Historias sin punto final
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#26 · Oda al conurbano

Por Diego Flores
Ilustración Claudio Magri

Las cumbias que marcan
a cadencia de los pasos
y se mezclan con el humo
de malezas y yuyales, mientras
los vecinos, que siempre son
Pereyras o González, carajean
por el tufo que se impregna
en la ropa que se tiende día a día.
Por allí lindos recovecos nocturnos
donde jóvenes sedientos y carentes
copulan sin titubeos, apretándose
los labios y los sexos.
Las calles, llenas
de tierra y peronismo, valen
cada uno de los días.
Donde en cada noche
en confusas esquinas
hay reuniones de consorcios
imaginarias donde se cuestiona
el universo y se brinda con
la vida.
Los tipos que de apellido tienen
un comercio y un cartel
de para siempre: hoy no se fía.
Las viejas transeúntes con uniforme de batón
que buscan una belleza añorada
en espejos que solo devuelven pigmentos alelados
mientras sacuden las monedas que se come el verdulero.
Los cines abandonados
donde ya hace tiempo
se proyectaron primicias tardías.
La familia de chorizos siempre mostrando
el cuero y cicatrices.
Los Hijos de “El” abogado, extrañamente
rosados con el chaleco verde
que no encajaba con el color
ruin de las veredas.
Las mitologías y rituales,
los secretos escondidos,
el Roca siempre llegando
en un ratito.
Los domingos petrificados.
Las avenidas con dominio de tracción a sangre,
el camión de baratijas con cantar acoplado,
la pobreza, los guachitos pululando arrebatos
la suerte esquiva, cada uno de sus muertos.
Todo ese compendio fundó mi percepción
obvia, entonces.
¿Cómo no quererte mi
querido imperio ocre?
Si me diste la canchita de tus calles,
los amigos, los mates y las reposeras.
Mi primera sidra, las pibitas
que ya me olvidaron.
Los sueños que todavía tejo hasta que me despiertan
los silbidos de Alfredito que me llama
para que salgamos a patear veredas.
La única forma de pasar los días.

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