Historias sin punto final
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Por Leo Oyola

Palermo, 22 de diciembre de 2015

El asunto con el término conurbano, no es que esté peleado, sino que es algo generacional. Yo veo los chicos de ahora cuando voy a las escuelas que te dicen ‘yo soy del conurbano’, pero nosotros éramos más territoriales: yo soy de Isidro Casanova, del barrio Los Pinos. No era por pelearse con el resto de La Matanza, sino que era tu lugar. Yo escucho historias de gente de mi edad de Quilmes o Berazategui, y hay una sensación de deja vu: tenemos el mismo prontuario, pero territorio diferente. Lo que para mí era ir a misa y después ir a bailar al Jesse James, una piba de Quilmes tiene esas patas lindas y esa cola firme por haber ido, seguramente, al Electric Circus. Entonces, tenés tus instituciones, tus cuadros que te van moldeando.
Hay algo que tiene que ver con la idealización. Muchas veces se lo piensa desde lo romántico, muy desde acá, pero andá a vivir el día a día. Es difícil todo, pero no sé si va a estar tan cercano a lo que uno puedo llegar a sentir desde el procedimiento de la ficción. Podemos coquetear con la nostalgia de los barrios, porque, en realidad, ya nos fuimos. Si todavía estuviéramos allá, no sé si estaría escribiendo sobre el conurbano.
Hoy volvés, y es muy loco escuchar en una calesita no sólo el reggaeton de moda, sino las canciones de los 80 que bailaba de joven. Era lo que pasaba el disc jockey del Jesse. Hoy para mí que ese tipo siga pasando música ya no en la pista principal, es impresionante; el loco sigue igual, más feo todavía. Hay una regla que dice que el disc jockey que es bueno, es realmente feo. Y el hijo de puta es feo, mirá que los matanzeros somos feos, somos negros fuleros y jetones, pero Rolando se zarpa en feo, y, así y todo, te hace bailar a toda La Matanza.
El conurbano tiene una identificación muy grande con el crecimiento: está en constante crecimiento. Yo jamás pensé que iba a ver la calle donde me crié yo asfaltada. Ya no hay más barro, cambió todo y está buenísimo, pero a la vez, recordás con cariño aquellos viejos desperfectos: las atorranteadas con tus amigos, las pibas que te gustaban, todo. En capital contás a cuenta gotas la gente que conoces, y allá, quieras o no, te saludas con toda la gente en la calle; vivís con ellos para siempre. Yo vuelvo a lo de mis viejos y ya desde que me bajo del colectivo me encuentro con amigos, vecinos, y vas charlando. Esas particularidades son las que definen al conurbano. No digo que sean ni mejores, ni peores, pero son las cosas que te identifican.
En esta época es inevitable el balance y, particularmente, tiene su cuota amarga. Llega la hora de brindar y notás que falta una copa en la mesa y sobra un alma en el cielo. Hay mucha gente que ya no está; desde haber tenido una mala elección, enfermedades u optar otros caminos que el conurbano no se priva de servir.

La juventud es híper preciada y es ahí donde hiciste tus primeras armas. Hay un tema de Bruce Springsteen que dice ‘días de gloria pasaron así en un pestañeo’, y me re significa. Vos pensabas que ibas a ser feliz toda la vida tomando cerveza con los pibes en el mismo bar o en la misma esquina, y cuando menos lo pensaste, pum, la vida pintó para otro lado y chau pibes, chau birra, chau esquina. Esos momentos se viven como eternos, pero no lo son. Para vivir de esto tenés que abandonar ciertas cosas; yo me tuve que venir a Capital Federal.
No volvería a tirar el ancla en donde alguna vez fui feliz. Yo voy allá y me pongo a hablar como se habla allá. No es lo mismo decir ‘fiambrín’ o “fantasmear” en capital que en Casanova. No creo que sea una falta de respeto, ni nada por el estilo, sino que les significa algo nuevo y desconocido; allá es moneda de todos los días. La otra vez, un crítico describió a la perfección el conurbano: ‘es chino básico para todos los que no somos de ahí’”.

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