Historias sin punto final
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#8 · ¿Así que te querés hacer el forajido?

Por Leo Oyola

Amén de las películas de los dos Juanes, de esos westerns únicos en su especie que supieron hacer Ford y Wayne, de los spaghettis de Leone y Clint o del Kevin Costner que danza con lobos y que firma con sangre y pólvora un pacto de justicia; el far west para vos siempre va a ser la ele que forma el camino que recorrías una y otra vez de Casanova a Morón. Y de ahí, y en el Sarmiento, todas las estaciones hasta Moreno. En cada una de esas ciudades, en cada uno de de esos pueblos del Oeste, tenés por lo menos una anécdota. Sí, sí. No te hagas el otro. Porque cuando evocás, a la hora de escribir, tus historias siempre fueron gestadas allá. Así no recuerdes bien la noche o siesta en la que empezó el coqueteo con lo que vas a contar. Así te hayas olvidado la verdadera razón por la que arrancó el tiroteo.

Le escuchaste a esos primos tuyos, que tanto admirabas y que solamente en edad eran cinco minutos más grandes que vos, que se usaban botas tejanas porque aquel que se las calza no corre: se para, hace frente. Te gustó pensar en eso. Y mucho. La idea de pisar fuerte. Como la imagen de esa publicidad de las botas JR en San Justo. La misma en la marquesina del local en donde estaba esa zapatería y la misma en cada una de sus bolsas: unas tejanas aplastando una serpiente de cascabel todavía viva con los colmillos y la maldad afuera más la impotencia del bicho de no poderse mover para escaparse o intentar hincar esos dientes tan filosos como ponzoñosos.

Tuviste solo dos pares de botas en tu vida. Ninguna de las dos las compraste en JR. Las primeras fueron de un marrón más bien tirando a anaranjado. De ese tan familiar color naranja propio de los ladrillos huecos. Te encantaba lustrarlas con pomada Cobra, neutra. Hacerlas brillar. Y, al amanecer y entre el cantar de los gorriones, volver de bailar en patios o en lozas que se estaban haciendo, ahí en donde se improvisaban las jodas en tu barrio; con las tejanas cubiertas de polvo. Del polvillo que sacaban literalmente de los contrapisos pateando rocanrol. Pateando rock de pasillo. Te duraron mucho ese par… ¿o no? Poco, si lo pensás con tu edad actual. Pero en ese momento te acompañaron bastante. Cuando los tacos, las suelas y el zapatero dijeron basta; en un viaje al Paraguay encontraste a tus nuevas compañeras en el Mercado Cuatro de Asunción. Costaron sus buenos guaraníes. Negras azabaches. Con dibujos en hilo blanco y punteras de plata. Ni bien te las calzaste te supiste el Patrick Swayse del Barrio Los Pinos. Y le fuiste infiel a tu lugar yendo un par de veces a SEM a bailar lento americano, a jugarla de visitante demostrando tu dirty dancing. Pero no había caso. Una y otra vez necesitaste volver al pago, volver al Yesi, volver al Jesse James.

En casete, tu banda –tus primos, ¿cuándo no?– te hicieron escuchar la canción con la que sabían arrancar la joda en el boliche. Más que un error en la traducción era un cambio adrede para alentar aún más la pertenencia de toda La Matanza ahí adentro: en días en los que los temas extranjeros se presentaban en nuestro idioma, el disc jockey la anunciaba como La chica del Yesi mientras Rick Springfield se ponía a contarles de un amigo y de la novia de este amigo. Nunca estuviste en el Jesse James cuando sonaba esa canción. Pero lo anhelaste tanto que pensás que así fue. Y más de una vez. Tu himno, sin embargo, te hace más justicia ahora. Y no solo por lo que te tocó en su momento. Sino por lo que te vino después. Puede que el título sea más directo. Para nada metafórico. Una sentencia y un piropo. Puede que el como se llamaban ya se empezaran a pronunciar en la radio y entre los oyentes en el inglés de su idioma original. Para cuando vos y tus tejanas entraban pisando fuerte en República de Portugal al 3172; la bienvenida, la noche y la joda te la daba Cher y su Como Jesse James.

¡Dios!

Esa mujer te estaba diciendo/les estaba diciendo: forajido/forajidos.

Honey, are you lookin’ for some trouble tonight? Well, all right…

Y a vos te hacía sonreír y hasta guiñarle un ojo.

A Cher.

Al cielo de Isidro Casanova.

Y a la que fuera ese sábado la más linda del baile.

Sabías poco de bandas. Solo nombres. De grupos y de canciones. Te faltaba vivir una vida para que llegara la discografía completa de Springsteen y de Neil Young. De los Heartbreakers tenías en esa época, solo en singular y encima tampoco era de ellos, el Rompecorazón que interpretaba Johnny Rivers; todavía uno de tus temas favoritos. Mucha Creedence, muchos Rollings… y Máicol.  Y de los Beatles más que su música el único dato que retenías era que se habían separado cuando Lennon se enamoró de Yoko Ono. Y que a John lo mataron el día que terminaste primer grado y que pasaste a segundo. Que tu mamá se enteró por la tele y que lloró. ¡Cómo lloró tu mamá! Cuando tu papá esa tarde volvió del laburo, se le notaba que también estaba triste. No se dijeron nada, se abrazaron y ella volvió a llorar. Lo que te dolía y aún te duele -más cuando las causaste vos- ver lágrimas en esos ojos tan bonitos que tiene tu vieja.

Querías aprender. De música. ¿O más bien chusmear? Como esas vecinas cuchicheando en las veredas. O esos vecinos haciéndose los boludos mientras paran la oreja: los denominados “huevos de heladera” porque siempre están parados en la puerta. Curiosidad y punto. Por eso en el secundario le pedías prestadas en los recreos esas revistas que compraban tus compañeras. La Pelo y la 2/20 Rocks. Ahí leíste una vez de Cher. Mucho antes de que la escucharas pasada la medianoche y más cerca de la una de la mañana en el Yesi. Leíste sobre Cher sin todavía conocerla. Y en esas páginas la presentaban como la Yoko Ono de los Bon Jovi. Que ella estaba en pareja con el guitarrista de la banda, Richie Sambora. Y que desde que se habían flechado había fricciones entre él y el cantante, Jon Bon Jovi. Y que New Jersey podría ser el último disco de la banda. Que Sambora estaba metiéndole todas las pilas al disco de su chica y a su primer álbum solista: Forastero en esta ciudad. Y que Bon Jovi, la voz de Bon Jovi, andaba laburando en la banda de sonido de una película: Llamarada de gloria.

Viste con tu papá y tu hermano en VHS Llamarada de gloria. Porque era una de pistoleros. Y porque a los Oyola siempre les gustaron las de pistoleros. A tu viejo mucho no le convencieron estos muchachos… Será porque no la vieron en el cine –habían cerrado recientemente sus puertas el Sele en Camino de Cintura y las tres salas en el centro de Morón y las dos de Ramos Mejía– y él mucha paciencia no le tenía a la videocasetera. Habrá sido por eso. O porque tu viejo ya era por lo menos quince años mayor que los protagonistas. Y envejecer no le cabía ni ahí. Habrá sido por eso. Pero para el Freduli y para vos la banda del Billy The Kid de esta película eran ROCK. Y eran ustedes. Y eran de allá y de otra época pero también eran ese ahora y Casanova. ¿Emilio Estévez y Lou Diamond Phillips? Bien matanceros, carajo. ¿Kiefer Sutherland? Por ser rubio, no tanto. Pero por sus códigos, absolutamente. ¿Y Christian Slater? Conocieron a muchos Christians Slaters en Los Pinos. Como a bastantes Balthazars Gettys: pendejos demasiados jóvenes para morir. O ese otro personaje, el de Alan Ruck, que durante toda la historia quiere un apodo. Y que le explican que tiene que ganárselo. Y que cuando finalmente lo bautizan lo rechaza para conservar su nombre y apellido de siempre. Porque fue demasiado alto el costo que tuvo y que tuvieron que pagar por ese apodo.

Si.

Bon Jovi, la banda, aparentemente se separaba. Jon Bon Bovi, el cantante del grupo, hacía un temazo para una película que acá iban a titular como el nombre de su canción. Mientras Richie Sambora, el guitarrista de Bon Jovi, le componía para su mujer una de las marchas de Casanova.

Pero antes… antes habían hecho juntos New Jersey.

Y mucho más también.

Allá en tu barrio había un botellero que a su caballo le había puesto de nombre Bon Jovi. Porque decía que el equino tenía mal carácter y que a veces a mitad del recorrido se empacaba y no quería caminar. Y eso que él era muy cariñoso y agradecido con su caballo. Y que más que considerarlo un compañero de trabajo lo trataba como si fuera familia. Que el animal era un presumido. Y que por esa actitud se llamaba Bon Jovi: porque cuando se quedaba firme en la calle sin avanzar, el botellero se bajaba del carro y riendas en mano lo retaba como si fuera un locutor frente a un micrófono de una FM anunciando un puesto de un ranking.

“Bon Jovi”

“Haces quedar mal al amor”.

Haces quedar mal al amor. Como se conoció acá a You give love a bad name. ¿Cuantos años lo tuviste de ringtone? Esa es otra historia, ¿no?

“Bon Jovi”.

“Haces quedar mal al amor”.

Ustedes lo escuchaban y se cagaban de la risa. Hoy te acordás de esa escena, de las veces que la viste repetirse o de cómo todos en la cuadra lo saludan a ese botellero y a ese caballo -¡eh, Bon Yoviii!- y también te sonreís. Como cuando te acordás de esa chica que tanto te gustaba y que jugaba al hockey y que no tenía nada que ver con vos. Y que así y todo coincidieron. Y que hasta terminaron escuchando New Jersey. De los dos lados del casete.

Te gustaba de antes Bon Jovi. Tanto como ella. Pero no querías admitirlo en vos alta. Te daba vergüenza. Pensabas que te iban a cargar tu hermano, tus primos y el barrio. Que eso no era rock. Que esa banda era para maricones. Que el look que usaban era de putos… etc., etc., etc. ¡Que se vayan todos a cagar! Eso pensabas en silencio. Jamás te animaste a gritarlo. Vos querías tener el pelo largo con esos cortes prolijamente desprolijos, teñirte la melena coqueteando con el rubio a lo Kiefer Sutherland. Tener un tatuaje con la calavera de un toro y hasta el del logo de Superman. Flecos en camperas y en camisas. Cinturones de hebillas gruesas. Y usar las tejanas por encima del jean y no cubiertas por la botamanga. Too much para Isidro Casanova en esa época, Leíto. Los únicos que te hubieran soldadeado iban a ser el botellero y su caballo. Por ahí. La piba que jugaba al hockey, seguro.

Ella sí que era fan. Y estaba enamorada. Y lo sabía todo el mundo. Lo sabía todo SU mundo. Se iba de su casa y les pedía a sus viejos y hasta a su abuela seria, muy seria: “Si llama Jon Bon le dicen que ya vuelvo”. Y ya nunca más le digo a los suyos “hasta luego”, “nos vemos” o “cuidate”. Siempre se despidió con su “ya sabés: si llama Jon Bon…”. Estás seguro de que lo seguirá haciendo aún hoy. Lo que no podés saber es si su abuela todavía estará viva.

 

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