Historias sin punto final
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#19 · Las monedas enterradas

Por Martín Zarriello
Ilustración Diana Ballesteros Pronko

Era el hijo del almacenero. Tenía unas ojeras muy grandes y era alto y gordo. Me llevaba dos o tres años. Era bueno en comparación con los otros chicos. No le gustaba el fútbol y lo vestían como a un hombre mayor.
Éramos él, tres de los hermanos Velázquez y yo. No sé por qué estábamos juntos: yo no me juntaba con nadie y el hijo del almacenero y los hermanos Velázquez tampoco eran amigos entre sí. Supongo que fue una de esas situaciones en las que cinco personas caminan por ahí y deciden que se van a quedar juntas un rato.
Los Velázquez tenían muy mala reputación y eran bastante temibles. Básicamente se dedicaban a sembrar el caos en el barrio.
Y ahí estábamos los cinco. No sé cómo me verían a mí los hermanos Velázquez pero sin dudas como a un estúpido, un bicho raro o un maricón. O esas tres cosas juntas. Me preocupaba especialmente que creyeran que era maricón así que hablé un poco de River para que se dieran cuenta que un nene fanático del fútbol no puede ser maricón. A ellos no les importó. Eran de Boca y el fútbol no les importaba. No sé por qué pasa eso. Nunca conocí a un nene hincha de Boca al que le interese realmente el fútbol como tema de conversación. Les interesa de grande y ni aun así entienden algo relacionado con el fútbol.
Más tarde, muchos años después, uno de los hermanos Velázquez (eran todos más grandes de edad pero al mismo tiempo pequeños y fuertes como rocas) me agarró el pelo en el colectivo (no me lo tiró, simplemente me lo agarró) y me dijo que me lo cortara porque parecía una chica. Yo me quedé paralizado, no supe qué hacer. Todavía no sé qué hacer con respecto a esa situación.
Maldita sensación de debilidad y humillación frente al maldito hermano Velázquez en el colectivo 554 en el año 1996. En fin.
Pero esto ocurrió muchos años atrás. Por lo menos en el 91 o en el 92. Yo no sabía cómo pasaban la tarde los demás. Me quedaba solo en mi pieza escuchando casettes de rock nacional con unos auriculares gigantes. Jugaba con autitos y armaba complicadas carreras cuyos datos anotaba en un cuaderno Gloria. Leía viejos ejemplares del suplemento Deportivo del Diario Crónica. Le miraba las tetas sin pezones a la Barbie de mi hermana. El cuello de la cabeza de la Barbie estaba pegada con cinta scotch. Mi hermana también tenía Barbies de segundas marcas, de ésas a las que se les hundía la cara si las apretabas con un dedo.
Me daba culpa no ser como los demás nenes del barrio, como los Velázquez, por ejemplo, aunque nadie quería que yo fuese como los Velázquez.
Ahí estábamos el hijo del almacenero, Daniel creo que se llamaba, y los tres Velázquez. Los más chicos supongo. Todos en bicicletas cross menos el hijo del almacenero que parecía demasiado grande para andar en cross, él simplemente caminaba.
Estábamos en un terreno baldío que quedaba entre la casa de Roberto y Osmar. Un terreno baldío lleno de tierra donde muchos años después se iba a construir una casa que nunca llegué a ver terminada.
Mi bici cross me quedaba muy grande. Después crecí y me quedaba muy chica. Nunca pude tener una bici a medida ni a la moda. Cuando se empezaron a usar las todo-terreno yo seguí unos años con la cross. De lo único que me enorgullezco es haber aprendido a andar sin rueditas supuestamente a la edad en que uno debe aprender a andar sin rueditas, aunque recuerdo la presión que tenía por andar sin rueditas al compararme con mis primos, que eran todos más salvajes y extrovertidos que yo.
La cuestión es que el hijo del almacenero tenía mucha plata en monedas y no le daba importancia. Algo así como dos pesos con ochenta centavos. Monedas de diez centavos pero también de un peso y de cincuenta. Para mí era una fortuna. Los Velázquez y yo mirábamos al hijo del almacenero y a sus monedas y si no les daba importancia pensábamos que tal vez nos las regalaría a nosotros. Recuerdo perfectamente esa ilusión: el hijo del almacenero regalándome las monedas porque no le importaban y yo comprándome muchos Prestigio de coco bañados en chocolate. Esa era mi obsesión en ese momento: los Prestigio. En el interior de sus envoltorios a veces venía una calcomanía que indicaba que te habías ganado otro. Una tarde me gané tantos que me descompuse. Me comí como diez o veinte Prestigio. Así pasaban las tardes en el Barrio Puyerredón.
No hablábamos de nada. Estaba por largarse a llover y el cielo del barrio Pueyrredón, sin edificios, con casas bajas y a medio construir, era el cielo del Fin del Mundo. La conversación reprimida era sobre qué iba a hacer el hijo del almacenero con sus monedas. De repente anunció que las iba a enterrar. Las iba a enterrar en un lugar exacto del terreno baldío, contra el paredón de la casa de Roberto. Las iba a venir a buscar exactamente dentro de un año.
Las enterró y se fue. Estaba más allá de todo. Podía enterrar monedas y planear buscarlas dentro de un año. No sabía qué hacer con tanta plata. Después de él nos fuimos también los Velázquez y yo. Cada uno a su casa, en silencio. Tal vez los Velázquez se dedicaron a sembrar el caos un rato más. El hijo del almacenero vivía en otro barrio y por lo despreocupado y maduro que era seguramente se olvidaría que había enterrado dos pesos con ochenta en el Barrio Pueyrredón.
Llegaron los días de calor y yo pensaba todo el tiempo en esas monedas enterradas. En el transcurso del entierro y el momento en que me decidí a ir a buscarlas algo debe haber cambiado en mi pensamiento porque ya no me importaban mucho los Prestigio que me podría comer tanto como el hecho de tener dos pesos con ochenta en la mano.
Yo tenía seis o siete años. Esperé a que se hiciera de noche y aprovechando que mi vieja me mandó a comprar una prepizza fui a desenterrar las monedas. En la canchita de enfrente no jugaba nadie. Tampoco caminaba nadie por la vereda ni por la calle. No había mucha gente en los barrios de noche en el año 1992 y supongo que ahora tampoco. Sabía exactamente contra qué lugar del paredón había enterrado las monedas el hijo del almacenero.
Volví a mi casa y le di la prepizza a mi vieja. Fui al baño y me lavé las manos y las uñas llenas de tierra. Había escarbado un rato largo pero no había encontrado las monedas. Sentí una mezcla de tristeza y alivio. Supongo que los Velázquez me ganaron de mano.

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