Historias sin punto final
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El conurbano es un símbolo de pertenencia: ser del conurbano es no ser porteño, ser de zona oeste es no ser de zona sur. En el conurbano no funcionan las barreras de las estaciones de trenes. Las calles tienen baches y pozos pero no líneas pintadas, es común ver carteles que atrasen años, hay avenidas sin iluminación suficiente, hay callejones de alambrados y lunas llenas. En el conurbano no hay quioscos abiertos a la madrugada. Del conurbano surgieron grandes talentos deportivos y artísticos. En el conurbano los comerciantes duermen la siesta. Para un vecino de la mole ciudadana, el conurbano es un paisaje difuso y está demasiado lejos, aunque tal distancia sea ficticia. En el conurbano siempre se escucha una radio. Los almaceneros del conurbano fían sus kilos de pan, los cien de jamón y queso, la cerveza más fría del viernes al mediodía. El conurbano es potrero y bailanta, pibes a las corridas, fulbitos de pelotas marchitas o latas aplastadas. El conurbano no tiene plazas enrejadas. La paz del conurbano es demasiado ambigua: como nunca pasa nada, siempre algo está a punto de pasar. Al conurbano también lo copó el capitalismo salvaje: cantidad de reyes de la hamburguesa, looks bien imitados, autos prepotentes, shoppings de tres pisos, restoranes para pocos. Rock, cumbia y tiros son la música del conurbano. Los noticieros recomiendan no caminar el conurbano de noche. Para ganar las elecciones, los candidatos necesitan convencer al conurbano –o comprarlo. Al conurbano lo fortalecen sus debilidades. Sin conurbano no hay grandes ciudades. El conurbano se extiende hasta suburbios que no figuran en los mapas. Al final del conurbano nace el campo inmutable. La resaca vive en el conurbano, pero el conurbano no es la resaca. El conurbano tiene sus caserones implacables, sus árboles frondosos y sus señoras coquetas. Si hay esquinas milagrosas, están en el conurbano. El conurbano es veintisiete historias que lo cuentan.

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