Historias sin punto final
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#11 · Misteriosa La Matanza

Por Luciano Doti 
Ilustración Florencia Garbini

Me encontraba en un bar de La Matanza, en la zona del segundo cordón. Pero no se trataba de uno de esos típicos bares «aporteñados» que abundan en Lomas del Mirador o San Justo, sino más bien de un copetín al paso, con parrilla en la vereda, unas pocas mesas y la infaltable barra, donde la clientela casi toda masculina bebía tinto barato de damajuana.
Las mujeres que pasaban por el lugar lucían acostumbradas a frecuentar ese ambiente, eran atractivas y libres de los prejuicios que puede haber en la capital y el primer cordón. En una época en que la situación económica solía ser determinante para conseguir pareja, en esa periferia de clase media-baja parecía existir un resquicio en el cual no hiciera falta tener auto y pagar una cena en un buen restaurante para estar bien acompañado. De alguna manera, funcionaba esa zona como el último refugio para la gente que intentaba disfrutar con poco: el chori, el tinto, la minita… La frontera imaginaria, surcada por el Camino de Cintura, separaba dos realidades muy diferentes.
Yo me hallaba entre esos dos mundos: por un lado, como miradorense en particular, pertenecía al primer cordón; por otro lado, como matancero en general, tenía curiosidad por conocer esa “verdadera” Matanza que nunca había llegado a explorar plenamente; aunque comparado con otros vecinos míos, podía considerarme un erudito en temas matanceros, ya que con algunos amigos había realizado una serie de «tours» de iniciación en el pasado. Sabía de recorrer las calles de Rafael Castillo, Laferrere, Catán, hasta Oro Verde, de día y de noche. Y como dije antes, encontraba cierto encanto en esa geografía, en la cual no necesitaba fingir para aparentar ser más de lo que en realidad era. Soy una persona de ciudad, me encanta ir al centro de Buenos Aires, pero de vez en cuando, bajar hacia fuera y abandonar aunque más no sea durante unas cuantas horas esa simulación de la clase media, resulta gratificante para mí.
Allí estaba yo, en una mesa cercana a la puerta, bebiendo ese mismo tinto, cuando ingresó una mujer al local.
—Disculpen. ¿No han visto a Jorge, mi marido?
—¿Quién? —preguntó un cliente, ya bastante entonado.
—Jorge. Es uno morocho, flaco…
La mujer siguió describiendo a su marido, mientras el hombre que había preguntado miraba a los demás, esperando que alguien supiera lo que él ignoraba.
—Por acá no vino, señora —dijo por fin el cantinero.
—Hace dos días que no va a casa —comentó preocupada ella.
Eso provocó algunas risas contenidas, apenas audibles.
—Acá también, hace dos días que no viene —confirmó el cantinero.
La mujer salió resignada, con esa facilidad que tiene la gente humilde para asimilar los golpes de la vida; costumbre debe ser. Detrás de ella la siguió la moza, una trigueña con calzas y musculosa.
Ya en la vereda, le habló en privado, aunque yo desde mi ubicación más próxima pude oír todo.
—Señora, su marido se fue con otra: una pendeja que anda siempre por acá.
—¿Estás segura?
—Sí, todos lo saben. Ellos no le dicen nada porque están cubriendo al amigo, no quieren quedar como buchones.
—¿De eso se reían?
—Y… sí.
—¿Sabés donde puedo encontrarlo, para hablar?
—No, pero conozco a alguien que puede hacer que vuelva con usted.
—¿Cómo?
—Mi hermana es parapsicóloga, hace “trabajos” de retorno de parejas. No cobra caro, y le puede pagar cuando pueda.
—¿Y eso cómo es?
—Necesita el nombre, la fecha de nacimiento, una foto y una prenda. Con eso vuelve más tardar en nueve días.
La mujer engañada aceptó el servicio que le ofrecía la moza. Después, ésta llamó a su hermana desde un celular para arreglar una cita, y anotó algo en un papel que entregó a la señora.
—¿Qué le dijiste? —la paró en seco el cantinero ni bien entró.
—Nada. Le di una dirección, por un asunto.
—¿No le habrás dicho algo del marido, no? Yo acá no quiero quilombos: soy ciego, sordo y mudo.
—Está bien —ensayó la moza como toda respuesta.
Terminado ese episodio, seguimos bebiendo sin problemas.
Un mes más tarde, regresé a ese mismo lugar. Esa vez, con la confianza que da el haber estado antes en un bar, me ubiqué en la barra. Pedí un vino. Cuando el cantinero me lo despachó, me preguntó:
—¿Vos ya estuviste acá, no?
—Sí, hace un mes más o menos —le respondí, y para continuar con la conversación, a efectos de no quedar tan parco, hice yo una pregunta:
—¿Y la moza del otro día?
—La eché —dijo, y parecía no querer hablar del tema, pero un semblante de decepción que no pude disimular invadió mi rostro, por lo que el cantinero se sintió obligado a darme una explicación:
—Hizo una brujería.
—¡¿Una brujería?! —pregunté fingiendo sorpresa, aunque sabía de qué se trataba.
—Sí. Hace un mes vino una mujer buscando al marido…
—Fue el día que estuve yo.
—¡Ah, mirá qué casualidad! Bueno, la cuestión es que la contactó con la hermana, que hace gualichos, cosas así, para que vuelvan las parejas.
—Sí, el diario está lleno de avisos en los que se promocionan.
—Claro, pero ésta además hizo magia negra. La chica que estaba con Jorge se empezó a sentir mal, la llevaron al hospital y estuvo una semana en terapia intensiva hasta que se murió.
—¡¿Se murió?!
—Sí, de una infección, no pudieron salvarla.
Tras una pequeña pausa continuó con el relato.
—Dicen que a los pocos días, en el cementerio de Villegas, encontraron un cajoncito pequeño con el nombre de ella. Estaba medio enterrado en una tumba reciente.
Ahora sí, parecía haber concluido. Quedaba todo claro, excepto una cosa:
—¿Y Jorge? —pregunté.
El cantinero sonrió.
—Volvió con la esposa, resignado. Dice que lo que pasó fue una señal de que su destino es estar con ella.
—O sea que a ella el gualicho le dio resultado.
—Sí, pero a la moza la eché. Yo acá no quiero quilombos.

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