Historias sin punto final
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#21 · De chorros, trenes y desayunos

Por Dany Jiménez

Creo que fue a comienzos de 1979 que mis viejos decidieron una jugada importante, que para ellos fue un ejercicio de liberación (y que entendería varios años después) y para mí, como hijo único, una nueva aventura, aunque más tarde ayudaría a definir mi identidad: los tres nos mudábamos del porteño barrio de Almagro a un extraño paraje que ya por aquellos tiempos era Gregorio de Laferrere y que aún hoy considero tiene otro huso horario.

Pero no hay un elemento revelador o un argumento místico en la movida. Dejamos una austera casa de alquiler cerca del Hospital Rivadavia y nos fuimos a un caserón de fondo extenso, bien del conurbano, que habían podido comprar con un crédito bancario que cancelarían allá por 1984. Día que la vi llorar a mi vieja por primera vez en medio de la Plaza de Mayo, al salir del banco con la escritura arrugada en la cartera.  Para ellos era el sueño de la casa propia. Un progreso. Una sonrisa sanadora en medio de una vida de tragedias familiares que dejaré para otro momento.

Aunque ya era un niño de ocho años inquieto, que se acomodaba lentamente al ritmo del Gran Buenos Aires, viajaba semanalmente una hora en el 88 al conventillo de la calle Loria, donde nací, a visitar a mi Tía Nenina, hermana de mi mamá, que vivía todavía allí con su hijo Julito. Un loquito hermoso que cometió el pecado de creer que podía acariciar la belleza y se subió a un buque pesquero a recorrer el mundo y se fue antes de los cuarenta a manos del SIDA.

Y los amigos de Julito eran unos fumones amantes del rock nacional y adherentes al PI (el recordado Partido Intransigente del Bisonte Oscar Alende) que se juntaban a escuchar discos en la casa de un tal Fabián que vivía frente al conventillo. Ahí lo vi por primera vez. Y, como muchos, ingresé e Breakfast in America inevitablemente por la portada: una camarera entrada en kilos (que supone la Estatua de la Libertad y de hecho se llama “Libby”) sonríe, mientras sostiene en una mano una pequeña bandeja con un vaso de jugo de naranja y el menú de un bar –con el nombre del disco– en la otra. Detrás, aparece la ciudad de Nueva York hecha con cajas de cereales y un SUPERTRAMP esfumado en la parte superior. Imposible olvidarla.

Con unos gigantescos auriculares Pioneer y sentado solo en el sofá de Fabián (con los años entendí que mi soledad se debía a que se iban a fumar porro a la terraza y regresaban sonrientes y cariñosos) me maté varios sábados seguidos con el vinilo de Breakfast in America; una y otra vez. De principio a fin. Y me enamoré de las canciones. Todas. Hasta que las visitas al conventillo mermaron. Fabián se rajó a Brasil de apuro y yo me empecé a convertir en un amante de la música como jamás imaginé, si bien estaba a kilómetros de una fuente cercana de recursos.

Pero lo que en realidad extrañaba era el disco de Supertramp. Necesitaba la cadencia vodevilesca inicial de “The logical song”, la dulzura de Rick Davies en “Oh Darling” (que increíblemente nadie nunca relacionó con el tema de los Beatles), la luminosidad de “Goodbye stranger” y la suave y firme voz de Roger Hodgson en “Child of visión”. Aunque había un par de problemas: yo era un nene de diez años sin dinero ni idea de cómo funcionaba el planeta. Y mis viejos estaban tan lejos de la música pop como un esquimal de Negroponte. Entonces comencé mi campaña de desgaste. Me cruzaba con mi mamá en la cocina y le hacía el gesto de la camarera de la tapa. Sonreía y levantaba estúpidamente una mano con un vaso de jugo. Después empecé a dejarle papelitos con el nombre del disco dentro del horno o entre los perfumes del baño. Y así estuve un buen tiempo, para siempre recibir como respuesta un desconcertante “¿qué querés, hijo?”, que desarmaba cualquier ataque posterior. Hasta que me di por vencido.

Diez años después de todo aquello, la vida me encontró ya recibido de Perito Mercantil (algo que hasta el día de hoy sigo sin saber qué es) y en mis primeras vacaciones sin mis padres. Un par de semanas en un camping de Mar de Ajó con dos compañeros de quinto año de la secundaria no era una llamada a la adrenalina, pero para un adolescente con ganas de beberse el universo no dejaba de ser un buen plan. La libertad siempre ha sido un buen plan.

Pasamos quince días muy divertidos donde aprendí a respetar la bebida y a gustar de los besos que dejan marcas, sin el cepo del horario o la policía del aseo cerca. Durante las noches de fogón cada tanto me llegaba una guitarra y me animaba con la primera estrofa de “Lord, is it mine”, que aún hoy me emociona al tocarla. No tanto por el tamaño de la canción (es la balada certera de Breakfast in America) sino por lo parecida que me sonaba. Pensarme un segundo como Davies o Hodgson no dejaba de ruborizarme como un tonto en silencio. Hasta que venía un pirata del asfalto con una cerveza y un tema de los Redondos y adiós al esbozo de folk progresivo.

La tarde de la partida tomamos un micro hasta Dolores, donde debíamos abordar el tren de regreso a Buenos Aires cerca de la medianoche. Al llegar a la estación nos madrugamos que el próximo tren a Constitución salía a las 8:30 de la mañana. Había que pernoctar ahí. Entre el temor a ser robados y el lógico cagazo de tres pibes que no habían salido de la seguridad de su barrio, nos tiramos al piso con las mochilas de almohada, montamos guardia y apenas dormimos una hora. Un ojo abierto, otro cerrado. Hasta que amaneció. Con la luz del sol nos animamos a asomar la cabeza después de una noche muy fría y nos pusimos de pie. Y entonces aparecieron.

La calma de la mañana de sábado en el campo se vio interrumpida por una frenada brusca. En la puerta de la estación, un jeep acababa de aparcar y de milagro no llevarse puestos un par de maceteros grandes. Era imposible no notarlo ya que además era el único auto estacionado en todo el lugar. Y naranja.

De él descendieron dos tipos de unos 35 o 40 años que parecían apurados. Llevaban puesta la clase de prendas que uno no tiene juntas en su placard. Es decir, una campera de cuero, una camisa de vestir, una gorra de beisbol y unos pantalones de jean. Había cosas que no concordaban. Me acerqué torpemente simulando fumar un cigarrillo y noté que en los asientos del jeep había más ropa, unas diez cajas apiladas y varios pares de zapatillas muy caras sueltas en el piso, además de notar rastros de vómito en los pantalones y los sacos de los dos visitantes. No había dudas. Se trataba de dos chorros que venían en pleno raid delictivo y que (no se necesitaba ser un genio para saberlo) habían azotado unas cuantas casas de la Costa Atlántica. Aceleradamente empezaron a descargar las cosas para subirlas al andén en cuanto llegará el tren, sin molestarse nunca en abrazar la discreción. Entonces los oí recriminarse entre sí por algo que había pasado en Pinamar y que tenían como primera parada Constitución, y de ahí a… ¡Laferrere! Bingo.

Mis dos compañeros y yo permanecimos dentro de la estación, cerca de la pared, para no cruzar miradas ni molestar su operativo de traslado. Y aunque juro que lo evité, no pude dejar de quitarle los ojos al que llevaba la última caja. Por el esfuerzo que hacía se trataba de algo muy pesado y le costaba moverla. Entonces dio unos pasos por el salón hasta que la caja cedió y se abrió por abajo, cayendo al piso una docena de cassettes. Robados. Quizá involuntariamente y al notar su clara inutilidad, me acerqué a él y lo ayudé a juntarlos y meterlos en la caja, sin tratar de mirarlo a los ojos o realizar algo que resultara sospechoso. Le di la espalda rápido para volver a la pared junto a mi mochila, cuando me dijo: “Vieja, vení”. Volteé y el chorro me hizo un gesto con la mano. “Vieja, vení… elegite uno”. Confundido por la oferta, avancé despacio y pregunté temeroso: “¿Cómo…?”. Señaló con la cabeza hacia abajo y repitió: “Elegite uno”. Reconozco que la situación era extraña, poco convencional. Y que tal vez debería haber agradecido con la cabeza y negarme a semejante acto de corrupción delictual. Pero la música ya formaba parte de mis días y la sola idea de poder sumar un cassette más a mi otrora orgullosa colección de unos 150, silenciaba mi sistema de moral. “Bueno”, le solté, y me asomé a la caja. Adentro había centenares de cassettes, desordenados, de todo tipo de artistas: clásicos de Mozart, Charly García, Yes, los Stones, Duran Duran, Eric Clapton y hasta una serie de importados de música disco sin abrir. Pero hubo uno que acaparó toda mi atención.

En la cima, sobre todos los demás, con la portada hacia arriba y como si alguien lo hubiera colocado en una vidriera, Breakfast en America. Allí estaba la gordita simpática de la tapa elevando su gracioso vaso de jugo de naranja en plena estación de trenes de Dolores, en medio de un robo de verano con destino al tercer cordón del conurbano.

“Este”, dije y metí la mano. “Listo, nos vemos”, me tiró sin mirarme y siguió empujando la caja hasta que apareció su secuaz y entre los dos la cargaron hasta al andén. Confieso que no pensé ni por un segundo en el pobre dueño del disco, que tal vez en ese momento estuviera peleando por su vida en algún hospital de Pinamar. Evité hacerlo. En cambio, no dejé de examinar la famélica lámina interior del cassette hasta que arribamos a Constitución. El nombre de los temas (en inglés y en español), el del productor (Peter Henderson), la fecha de edición (marzo de 1979) y no mucho más. Pero yo estaba feliz. Había esperado casi una década para tener ese disco. Ahora era mío y lo podía escuchar cuando quisiera. Y jugar armónicamente con el contrapunto vocal de Hodgson y Davies en “Goodbye stranger” y elevarme hasta el orgasmo con el magnífico y diáfano comienzo de “Gone Hollywood”. Recuerdo pocos viajes en mi vida que me hicieran sentir tan poseedor de algo tan vital para mi existencia como aquel.

Cuatro años más tarde, con 22, tuve mi primer roce con los medios al aceptar con la prepotencia de un periodista aún imberbe un contrato chino con Editorial Perfil para trabajar como fotógrafo de las primeras ediciones de la Revista Caras. Empleo que después de haber estado apostado todo un invierno desde las 5 de la mañana hasta las doce del mediodía en el aeropuerto de Ezeiza, a la caza de personalidades con una mini cámara vergonzosa, una tarde se terminó. Y lo que más extrañé de aquel primer conchabo serio, que más que una oportunidad era un suplicio, fueron los viajes en colectivo. Me levantaba en la casa de mis viejos, en Laferrere, a las 3:30 de la madrugada y me tomaba tres bondis para llegar al aeropuerto. Una locura total que hoy no haría ni bajo punta de pistola.

Y cuando conseguía sentarme ponía play en mi walkman gris y salía “Take the long way home”. Pocas veces una canción se asemejó tanto al amanecer del obrero. A las primeras luces del día, al bautismo milagroso del alba, a la bendición de las semillas en el campo verde y fértil. Aún recuerdo el brillo del primer sol pegándome en la cara por la ventana y puedo sentir esa armónica recién levantada acariciándome contra el vidrio, semi-dormido, un poco congelado y entrecerrando los ojos.

Dos décadas más tarde de aquel extraño incidente en Dolores, el periodismo y la música me dieron una profesión y ayudaron a cumplir algunos de mis sueños de adolescente: logré tocar en Obras (lo hice con Kapanga en 2011) y desarrollé mi carrera profesional en los medios que alguna vez deseé, donde compartí pluma con periodistas, escritores y lúcidos cronistas de la realidad como Oscar Jalil, Claudio Kleiman, Osvaldo Bayer, Pablo Plotkin, Alfredo Rosso y muchos otros a quienes admiro en silencio.

Hasta que en abril de 2008, cuando creía que ya que todos los círculos estaban cerrados, me avisan de Página12, diario para el que escribía en aquel tiempo, que tenía una entrevista telefónica con Roger Hodgson. El cantante de Supertramp se presentaba en Argentina, y como yo hacía gran parte de las notas en inglés para el Suplemento No, me la dieron. No puedo negar que al enterarme me corrió un frío muy particular por la espalda. Iba a hablar con uno de los tipos que me calentó el alma aún en los momentos más tranquilos y al mismo tiempo me llevó a ser cómplice no interesado del único robo que participé en mi vida.

Esperé la llamada nerviosamente hasta que nos conectaron. Y no pude evitar, antes de empezar con las preguntas, contarle de forma breve mi particular historia con Breakfast in America. Al terminar, se hizo un silencio breve en la línea, hasta que Roger musitó muy dulcemente: “Oh… what a sweet story… No one ever told me something like that… thank you very much”.

Para ser sincero, no guardo detalles de la nota. De hecho, ni siquiera fue publicada. Se fue a ese remoto lugar desconocido donde yacen las crónicas jamás aparecidas y el amor no correspondido. Y supongo que está bien. Hasta que quizá me encuentre en unos años a un envejecido Rick Davies desayunando en la mesa de al lado en un parador misionero, en pleno enero, al pie de las Cataratas del Iguazú.

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