creo que laburaba en ESPN o TyC Sports, le grababa las mejores jugadas. El Pera me daba su buena guita y la verdad es que ir a ver fútbol femenino un poco me llamaba la atención. Yo tenía el prejuicio de que eran todas lesbianas y marimachos que hacían tijereta entre ellas después de cada partido.
Vaya equivocado estuve cuando vi a Dolores Barrios pasar al ataque por el lateral izquierdo del Deportivo Morón, en la cancha que tiene el Gallo en Castelar. Dolores es rubia, de piernas increíbles, unas tetas digamos normales que con la camiseta ajustada se marcaban hermosas, de andar recto, el culo bien parado y firme, y una mirada penetrante, con ojos azules que de tan azules no sabés si te están mirando con cariño o con ganas de matarte. La primera vez que me percaté de lo buena que estaba fue en un lateral que hizo en ataque, promediando el primer tiempo. El problema es que yo tenía que sacar fotos de Julieta, la hermana del Pera.
Como creo no ser ningún boludo, jugué de manera rápida e inteligente. Huracán a los 15 del primer tiempo le ganaba 2 a 0 a Morón, con uno de Julieta. Un gol ya lo tenía capturado, me faltaban jugadas de ellas pero eso sobraba porque Morón hacía agua por todos lados. A partir de los 15 del segundo tiempo, con Huracán arriba 4 a 1, empecé a capturar imágenes de Dolores, y cuando faltaban cinco minutos se produjo el milagro.
Dolores pasó al ataque pero el pase de su compañera se fue largo. Cuando ella se arrojó al suelo para evitar el saque de arco resbaló y se vino directo hacia mí, que estaba sentado en el paredón del fondo de la cancha. “¡Ehh, che!”, le dije jodiendo. “Sos rústica tres, eh”. “Chupamela”, me respondió ella. La encaré al final del partido, le mostré las fotos y le dije que se las regalaba pero que si a cambio me pasaba su WhatsApp para seguir hablando. Ella aceptó y comenzamos a salir.
Ahí conocí su historia: era uruguaya, había nacido en Tacuarembó y se había venido a la Argentina a estudiar Odontología. Se anotó en Morón a jugar al fútbol (le gustaba y mucho, es hincha de Peñarol) y ya con sus 24 y a poco de recibirse, la idea era ejercer la Licenciatura en Montevideo, donde vivía su familia.
Nos pusimos de novios con Loly y duramos cinco meses. Me cagó con un periodista deportivo y no me habló más. Nunca voy a entender esa decisión. Yo destrozado cual niño de 14 años me preguntaba para qué mierda seguía confiando en un noviazgo, hacía cinco años que no estaba de novio, para qué mierda me metía en ese quilombo si era feliz.
Un día, con ella ya en Montevideo, recibí un chat suyo de Facebook. Como un boludo salí disparado para leer lo que decía: “Pablin, ¿cómo andas? Espero que estés bien. Quería contarte que me voy a Uganda a trabajar para la cruz roja durante al menos un año. Siempre fuiste muy buena conmigo y este viaje para mí es muy importante. Espero que estés bien. Te mando un besote”. Ese mensaje terminó por derrumbarme. Me dolía en el alma que Loly se aleje un poco más de lo que ya se había alejado.
Lo que me jode realmente de esta historia no es el final cursi que yo quería darle. Ese final de película norteamericana al que siempre queremos llegar. Tampoco lo que más me duele es que Dolores no sea esa mina que estaba buscando para proyectar cuestiones a futuro como un hijo quizás. Tampoco me duele perder otras cuestiones íntimas. Tampoco me duele que se haya ido a Montevideo primero y a Uganda, o que el año que viene se vuelva a ir a la concha de la lora.
Lo que más me duele es que todo eso no haya sido posible porque ella no era del barrio, no era de, no sé, no te digo Hurlingham, pero al menos de Ituzaingó, de Castelar, no sé, hasta incluso te banco Ciudadela, que es un pijazo, pero me lo bancaba.
Me duele eso de Dolores, me duele que no sea la madre de mis hijos, que no garchemos más. No me importa si me cagaba con el boludo ese bocón del periodista deportivo, me duele todo eso porque estoy seguro que si era del barrio se quedaba conmigo. Me duele eso, viejo, eso. Que no era del barrio.
Es por eso que mi recuerdo de chico de los sábados día de lluvia y frío que pasábamos juntos en familia y con amigos me marca la pauta de que no cambié, de que nunca voy a cambiar. De que le escapo a lo desconocido, de que le escapo a lo que me resulta extraño. Prefiero morirme en la eterna rutina de pasar mis días con quien quiero y donde quiero, a conocer a alguien que venga de afuera y me parta al medio en dos como en esta historia que les estoy contando. Por eso Dolores fue una apuesta, pero fue una apuesta para darme cuenta también de que nunca me voy a ir de este barrio, de que me voy a morir acá.
Ayer fui a sacar fotos de vuelta para el Pera. Su hermana después de probar en Estados Unidos no tuvo suerte y ahora parece que va a viajar a San Pablo. El partido fue un trámite, por no decir un embole. La hermana del Pera metió 4 goles y su equipo ganó 6 a 0. Pero lo más increíble del partido a mi criterio ocurrió cuando la jugadora número 3 de Estudiantes, el rival del equipo de la hermana del Pera, le dijo “la concha de tu madre” al juez de línea. Sólo voy a aclarar una cosa, no me gusta tomarme la Costera, tarda un huevo y más si hacés ochenta kilómetros desde Hurlingham hasta La Plata. Ni en pedo me voy hasta allá.

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