Historias sin punto final
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#15 · La promesa

Por Ignacio Porto
Ilustración Andrés Fuschetto

Los cables de luz cruzan la calle caprichosamente, cortando la visión del cielo en ángulos irregulares. La calle es de tierra; está caliente, tan caliente que se siente cómo quema a través de las zapatillas. En los pozos que van haciendo los camiones hay un agua cenagosa que ningún sol de Rafael Castillo logra evaporar.

Mi abuela Nélida me pidió que le fuera a comprar cigarrillos; y aún con el verano tórrido, me fue imposible decirle que no. Al salir, unos perros de raza indeterminada me salieron
al encuentro. Quieren comida o atención. Hijos de la misma cruza indiscriminada que nosotros, no tienen ningún rasgo que los distinga entre sí. Paticortos, de cola ensortijada, de dientes deformes y cariados. Son de todos y de nadie. Son del barrio.
No les doy bola porque quiero volver rápido al fresco de la pieza.
–Acá tenés, Lala, los últimos negros que le quedaban.
–Gracias, Pablito mío. Perdoná que te saqué del estudio; pero hace mucha calor para que una vieja salga.
–No pasa nada, Lalita, sigo con los libros –dije mientras enfilaba hacia mi cuarto.
–¿Precisás algo, Pablito? –la preocupación de Lala por atenderme era tierna siempre, y molesta a veces.
–Nada; cuando se ponga el sol, tarían buenos unos mates.
Castillo es una ciudad de trabajadores, en La Matanza. Cuando hay censo y preguntan a qué se dedican, los hombres mayormente responden “en la construcción”, o “hago arreglos, un poco de todo”; las mujeres casi siempre trabajan en una casa limpiando o cuidando chicos.
Crecí acá, mi calle es de barro, sólo las más importantes están asfaltadas; el año que viene seguro asfalten algunas más porque es año de elección y el intendente va a querer mostrarse.
Las casas son bajas sin revoque la mayoría, con tanques de todo tipo para el agua; porque todavía no hay red.
El nuestro es un barrio humilde, pobre; algo deslucido por el desarreglo pero no marginal; hay una extraña familiaridad, una cercanía que nos une, quizá sea igual en todos los barrios, pero yo vivo en este y de este hablo. Acá no hay ningún problema de que te den agua si no tenés, de cuidar a los chicos de los otros, de compartir el pan y la sal; nos une algo más grande que nuestras necesidades, que nuestras carencias; una alteridad por la
conciencia de reconocer en el otro a uno mismo.
Los que miran la tele desde otro lugar piensan que acá hay marginalidad; que acá es el único lugar donde hay violencia y odio. Allá en el centro te marginan por mucho menos; por tu pilcha, por tu forma de hablar; por el mundo que habitás.
Hace tres años lo habían agarrado de punto a Ezequiel, “El Tarta” para los amigos. Pero estaban pasando el límite con lo de tartamudo. Empezaron diciéndoselo en la calle a los gritos como un saludo, “¡ahí va el Tarta!, ¡eh, Tarta, saludá che, no seas maleducado!”, le gritaban de una esquina a la otra, forzándolo a que saludara y reconociera públicamente su defecto, uno que nunca escondió, pero que prefería no divulgar. Las bromas en público fueron ganando en magnitud y malicia, hasta que un día terminaron burlándose de él frente a su madre, que terminó llorando.
Lo que no sabían los pibes esos, era que Ezequiel hacía boxeo en un club de Morón. Luego de la paliza que les dio, se terminaron las burlas; siguieron siendo conocidos del barrio como antes, como si nada hubiera pasado, con la diferencia que ahora Ezequiel era “Ezequiel”, y tarta era una comida.
Estudio psicología en la Universidad de La Matanza y vivo con Lala, mi abuela. De febrero a diciembre doy apoyo escolar, también trabajaba en un call center, hasta que un día me dijeron que como había menos laburo… me dieron unos pesos, y una promesa que ni bien repunten las cosas me volverían a llamar.
Aprovecho y preparo los exámenes para cerrar segundo y tercer año. Cuando bajó el sol me fui al cyber. Me estaba esperando un mail del Tío Jaime, el hermano de Lala que vivía en Estados Unidos. El mail decía que el jueves tipo ocho me iba a llamar porque quería hablar conmigo, que no sea boludo y esperara el llamado.
La semana pasó tranquila; como era enero los chicos a los que yo les daba apoyo escolar no me llamaban, así que básicamente me dedicaba a preparar el examen durante el día, y a chatear en el cyber por la noche.
Llegó el jueves, sonó el teléfono. Era el Tío Jaime.
–¡Pablito querido! ¿Cómo estás? –la voz afable del tío era inconfundible.
–Bien, tío, todo bien; estudiando un poco y medio planchado de laburo.
–De eso te quería hablar –dijo.
–Lala te manda saludos.
–Mandale, mandale; decile que la quiero y que la extraño y que ni bien pueda me voy para allá a pasar unas vacaciones.
Cuchame, Pabli; me está yendo bien con el local (el Tío Jaime se refería a la camioneta donde vendía imitaciones de carteras elegantes a los turistas de Nueva York) y me quiero poner otro. Lo que pasa es que en el nuevo hay que pelearla mucho, por la zona viste, mucha competencia, y tengo que estar ahí todo el día. ¿Me seguís, Pabli?
–Sí, sí, te sigo.
–Por eso necesito alguien de confianza para que me mantenga el bulín funcionando. Acá tengo unos amigos, pero no son lo mismo que la familia, ¿entendés? Bueno, ¿qué te parece?
–¿Qué me parece qué?
–¡Que te vengas para acá a laburar un tiempo! –su oferta me sonó extraña, era algo que no esperaba.
–No sé, tío… ¿ir a Estados Unidos a vender carteras truchas?, la verdad que no me veo.
–¡Réplicas!, son réplicas; si decís truchas les bajás el valor –siempre parecía de buen humor–. Cuchame, Pabli, se viene una grossa en Argentina, lo mejor que podés hacer es venirte para acá, conocés otro país y te hacés unos buenos mangos; además vamos a estar juntos, y yo te voy a enseñar todo lo que necesitás, ¿qué decís?
–No sé… ¿irme de casa?, ¿dejar a Lala y Castillo?
–Dale, Pablito, pensalo y te llamo en unos días, pero quiero que lo pienses bien, es una oportunidad única y a mí me darías una mano.

Los días fueron pasando y al principio no pensé para nada en el asunto. Mi vida estaba sumida en una rutina tranquila y simple. Me levantaba a las 8, me tomaba unos mates con Lala y luego a estudiar; almorzaba algo que ella me preparaba, dormía la siesta y después estudiaba un poco, pero generalmente leía algún libro o veía un poco de tele; a veces jugaba algún picado y cerraba todas las noches en el locutorio navegando por internet y bajando temas.
Si era día de semana y hacía mucho calor, me iba con alguno del barrio a las piletas públicas que están frente al cementerio de Morón. Los viernes y sábados quizá surgía algún baile o fiesta; yo iba casi siempre.
A mis amigos los veía poco, principalmente porque ya estaban casados y con hijos, o se habían mudado a otro barrio. De chicos solíamos juntarnos en la esquina de Jaramillo y Dávila a jugar al metegol y tomar naranjú. Más tarde cambiamos el naranjú por la cerveza, pero nunca abandonamos el metegol.
El tiempo pasó y cada vez nos veíamos menos, o porque estaban muy cansados para salir después del trabajo, o porque salían por otro lado. Yo también empecé a salir con los del call center, y algunas pocas veces con la gente de la facu.
Ahora me juntaba los fines de semana con el Tarta y con Carlos que son los que estaban más o menos en la misma que yo.
La cumbia se escuchaba desde lejos; un barullo que avisa a los concurrentes lo que pasa ahí cerca.
Calor, tan húmedo que las paredes transpiraban; una cumbia santafesina, “el sonido sonidero”, bendice el lugar. Y como agua bendita, como si fuera la sangre en la misa de un Cristo de la Fiesta… la cerveza.
Ésta es la mejor manera de pasar las noches de verano, cumbia, birra… joda.
Con el Tarta y Carlos vamos directo a comprar cerveza; siempre pedimos el vaso de litro y lo compartimos, sin embargo el calor era demasiado y cada uno atacó su propio vaso.
Hablamos con otros amigos, con minas. Son siempre los mismos temas, cuando uno encara no hay muchas variantes; y con los chicos hablamos de nuestras cosas. Casi siempre pasadas las 4 de la madrugada se arma algún quilombo, o por Brown o por el barrio o por alguna mujer. La misma gente, los mismos temas, las mismas peleas siempre.
Un poco aburrido, busqué a Erica, una ex con la que no terminamos bien pero con quien la piel y un vínculo complejo de celos y anhelos nos hacía encontrarnos de tanto en tanto. Una de sus amigas me dijo que ya no venía hacía tiempo porque estaba de novia.
El estallido de una botella me sacó la concentración. Brown, Laferrere. Y a ver quién es más guapo. Otra vez.
Mientras tomaba distancia y sin dejar de ver la hermosa pelea, me di cuenta de que estaba viviendo siempre las mismas cosas, con las mismas personas; como si estuviera inmovilizado en el espacio y el tiempo. Ya ni Erica quedaba, sólo la sofocante humedad, la cumbia, y unos vidrios rotos.
A los pocos días sonó el teléfono. El vuelo sería un miércoles por la noche.
Nueva York no me acogió; yo era como una hormiga en el bosque, era… ínfimo.
Pero un bosque gigante, prístino, como si todo el acero y el vidrio de los edificios hubieran cauterizado cualquier mancha o imperfección.
La ciudad era una promesa, mucho más que todas las que hubiera podido imaginar o ver en el cine. Ya había trabajado en Buenos Aires, sabía cómo era una gran ciudad, pero esto era distinto; un coloso hecho de edificios y subtes puntuales; una eficiencia extraordinaria… anormal.
Vendiendo las carteras truchas del tío me sentía un piojo en los cabellos de la divinidad; sentía que no pertenecía allí, pero era ese el único lugar donde quería estar.
Me mudé a Jackson Heights, que está fuera de la isla; viajo todos los días en el metro para llegar cerca de Times Square con la camioneta para vender las carteras a los turistas.
Si bien esta metrópolis parece de otro mundo, el lugar que vivo podría ser sacado del conurbano. Los suburbios son iguales en todos lados; tanques de agua en los techos, mala electrificación; el rostro cansado de los trabajadores que van hacia la gran ciudad. Similitudes espejadas; distintos países, el mismo lugar. En el vagón hay un negro cortándose las uñas, al lado hay otro con una hamburguesa con huevo que hace de desayuno. Si hubiera cuatro albañiles contra la puerta jugando al truco, sería el tren Belgrano sur.
A veinte minutos de Manhattan existen los suburbios; un submundo de negros, latinos y árabes que tienen algunas cosas en común: el desarraigo de su país, que no les pudo ofrecer aquello que necesitaban; sueños compartidos de conseguir la prosperidad acá en La Gran Manzana. Pero hay un denominador común que los atraviesa a todos: el desprecio de una casta que los necesita para hacer los trabajos que ellos jamás se rebajarían a hacer.
Acá no hay rednecks, por aquí ya no pasan ni por casualidad. Protegidos por la guía firme de los GPS, encontraron la manera de ni siquiera toparse con nosotros, fuera de los lugares en donde los atendemos.
Todo es muy parecido, en los grandes rasgos al menos. En vez de evangelistas brasileros que hacen un templo donde antes había un maxikiosco, hay protestantes y musulmanes ortodoxos. En vez de paco hay crack. En vez de Evaristo, el carnicero que siempre me vendía lo que estaba mejor para la parrilla, tengo que comprar la carne envasada en el híbrido entre farmacia y supermercado de la esquina donde vivo.
Eso sí extraño, extraño a Evaristo.
Los perros, en cambio, son igual de feos en todos lados, los veo menos porque la perrera los saca en seguida, pero siempre que puedo les doy las sobras que tengo a mano.
Estaba acomodándome a la nueva vida, a la nueva rutina: levantarme, tomarme el metro, hacer mi trabajo y volver a casa. Luego de unas semanas había mejorado mucho el inglés y había pasado de hablar como un indio de las películas a hablar como un hindú de las películas.
Al principio quedé maravillado por la amabilidad de todos, desde el tipo que me vendía fiambre en el minisúper, hasta los policías de la calle. En verdad eran todos muy educados en sus formas; aún Iver, un boliviano con quien vendíamos los productos del tío. Sin embargo, a medida que las semanas pasaban, me fui dando cuenta que no me bastaba con la amabilidad, que necesitaba algo más, un acercamiento. Fue en ese momento que choqué con la primera gran verdad, que la amabilidad profesada tan fácilmente no tiene valor si no está acompañada de lo otro.
Nadie, ni siquiera Iver, hacía el menor esfuerzo de dejarme entrar en su vida o actividades fuera del trabajo. Esperaba esto de los yanquis, pero por lo visto esa pandemia de fría amabilidad había infectado a todos.
Me estaban matando con cortesía, así que me recluí en mi rutina, y en mis sueños de volver a Castillo con aventuras y plata suficiente para comprarme una casita cerca de lo de Lala.
Mi rutina se había convertido en mi armadura, vivía muy moderadamente, con la excepción de un nuevo vicio que había descubierto un sábado de cine: las zapatillas. Había comprado el primer par porque necesitaba ropa y lo encontré con el 75% de descuento. Comprar calzado era uno de los pocos placeres que tenía.
Al tío Jaime casi no lo veía porque estaba en otro puesto, hablaba con él por celular casi todos los días, pero era raro que nos juntáramos ya que él estaba siempre yendo a algún proveedor o atendiendo la otra camioneta.
Pasaron los meses, y mi vida seguía casi igual; ahora podía estimar el paso del tiempo por las cajas de zapatillas apiladas al lado de la cama.
Al cuarto mes, o contándolo en pares de calzado al par dieciséis, me llamó Iver para decirme que el tío estaba preso por vender mercadería sin licencia, y lo que era peor, por no facturar las ventas.
Ahí fue todo para peor, ya ni con el tío podía hablar. El negocio de las carteras se había terminado abruptamente. Yo no estaba ni cerca de lo que había venido a conseguir.
Conseguí trabajo en el turno noche de un minisúper, una mezcla entre panchería y almacén que está abierto las veinticuatro horas, vendiendo chicles, sándwiches o whisky, entre otras cosas.
Empecé a llamar a Lala día por medio, extrañaba mucho y la voz de la abuela era el único cariño que recibía; una vez llegué a llamar al Tarta pero se hizo muy dificultoso y no lo volví a hacer.
Los hindúes dueños del local sólo me hablaban para darme alguna indicación o para pagarme. La gente llega, saluda, compra lo que quiere y se va.
En esta megalópolis, con todo lo que prometió y cumplió, aún así este lugar carece de algo que necesito. No hay espacio personal para lo ajeno, aletargados por sus oportunidades de compra y ahorro; ensimismados en sus mundos viven en sus cosas, con las caras iluminadas por la verdosa luz del teléfono y la mirada inexpresiva y fija en ese punto, ni siquiera levantan la vista para ver el cielo. Mucho menos para ver a los ojos a un ilegal como yo.
El tiempo pasó y lo que sería una aventura de verano se convirtió en una estancia de casi dos años. Llamo a Lala religiosamente todos los días, y me prometo juntar algún puchito más para volver con toda la gloria al barrio.
En el fondo mis hábitos desdibujaron mi objetivo. Siento que me convertí en uno más de ellos, un hámster que corre frenético en una rueda que no lo va a llevar a ningún lado.
Quizá el mes próximo use el sueldo y me compre el pasaje de vuelta. Acá es todo muy distinto.
Me acostumbré a varias cosas, a otras no. A lo que no sé si me acostumbré es a la indiferencia de los otros. Es la misma que allá, con la salvedad que allá no estoy solo.
Miro el reloj. Son las 3 de la mañana.
Mientras les preparo un sándwich de pollo teriyaki a dos adolescentes de ojos enrojecidos me pregunto, ¿esto era el primer mundo?
Esto era.

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