Historias sin punto final
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#24 · Discos Sexys

Por Tomás Gorrini

 

La charla estaba pautada a las cinco de la tarde en un modesto bar del pintoresco barrio de Florida. Es inimaginable que un lugar de casas bajas, vecinas barriendo las hojas que caen de los incontables árboles que emergen uno al lado del otro, esté a diez cuadras de La Panamericana, una de las avenidas más bulliciosas y transitadas del país. Allí, el único ruido que vibra es el viento.

“Dale, uno de esos, por favor”, se superpone al último aliento del mozo que se acerca para ofrecernos un licuado a base de jugo de naranja y frutos del bosque. Clemente Cancela no repara que es invierno y deja el cortado en jarrito para los cagones, para mí. Pide algo para la cabeza, “no sé, boludo, me está matando” y rápidamente se mete en aquel disco de Kiss que le había llamado la atención en una disquería de la galería París, en Caballito: “La música me vino por imágenes y la que más recuerdo es la de la tapa del disco Desenmascarado (Unmasked), porque era una historieta. Más de grande empecé a escuchar a Kiss, pero ese disco me quedó por sus dibujos”. El licuado rojizo acababa de llegar, mientras intentaba recordar el primer disco que recibió: “El primero que llega a mis manos es el de la banda de sonido de la película de los Cazafantasmas. Después, cuando tomé la comunión en 1987, pedí un radiograbador y el casete de Europe: La cuenta regresiva (The final countdown), que ya era rock rock. Yo te avisé de los Cadillacs, True blue de Madonna.  Ahí empecé a querer la música”. Todos nos acordamos del primero. El mío fue Circo Beat, de Fito Páez. Creo que, también, fue un regalo. No lo tengo bien presente, pero sé que fue ese. Y uno está orgulloso de haberlo pedido, comprado o robado, más allá de lo que luego disparen los parlantes.

La charla se distendía y los recuerdos se volcaban arriba de la mesa. El ejercicio de hacer memoria, muchas veces, nos avergüenza. Resulta inevitable olvidar los peinados que nos hacían nuestras viejas, la ropa que elegíamos con la mejor dedicación, los programas de televisión que paralizaban nuestras vidas, las ridículas películas que mirábamos una y otra vez. ¿O acaso alguien creció viendo a Fellini?

–¿Cuáles son las bandas que te marcaron hasta el día de hoy?

–Mi primer gran fanatismo fue Depeche Mode. Al día de hoy lo sigo manteniendo. En ese momento sabía que había una banda que se llamaba Sumo, pero no lo tenía muy en claro. Pero a Depeche lo descubrí a tiempo. Con los Doors me volví loco, pero un compañero de colegio me prestó un casete de hits de bandas que la estaban pegando en ese momento y ahí escuché por primera vez a Pearl Jam, Nirvana, Red Hot Chilli Peppers. Y me volví realmente loco. A su vez, yo iba al club Ferro y todos los pibes de ahí escuchaban a los Rolling Stones, entonces ya los tenía calado

–¿Cómo era ser adolescente en los noventa?

–La década del noventa fue el mejor momento para escuchar las bandas que venían a la Argentina. Desde los Stones, pasando por los Ramones, hasta los Guns N´ Roses. Me llevaron, también, a querer tocar, y con los chicos del barrio armamos una banda: Los Curanderos. Yo tocaba el bajo y hacíamos música de acá, Fun People y Los Brujos; y hip-hop. Tocábamos en varios lugares que ya no existen: Teatro Del Plata, Heaven & Hell. Después, de más grande, me junté con un amigo y hacíamos música tipo Smushing Pumpkins. Nos llamábamos I Love You. Y después dejé. Me dí cuenta que mi camino con la música iba por otro lado.

–¿Cómo vivías el fenómeno Redondos-Soda Stereo?

–No le daba mucha cabida a las bandas que eran demasiado grandes. Me gustaba ir a lugares chicos. Iba mucho a Cemento. Encontraba mucho mejor plan ir con un par de amigos, tomarme el 103 o el 2, llegar a Cemento, y volver a pata. Eso para mí era una excursión increíble.

–¿Tenés algún disco que te haya acompañado a lo largo de tu vida?

–Tengo varios; los dos primeros de Fun People sin dudas: Anesthesia y Kum Kum. Trance Zomba de Babasónicos, también. Fun People era como una escuela de vida. El otro día fui a la marcha de Ni Una Menos y pensaba: yo vengo acá por una conciencia que se me despertó gracias a Fun People. No me la enseñaron en el colegio. Me la enseñó el rock. Los tipos ya tenían una postura muy clara sobre los derechos de la mujer, sobre la elección de tu propio cuerpo. Me acuerdo hasta el detalle que en el pogo, el cantante pedía que el tipo grandote no le pegue a los más chicos. Yo ahí encontraba un lugar dónde identificarme. En la escuela, el más poronga era el que jugaba mejor a la pelota. Tengo otros discos que los escucho hasta el día de hoy, y me transportan a momentos de mi vida en que seguro algo me pasaba. ¿Qué?, no tengo la más puta idea, pero algo me pasaba: Never Mind de Nirvana, Ten de Pearl Jam y el Álbum Blanco de los Beatles.

–¿Qué te significan los discos como objeto?

C: Un recuerdo gigante. Hace un tiempo quise deshacerme de muchos, pero hay algunos que quiero conservar. No sé cuantos debo tener; con cinco años de radio recibí muchísimos, es como un sueño cumplido. El objeto me conecta con un momento. Es un viaje en el tiempo, es agarrarlo y volar hasta ahí. El disco de la banda de sonido de Pulp Fiction, por ejemplo, me lleva inmediatamente al cine Trocadero.

Clemente hace Gente Sexy, su programa de radio desde hace cinco años, hoy en Rock & Pop. La carga de llevar el slogan más pesado de la radiofonía argentina por 30 años no le pesa, sino que la disfruta: donde el rock vive.

–¿Sos conciente del lugar en dónde estás trabajando?

–Sí, obvio. Yo trato de transmitir un poco el amor por la música y la curiosidad. Me gustaría que la gente escuche la música sin prejuicios, más allá de la radio o de quién hace el programa. Me parece que es el mejor mensaje, porque si escuchas con prejuicios, te perdés de muchas cosas.

–Si tu vida fuera un programa de radio: ¿qué tema elegirías para la apertura, el desarrollo y el cierre?

–Uy, qué hijo de puta. ¡Qué hijo de puuuta! A ver, dejame pensar. Para la apertura pondría Enjoy the silence, de Depeche Mode. Atravesaría el programa, mi vida, por Estranged, de Guns N´Roses y Boxing Bear, de Fun People. Y el final, ya me mataste hijo de puta, Runaway, de Kanye West.

El licuado llegaba a la parte más angosta de esos copones de moda. El cortado había desaparecido hace rato y la soda también. Aquel mozo ya no pasaba más, sólo levantaba los restos de conversaciones que fueron. La charla no necesitaba más preguntas. Una foto y volver a casa. Pero necesitaba saber una cosa más sobre discos. Por lo menos cinco; cinco que Clemente Cancela se llevaría hasta el fin del mundo: Kum Kum, Infame, III Communication, Álbum Blanco y Greatest Hits Vol. 1, de Queen.

Búsquenlos. Son insoportablemente sexys.

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