Historias sin punto final
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#9 · Morón (1992)

Por Ignacio Belsito

Hace poco tiempo empecé a escribir en papeles ignaros. En las soledades, claro. Me di cuenta que es una forma de contar cosas que le pasan al alma. Las cosas, siempre se pueden gritar, pero acá nadie me escucha, quizás por eso escribo (es como una pequeña esperanza que zarpa hacia el futuro). Ayer tomé una lapicera que tenía cerca y empecé una oración que decía algo parecido a esto:
“Las lágrimas de los escritores son las palabras. Sus textos florecen de allí, como agua”.
Después, empecé a contar mi historia, que era la que mejor conocía…
“Yo atendía la verdulería de un primo, ahí en el barrio de Morón, cerca de Tribunales, sobre la calle Colón. Siempre me iban a visitar alondras, se posaban ahí y me miraban. Nunca entendí el significado real. Después simplemente se lo di yo. Estaba juntando plata para el viaje de egresados porque mis viejos no me lo podían pagar. En esa época no vivía acá, vivía cerca de la Estación de tren de morón. Con el tiempo me fui transformando en escritor. Desde que estoy acá en realidad. En Morón, “La Doble A”, como escuché que le dicen, fue muy eficaz conmigo. Doble A significa Averiguación de Antecedentes. A mi vieja le habían dicho que por ahí con 600 dólares me sacaba, total, había sido un problemita de un robo. Pero yo nunca había robado nada, a lo mejor porque tenía cara de pobre me llevaron y mi vieja lo sabía muy bien porque soy igualito a ella, pero con pelo bien corto. Habíamos ido a ver una banda con unos amigos y como no pudimos entrar hicieron una razzia sobre los alrededores y nos llevaron. Apenas podía reconocer una camioneta que tenía entre mis recuerdos. Eso no tenía ninguna conexión con aquello del robo.
Estábamos en la Comisaría 1° de Morón y nos empezaron a separar por sexo. En la camioneta me había dado cuenta que estaban deteniendo a varios chicos más. Todos teníamos la misma pinta: cara de laburantes, ¿me entendés? Ahí empecé a sentir una mufa en el ambiente. No sé si yo estaba mal predispuesto de antemano, pero tenía una sensación anticipada. Como yo era menor me llevaron a otro cuarto que tenía un cartelito chiquito que decía “Sala de Menores”. Había una silla, eso era lo diferente nada más. Me hicieron esperar un rato bien largo en la puerta antes, “quédate acá parado y no toqués la pared”, me dijo uno de los policías. No entendí muy bien por qué. Después me dije, “ah, claro, para cansarse más y joder, obvio”. Parecía una ruleta, los policías decían, “a éste ponele por averiguaciones…”, “al otro por ebriedad…”, así iba anotando otro policía que mientras nos pedía los datos. Fue la primera vez que me detuvieron. Tenía frío y un poco de miedo, no entendía nada y eso me daba más frío y más miedo. Tenía castañas en los dientes, ese era el ruido de mi miedo. ¡Qué hermosa se veía la libertad desde esa reja!
En esa época estaba Menem me acuerdo. Sí, 1992 era. Como había muchos líos en el país las bandas de rock, las huelgas, los descontentos, los indigentes, los que emigraban, crecían a granel. Yo no entendía mucho de política, pero es fácil interpretar cuándo un país no está bien. Tenés que hacer una cuenta sencilla: sumás a todos los conocidos que andan deprimidos o preocupados, que no tienen laburo o tienen uno muy flojo y la respuesta está clarísima.
Me di cuenta desde acá que casi siempre encierran a los pobres. Acá me dijeron eso y estoy de acuerdo. Las leyes son para que la cumplan los pobres allá en el mundo, acá las hacen ellos por eso no hay ricos. La primera golpiza fue la más dolorosa. Claro, cuando nunca te peleaste en tu vida, una piña se parece a cien de ellas. Después de un rato, ya no me dolía tanto, pero dolía. Parece como si tus músculos y tus huesos se definieran, y todo aquello que te acordás que te enseñaron en el secundario sobre el cuerpo humano, lo tenés bien claro, porque te duele. ¡Hasta moví los labios pidiendo perdón! Igualmente, con el tiempo, aprendí que lo más doloroso son los recuerdos… ¡Cada vez que recordaba algo lo escribía y construía un álbum de fotos en la cabeza!
El médico que se apareció con cara de dormido y los ojos apenas despegándose, un tal Carlos, firmó un papel que decía que “estaba intoxicado por sustancias que ingerí”. Nunca aclaró cuáles, obvio. Una autopsia hecha como la gente la desmintió. Decía: “Los análisis químicos descartaron presencia de alcohol o drogas”. Lo que se veía, un diente roto, un corte en la lengua y los hematomas, estaban ahí. Imaginate, yo tenía 17 años, era pendejo pendejo.
En el último momento, las nubes perforaron a la luna. Supongo que el siglo que viene será feliz, pensé. Me acuerdo bien, me reía como los cascabeles antes de eso. Te lo puedo contar mejor que nadie ahora que estoy en la muerte… me morí de dolor, ¿entendés?”.

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