Historias sin punto final
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#10 · Más vale pies en el barrio

Por Flavia Cifrodelli

Si va a pasar algo conmigo quiero que sea en libertad”. El Indio nos canta lo que muchos sienten allí: salir, como meta y fijación. Las Unidades Penitenciarias del conurbano bonaerense se destacan, ante todo, por su excelente cumplimiento en el maltrato a sus internos y a sus familias, a través de prácticas tan ilegales como violentas.
Carolina viaja todas las semanas a la madrugada para ser la primera en la fila de la Unidad 39 de Ituzaingó. A veces entra, a veces no. Juan fue baleado y golpeado por la policía en la localidad matancera de González Catán, cuando se necesitaba que alguien sin voz ni derechos respetados se haga cargo de un delito que tuvo más eco del esperado. Juan fue a la cárcel por negro y por pobre, como tantos otros. Lucio y Dante, lo ven una vez por mes. En cada visita, no puede creer el efecto del tiempo en el cuerpo de sus hijos.
Las torturas diarias, el plato de comida vacío, las canillas sin agua, dormir en la escalera. Para quienes son del palo, no caben dudas: el Servicio Penitenciario Bonaerense es mucho más crudo que el Federal. La solicitud de cambios de penales llueven en los juzgados y, casi todos, mueren en un cajón.
Juan sonríe amplia y cálidamente, y convence a Carolina de que no está tan mal. Después de dos años detenido, puede contarle sobre la solidaridad entre los compañeros del pabellón y el aprendizaje de valorar las pequeñas cosas, alegando que eso hace a su estadía menos tortuosa. Le pide más fotos de sus hijos y pregunta por el colegio. Carolina no logra dejar de mirarle las costillas que se le asoman entre la musculosa. “Te había traído una torta, pero no me dejaron entrarla”. Ya es el segundo cumpleaños que pasa privado de su libertad.
La semana siguiente, y luego de esperar varias horas en la fila de visitas a la Unidad, se acuerdan de notificar a su esposa: está en reposo, lastimado por una pelea. Sin poder verlo, Carolina llama a su defensor sin lograr comunicarse. Va de puerta en puerta intentando saber algo más. Vuelve a su casa sin información y sin el abrazo semanal.
“¡Hijos de puta, lo van a matar!”, mientras lo dice, sabe que a nadie le importaría demasiado. Cuando logra verlo, Juan le sonríe como siempre. Ella le pregunta muchas cosas que no tienen respuesta.
El defensor lo llama victorioso. “Conseguí el traslado, te pasan a federal”. Juan no sonríe. A la tarde llega su esposa y discuten sobre eso. Juan no sonríe. Por primera vez, ella intenta convencerlo. Las visitas serán menos, pero la comida será más. “En la cárcel o en la calle, yo soy de Provincia”, afirma sin titubear, moviendo la mano con el tatuaje. Piensa un rato, siente lejos a su familia aún sin haberse ido. Carolina le explica que no hay tanta diferencia.
De pronto, y de una manera incomprensible para los externos, la pertenencia e identidad territorial adquirieron más relevancia que el propio bienestar. Puede verse exagerado e incoherente por quienes nunca se sintieron excluidos, aquellos que no pueden comprender que el corazón tiene razones que la propia razón nunca entenderá.
Luego de dos años y medio detenido sin condena, Juan sale de la Unidad por falta de pruebas. Vuelve a su barrio. Ese barrio del que la policía saca culpables cuando los necesita, ese barrio donde le atropellaron los derechos y la libertad. Pero, ¿cómo no volver? Si es lo más suyo que tiene.

Los hijos del pueblo
Se encuentran en la plaza del barrio, como pautaron el día anterior. Tienen mate, tortafritas que hizo una abuela, un papel con líneas de colectivos y subtes anotadas, zapatillas cómodas, algunos ojotas. Caminan hasta la terminal del 180 y esperan el que va por autopista. Algunos pueden sentarse, no todos. Se ríen y hablan fuerte, hasta que alguno dice que no griten. Dos se duermen, pero les sacan fotos y los despiertan con cosquillas en la oreja. La elegida por el grupo se acerca al colectivero a preguntarle cuánto falta para llegar a Caballito. Falta todavía.
“No llegamos más”. Llegan y caminan hasta el subte A. Bajan la escalera, y la vuelven a subir al notar que están del lado equivocado. Pasan los molinetes y corren el tren. Bajan en la Estación Plaza de Mayo. Sacan fotos, un montón. Miran con una mano tapándose el sol la altura de los edificios históricos. Caminan en círculo como les dijo el profesor de historia que hacían las Madres. Se sientan en el pasto a merendar. Aguantan poco tiempo sentados. Caminan por Florida y por Avenida de Mayo. Uno se detiene para comprar un mate. Se sacan más fotos.
Me olvidé por dónde vinimos”. Consultan a un artesano para dónde está el subte. Pasan por los baños del Mc Donalds sin que los vea el de seguridad. Compran un helado por el camino y se lo terminan antes de empezar a volver.
“Despertate que ya estamos por llegar”. Bajan del 180 en el kilómetro 29 de la Ruta Nacional 3, en la localidad de González Catán. Caminan con quejas de cansancio hasta Villa Dorrego. Aprovechan esas cuadras para mirar las fotos.
“Ya estaba extrañando el barrio”. Se sientan en la plaza. El quiosquero, que los conoce desde que van a primer grado, les regala una gaseosa. Aparecen tres más, como si alguien les hubiera avisado. Ven el ensayo de la murga. Un hermano menor llega corriendo para avisarle a Kevin que la mamá dice que vuelva, y se van juntos. El resto se queda hasta que oscurece. La tía de Luciana saca unas empanadas a la puerta, que duran menos que cualquier cerveza.
Son los hijos de un barrio, que tiene memoria de los pibes y pibas que crió.
Nacieron en un enorme y diverso territorio que atraviesa los distintos cordones del conurbano bonaerense de punta a punta, con una extensión y cantidad de población incomparable: La Matanza. Los jóvenes de sus villas y asentamientos se sienten a diario excluidos de muchos beneficios céntricos fomentados por los medios de comunicación y por un sector de la sociedad.
Quizás quieren que se sientan afuera, porque cuando se dan cuenta de que están más adentro que nadie, y del valor que tiene su recuperación y apropiación del espacio público, se vuelven peligrosos. Peligrosos para los intereses de quienes se esfuerzan en criminalizarlos, con ese reduccionismo tan bien vendido en un combo de drogas, delincuencia y rebeldía.
Pero esos pibes (nuestros pibes) cada vez están más despiertos y unidos. La juventud, muy lejos de estar perdida, está encontrada. Se encuentra en cada plaza, calle o esquina de los barrios populares del conurbano.
“Las calles son nuestras aunque el tiempo diga lo contrario”, se escucha desde una puerta siempre abierta y adquiere sentido en cada rincón del barrio. Nunca mejor dicho, Pato.

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