Historias sin punto final
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#12 · Fiesta de la espuma

Por Nicolás Garibaldi
Ilustración Já Ant

a madre estacionó el Renault 12 en la puerta, le dijo que se cuidara, que no tomara mucho y que tuviera cuidado porque a la noche están todos locos. Ella esperaría que entre en la casa, conduciría de regreso y tendría el corazón en la boca hasta que su hijo fuera devuelto por algún remisero, que probablemente conduciría un Galaxy aunque también podía ser un Renault 19 gris. Torito entró a la casa de Emilio y los demás ya estaban ahí, se sacó la gorrita de los Chicago Bulls y saludó a uno por uno. Estaba algo desilusionado porque esperaba que sea Gladys la que abriera la puerta. La casa de Emilio, desde que sus padres se separaron, se convirtió en el lugar de encuentro por excelencia. Ahí se juntaban a hacer la previa antes de salir a algún boliche del centro. Esta era una noche especial porque en Circus habría fiesta de la espuma, motivo que servía para que Roldán ideara las mil estrategias para tocar culos sin que las chicas (o las chichis, como le gustaba decirlo a él) se den cuenta. Roldán consumía mucha pornografía, pero no pornografía de carne y hueso, sino pornografía animé, cualquier tipo de dibujo animado en su versión pornográfica. Esa noche deleitó a sus amigos con Robocop XXX. En esta versión el yuta-cyborg tenía sexo con jovencitas mujeres policías que pedían ser penetradas con el miembro de acero de Alex, siempre frío, que provocaba multiorgasmos en las muchachas sedientas de experiencia. La noche avanzaba mientras los jóvenes bebían bebidas poco jóvenes, culitos de botellas que el padre de Emilio había optado por no llevarse en la mudanza, licor de menta, mariposa, anís, vinos picados. A la madre de Emilio no le importaba. Desde que su esposo la había dejado prácticamente no salía de la habitación. Se la pasaba encerrada, mirando películas de acción en VHS, masturbándose con los físicos de Bruce Willis y con Sylvester Stallone. Era imposible hacer caso omiso a los gemidos que se escapaban entre los disparos. Torito estaba enamorado de Gladys, le solía pedir a Emilio viejos álbumes de fotos de su infancia, ponía cualquier excusa, pero solo quería verla a ella cuando joven. Muchas veces la imaginaba amamantando a su amigo, y en esa secuencia aparecía él, ya más crecido, con sus quince años, prendido a la otra teta, mordiéndola.
Tenían tres freepass y eran cuatro. Durante un buen rato discutieron cómo lo resolverían. Torito propuso pagar una entrada entre todos, así no le iba a salir tan caro a nadie, pero enseguida Vai, que estaba tocando la guitarra de manera displicente en el sillón, se negó, “yo conseguí las entradas, no pienso poner un peso, podemos partir este palito y al que le toca el más chico paga la entrada”. Vai sonaba convincente. Siempre lo lograba. Él siempre era el que más chicas conquistaba, el más ganador y muy difícilmente perdía una discusión. Iba a bailar desde los doce, pasaba en boliches para mayores de 18, y cuándo un patovica le pedía documentos siempre terminaba pidiéndole disculpas. Quizá el efecto hipnótico se le daba por saber tocar la guitarra tan bien (el Vai venía de Steve Vai), aunque otros lo relacionaban con la religión Umbanda que practicaban sus padres. Vai siempre estaba plagado de supuestos amuletos para las buenas energías, contra la envidia, en definitiva el Vai Umbanda siempre tenía la razón. Vai tomó un palito de helado que tenía en el bolsillo y le pidió a Torito su navaja (la usaba como llavero, se la había regalado su abuelo) y con una de sus múltiples funciones la partió en tres. El primero en agarrar fue Emilio, luego Roldán y por último Torito. Enseguida hicieron la comparación, definitivamente el de Emilio era más largo, pero era difícil definir entre Torito y Roldán. Torito propuso un empate, y pagar la entrada entre dos, pero Vai dijo que como él había puesto el palito, él tenía derecho a decidir y dio como ganador a Roldán.
Cuando Torito escuchó el ruido de la ducha, le pidió a Emilio ir a la habitación a buscar una cosa que se había olvidado en la mochila. Por supuesto que antes de llegar se detuvo en la puerta del baño a mirar por la rendija. Ahí estaba Gladys vestida con una bata de toalla, metiendo y sacando la mano del agua para regular la temperatura de las canillas. Una vez que estuvo lista se sacó la bata y quedó en ropa interior. Tenía várices en las piernas pero eso a Torito le gustaba. Se imaginó pequeño como una hormiga metiéndose en el baño y recorriendo la pierna de Gladys, apretándola con sus pinzas, ella la diría, “hormiga mala, hormiga muy mala”, y la tomaría con la mano, y la dejaría vivir, por pura compasión. Gladys se sacó el corpiño y lo apoyó prolijamente sobre la tapa del inodoro, luego se sacó la bombacha y cuando Torito estaba a punto de violar esa regla implícita que reza no masturbarse en la casa de tus amigos, Gladys apoyó la bombacha en el picaporte tapando por completo la rendija. Torito corrió a la habitación, mientras Gladys, que lo sabía todo, susurraba, de forma casi inaudible, “pendejo pajero”.
Todavía era temprano para arrancar. A esa altura Emilio era el más borracho de los cuatro y propuso hacer bromas telefónicas. Empezaron llamando y cortando a números azarosos como para entrar en calor. A Torito se le ocurrió que para tener más placer podían molestar a gente que ya conocieran. La víctima elegida fue Rial, un morocho que se sentaba en las primeras filas de la escuela y no se daba con casi nadie. Sabían que esa noche Rial no había salido, el encierro era una constante en su vida. Hola, sí, con Walter Rial por favor, si está durmiendo despiértelo, nos está debiendo mucha guita, mucha guita de verdad, dígale que si él quiere consumir cocaína tiene que pagarnos, llame todo lo que quiera a la policía, si tiene ganas de que su hijo siga viviendo podría ser usted la que pague la deuda, eso dicen todos, sabemos mucho señora de Rial, si no quiere que su marido tenga un accidente va a ser mejor que su hijo nos pague antes del domingo, dígale que este es un mensaje del gran Toro Viejo (se le ocurrió el nombre por una de las botellas que habían vaciado), no, no soy Torito, soy el gran Toro Viejo, y Torito cortó.
Camino al boliche pasaron por la puerta de la casa de Rial y vieron al patrullero con la luz azul girando y la sirena encendida. Su padre y su madre, vestidos a los apurones, dialogaban con el comisario mientras uno de los policías más jóvenes se encargaba de hacerle preguntas a Walter y anotaba en una libreta pequeña. Los cuatro se rieron al unísono. El remisero los miraba por el retrovisor. El camino elegido parecía no ser el más directo, las risas se fueron apagando progresivamente a medida que las calles se hacían desconocidas. Vai se atrevió a preguntar si agarrando Avenida Mitre no llegarían de forma más directa, a lo que el remisero respondió que estaban llegando demasiado temprano al boliche y a las chicas les gusta que los ganadores lleguen tarde. En ese momento barajaron varias hipótesis que oscilaban entre el tráfico de órganos, o lo que se conoce como un simple “paseíto”, para que el cuentakilómetros marque un poco más. Emilio pidió que los bajaran pero el chofer subió el volumen de la música. Luis Miguel cantaba “Por debajo de la mesa” y todo era inaudible. Se detuvieron en una parrilla a la altura de Wilde. En esa misma cuadra había estacionados alternativamente Galaxys y Renaults 19. El remisero les pidió que se bajen, “y si no me quiero bajar nada”, respondió Roldán mientras Torito palpaba en su bolsillo la navaja, “¿seguro que no te querés bajar nada, pibe?”, dijo el remisero y le mostró un revolver grueso que agitaba como una sortija de calesita. El remisero los condujo a una mesa en la parrilla. Torito pensó en la broma telefónica, “yo soy Torito, no tengo nada que ver con el gran Toro Viejo”, “no sé de qué mierda hablás pendejo, va a ser mejor que cierres el orto”. Torito desenvainó la navaja y lo miró amenazante. El remisero y los otros dos hombres que estaban en la mesa, también presuntos remiseros, se empezaron a reír a carcajadas, de esas risas que se mezclan con la tos. Uno de los tipos parecía ser el líder y dijo: “Me gusta el pibe, tiene testículos, llevalos al boliche Miguel”, “pero jefe, son pan comido”, “te dije que los lleves al boliche, ¿quién es el jefe? ¿yo o la concha de tu vieja?”, “usted, jefe, pero mire, son cuatro corazones, ocho riñoncitos hermosos, y lo más lindo es que no los van a llorar demasiado, yo ya hice las averiguaciones correspondientes, mire este, los padres están separados, el viejo se borró, la vieja se la pasa pajeándose mientras ve películas de acción”, “Miguel, llevá a los pendejos a Circus”. El jefe le untó chimichurri al vacipán y les sugirió que la pasaran bien, “ustedes no vieron nada, ¿entendido?”, los cuatro afirmaron con la cabeza. El hombre los volvió a subir al Galaxy y los dejó en la puerta del boliche sin cobrarles un peso.
Ya estaban adentro de Circus. Emilio advirtió que Vai se había hecho un poco de pis en su pantalón de jean pero a este no le importó porque pronto se metería de lleno en la espuma y eso disimularía todo. Torito volvió a ponerse la gorra de los Chicago Bulls, que se había sacado para hacer la fila, y Roldán arengaba a los tres para sacar a bailar chichis. Sonaba música brasilera. Bastaron algunos pocos minutos para que Vai se separara del grupo y se fuera a encarar solo. Si alguna de esas cuatro chicas que besó de lengua hubiera sabido que su pantalón estaba meado, probablemente no habría tenido éxito. Roldán les pidió a sus compañeros que señalaran alguna chica, la que quisieran, Emilio marcó a dos que bailaban juntas, Roldán preguntó, “¿mano en punta, traspaso de prendas, acariciada o palmadita?”, ambos resignados le dijeron que utilice la técnica que quiera. La reacción de la chica indicaba que la técnica había sido mano en punta y empezó a los gritos desesperada. Un patovica lo iluminó a Roldán con un láser y otro lo agarró a Roldán del cuello y lo sacó del boliche. Mientras se lo llevaban, Roldán miraba a sus amigos y se besaba la mano derecha orgulloso.
Solo quedaban Torito y Emilio. La espuma ya estaba cambiando el color por la mugre. Era gris y tenía bastante altura. Al punto tal que algunos petisos no hacían pie y debían subirse en las tarimas. “Vamos a dar una vuelta”, dijo Emilio, y así fue, dieron dos o tres vueltas en forma circular alrededor del boliche, como si de esa manera pudieran tener algún tipo de probabilidad superior de conquista. En el centro de la pista se encontraron con Vai que los estaba buscando, “dónde se habían metido, ¿y Roldán?”, “se lo llevó el patova por tocar orto con mano en punta”, “qué pedazo de hijo de puta, los necesito, en realidad necesito a uno de ustedes, ven aquella que está allá, está re muerta conmigo pero no quiere dejar colgada a la amiga porque vinieron las dos solas, ¿quién viene?”, se hizo un silencio mientras sonaba una cumbia de Gilda, “vení vos, Emi”, “sí andá, Emi, yo voy a dar unas vueltas”, y Torito se quedó solo.
Dio dos vueltas más. Vio muchos besos de lengua desesperados. Parecía que una vez que una boca se chocaba con la otra las lenguas se convertían en medusas que actuaban con relativa autonomía de la anatomía humana. Sonaba la Ventanita del amor de Dani Agostini y Torito no podía dejar de pensar en Gladys, no quería que esa ventanita se le cerrara, y si se cerraba estaba dispuesto a tomar una banqueta y destrozarla, y dejarla abierta, con los filos del vidrio a la vista. Miró a la barra, ahí el barman ensayaba piruetas ridículas para preparar un simple Fernet. Torito se acercó a la barra e hizo la fila para comprar una consumición. Finalmente cuando llegó su turno el barman le preguntó, “¿y vos qué necesitabas, capo?”, a lo que Torito respondió, “monigote”, “¿qué cosa?”, “eso, que sos un monigote, un fracasado, un malabarista de la estupidez, sos un alto gil”, el barman se puso completamente colorado. Tomó una botella de Pronto Shake y estuvo a punto de rompérsela en la cabeza a Torito cuando el que atendía la caja y cobraba lo detuvo, “tranquilo, es un nene, no sabe lo que dice”, entonces otro de los barman agregó, “los niños y los borrachos siempre dicen la verdad”. El monigote arrojó la botella sin acertar en el rostro del niño. El ruido de vidrio roto se ensordeció por el ruido de la música, “yo a este pendejo lo mato, lo reviento”, “pará pelotudo, si hacés algo vamos en cana y nos clausuran el boliche, así que no seas forro y ponete a atender, ¿no ves toda la gente que hay?”. Torito se fue caminando hacia el centro de la pista y se perdió entre la gente.
Sonaba Verano del 92, de los Piojos. Era el momento en el que los amigos dejaban de apretar y se unían en una especie de pogo. Torito no encontró a ninguno de sus amigos y decidió dar algunas vueltas más. Encontró una pareja que se besaba de una forma distinta a las demás, no se atolondraban con las lenguas y parecían sentir amor mutuo. Torito se paró muy cerca de ellos. Palpó su bolsillo y corroboró que sus llaves estuvieran ahí. Las tomó y separó la navaja multiuso de las llaves. Guardó las llaves en el bolsillo. Miró la navaja. Le parecía un objeto hermoso. Eligió la función más filosa. Volvió a mirar a la pareja feliz. Se susurraban cosas. Trataba de leer esos labios que ya estaban paspados de tanto besarse. Se le hacía imposible. Tomó la navaja con pulso firme y en tres o cuatro movimientos veloces apuñaló a ambos. La espuma gris se mezclaba con el rojo de la sangre y formaba un rojo todavía más oscuro. Ambos cayeron al piso. Torito se preguntaba si habían muerto ahogados o desangrados. Optó por la primera opción. Un par de minutos después Torito se arrepintió de lo que había hecho. Pensó que solo debió matar al muchacho para poder contemplar la tristeza de la muchacha que perdía a su ser amado, pero después de todo no había estado tan mal, porque ella hubiera gritado y llamado la atención de los patovicas, que lo buscarían y se lo llevarían.
Sonaba Amores como el nuestro, de Los Charros. Las personas tropezaban con los cuerpos de la pareja que yacían bajo la espuma, pero no le daban importancia porque creían que eran escalones. Torito la vio sola y le dio ternura. La encaró y la sacó a bailar, ella lo miró, se detuvo unos segundos en su gorrita y aceptó, “¿por qué estás sola?”, “mis amigas están bailando con ellos”, y los señaló a Emilio y a Vai que ahora habían cambiado de pareja y se encontraban a veinte metros. Torito se hizo el que no los conocía. Siguió bailando. Le hizo dar la característica vueltita de cuando se baila la cumbia y pensó apuñalarla en ese preciso instante, de espaldas. Quería sentir el sabor de la traición pero estaba demasiado iluminado, necesitaba una cortina de humo, un efecto mágico del iluminador. Siguieron bailando en silencio hasta que ella preguntó, a los gritos, como no había otra forma, “¿así que te gusta el básquet de la NBA?”, a Torito se le iluminó la cara, “sí, me encanta, soy fanático de Chicago, Scottie Pippen, el Gusano Rodman, Miguelito Jordan”, ella rió y siguió bailando, Torito ya no quería matarla y le preguntó, “¿a vos te gusta?”, “sí, me encanta, estoy siguiendo todos los playoffs”, “qué lindo, serie cerrada la de los Celtics, ¿viste el partido ayer?”, “sí, Phil Jackson es un cráneo”. Torito estaba extasiado, y preguntó, “¿y vos de qué equipo sos simpatizante?”, ella se reía, le histeriqueaba, “no, no te voy a decir porque no te va a gustar”, “dale, no seas boluda, decime”, “de Orlando Magic”. Torito dejó de hablar, le hacía dar más vueltas de lo normal y le apretaba la mano demasiado fuerte, “pará, tarado, me estás lastimando”, hasta que en la última vuelta, cuando Daniel Cardozo cantaba “un amor como el nuestroooo, no debe morir jamás” y las luces blancas se volvían intermitentes, Torito hundía la navaja y escarbaba el corazón de la fanática empedernida de los Orlando Magic. La espuma de ese sector se puso completamente roja, aunque todos los ignoraron pensando que habían volcado algún daiquiri de frutilla o algo por el estilo.
Sonaba Selva, de La Portuaria, y nuevamente el pogo. Torito lo contemplaba desde la barra donde se había pedido un gin tonic con la tónica y el gin por separado, para darle la menor intervención posible al barman. Torito veía cómo las dos chicas, que antes bailaban con sus amigos, ahora buscaban desesperadas a su amiguita, y lo disfrutaba. Le preguntaban a los patovicas, que les respondían que si no la veían era porque seguro se había ido con algún chico a chapar a la puerta. Ellas presentían que algo andaba mal, y Torito se reía porque estaban paradas tan cerca del cuerpo que no se imaginaban, a medida que las veía moverse, decía en voz muy bajita, frío, más frío, tibio, caliente, tibio, como si se tratara de un juego, de un gallito ciego macabro.
Una de las chicas tropezó con el cuerpo. Esta vez no lo confundieron con un escalón y presintió que debajo de la espuma algo andaba mal. Tampoco imaginó tanto, algún desmayo por el calor, pero no el cuerpo de una de sus mejores amigas, y los gritos, y por qué la dejamos sola, es culpa nuestra, por irnos a bailar con esos dos boluditos, Marisel, y gritos y más gritos, y Marisel que se acerca y llora, y sostiene el cuerpo mientras la otra se acerca al patovica, le pega, le grita, le tira del pelo, el patovica se acerca, se agarra la cabeza, se comunica con Handy con otro patovica, le hace señas al dj para que corte con la música, el dj no le entiende, otro patovica se acerca y le comunica la situación, también tienen que avisarle al encargado de iluminación y empezar a drenar la espuma, y la luz se enciende por completo, y cuando la luz se enciende la música se apaga, y Torito sigue bebiendo, el gin puro, y después tomará el agua tónica, sola, la combinación perfecta entre la dulzura y la amargura, la espuma empieza a drenar, más patovicas piden que se desaloje el boliche, la espuma termina de drenar, dos cuerpos más, en el piso, más patovicas agarrándose la cabeza, ahora entra la bonaerense, y empieza a bastonear a los pocos pibes que quedan adentro, empieza a cacharlos, buscando el elemento cortante, entonces Torito grita, ¿estás buscando esto, botón?, y le muestra la navaja, tres policías se acercan, ven la navaja, manchada con sangre, lo empiezan a golpear, el barman se agarra la cabeza y lo putea al de la caja, viste que lo tendría que haber matado, lo tendría que haber cagado bien a trompadas y nada de esto hubiera pasado, Torito se cubre la cabeza, pide que dejen de golpearlo que él solito va a confesar todo, le buscan documentos pero no le encuentran nada, afuera los amigos lo buscan, las remiserias están saturadas, Remises Family no da abasto, trasladan a Torito a la seccional primera de Quilmes, le sacan la gorra, le ponen la remera en la cabeza, ponen la navaja en un sobre de nylon para que la revisen los peritos, lo encierran en un sucucho, lo obligan a mear en un tarrito para buscarle falopa en los análisis, lo empiezan a interrogar, él solo dice que quiere ver a su mamá, le preguntan su nombre, responde Emilio Rivara, le piden un teléfono, la policía llama a la casa de Emilio, “venga inmediatamente para acá señora, su hijo acaba de apuñalar a tres personas en Circus” Gladys pausa la película Double Team en una parte culminante, Dennis Rodman queda congelado en la pantalla con las palabras atragantadas, Gladys se pide un remis, cinco minutos de demora, y entonces llega el Galaxy azul.

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