Historias sin punto final
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#27 · La gota en el ojo

por Tomás Gorrini / Cristian Maluini

Pianos, violines y bandoneones enfrentan sus nostalgias a través de deliciosas piezas tangueras de colección. La confitería tiene decorado retro, música de Buenos Aires y un tano de expresiones grandilocuentes como actor protagónico en un rincón. Todo Mundo está frente a la plaza San Telmo. Es viernes y hace mucho frío.

Escoltado por Chaplin y Cortázar, Andrea Prodan se entusiasma cuando recupera elementos útiles para contar su historia, la que constituyó este personaje entrañable que lleva puesto un pullover tejido con sutileza artesanal y zapatitos negros de cordones gruesos, la del porteño por adopción que esa misma noche se escapa a su refugio cordobés para reencontrarse con la naturaleza y la del hombre que cierra los ojos y viaja al 22 de diciembre de 1987, cuando su hermano, un tal Luca, apareció tendido con “una sonrisa de buda”, según definió Ricardo Mollo, y Sumo se extinguió para siempre. A pesar del humor y la alegría que lo definen, no logra evitar emocionarse.

“La muerte de Luca me tomó totalmente por sorpresa. Estaba en Roma, en medio de una película que fue la más importante de mi vida, y lo más loco era que Virna Lisi hacía de mi madre. Obviamente, le regalé el disco de Sumo donde está la canción que le escribió mi hermano. Yo estaba en crisis, porque no estaba preparado para mi primer protagónico. El peso de la película, los productores y una actriz muy forra, que la fucking quería matar, me tenían muy mal, muy nervioso. Me retiré de la grabación y me dirigí hacia la habitación del hotel. Estaba enloqueciendo, pensaba que me iban a llevar a una clínica, me encontraba muy mal y no quería ver a nadie. En medio de esto, a eso de las once de la noche, sonó el teléfono y no quería atender. Sonaba y sonaba, hasta que sentí que tenía que contestar:

–Hola.                                                                                                                                                                                        –Hi, bro?

Era Luca. Hacía como tres meses que no hablábamos: che, ¿todo bíen? No, todo mal. Le quería contar lo que me estaba pasando. Yo tampoco estoy bien, me dijo. Y, para mí, eso fue absolutamente increíble. El siempre estaba bien, era el que ayudaba y escuchaba. Me comentó que estaba mal por algo de la banda, no quería salir más a tocar. Estaba muy cansado, y me preguntó cuándo nos podíamos ver. Y ahí le digo: mirá, vos sabés que estoy haciendo una película, tengo un contrato acá durante 16 semanas y esto recién empieza. Me es muy difícil viajar ahora y dice: no, no, no te estoy diciendo ahora, pero tenemos que vernos. Y le dije que iba a hacer lo imposible para viajar en navidad. Dale, después de la peli te venís. Cuelga. No sé bien por qué, pero tenía ganas de decirle: che, te amo. Pero mirá si le vas a decir te amo a un hermano mayor… andá a cagar.

Al otro día los directores me dieron el permiso para viajar a Argentina. Pasé por la casa de Susan Sarandom a visitar a su hija, que es mi ahijada. Me muestran unas fotos y suena el teléfono: “Andrea, Mikela”. “Qué hincha pelotas”, pensé. Atiendo y me dicen “Andrea, ven a casa”. Y yo la puta madre, se murió mi padre. Bajo, me supo a la Vespa, llego a mi casa, subo por las escaleras, entro y veo a mi papá y a mi mamá sentados. “Murió Luca”, dijo mi hermana.

 

¿Qué pensabas de él cuando llegó al país?

–Yo estaba preocupado. Solía mandarse muchas cagadas, odiaba los documentos, no pagaba impuestos, no pagaba cuentas, iba en auto sin tener registro de conducir, chocaba, era un personaje realmente libre pero un problema especialmente para la cultura británica, donde quieren que todos se porten muy bien. Luca era un vivo bárbaro, se hacía el inglés cuando quería, que lo hablaba perfecto, para obtener lo que quería y lo que necesitaba del estado. Después se zarpaba mal, era un tano vivo.

Era bien argentino…

–El argentino es más bohemio; Luca era más bohemio. El italiano era más facho y hoy sigue siendo muy facho. Así que cuando Luca se viene a Argentina estábamos todos preocupados por su futuro, acá no conocía a nadie excepto a Timmy, que era un amigo de la infancia. Por otro lado, nos relajamos un poco porque mis padres habían vivido un largo período de grandes preocupaciones que tenían que ver con las drogas y con la cárcel, mucho quilombo que Luca armaba. Mi hermana Mikela era muy generosa con él, intentaba ayudarlo, pero era difícil. Luca era muy cabeza dura, hacía lo que quería. Además era una persona muy orgánica, le encantaba usar las manos para hacer cosas, cocinar, no era un tipo que se duchaba todos los días, pero tampoco era sucio, era muy natural y fanático de los pájaros, sabía todo sobre los pájaros europeos, tenía libros, dibujaba, anotaba. En Córdoba encontró pájaros que no había visto en su vida, después empezó a embolarse, no sabía qué hacer.

¿Qué representaba Luca?

–Luca cae en Argentina como un asteroide, había sido atrapado en una especie de burbuja temporal muy poderosa y de miedo y todo lo que es una dictadura. Acá ya estaban acostumbrados a esa sensación de miedo donde la cabeza piensa una cosa y la boca tiene que decir otra, eso ocasionó un problema muy grande en el argentino, por eso tanto psicoanálisis. Por afuera tenés que decir una cosa y llega uno al que le chupa altamente un huevo todo eso, que se la re banca y dice lo que piensa, hasta de los músicos locales. Cuando algo no le cerraba lo decía y para los músicos no era placentero. Siempre fue así, pero acá se apoderó del rock.

¿Cuáles eran los discos que compartían?

Tocábamos el Álbum Blanco, de los Beatles, con instrumentos, éramos chicos. De grandes escuchábamos Iceland, de King Creamson, Unknown Pleasures, de Joy Division y London Calling, de The Clash.

¿Qué canción de Sumo te identifica?

–A mí siempre me encantó Night and day y después podría ir La gota en el ojo, esa simpleza absoluta, esos bajos de Arnedo… qué se yo, me gustan todos los temas. Hasta Hello Frank, que es una boludez, una improvisación absurda. Me recuerda a Luca, porque él era así, un improvisador. La mayoría de todas las letras las escribía así, en el acto, por eso Sumo está tan vivo, porque te das cuenta de que estaba pasando algo en el acto.

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