Historias sin punto final
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#4 · Confusión

Por Sebastián Schachtel

 

Ir a la casa de un amigo, charlar un rato, hurgar en  los libros de su biblioteca, revisar sus discos; algunos que ya conozco son escrutados nuevamente como si quisiera extraer de sus tapas algo que se me escapa, los nuevos son comentados: “¡Qué bueno que editaron los  discos de Nick Drake, me compré los tres! Esta escena repetida por años es ahora diferente: los libros permanecen y se multiplican, no así los discos, que fueron menguando en las casas hasta convertirse en molestias de plástico que no pueden ser reproducidas. Quedan pocas disquerías, no se venden ya reproductores de CD, las últimas computadoras no tienen ranuras donde insertarlos, hace tiempo ya que las colecciones de CD fueron perdiendo lugar en las casas. Para revisar la música nueva de un amigo habría que abrir su computadora, meterse en sus archivos, casi todos mp3 de dudoso audio. Eso sí: horas y horas de música bajada, mucha más de la que uno puede escuchar. Se consiguen casi todos los catálogos, hay abundancia, música de más.

Siguiendo las leyes del mercado, esa sobreabundancia de música pareciera quitarle valor y precio, como el exceso de oferta a disposición de cualquiera. Transformará al objeto en algo menos deseado y más barato.

¿Es mejor ahora? No sé. El CD sigue siendo para mí un buen objeto, mezcla de portátil y buen audio. Por otro lado, este momento es glorioso para los curiosos. YouTube es una biblioteca universal en donde se esconden maravillosos tesoros vedados a nosotros por años. Es posible encontrar un recital de King Crimson del año 74, los canales por separados de Space Oddity, de David Bowie; se puede escuchar por ejemplo el canal en donde están reducidos la batería y el bajo, también el track de la voz de Bowie. Es posible gracias a Wikipedia saber que el mencionado Nick Drake tuvo una madre que cantaba, ir a YouTube y descubrir grabaciones de ella y que tenía una voz hermosa. Eso y mucho, muchísimo más.

Escena 2

En la casa de mi infancia había muchos discos, a mi viejo le gustaba el Jazz y a mi vieja la música clásica, pero había de todo: folclore, chanson, francesa, V. Parra, folck inglés…

De los Beatles, dos: Rubber Soul y Revolver (¡qué bien que eligieron!). Nunca les pregunté quién los compró. Supongo que mi viejo, que también gustaba del rock and roll primigenio. Todavía los tengo. Son ediciones argentinas con tapas durísimas, bien impresas y un audio excelente. Los nombres de los temas están en español como era obligación en esa época, aunque esto daba lugar a traducciones absurdas y creativas. Los discos se rayaban frecuentemente.

Sé de memoria los saltos de púa de Eleanor Rigby.

Luego, en los ochenta, la calidad bajó mucho. Algunos acetatos eran muy malos y algunas ediciones nacionales muy pobres, sin la mínima información.

El olor de un disco importado nuevo era exquisito.

 

Escena 3

“Si te va bien en el colegio te regalo un disco de Los Beatles”, me dijo mi papá. Aunque me iba regular, recibo Help, Let it be y, más adelante, el Álbum Blanco, importado con las cuatro fotos y el póster con las letras, la palabra The Beatles –nombre original del disco– en relieve, una maravilla. Claramente el arte de tapa ultra minimalista hecha por Richard Hamilton contrasta con un disco heterogéneo y variado.

¿Es mejor ahora? Puede ser.

El arte de tapa se completa ahora con las páginas web e incluso con aplicaciones que usan los grupos para mostrar sus ideas no musicales.

Escena 4

Recupero la bandeja de Discos, la mando a arreglar, le cambio la correa de goma y anda perfecta. Compro la púa nueva. Traigo todos mis discos, los de mis viejos y hasta los de mi abuela, que estaban guardados hace años.

Recupero discos que estaban olvidados, algunos de ellos no serán escuchados nunca más, pero no los puedo tirar…

Otros sí los escucho, pero son pocos, siempre los mismos. El ritual de sacar el disco de la  funda con cuidado, girarlo, soplarle el polvo y ponerlo en la bandeja, me produce un efecto maravilloso. Suena un poco melancólico, pero quiero a esos discos.

 

Escena 5

“Tenemos que grabar un disco nuevo”

“Estoy cansado de tocar estos temas”

“Pensemos en un próximo disco”

“¿Qué disco te imaginás…?”

Hay algo anterior, esto es las ganas y necesidad que los músicos tenemos de agrupar nuestras ideas artísticas en una obra que la distinga de las anteriores, que tenga un nombre y una cualidad única, arte de tapa y título: EL álbum. Quizás esto vaya cambiando, de hecho los usuarios consumidores trafican la música con la libertad que los medios electrónicos permiten, se comparten folders con temas y discografías completas. Los músicos eventualmente subimos temas a la red, pero por lo general son adelantos de una obra más grande. El ejemplo de Radiohead con In Rainbows es claro, es una manera diferente de vender un álbum, es un movimiento que parece más dirigido al marketing y a los periodistas que al consumidor.

En general, un disco cierra un ciclo a la vez que abre otro. Ese movimiento es clave para la continuidad de un proyecto. Mostramos nuevas ideas y muchas veces es en las presentaciones posteriores a la grabación donde la música encuentra su sentido. Sigue siendo así a pesar de las múltiples posibilidades que da la red, y así será hasta que los músicos no encuentren más sentido en el álbum.

Hace pocos días me regalaron el vinilo de Bjork, Biophilia Live, un objeto hermoso, disco triple más DVD, más tarjeta con código para bajarse el disco en formato digital para la computadora o mp3 player. Una reunión de formatos que muestra un momento de transición o la convivencia de estos.

¿Es mejor ahora?

Sí, es posible.

Confusión, will be my epitaph.

Epitaph

King Crimson

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