Historias sin punto final
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#27 · Gato con botas

Por Germán Amato
Ilustración Julián Bernatene

Mi película favorita de todos los tiempos es el Gato con Botas. Ojo, una versión que se filmó en un descampado de los ochenta en los Altos de Merlo, enfrente a un almacén, en el barrio más humilde y arbolado.
Memoria uno. Mesa de la cocina, mamá dibuja con lápices la carátula para primer grado en el cuaderno araña. La veo concentrada en cada color que elige, y mientras pinta, habla sobre algo que no tiene que ver con el dibujo, no me acuerdo qué dice, pero sí que la voz de ella es hipnótica –casi mantra. En este cruce marca un pulso afuera de los renglones, que se intensifica si canta, a media voz. No hay televisión, todavía. Suena la radio am, es de noche –mis hermanas duermen. La canción no sé, puedo inventar ahora que es una de Nicola Di Bari. Y cualquier cosa que pase en la cocina es enhebrada por el ruido de la heladera verde ubicada a centímetros de la mesa donde estamos con mamá –una naranja cortada al medio comida a cucharita. Los platos en la pileta, sin lavar.
Es difícil, para mí, separar sonidos –gustos y toques– de las imágenes que ayudan a narrar con la intensidad justa, apoyándose en letras y gestos que exceden y complementan, y también, liberan en las palabras un poco de la energía que guardan como cápsulas de poder. Porque eso creo que son.
Memoria cinco. A los catorce invento un personaje, Cazador Nocturno. Hago toda una saga de historietas que funciona tipo protagonista de las cosas que me gustaría hacer y no me animo. Entonces él habla fluido y se besa con las chicas que me gustan –por lo menos los esbozos y desdibujos de esas chicas–, hace justicia pero no a lo superhéroe, una justicia más directa y por momentos bastante injusta, divertida, con el espíritu triunfalista que desde el año pasado embarga cada rincón por la hazaña en México. Quise ponerle la cara del mejor –copié varias fotos y todo–, pero a nadie de los que le mostré el personaje le encontró parecido con el dueño de la mano de dios. (Ni el fútbol ni los retratos son lo mío, lo descubrí a esa edad.)
Acá entra Alfredo. Él también dibuja y es casi el único, en ese entonces, con quien puedo compartir de verdad el planeta de las historietas íntimas desde que terminó la primaria y dejamos de vernos con Juan Ángel –porque se mudó a Caballito con la familia y por mi propia distracción metabólica. Alfred no vive cerca de casa y no va al colegio conmigo ni nada, sin embargo cada vez que nos cruzamos es nuestra oportunidad. Secretamente dibujo para él, para el próximo encuentro, que nunca sé cuándo será. Porque mis historietas no las leía nadie, no las publicaba en ningún lado, y a mis amigos de aquella época –ni hablar de los siete samuráis, únicamente interesados en las armas de la noche y en los mecanismos de la hombría infalible– poco y nada podía abrirles de los ritos dibujantes. Cosa que no pasaba –ni pasa– con Alfredo, y no importaba si era un encuentro casual en la Avenida de Merlo (con sus autos en cuarenta y cinco grados) y que por horas estuviéramos parados en medio del río de gente charlando y empapándonos en qué andábamos desde la última vez que nos vimos, como si no existiera otra cosa.
Y acá pregunto si existe algo más importante que esa rítmica abierta en ciertos barrios.
La música, ya sabemos, no es solamente, las melodías nacidas con instrumentos “oficiales”, sino todo lo que tenga ritmo, posibilidad de expansión y contracción, silencios, repeticiones. Algo parecido pero con otros materiales y mecanismos pasa en el dibujo y la pasión.
Por eso, una de cal y otra de flema:
Alfredo cae a casa a mostrarme su última historieta. Cuando la saca, la leo en silencio de principio a fin, subiendo el volumen de rabia. Era un cover de una de las historias de “mi” Cazador nocturno, reelaborando cada escena y con el hilo más claro. No sé si lo que me daba bronca era que hubiera usado “mi” relato o que sus dibujos fueran mil veces mejores que los míos. Ahora puedo comprender su gesto, entonces simplemente le escupí un reproche digno del amarrete de los tres fantasmas del Cuento de Navidad.
Con él nos conocemos desde la primaria y a partir de los diez años bailamos en los recreos y empezamos a dibujar este break dance que, por suerte y elección, todavía continúa. La amistad no es una moda. A lo sumo se parece más a la locura, o libertad subversiva, de no creerte dueño de nada y entregar, con paciencia, hasta el último alfiler que sostiene nuestra ropa.
Memoria uno y medio. Desde muy chico –gracias a Función Privada que veíamos en la tele de mi abuela– empecé a narrar la película de la semana a compañeros de la primaria que no tenían habilitado el horario de protección al menor o directamente el televisor. Cada vez que aparecía en el relato, hubiera o no pasado realmente en la película, una teta parlante o concha inesperada, explotaba la algarabía del público. En la secundaria el ritual se volvió más íntimo: a la vuelta del colegio, dibujar obsesiones hasta la merienda –escuchando música–, y después salir con amigos del barrio en bicicleta o a los baldíos –una pelota en la mochila–, a cocinarnos en el fuego lento de la charla hasta la noche y que los grillos, padres y bichos de luz nos hicieran shhh.
Con el tiempo y de grande fui percibiendo puentes entre estas manifestaciones. No descubrí la pólvora. Pero sí que había en mí, una inclinación a tejer energías contrapuestas: un manchón de tinta china rimaba perfecto con el silbido que le hacía de segunda voz a la canción de la radio, el cuento manuscrito que intentaba convertir en historieta se me aparecía antes del lápiz, en fogonazos recorriendo la arquitectura del barrio (por entonces en plenas formación y casas bajas). Así fui fabricando mi propia pólvora. Nunca intenté un plan programático de investigación en lenguajes cruzados, sale a fuerza de prueba y error, sin darme cuenta de lo que hago –ahí están mis debilidades también. A veces garpa no ser tan consciente de ciertos mecanismos, así vamos libres de especulación y Maquiavelo.
Memoria dos. Historietas. Con mi mejor amigo de la primaria coleccionamos el Tony porque trae una aventura que nos encanta, Mark. Con mutantes, paisajes apocalípticos y un amigo semi-infectado que lucha contra su mutantez, poniéndose un brazo de fierro. Tanta es la influencia de Juan Ángel, este amigo, que me pongo a dibujar mis propias aventuras sobre Mark. Pero mezclando la historia con los lagartos aliens de V invasión extraterrestre y con una película titulada The Warriors.
Tal es mi constancia de dibujo, que en la adolescencia supongo que voy a seguir eso, dibujante de historietas. Con mis papeles manchados voy varias veces a la revista Fierro de Venezuela al 800 y Juan Lima, su editor gráfico, me recibe cada vez con respeto y atención de maestro. El tiempo en el conurbano todavía no está tomado por el imperio de la utilidad. No es del todo el tiempo operativo de los noventas que va a contaminar encuentros y dinámicas vinculares de tanta gente de capital hasta la actualidad. Síndrome de la metrópoli. Sin embargo, Juan siempre habla con pausas, pregunta de dónde vengo, ceba mate mientras mira mis dibujos y me convida tramas, títulos de historietas imperdibles y tortitas negras. Me hace sentir que no hice un viaje de treinta kilómetros –tren y colectivo– y ver que es posible estar inmune a la bacteria del acelere capitalino.
Memoria Cuatro. Julián. Aparece en mi vida en el Club Remanso, Parque San Martín. Era hermano de Poli, un monstruo del dibujo, que viene al colegio con perfectas reproducciones de Robotech y mazingeradas muy logradas a rottring y lápiz de color, con el que nos hicimos semi-amigos en la etapa previa a los siete samuráis. Una vez que fuimos al club en el arranque del verano cuando terminó primer año, Poli cayó con su hermanito de nueve, cara de mexicano (meses atrás había sido el mundial) con bigote pelo de durazno. Ninguno de los “grandes” le dábamos pelota, pero su actitud altiva me llamó la atención y me acerqué a charlar, al filo de la cancha de paleta frontón. Y ante mi pregunta de ¿y vos qué hacés? Él sacó un cuaderno subrayando al dármelo: yo, invento personajes. Y en las páginas desplegaba un racimo de cuerpos, caras increíbles, y con ellas, el primer encuentro de nuestra eternidad llena de agujeros negros.
Aunque hoy en día parece mi hermano mayor o un tío piola, tiene cuatro años menos. Por lo tanto cuando entra al secundario, se suma y define el clan de los tres chiflados –que fundamos con Alfredo– para dominar el mundo a fuerza de tinta china. Hicimos un fanzine de ocho páginas llamado Engendro. Tuvo un solo número apoteótico –que causó la ira de Remón, el cura del colegio capaz de tirarle un borrador a quien lo contrariara–, todos los personajes femeninos tenían cabeza de pija, y los varones, cara de teta. Por supuesto las historietas eran anónimas y podíamos intervenir los dibujos de los demás.
Julián fue mi refugio cuando explotó la ilusión de los siete samuráis y el fin del secundario. Y me salvó la vida varias veces. Él para ayudar a su familia, trabajaba en la fotocopiadora de Don Beto a media cuadra de la escuela y cuando empecé la facultad, iba a hacer la tarea ahí, así charlábamos por horas. Eso también hizo, que él fuera el encargado de imprimir el primer ejemplar de mi primer libro, Antiprincipito, mezcla de historieta y novela –que hice para llevárselo y dejarlo de incógnito en la ventana a la mujer de la que, enamorado sin retorno, me había inspirado a escribirlo.
Para esta época, él decide hacerse pintor. Habrá sido para diferenciarse de su hermano, por completo cautivado por la ilustración. Y los momentos que pasamos en el altillo de la casita de sus padres en una calle cortada de Padua, se volvieron claves en nuestra revolución de Tres Chiflados a colores. La dinámica descubierta con Alfredo siguió creciendo.
Memoria siete. Me costaba dibujar mujeres. (Me pregunto si eso tendrá que ver con que de chico les tenía miedo: cuando venían amigas de mis tíos, salía corriendo a esconderme abajo de la cama de mis abuelos.) Gran dilema y ausencia que tardé edades y esfuerzos en subsanar, en paralelo a ir explorando el cuerpo y compartiéndolo. Flor de borrador nos tiran por la cabeza.
Hasta que reconozco a Silvana. Estuvo toda la secundaria, sentada en el banco de atrás. Pero recién nos encontramos de frente cuando terminó ese ciclo.
Alto desafío de la vida la mujer amiga. No el camuflaje para llegar a “otra cosa”, o sea, coger o etcétera. Mejor que la cuestión sea lo que es y esté donde está. La amistad posta también es un despliegue del cuerpo gozoso. Si yo aprendí a abrirme y a dibujar más profundo mis deseos, a realizar con valentía mis gestos, inscribirlos con fuerza y claridad en el aire que respiro –que me disculpen Juan, Alfredo, Julián, los siete samuráis, el tío abuelo y demás amigos actuales– terminó siendo por Silvana como puntapié inicial de un cosmos femenino que se me abrió gracias a ella. En cada tarde, noche, desayuno o madrugada se nos fue haciendo presente la potencia de la arquitectura secreta.
Silvana quería que yo sea un tipo simple. Y yo solamente quería –esto parece una canción de Fito Páez– pasar tiempo juntos, porque era la única manera en que me sentía simple.
Sus ojos grandes, sus dientes separados de adelante, un cuerpo felino y hermoso como sus manos, síntesis de todo lo que hay en Silvana, una capacidad de escuchar pero también, de hacer que en el silencio la sangre se transforme. Que yo nunca pude lograr recíprocamente hasta que se enoja y empieza a exigirme que la escuche. Que el principio está ahí, que oiga de verdad, que deje de hacerme la paja con mis propias imágenes, por más lindas que fueran, no me iban a llevar a ningún lugar si no se tocaban con las imágenes de otros. Que eso es escuchar, tocar donde las manos no acceden.
Entonces despierto.
Como en el cuento de la bella durmiente, pero al revés.
Memoria seis. Veintiséis años, a un flaco canoso de mi edad –con el que nos venimos saludando desde los catorce– y que sé que es músico, me resulta llamativo cruzarlo por tercera vez consecutiva en menos de hora y media, freno y le digo: Tengo una idea.
Y le cuento algo que venía rondándome desde semanas atrás.
Estos son los milagros del tempo de un barrio.
Es Mariano, tiene un ojo marrón y otro casi verde y un estudio con un millón de instrumentos distintos y desconocidos para mí. Es junio de 1999 y momento de volver a jugarse. Nos juntamos a tomar unos mates y durante seis meses, desarrollamos la primera historieta musical, Moustro. Es un proyecto semilla, deforme y hermoso laboratorio, que va a marcar la cancha a quienes participamos. La primera edición del libro vino en cajita y con casete.
¿Qué son las historietas musicales?
La voluntad de construir puentes. Un aprendizaje de la escucha de la música total –que no es sólo un programa de los ochenta. La exploración de eso que pasa mientras dibujo o escribo una secuencia y digo: acá va este sonido del viento, o una sensación completamente inesperada como Silvana tocándome el hombro en clase con un chiste, o Alfredo en el recreo poniendo a Michel Jackson en el grabador y sacándome a bailar o Julián limpiando pinceles en trementina diciendo buen día con cara de dormido en nuestro trabajo de tres chiflados… hasta que repose o se agite y se imprima lo más sincero que puedo dar –limitaciones incluidas. Esta frase se dice así y que haga el rulo mental quien escuche –que es la única o la mejor forma de ver, actual. Como el cine pero con la cualidad, que ofrecen la palabra y el cuerpo en voz alta, de dejar la imagen al libre albedrío de quien la reciba. Antes del teatro. Sin imposición. Una experiencia con los tiempos, ritmos y formas de tejer vínculos que ofrenda el conurbano, más allá de las pantallas y el marketing que cae sobre este distrito de la imaginación, como estar frente al fuego, y que espontáneamente alguien tome la voz para tocarnos y transportarnos a otro lugar del universo.
Memoria tres. Juan Ángel me cuenta sobre un dibujito animado increíble, en el descampado enfrente de su casa en los Altos de Merlo. Nos despeina el viento de los árboles. Hay sol, pero estamos a la sombra de un álamo plateado arriba de un ciruelo ya sin frutas con las ramas perfectas para sentarse.
La mamá tiene almacén en ese barrio –de los más humildes del partido– y podemos comer sin restricción tréboles y vainillas mientras juntamos flechitas (un yuyo con puntas que al tirárselas a alguien, se quedan incrustadas en la ropa) para hacer guerra de la remera insoportable –así se pone la tela cuando te ensartan demasiado con aquel pasto.
El dibujito que cuenta Juan Ángel es el Gato con Botas –ojo, de los ochenta. El gato tiene un látigo y salta de árbol en árbol como Tarzán. Mi amigo vuelve cada imagen que relata, tan vívida, impacta de tal manera –en ese preciso momento, creo, decido hacerme dibujante–, que cuando me pregunten, y por años será así, digo que ésa es mi película favorita. Nunca aclaro que no la vi. La busqué por años en los videoclubes y después en internet. No la encontré.
Cuando nos volvimos a cruzar con Juan después de los treinta y cinco, un día tomando un exprimido de limón, le pregunté si se acordaba quién había dirigido esa versión del Gato con Botas que me contara en el descampado arriba del ciruelo. Se rió sacudiendo el pelo lacio y oscuro, cerrando los ojitos. Recién ahí me enteré que no existía la versión fílmica. O sí, en mi mente, y la había dirigido él.
PD: Juan Ángel confesó que hizo una mezcla de Indiana Jones con la secuencia que después le cortaron a Bambi, le metió algo de Sandokán en uno de esos libros amarillos Robin Hood y la parte más porno de la música en la Novicia Rebelde.

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