Historias sin punto final
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#1 · Los otros

Por Josefina Licitra

A fines del año 2008, Glenda Vieites –editora de este trabajo– me propuso hacer un libro que contara el conurbano bonaerense. La idea consistía en rastrear y perfilar un puñado de historias que tuvieran una potencia narrativa y que permitieran armar el rompecabezas de un territorio que, a la vez, era un misterio: aunque esté cerca, aunque esté casi encima, aunque encienda su luz macilenta en los programas sobre mundos marginales, la periferia en su conjunto raramente ha tenido quien la nombre. Y la intención del libro era nombrarla.

La propuesta me gustó. Yo tenía –tengo– un hijo chico, tenía –tengo– un presupuesto moderado y en consecuencia tenía –tengo– dificultades evidentes para ir a buscar historias a la Amazonia de turno. En cambio el Conurbano estaba ahí: era una cartografía posible, un mundo al que se llega en tren: un destino cerquita.

En fin, cerquita.

Cuando miro hacia atrás, noto que el modo de medir las cosas fue el primero de mis varios errores. Porque el Conurbano técnicamente está cerca, pero basta con meter un pie ahí adentro para comprender que toda aproximación a un punto supone a la vez tomar distancia de otros puntos infinitos. Un mapa de la periferia alcanza para entender de qué hablo: San Vicente queda a casi cien kilómetros del Delta, Berisso queda a casi tres horas de tren de Marcos Paz, Lanús queda a un siglo de historia de Pilar, y en el medio de todo eso hay casi doce millones de personas afincadas en treinta distritos –incluido el tercer cordón y el Gran La Plata– que de cerquita no tienen nada.

Hice cálculos. Por más de un motivo, no podía pasarme un año dando vueltas por el Conurbano recogiendo “historias” y a la vez tampoco tenía en claro que ése fuera el mejor método de todos. No tenía, en realidad, método. No sabía por dónde empezar. En pleno ataque de preocupación y ceguera hice lo único sensato que se me ocurrió: levanté el teléfono y le pedí auxilio a Rubén Vivero, director artístico de Endemol, la productora que realiza Policías en Acción.

Voy a decirlo: Policías en Acción me gusta. Se dice que lava la imagen de la policía bonaerense; que hace humor a partir de la tragedia de las clases bajas; que hace sensacionalismo, folclore de pobres, en fin: los sensibles del mundo suelen decir que todo es una porquería. Pero no dicen lo otro: que el programa está vivo. Y que la gente que lo hace –sus camarógrafos y productores– conocen como nadie la periferia bonaerense a fuerza de recorrerla 24 horas al día, por turnos, con un envidiable olfato para encontrar historias donde otros no verían absolutamente nada.

Di, entonces, varias vueltas con la gente de Policías en Acción. Y de todas esas vueltas la que más recuerdo es una. Era invierno. Hacía un frío insoportable. Salimos a recorrer Lomas de Zamora una mañana de lluvia en la que el aire era esa clase de fenómenos que ya no quedan en la memoria de la mente sino de los huesos. El cielo estaba negro, el patrullero se hundía en la blandura del barro y adentro del auto, con las ventanillas bajas, cinco personas nos frotábamos las piernas y nos aburríamos mucho. La noche anterior había habido una tormenta y todos los llamados al 911 consistían en la denuncia de que una casa o un auto habían sido abollados por un poste de luz.

Pero nadie salía a robar. Era un día feo incluso para eso.

Hasta que a media mañana, a la vuelta de una esquina, sumidos en un tedio enfermo, dimos con una imagen que nos despertó: agachando la cabeza contra el viento helado, cuatro niños y una anciana sostenían un poste para que no se desplomara sobre el techo de una casa. La escena era tremenda. Ese palo y esa gente resumían con demoledora simpleza buena parte de los dramas que marcan la periferia: construcciones precarias, napas crecidas –que aflojan los cimientos de árboles y pilares– y un desamparo tan hondo que deriva en la búsqueda de protección en cualquier lado. Cuando se afloja un poste, en el Conurbano se llama a la policía.  Lo que trae sus riesgos.

El conductor detuvo el patrullero. Un oficial bajó con ademanes pesados, se acercó para analizar mejor la situación y tras un minuto de cavilaciones tomó un palo cualquiera y anunció su plan: lo trabaría contra el árbol –inclinado a sesenta grados en dirección a la casa– de modo de armar un cepo que detuviera la caída. No era una solución perfecta. Pero era una solución posible. O habría sido una solución posible si hubieran sabido ponerla en práctica. Porque lo cierto es que en vez de colocar el palo así:

(dibujo – dropbox)

el oficial lo puso así:

(dibujo1-drpxbox)

 

Policías en acción, al fin y al cabo.

Juan Aznárez, productor del programa, miraba la escena y temblaba. No de miedo sino de frío absoluto. Las mandíbulas, las manos, el pecho, los hombros: todo el cuerpo de Juan temblaba en torno a un cigarro que apenas lograba calentarle un dedo.

—Hagamos un informe –balbuceó entonces–. Busquemos árboles caídos o que estén por caerse.

Hagamos un informe sobre la inminencia; hagamos un informe sobre cómo lo malo se anuncia primero y sucede después. Hagamos un informe sobre lo evitable. Y sobre la soledad. Eso, supongo, quiso decir Juan esa mañana.

Así que el informe se hizo. Luego no sé si salió. Lo único que sé es que pasado un tiempo, tras pensar bastante qué iba a hacer con este libro, recordé ese día difícil y decidí que iba a contar aquella historia. Con otros actores, con otro paisaje, iba a contar la historia de la casa y el árbol y la soledad y el miedo.

No parecía complicado. Salvo por sus enclaves –barrios cerrados, countries– el Conurbano era –fue siempre– un inmenso mundo a la deriva. El 60 por ciento de la población no tiene cloacas, el 30 por ciento aún no tiene agua corriente –según datos de la Organización Panamericana de la Salud–, y cerca del 20 por ciento está por debajo de la polémica cifra que el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) impone como “línea de pobreza”.

Salí, entonces, a buscar el resumen y el síntoma de todo eso. Y al principio me fue mal. Estuve con un pastor evangélico –ex policía, ex adicto, ex demasiadas cosas– que hacía exorcismos en Berazategui y me preguntó, con una escalofriante calma vicarial, cuánto pensaba ganar yo con este libro. Fuera.

Estuve con un muchacho que enseña a jugar al golf en un basural: una bonita historia de superación que me llevó hasta Maquinista Savio, un pueblo apacible al que se llega luego de dos horas de tren desde Constitución. Pero una vez allí, temí que el relato fuera demasiado lindo y terminara viéndose como esa clase de fábulas que publican los diarios en la semana de Navidad. Fuera.

Estuve con una manzanera repartiendo leche a las seis de la mañana en el segundo cordón del conurbano. Vi la bruma y el sol suave sobre la línea del campo. Vi lo grande –lo excesiva– que puede ser Buenos Aires. Y vi muchas criaturas pobres apurando el paso para recoger su leche: sin el sachet no había desayuno. Sin el sachet no había, en realidad, nada. Con ese material hice una contratapa para el diario Crítica de la Argentina pero el texto era desolador. Y aplastante. Fuera.

Anduve en moto por Garín junto a Damián Terrile, ex cartonero y ex participante de Gran Hermano, mientras me abrazaba a su cintura ancha y él gritaba “yo en Garín soy el rey” y yo pensaba que lo nuestro era la escena del Titanic pero sin mar.

Hice, en fin, todo lo que pude. Pero recién di con la imagen que buscaba cuando llegué a Lanús: el partido con mayor densidad poblacional del Conurbano; el lugar al que, dada su cercanía con la Ciudad de Buenos Aires y con la estación Constitución, llegaron las mayores olas de inmigrantes que creían que en torno a la capital de la Argentina había un futuro.

—En Lanús hay algo –me había dicho tiempo atrás Juan Aznárez, en una de nuestras rondas de sopor y frío–. No sé bien qué, pero algo hay.

Nunca más volví a hablar con Juan, pero le doy las gracias ahora: en el momento en el que escribo. Porque en las manzanas que bordean el Riachuelo había, sí, algo. Un barrio de italianos llamado Villa Giardino, otro de indigentes llamado Acuba. Y entre ellos estaban el árbol, la casa, la soledad y el miedo contando, finalmente, una historia.

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