Historias sin punto final
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#17 · Recuerdos sin naftalina

Por Alejandro Fabbri
Ilustración Pablo D´Alio

Los años de la infancia y la adolescencia suelen quedar fijos en la memoria, por lo menos en algunas situaciones y aventuras que hemos vivido y aunque no lo recordemos exactamente, nos han marcado y nos habilitan para contar (y exagerar seguramente) esos hechos ante la mirada incrédula o cómplice de los más jóvenes.
Paso a explicar: abuelo y padre hinchas de Platense. Abuelo hincha de radio a transistores, pero sin presencia en la cancha. Padre Calamar hasta la médula, que me fue llevando al templo de Manuela Pedraza y Crámer pasados mis 6 años. Aclaración: Platense inauguró su cancha allí en el límite entre Núñez y Saavedra en 1917 y la mantuvo hasta que en 1971 descendió y se quedó sin su hermoso estadio de madera.
Primero íbamos a la platea de locales. Platense había descendido por primera vez en 1955 y tuvo que luchar nueve años para recuperar su lugar natural, la Primera A. En eso estaba, cuando empecé a acompañar a mi padre, 1962-63. Esos partidos contra Temperley (un 3-3 en 1963), una goleada al simpático Sportivo Dock Sud (6-0) y un 5-0 a Los Andes en una calurosa noche de viernes, los tengo fijados en el alma.
La historia cambió, cuando mi viejo se animó y me empezó a llevar de visitante. Claro, Platense en la B es un equipo grande y mueve mucha gente. Las excursiones se sucedieron: la cancha de Dock Sud, una tarde nublada de sábado y un empate 2-2, con el recuerdo de haber estado pegado al alambrado en algún momento del partido y que la pelota –que la recuerdo como enorme y embarrada– pegara en ese alambre, a escasos centímetros de mis manos de 7 años. Susto menor y punto.
Viajamos en tren a Campana, a la cancha tubular de Villa Dálmine porque era realmente una aventura. Estuvimos en Almagro, a cancha llena, en un 3-2 de 1964 y fuimos al Tigre, a Lomas de Zamora, a Temperley, hasta a Morón. El Marrón ascendió y vinieron otros tiempos, pero ya acentuando la presencia en las canchas. El viaje en tren a La Plata en 1965 fue doble: 2-0 al Lobo y 1-1 con el Pincha. Recuerdo que llegamos tarde al partido con Gimnasia y entramos por la tribuna local. En ese entonces –hace 50 años– no había divisiones entre locales y visitantes, casi que no pasaba nada. En ese momento, pasamos por detrás del arco de Gimnasia y ahí estaba el grandote Minoián, agachado sobre el poste tomándose un mate, mientras el Lobo tiraba un córner. No me lo olvido más.
Tampoco dejo de acordarme cuando tenía 14 años y nos fuimos con mi viejo en el colectivo 85 desde Caballito hasta Quilmes, para ver el partido. Era el Metropolitano de 1970, Platense tenía un equipazo –terminó quinto entre 21– y le ganamos 4-3 al Cervecero. La cosa es que mi viejo llevaba saco y tenía en la solapa un escudito de Platense. A medida que se fue llenando el colectivo, por Domínico, Bernal y Quilmes, se fue cargando con hinchas cerveceros que lo miraban como a un bicho raro. Al final, sutilmente, se lo quitó de la solapa y se lo guardó en el bolsillo. No pasó nada.
En 1973, ya más grandecito y con Tense otra vez –segunda– en la B, hicimos una de cowboys. Fuimos al lejanísimo Oeste, a la cancha de Flandria, en Jáuregui. Un cuadro que nunca se había cruzado antes con Platense. Tren en Once, bajar y subir a otro con locomotora en Moreno, hasta hacer los casi 100 kilómetros. Llegamos temprano, Jáuregui no tenía más que una calle principal con bulevar de palmeras y la ruta. Cruzamos la avenida, un puentecito sobre el río y seguimos un sendero arbolado. En un momento, estábamos en un descampado y a unos metros más adelante, estaba la cancha. Seguimos caminando y tocamos el alambrado. Era la cancha principal. No pagamos entrada, porque ese sendero nos llevó, sin obstáculos, al mismísimo campo de juego. Todavía recuerdo el sulky bajo la única tribuna de cemento y las ovejas pastando a menos de veinte metros de la cancha.
Pasaron 40 años desde 1975, pero también evoco ese 2-0 a Morón en su estadio, con ingreso amenazante de los hinchas locales y el grupo quilombero de Platense entregándoles los bombos y las banderas a los jugadores para que los protegieran en el vestuario. A la salida hubo candombe y un barcito cercano a la estación fue nuestro refugio. Al año siguiente y ya con dos amigos queridos, tomé prestado el viejo Peugeot 404 familiar y nos aventuramos en llegar hasta Isidro Casanova, feudo de Almirante Brown.
Platense iba primero, ese año salió campeón y éramos muchos. Por esa razón, quizá, no nos alcanzaron en la corrida que emprendimos tras el final de juego (que nos llevamos 2-0) y unimos las siete cuadras de distancia casi casi como Usain Bolt apurado, je. En el mismo torneo recuerdo una salida (casi huida) de Dock Sud con la policía tratándonos muy mal, nada novedoso con los visitantes en el ascenso y mucho menos si estábamos en plena Dictadura.
Los años pasaron, los recuerdos van surgiendo, pero aquel período 1963-76 fue especial, porque hubo mucha cancha, mucho “Dale Marrón”, mucho volver a casa con mi viejo analizando el partido y poniéndole puntaje verbal a nuestros jugadores. Años que no volverán y que uno extraña, más allá de que los disfrutó y mucho. Ahí debe haber nacido mi amor por el fútbol, el análisis, el dato y las historias. Mi viejo ayudó y cómo. Sin él, que se fue muy joven y no pudo conocer a sus nietos, esto no hubiera sido posible. Ahora, cuando de vez en cuando repetimos la historia con mi hijo y mi nieto en Vicente López, todo tiene sentido.

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