Historias sin punto final
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#19 · Devolveme mis discos y mi corazón

Por Lupita Rolón

Mi hermana y yo somos muy parecidas. No como todos los hermanos, un poco la nariz, un poco la sonrisa, un poco los ojos claros de la abuela; por fuera, nosotras somos casi iguales. Lo más extraño es que ella me lleva seis años, y una de cada diez veces nos preguntan por la calle si somos mellizas. Cada vez que voy a verla al teatro o voy a alguno de sus shows, alguien se me acerca con cara de haber descubierto 100 pesos en el bolsillo del jean y me dice vos sos la hermana de Marina. Sos igual. A veces, ni siquiera lo dicen con tono de pregunta. Sos igual sos igual.

Mi hermana es preciosa, parece una diosa griega y pop tallada en miniatura pero, debo decirlo, para mí es algo fastidioso que seamos tan parecidas, especialmente porque yo soy la más joven y claramente debería ser obvio. Convengamos que seis años es mucho tiempo. En seis años te recibís de cualquier cosa, seis años duraban los gobiernos, imaginate un pibe de primer grado o un noviazgo de seis años, todo un récord. Encima yo no tengo hijos y ella tiene tres, al último todavía no lo parió.

Dormimos juntas hasta que ella se fue de casa, cuando tenía 23. A pesar de que, por épocas, la diferencia de edad nos hacía enemigas mortales, desde chiquitas tuvimos una buena relación y yo siempre quise ser, más que su hermana, su amiga. Nos mudamos diez veces, pero el último departamento de la calle Rivera es, en nuestra historia familiar de alquileres esporádicos y garantías falsas, nuestra verdadera casa, el único lugar al que le decimos casa cuando contamos cosas del pasado. Teníamos las dos camas, una pegada a la otra, un mueble blanco lleno de sus cosas del colegio y fotos y grasadas, y ella un día trajo un teléfono chiquito y transparente para colgar en la pared, con el cable bien largo, con el que reventábamos las cuentas de la familia hablando pavadas con amiguitas, incluso cuando nuestros papás empezaron a ponerle candado.

A medida que fui creciendo fueron apareciendo nuestras diferencias. A mis 14 años, ya no me convencía escuchar a Bryan Adams, o a Mariah Carey o a Silvina Garré. Así que, tuve que avanzar por mi cuenta en el camino de darle satisfacción a los gustos musicales. En la pared de la cabecera de las dos camas, de golpe, habíamos iniciado una guerra. De su lado, había algunas fotos de los chicos lindos de la época, como Rob Lowe. Alguna foto con amigas. Una de la perra, Hita. Del mío, había nefastos collages de rock que me armaba con las páginas de las revistas. Las pegábamos a la pared con cinta scotch y mi mamá siempre se estaba quejando porque cuando nos tuviéramos que mudar -era obvio, para ella, que así sería- íbamos a tener que pintar todo de blanco.

Pero el tiempo hizo lo suyo y cada una levantó su estructura musical a su estilo. Cuando pienso en influencias, me gusta viajar en el tiempo hasta esa época en la que le revisaba los discos para encontrar algo que me conmoviera. Así entendí que ella escuchaba mujeres porque eran sus maestras involuntarias en su pasión por aprender a cantar. Mujeres con la capacidad de pegar un grito del espacio y desarmarte en partículas al instante, o de susurrar un lamento y partirte los huesos como si fueran yuyos secos. Así canta mi hermana. Así es como conozco todas las canciones de Aretha Franklin y de Etta James. Me sé, además, de memoria la obra completa de Los Miserables y las siete versiones que Four Non Blondes hizo de su one hit wonder Whats up. Con arreglos y todos los coros.

Con su mejor sueldo, mi hermana compró una bandeja negra de cinco discos, que enchufó a un amplificador y a dos parlantes majestuosos. Era toda una aventura darle play sin saber qué había adentro. Podía pasar cualquier cosa: un tema de Moris pegado a uno de Celine Dion, uno de Los Piojos antes de uno del musical Rent, uno de los Redondos y atrás mi hermana diciéndome que las canciones de los Redondos hablan todas de droga. Para ese entonces, yo tenía solo cinco CDs y ocho cajas de zapatillas Toppers llenas de cassettes grabados. De los cinco discos, Luzbelito era mi preferido porque era el primero que tenía en los dos formatos. Darle play pausa play rewind pausa play anotar la letra y la nota en una hoja y darle pausa otra vez para seguir así hasta el infinito, era mi pasatiempo adolescente. Lustré ese disco todos los viernes durante años, limpié ese círculo plateado con la delicadeza de una geisha tantas veces que no entiendo cómo yo misma no le saqué hongos.

Una tarde, volví corriendo del colegio, desesperada por cantar a los gritos Cruz Diablo. Revolví mis cosas y no lo encontré. Abrí la bandeja y tampoco lo vi entre los discos que reposaban listos para girar. Estaba sola. No había celulares. Andá a saber dónde estaba mi hermana. Agarré la pila de discos suyos y los tiré sobre mi cama. Agarré los míos y empecé a abrir las cajitas, una por una, con la esperanza de que estuviera intercambiado por error. No aparecía. Cuando volví a ver a mi hermana, dos días después, me dijo que, efectivamente, le había prestado un disco de Gloria Estefan a una amiga, y que mi Luzbelito estaba adentro. Sin querer, sin querer. Y que se había peleado para siempre con su amiga así que no se lo pensaba pedir. Lloré y le escupí un rap de puteadas dignas del mejor conurbano. Mi cajita vacía de los Redondos se convirtió en obsesión: no tenía amigos que escucharan esa banda ni que tuvieran amigos que escucharan esa banda, no tenía Internet para bajarme el disco ni grooveshark para escucharlo cuando quisiera ni plata para correr a una disquería de Cabildo y comprarme otro. Cuando la psicóloga me pregunta cuál fue la primera vez que me partieron el corazón yo no puedo evitar recordar esta escena.

Pasaron dos años, como me sabía el disco de memoria, me dediqué a comprar más casetes con temas inéditos. Aparecieron bandas nuevas en mi camino y me volví a enamorar. Fui perdiendo el entusiasmo de un reencuentro posible con Luzbelito, hasta que el día menos pensado, sola en mi cuarto, con el aburrimiento que arrastran las tardes adolescentes, escuché música en el pasillo del edificio. Tuve que bajar el volúmen de la mía para escuchar mejor. Reconocí un par de acordes y salí corriendo, con las llaves en la mano, a recorrer los siete pisos para descubrir de dónde venía. El núcleo del sonido estaba, al fin, en el segundo piso. La acústica de las baldosas de cerámica hacía que la música retumbara como en la mejor iglesia. No tenía la menor idea de quién vivía ahí. Mi único vecino joven estaba en el último piso y sólo escuchaba fútbol. Decidí acurrucarme en las escaleras y simplemente escuchar. No me levanté cuando se apagaron las luces automáticas. Luzbelito iba soltando sus canciones y yo las iba cantando todas como si fueran mantras revitalizantes. ¡Qué ganas de abrazarme con alguien que tuve! Me fui cuando el disco terminó.

No se lo conté a nadie, especialmente, porque me daba vergüenza reconocer que no tenía el valor de tocarle el timbre y pedirle prestado el disco a quien fuera. Y porque me parecía algo de loca confesar que me pasé los siguientes meses echada sobre las escaleras del segundo piso cada vez que escuchaba que Luzbelito empezaba a sacudir el edificio. Hasta que un día, no sé si habré estado demasiado perdida en esas canciones o qué, pero la puerta del departamento se abrió de repente, y las luces del pasillo se encendieron cumpliendo con su sistemita automático. ¿Qué hacés acá?, me preguntó un hombre grande, tendría más de cuarenta años y todavía no me parecían tan cercanos; estaba en bermudas y remera, y un nenito que le llegaba a las rodillas se le asomaba por detrás. Me quedé dura durante unos segundos, el tipo abrió más la puerta y me preguntó si me sentía bien. Yo tartamudeé porque no sabía cómo explicarle que me estaba salvando la vida.

No recuerdo cómo se dieron las cosas, pero al final se lo dije. Le conté todo, a él y a su hijo, mientras tomábamos la merienda en el living de su casa. Me miraba con ojos de compasión y un poco de superado, hasta que me invitó a volver en dos días. No me dijo para qué y tampoco le pregunté. En mi casa, jamás supieron de mi amistad clandestina con el vecino y su hijito. Si nos cruzábamos frente a otros, nunca nos extendíamos en hablar de nada. Él tampoco se lo comentó a mis papás. Luzbelito siguió perdido en la discoteca de la ex amiga de mi hermana, camuflado en una caja de Gloria Estefan. O tal vez tiraron esa porquería y la encontró algún otro distraído. Entre mis discos, recuperó su lugar cinco años después, por la gestión de un novio romántico. Ya no tengo bandeja y dejo que se acumule el polvo entre la pila de cajitas más de lo que debería. Pero conservo en el primer cajón de mi escritorio algo mucho mejor.

Por un ataque de timidez extrema, no volví al segundo piso a los dos días. Si tenía que salir a la calle, me aseguraba de no cruzarme al vecino ni de casualidad. Me animé a tocarle el timbre una semana más tarde. Nadie atendió. Del otro lado de la puerta aguardaba un silencio sospechoso. Intenté mirar por la ranura y vi la luz de la tarde desparramada sin obstáculos por el living vacío. Me prendí del timbre sin pudor, una, dos, tres veces. Nada. Empecé a transpirar, sentí cómo la culpa me iba aflojando las piernas. Me odié por saberme tan cobarde y le pegué a la puerta como si me estuviera pegando a mí. De repente, vi subir las escaleras, corriendo, a la encargada. ¿Qué pasó?, me gritaba en la cara y otra vez no supe qué contestar. Respiré hondo y pregunté por el vecino. Me dijo que se había mudado el fin de semana y que en el departamento no vivía nadie más. Una bola de angustia me cerró la garganta. La encargada me pedía explicaciones. Y como si alguien me hubiera dado play a mí, empecé a rogarle que tenía que encontrarlo, que era urgente, que por favor, él tiene algo mío y me lo tiene que dar, es muy valioso, por favor, por favor, me lo tiene que dar, es mío, me lo tiene que dar, no paraba de repetir yo, mientras me ahogaba en lágrimas, como si fuera cierto. La encargada se tocó el bolsillo de arriba del guardapolvo celeste y me dijo pará. Debe ser esto, me dijo después, y sacó unas llaves y abrió la puerta y la luz me dio directo en los ojos vidriosos y la encargada fue a la cocina y trajo una bolsa y debe ser esto, me dijo. Tres casetes grabados de Pescado Rabioso, Jorge Pinchevsky, The Clash, Manal y los Beatles. Y uno de 120 en el que me grabó Luzbelito solo, creo que dos veces, o las que entraban hasta que se acabara la cinta. La última vuelta está cortado. Todavía suena muy bien.

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