Historias sin punto final
redaccion@revista27.com.ar
 

#6 · Lo de Pepe: espacio sin tiempo

Por Juan Manuel Lombardero
Ph Gustavo Salamié

Tocamos timbre y Pepe no estaba. Esta vez no había cartulinas colgadas ni anuncios en fibrón: que su bodegón estuviera cerrado un viernes al mediodía era un mensaje en sí. El plan parecía frustrado, la vuelta inminente y buscar alternativas resultaba poco motivante. Sin embargo, seguía siendo extraño que Pepe no atendiera y antes de resignarnos, optamos por apelar a otras instancias. Espiamos a través de las hendijas, golpeamos varias veces el policarbonato de las puertas y vociferamos las dos sílabas de su apelativo en decisiones que cristalizaban expresiones de deseo.
Los ratos no tienen tiempo, pero éramos conscientes de que había pasado un rato. Estábamos a punto de desistir, de pensar cuál sería el destino. Existía la posibilidad, incluso, de que el almuerzo se cancelara. Cuando el abandono se tornaba inexorable, una voz conocida rompió la monotonía desde algún lugar. La señal sonora, sin palabras escindibles, renovaba la esperanza. Y los pasos, que parecían venir del largo pasillo contiguo, confirmaban las sospechas: dos vueltas de llave, la aparición del anfitrión y el semblante inconfundible de aquellas personas que son felices cuando reciben gente.
Fiel a sus formas, sobre pantuflas descoloridas y sin el tradicional atuendo culinario ni preocupación por cuestiones protocolares, Pepe celebró la insistencia, obvió el pedido de disculpas y tras saludar efímeramente, planteó: “A ver qué tengo para darles de comer”. Entró rápido, encaró hacia la cocina y en el trayecto, aclaró que fuera la hora que fuera del día que fuera, podíamos hacer lo que habíamos hecho –algo que para él significaba “una alegría bárbara”.
Almorzar en Pepe Lui suele consistir en un ritual. No es difícil llegar para quienes gozan del sentido de la orientación, pero nadie tiene la dirección exacta; no hay muchas referencias más allá de una vía, el nombre de alguna calle del Barrio Envión y un toldo lila; y el llamado telefónico funciona como recurso extraordinario para avisarle a Pepe con antelación si tiene que abrir el boliche un sábado. Aunque las reglas son pocas, están bien claras. Durante la semana, hay un grupo fijo de asistentes que va levemente en aumento, situación que en ocasiones preocupa a quien es simultáneamente cocinero, mozo y que por su personalidad, asume casi todas las tareas. Casi, porque el resto lo hace el cliente, que en las sobremesas asume que no siempre tiene la razón.
Pepe exhibe su habilidad para resolver situaciones en segundos desde su central de operaciones. Su panorama se completa con la elección de los comensales. Es habitual verlo enérgico, entusiasmado. En su lugar de pertenencia, los formalismos no existen –tampoco los eufemismos: no hay espacio para la indecisión, sí para charlas sin reloj mientras se disfruta de una buena comida. El menú consiste en dos opciones, plasmadas sobre el blanco de un afiche discreto: “Mila con fritas especial: $68”, “Pastas/canelones: $68”. En lo de Pepe, como llaman al bodegón los visitantes asiduos, las milanesas son eternas y se sirven a caballo; las pastas son variadas, de elaboración artesanal; y los canelones merecen mención y párrafo aparte.
Entramos en la cocina y Pepe ya tenía diagramado un plan por etapas: para picar, pizzetas caseras de jamón y morrón y alitas empanadas; de plato principal, la especialidad de la casa: canelones de pollo al verdeo, delicia genuina. En ese orden, aprobamos. Contento, Pepe puso una milonga, ofreció berenjenas al escabeche y abrió la heladera para que eligiéramos alguna gaseosa. Como es costumbre, pusimos la mesa, rebanamos unos panes y dimos comienzo al banquete. Pepe se acercó: se había olvidado de contarnos que Olga –su compañera de ruta hace más de cincuenta años– había preparado torta. A esa altura era difícil seguir aceptando, pero más difícil rechazar. Cuando le preguntamos por ella, fue contundente: “Es la mujer más hermosa que existe y existió”.
En lo de Pepe, la confianza y el diálogo son pilares fundamentales. El mito dice que los desconocidos entran sólo con quienes ya son amigos de la casa –en otras palabras, quienes fueron alguna vez. Sin embargo, el anfitrión desmiente: el boca en boca permite que el bodegón conserve su mística, su intimidad y sus valores, ya que formalmente nunca se le dio publicidad. La cantidad de vasos, por caso, se corresponde con la cantidad de personas a las que se puede atender durante una jornada; la chopera vacía, casi abandonada, es una decisión que se explica desde la experiencia de quienes salían a manejar tras dejarla vacía.
Llegaron los muchachos de la obra, integrantes del elenco estable. Pusieron la mesa, llenaron la panera y pidieron milanesas. Les pasamos el frasco de berenjenas y largaron. Más tarde llegó el capataz, picó papas y huevos fritos, pidió una cuenta simbólica y se fue. Se fueron. Otra vez solos, a punto de colapsar y de entrar en la última fase de la dieta del zoológico, dejamos de escuchar el último tangazo. El dueño del boliche volvió a pronunciarse: “Cuando prueben los canelones de pollo al verdeo, lo que comieron hasta ahora les va a parecer una mierda”, bromeó. El valor agregado de la preparación casera imposibilitó comparar, pero lo mejor había quedado para el final.
Pepe Lui, cuyo nombre proviene de tradición familiar y de su ascendencia andaluza, funciona hace diez años producto del esfuerzo y del nacimiento de una etapa en la vida de su fundador, Pepe: “Todo lo que ves acá adentro lo hice yo”, afirma. Y agrega: “Salvo la electricidad, porque esa no te perdona”. El bodegón, ubicado en la calle Donato Álvarez entre los barrios de Haedo y Morón, es para él un cable a tierra. Abre de lunes a viernes –eventualmente los sábados– cuando llegan los primeros; y cierra cuando se van los últimos. Pepe vive sus 86 años con una intensidad admirable: cocina durante las primeras horas del día y se acuesta para que cada día siguiente rinda más que el anterior.
El tiempo se fue en momentos y no lo vimos pasar. Estábamos hacía más de tres horas y Pepe se había sentado con nosotros para charlar sobre algunos temas existenciales: el amor, la música y la vida. La tenacidad de su mirada dio énfasis a sus argumentos y cuestionamientos, propios de una impronta tan amena como fuerte. Esta vez no hubo cuentos ni chistes; sí consejos de abuelo y reflexiones compañeras. No pudimos probar la torta de Olga y eso respondió a su principal inquietud: si habíamos comido bien. Antes de volver, pedimos la cuenta: “Cincuenta cada uno”, dijo, sin permitir reproches. Saludamos y nos fuimos, pero nos llevamos una historia del conurbano y tres menesteres para alcanzar la felicidad en la vida del hombre: “Un buen borgoña, una buena canción y los ojos de una mujer”.

No comments

LEAVE A COMMENT