Historias sin punto final
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#18 · Nómades

Por Nacho Gerola

 

De un lado hacia el otro lo cotidiano se empieza a desmembrar y todo se vuelve movimiento. Ya no arrastro mis zapatillas. Caigo al talón y antes de anclarme en el peso de la existencia me deslizo hacia los dedos, donde tomo impulso de nuevo. En la primera explosión después de los vientos me doy cuenta de que tengo que caminar, con esto en la cabeza tengo que caminar, no me puedo subir a nada más que a mí mismo. Los edificios son cada vez más chicos, insignificantes. La gente del entorno se vuelve de carne, animales que quieren gritar. Veo abismos en sus cabezas. Tantos juntos me aturden, mejor sigo en la mía.

 

Voy hacia adentro, me lleva hacia adentro sin ninguna alternativa y todo comienza a removerse, la sangre corre tan rápido que el cosquilleo es inmenso. No sé quién sigue dando los pasos. Yo estoy en el interior, cayendo a una velocidad agradable. Este plano también es espacialmente ilimitado. Todo se volvió calmo cuando llegué a una extraña superficie, rodeado de peculiares construcciones de piedra. Me acerco un poco a los bordes de la plataforma y noto que la misma flota rodeada de un cielo totalmente nublado. La estructura se extiende hacia el otro lado, donde se abren pasillos que decido circular. Voy cruzando puertas antiguas cada vez más rápido, una tras otra. La emoción toma el control y me tengo que ayudar con las manos para no tropezar. El ritual lo andaba anticipando, se concentra y comienza a implosionar. Una tremenda sacudida me rompe todos los huesos. Salgo disparado hacia afuera.

No llego a hacer pie que ya todo se volvió continuo, hay estrellas en mi frente pero también en nuestras nucas, todo conectado en la expansión, ningún punto es más parte del todo que otro, y todo lo que no es sensorial me es ajeno. No soy más que pura percepción y otra vez este tema está causando explosiones por todos lados. Caos en las inmediaciones de la vía láctea. Varias manadas de instrumentos sacándose chispas dentro de una misma pista, hasta que una toma impulso y atropella.

 

Veo un montón de luces y ventanas. Zigzagueando manzanas, una ráfaga me lleva a buscar algo… ahí está, es mi cuerpo. Veo cemento y árboles limitados, parece que sigo por la ciudad. ¿Cómo es que estoy caminando? ¿Tenía los ojos abiertos? Pasaron bastantes cuadras, ¿habré frenado con los semáforos? Ahora el paisaje son tajos en diferentes rostros, por suerte lejos. Qué linda es esta soledad, lo único que necesitaba, así de solo. No pienso entrar en ningún lado hasta que termine.

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La sinceridad te hace mudar de piel y en el proceso se genera un manto seco en tus ojos que en algún momento terminás arrancando. Ahora todo tu entorno tiene un color diferente, aparecen un montón de partículas nuevas y el horizonte se presenta sin importar para dónde gires la cabeza. Tu paleta adquiere otros contrastes. Mientras, todo se te vuelve tan nuevo y curioso que el asombro te reclama gran parte del día. Ya no hay motivos para volver, menos que menos en el atardecer. Ya no podés volver.

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Verano 68 continuaba como parte de la secuencia de esos días, en ese pasado no muy lejano, donde su pelo me tenía atrapado, enredado en alguna plaza esperando que ella pase. Pero el momento de escribir sobre la canción me lleva a un pasado inmediato. Todo parecía normal, otra persona. Hasta que la pálida esa desplegó una sonrisa en pocas milésimas de segundos que me frenó todos los motores. Y cuando volvieron a arrancar me encontré para el otro lado, pensando de derecha a izquierda. Todo y más de lo que quería en una vuelta, intensa y circular, principio y fin: un círculo tan maravilloso que no dibujó ningún tipo de línea. Pero tan intenso que me quedé atrapado en él. A la mañana siguiente quería que sea un espiral. Por más que lo intentaba, no lograba recordar ni en lo más mínimo la última vez que tuve esa sensación. El más completo anonimato guarda en su interior la imposibilidad de un nuevo encuentro. Me desangré rápido y en unos días aniquilé la ilusión, la fusilé. Ahora el cadáver se transformó en una energía completamente diferente, como todo lo que vuelve después de atravesar las fibras de la tierra. Me vuelvo a encontrar como estuve, entre y después de ellas, de esos dos diminutos fragmentos significativos, con la fuente de las más espléndidas sensaciones, ajena a los fantasmas ideales, sin depositar más que en el propio trayecto. Otra vez como parte del todo, pero una parte autónoma de ese todo, donde juega mi plenitud.

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Los rayos se arrastran de forma transversal y te atraviesan la mejilla desde algún costado. El dibujo de las nubes te hace entender que en ese lapso todo está afuera, ocurriendo a tu alrededor. Si no captás la rotación es porque no se encuentra en ningún sitio en particular y estás envuelto en ella. Sos literalmente esencia de ella. Circunstancia liminal, renovadamente liminal, las cuerdas están vibrando, se sacuden con intensidad. Cada una genera un eco que se expande a nivel horizontal para luego desaparecer. Las de arriba se van esfumando en simultaneidad con la aparición de otras nuevas en la región inferior. Salen del agua y se acoplan esperando su debido tiempo de sonar.

 

Las cuerdas llegan a la altura de tu cabeza y te derraman a ese nivel horizontal. Te expandís en eco como viento. El agua corriente te arrastra en onda expansiva por sus diferentes cursos, mientras recibe los últimos roces del fuego. La oscuridad se va apoderando de todo, ella siempre vuelve con su hermosa hegemonía. Curiosa, disfrutando y apropiándose las modificaciones que generó el sol.

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Los sueños se cargan en las bolsas de los ojos, tan difíciles de diferenciar de eso que le dicen realidad. Cuando nuestra única referencia es ese colapso de continuidad, esa interrupción… despierta, despierto. Pero no encuentro razones para sostener la dualidad entre estado onírico y vigilia. Si esos lugares, sensaciones y seres te nutren en todo el transcurso. Sea que sólo existan dentro de tu cabeza o estén esperando, en algún lugar lejano del universo. Que te vuelvas a dormir despertando. Te aguarden o no, existen y los visitás o creas. No menos partes del todo, ni más ni menos trascendentales que vos, ni que las partículas y entes que te rodean.

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