Historias sin punto final
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#5 · La vida de Jesús

Por Juan Duacastella
Ilustración Florencia Garbini

“Gato largo terso lento veloz suave. ¿Qué música, la coreografía de quién danzaste
cuando bajaron tu último telón?
¿Puede una gracia tan meditada quedar
aquí, tan sola, en este escenario de 9 x 10?
¿Te darán otra oportunidad
de bailar en las Sierras?
Qué triste pareces; al mirarte
pienso en Ulanova
encerrada en un pequeño cuarto
amueblado
de Nueva York, en la calle 17 Este
del barrio puertorriqueño”.
(Puma en el zoológico de Chapultepec, Gregory Corso)

a primera vez que Jesús se escapó me sorprendió por lo modos felinos que de golpe se activaron en su cuerpo, como si dentro de él se encendiera toda la energía que había salvado en las últimas semanas de quedarse parado mirando al vacío, hamacándose, repitiendo la misma frase hasta la locura en un loop infinito.
Hasta ese entonces las sesiones con Jesús habían sido una pérdida de tiempo para los dos. No era su culpa, tampoco. La ecolalia es una perturbación del lenguaje en la que el sujeto repite involuntariamente una palabra o frase que acaba de pronunciar otra persona en su presencia, a modo de eco. Cualquier cosa que yo le dijera a Jesús, el me la devolvía, pasada por el tamiz hierático de su mirada ausente, me devolvía las palabras pero despojadas de toda emoción, como si el eco pudiera convertirse en un empleo desganado del viento, que se cumple en piloto automático.
La verdad es que nunca supe cuál era la patología que había sacudido a Jesús hasta llevarlo a ese punto de desapego con todo. Podía darme cuenta de que había estado internado casi toda su vida, y que ahora, a los 27 años, había que bucear en la oscuridad para encontrarse con él debajo de la capa de rigidez que lo ceñía como una armadura. En el Hogar no tenían historias clínicas, y además, la mayor parte del tiempo no había nadie en la Dirección para atender esos pedidos. Era como si lentamente, con el tiempo, el personal del Hogar se hubiera ido contagiando de sus pacientes hasta llegar a un desinterés generalizado por todo, un lugar donde la ausencia era la norma.
Después de aquel intento de fuga que me tocó sofocar, Jesús modificó su actitud hacia mí. No es que dejara de mirarme como si me atravesara con los ojos, de mirarme sin verme, de mirarme viendo más allá de mi cuerpo, de la pared, del Hogar y de la autopista. Pero a partir de ese día comenzó a seguirme. Literalmente. Si yo iba a fumar al jardín en un recreo o después del almuerzo, Jesús venía conmigo. Si íbamos a la huerta con algún grupo, Jesús venía aunque no le tocara. Como nadie se ocupaba de poner orden en el lugar se me hizo común trabajar con Jesús parado en un rincón de mi gabinete, hamacándose en silencio mientras miraba por la ventana.
A veces lo encaraba con fuerza tratando de romper por insistencia su repetición, procurando que la sorpresa le hiciera acuñar una frase propia, le devolviera por un segundo la palabra. A veces perdía la paciencia y lo insultaba para ver si reaccionaba, y los insultos me volvían, vacíos y grises, como el insulto escrito en una carta ajena.
Lo único que salía de su boca en forma original era una frase repetida hasta el hartazgo: vi un tigre. Si había que hacer un dibujo, Jesús garabateaba algo dos segundos en la hoja blanca, un minúsculo rulito y te señalaba: vi un tigre. Si lo despertabas de la siesta y se sobresaltaba, le salía sin pensar: vi un tigre.
Yo suponía que alguna vez habría ido de visita al zoológico y el recuerdo del tigre lo había impresionado hasta quedar adherido a su memoria, que esa frase significaba el recuerdo de un día distinto, pero no estaba seguro. Lo que sí sabía es que el tigre de Jesús era tan inexpresivo como todo el resto de su discurso. Era un tigre mecánico y vacío, el fantasma de un tigre real que alguna vez pasó por sus ojos.

Para llegar al Hogar tenía que tomar un colectivo desde San Miguel hasta la Panamericana, y de ahí otro colectivo que me llevaba hasta la parada del Zoológico de Escobar. Después había que cruzar la autopista por una pasarela larga y enrejada, desde donde se podía ver toda la zona que rodeaba al Hogar. Era la parte más disfrutable del viaje. A medida que avanzaba por la pasarela veía además todo el zoológico y algunos animales que paseaban despreocupados, mucho antes del horario de apertura. Al lado, una pequeña quinta de rabanitos y lechugas que cuidaba disciplinadamente una familia de japoneses. El Hogar estaba detrás.
Era un predio grande, con un jardín inmenso que en algún momento debió haber estado cuidado y rozagante, pero que ahora era un completo descuido. La huerta estaba abandonada, la granja ya no tenía animales, los juegos de plaza estaban oxidados y rotos. La enfermedad se había trasladado de las personas hasta las cosas, como suele pasar. Sin embargo, si uno llegaba al medio de la pasarela con el sol recién amanecido pegando sobre el techo del Hogar, o iluminando el césped mojado de rocío, podía llevarse la idea equivocada de que era un lugar agradable para vivir.

Los pacientes como Jesús sólo tienen presente. Su pasado se ha ido perdiendo en una larga serie de internaciones, tratamientos fallidos, negligencias y desidia. Tampoco tienen la posibilidad de proyectar a futuro: un paciente sin diagnóstico, encerrado desde la infancia, sus padres envejecidos. Su futuro es una rendición generalizada de todos los que lo rodean. Sólo les queda el presente. Y en el Hogar se vivía todos los días en un presente eterno, repitiendo la misma rutina de lunes a lunes, en los mismos rincones, cada vez más raídos.
La mayoría de los residentes estaba en la misma situación. Un diagnóstico difuso entre autismo, psicosis infantil, o algo más indeterminado aún como el trastorno generalizado del desarrollo, lo que equivale a decir que nadie sabe qué cuernos le pasa a ese tipo. La mayoría, igual que Jesús, eran gente adulta, más grandes que yo.
Y casi todos llevaban más de diez años ahí, viviendo todos los días el mismo día.

Me llevó más de seis meses lograr algo con Jesús. Y fue algo tan sutil, tan livianito, que casi no cuenta como un avance, aunque con el tiempo resultaría un quiebre para los dos. Ese día había llevado un grabador y unos discos para animar el grupo de terapia de los lunes, que solía ser un bajón. Los que se habían ido a ver a sus familias el fin de semana, se quejaban por haber tenido que regresar. Los que no habían salido (la mayoría) se quejaban porque nadie venía por ellos. Así que en vez de la habitual reunión, aparté las mesas y las sillas y pregunté si querían escuchar algo de música y bailar. Nadie me hizo caso. En el fondo tenían razón. Ninguno tenía motivos para bailar en ese grupo, era un lunes triste y ellos eran tipos grandes y olvidados. Yo tampoco hubiera bailado.
Me di cuenta que era una mala idea y estaba por cambiar de planes, cuando Jesús se puso a bailar. Quiero decir: no es que se puso a imitar la idea del baile, como si una orden vetusta se hubiera activado dentro de su organismo y le hubiera indicado cumplir la acción de bailar. Bailaba realmente, con intención, con algo de ganas. Bailaba porque quería.
Yo no lo podía creer. La música sonaba fuerte, y Jesús bailaba solo en medio del aula, como si nadie más existiese a su alrededor. Era un baile torpe, tímido, un baile imposible. Y como contagiados por esa energía nueva y por la música que gritaba Get up offa that thing desde mi grabador, todos se pusieron a bailar como zombis, lentamente, chocándose, con los ojos cerrados, en un baile desangelado y robótico alrededor de Jesús.
Y entonces, entre los hombros de sus compañeros que lo rodeaban, Jesús me buscó los ojos por primera vez, y por primera vez me vio. Me vio tan fuerte que yo me sentí expuesto, me sentí un tonto, me sentí interpelado por esos ojos que llevaban meses sin ver nada, me sentí desnudo e indefenso, me sentí un canalla haciéndolos bailar un tema de James Brown sólo para pasar el rato, porque yo también me había quedado sin ideas.
Esa noche no pude dormir y me la pasé llorando. Pero no lloraba por Jesús, sino por mí, por mi alma, por ser parte de esa historia triste, por necesitar un abrazo que nadie en ese lugar me podía dar.
A la mañana siguiente llegué al Hogar más temprano que de costumbre. La niebla me envolvió apenas bajé del colectivo, y cuando llegué arriba de la pasarela me di cuenta que era una niebla densa y pesada que cubría todo. No podía ver ni siquiera el final de la pasarela. Bajar los escalones era como bajar al vacío.
En el Hogar estaban todos alterados. Los enfermeros no habían llegado esa mañana y nadie había tomado su medicación. Éramos tres; la cocinera, una profesora de arte, y yo. No podíamos salir al jardín porque no se veía nada, ni siquiera podíamos ir del comedor a las aulas. Tampoco había señal de teléfono, y al mediodía nos quedamos sin luz.
Para ese entonces varios de los residentes se habían excitado más de la cuenta. La niebla los asustaba. Algunos habían empezado a gritar y correr por el lugar, y las actividades en grupo que intentábamos para entretenerlos no daban resultado. Empezó a oscurecer y me di cuenta que si no aflojaba la niebla, tampoco iban a llegar los relevos de la noche. Eso quería decir que no iba a poder volver a casa. En la radio de mi teléfono avisaban que estaba cerrada la autopista.
Y entonces comenzaron los aullidos.
Se oían desde los cuatro puntos cardinales, como si todos los perros de Escobar se hubieran puesto de acuerdo en un mensaje unificado, o como si algo los hubiera asustado hasta hacerlos enloquecer. Era un aullido desesperado, un llamado imperioso. Nos quedamos en silencio unos segundos, buscando alguna frase que tranquilizara el ambiente, una palabra de alivio que nunca me vino, hasta que uno de los pacientes más jóvenes empezó a llorar.
Se llamaba Santiago. Era el más joven del Hogar, y también el más nuevo. Tenía razón en tener miedo. No había luz, la niebla nos asfixiaba, y afuera los aullidos sonaban cada vez más extraños. Yo me acerqué y lo abracé para calmarlo pero reaccionó mal y me mordió el brazo con odio. Era como si todos los dientes del mundo me estuvieran mordiendo a la vez, y grité por el dolor, tan fuerte que los aullidos cesaron.
Santiago me soltó. Alguien dijo en la oscuridad: Jesús se escapó.
Me miré con la profesora de arte y nos vimos el miedo en la cara. Voy yo, le dije. No me quedaba otra opción.
Salí al jardín y la niebla me enfrió los ojos con un aire helado y brumoso. No podía ver nada así que empecé a caminar de a un paso a la vez, ridículamente, con la mano extendida en el vacío, el brazo mordido que me ardía detrás del bíceps, llamándolo a Jesús en voz baja porque el grito también me había huido de la boca.
Fui caminando así hasta el lugar donde estaban los juegos de plaza, siguiendo el trayecto normal que hacíamos todos los días por el parque, pero allí no estaba. Tampoco tenía sentido: si Jesús se había escapado, iría para el portón de la autopista, al otro lado del jardín. Me acordé de sus movimientos felinos la última vez que se había querido fugar y corrí atravesando la noche con los pies mojados por el pasto, hasta donde sentía que estaba el portón.
Tres veces lo llamé en voz alta, pero no me contestó, tres veces le rogué que apareciera y se terminara esa noche espantosa. Jesús no estaba en ningún lado. Me di vuelta para regresar al comedor, pero no pude orientarme y caminé unos pasos a ciegas, cuando la niebla se abrió de pronto y en un claro de luz nocturna apareció una imagen que nunca más iba a olvidar.
Era un tigre plateado y brillante, un tigre espléndido, terrible. En su piel blanca rebotaba la luz de la luna que se había filtrado entre la niebla, y sus ojos eran dos puñales de fuego en la oscuridad. Estaba parado en el jardín del Hogar como si fuera el dueño. Y Jesús estaba parado frente a él, sin decir nada, con la mano extendida, con una postura firme y erguida que no le conocía.
No tenía miedo, no se mecía sobre sí mismo. Estaba tranquilo, llamando al tigre con el brazo extendido.
Di un paso más y Jesús me miró de pronto como me había mirado la tarde anterior, y abrió la boca para decir algo que yo ya sabía, algo que me había dicho mil veces, y que por primera vez esa noche escuché en su voz real.
Ya sé, Jesús: un tigre.
Me sonrió. Lo pude ver un segundo más todavía, mientras se acostaba en el piso, al lado del tigre que se acostó junto a él, y se quedaron así los dos por horas, o hasta que la luz de la luna se fue y la oscuridad los escondió.

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