Historias sin punto final
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#14 · Un millón de dólares

Por Federico Romairone
Ilustración Andrés Allocco

Comienza a caer la noche sobre el conurbano sur de la provincia de Buenos Aires y así arranca esta historia basada en hechos reales…
—¡Quietos todos! ¡Ni se muevan!
El Turco apunta con una pistola calibre 45 a Pablo el kiosquero, que no se sorprende, está acostumbrado, esto ya lo aburre. En lo que va de la semana es la tercera vez que lo afanan. Sí, tres veces en una semana.
—Ustedes se me quedan quietos, ¡eh!
El Chori no se quiere quedar atrás y lanza la amenaza. Ni Pablo ni el Turco están solos en esta. El de la 45 tiene dos cómplices, el del apodo gastronómico y uno más que no entrará en escena porque hace de campana afuera, listo para pisar el acelerador del Peugeot 405 y perderse en la oscura noche del conurbano. Federico y Bobby son las otras víctimas, ambos habitués y amigos del pequeño comerciante.
Ante la misma situación todos reaccionan de manera diferente.
Primero, detrás del colorido mostrador, está Pablo, 40 años, que sabe que en su profesión hay riesgos, tiene casi veinte en el negocio de los puchos y golosinas, le habrán robado decena de veces. No es boludo, la experiencia le enseñó a no hacer cagadas en estas ocasiones. Le entrega al Turco la recaudación que había en la caja. Su cara lo dice todo, está resignado, y además de quedar con los bolsillos vacíos tiene las bolas llenas.
Hacia el fondo, junto a las heladeras, se asoma Bobby, de unos treinta y pico, grandote, desarreglado, con mínimo cinco o seis cervezas tomadas. El gordo medio copeteado tiene aguante y al principio intenta resistirse. Se niega a tirarse al piso ante la orden de los malvivientes, hasta que el Chori, también armado, se adentra en el local y le pone su revólver en la cabeza.
Por último, en el medio queda Federico y lo que tal vez fue una de las reacciones más estúpidas, aunque al mismo tiempo la más honesta. Con 22 años es un pibe del barrio, de esos que no molestan, ni pinchan, ni cortan. Nunca había estado en una situación tan incómoda como esta. Está en el medio de los dos asaltantes, a su derecha lo tiene al Turco guardando en un bolso de mano la guita que le entregó Pablo, y a su izquierda al Chori apuntando a Bobby que está acostado boca abajo en el piso. A su espalda las heladeras y un exhibidor de snacks, y por delante un futuro incierto.
Como él sólo observa y no dice nada, los pistoleros lo ignoran hasta que es hora de salir. El Chori pasa cerca de él y se detiene, mientras su compañero empieza a retroceder para emprender la retirada. Todo marcha bien, se van, eso parece, pero aquí no habrá dos sin tres.
—¿Y vos, petiso? —Dice el Chori
El muchacho ni pestañea, ¿está paralizado?; ahora le hablan a él. El Turco, que dirige la batuta, no ignora el comentario y se adelanta rápidamente. Le pone la 45 sobre el pecho y le ordena.
—¡Dale, vos también dame la plata!
Las gotas de sudor empiezan a caer como cataratas, pero aún así con mucha tranquilidad Federico saca la billetera del bolsillo del jean y la abre. Está al horno. Tiene tan sólo dos billetes guardados. Los empieza a asomar mientras que El Turco se relame, la salidita al voleo es todo un éxito. El pibe se los entrega mientras traga saliva. Sabe que se mandó una cagada. Sabe que no le van a creer.
—¡¿Pero qué es esto pendejo?!
El Turco se enfurece, tira uno de los billetes al piso, uno de diez pesos, y el otro se lo muestra a Federico, esperando una rápida explicación, que no tarda en llegar.
—Un millón de dólares.
La respuesta deja a todos sorprendidos. Pablo queda boquiabierto, ahora los van a matar. Bobby levanta la cabeza, sus ojos están a punto de saltarle. El Chori está en la puerta mirando para todos lados y no llega a escuchar. El Turco no entiende nada, está anonadado.
—¡¿Me estás cargando?!
El silencio que le sigue a la exclamación es demoledor. Una broma de estas te puede costar la vida. Un tiro de la 45 a quemarropa es mortal. Federico no contesta, no se mueve, no hace gesto alguno, casi no respira. Pero el Turco, estupefacto, le devuelve el billete. Suena la bocina del 405 y el acto delictivo llega a su fin. Le perdonaron la vida. Esto los sobrepasó a todos.
Cuando los ladrones se alejan en el auto las tres víctimas salen a la calle. Mientras Pablo llama a la policía usando el teléfono semi-público que concesiona, Bobby ve cómo Federico guarda nuevamente en su bolsillo el billete de color verde con la extensa denominación. No puede evitar preguntarle…
—¿Vos sos pelotudo?
No le contesta y la anécdota concluye allí. Los tres sintieron lo mismo, casi los matan, no por unos pocos pesos, sino por un millón de dólares.
Historiadores aseguran que en los años 30, después de la crisis económica mundial, el gobierno estadounidense había emitido divisas de altos valores numéricos de las que luego no se supo nada más. Hasta esta noche, en la que unos delincuentes perdieron la oportunidad de hacerse millonarios con el robo a un kiosco de la calle Purita, de Lanús.

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